EL
ESTADO SEGÚN LOS LIBERALES, CON FOCO EN JESÚS HUERTA DE SOTO
En el
pensamiento liberal clásico, el Estado ha sido tradicionalmente concebido como un
mal necesario, una institución limitada cuya única función legítima sería
proteger los derechos individuales a la vida, la libertad y la propiedad. Esta
concepción, heredera del contractualismo moderno y de la crítica ilustrada al
absolutismo, dio lugar al ideal del Estado mínimo: un aparato político
reducido a funciones estrictamente defensivas, judiciales y de seguridad. Sin
embargo, en el seno del propio liberalismo surgieron corrientes más radicales
que comenzaron a cuestionar incluso esa mínima justificación del poder estatal.
Uno de los
exponentes contemporáneos más influyentes de este giro es Jesús Huerta de
Soto, economista y filósofo político español adscrito a la Escuela
Austriaca de Economía. Su propuesta anarcocapitalista no busca reformar al
Estado ni reducir su tamaño: busca deslegitimarlo por completo,
desmontarlo desde sus fundamentos epistemológicos, éticos y económicos. Para
Huerta de Soto, el Estado no es un árbitro imparcial ni un garante del orden,
sino un ente coercitivo por naturaleza, incompatible con la libertad humana
y con el funcionamiento espontáneo del mercado.
Este documento
examina las ideas fundamentales de Huerta de Soto sobre el Estado, articuladas
en torno a seis ejes temáticos: desde su defensa del anarcocapitalismo frente
al minarquismo, pasando por su crítica radical a la banca central y al dinero
fiduciario, hasta su visión filosófica del poder como forma de agresión
institucionalizada. Asimismo, se abordará su propuesta de un orden social
basado en normas jurídicas emergentes del derecho privado, y su ideal de
una comunidad global libre de fronteras y coerción estatal, sustentada
en el comercio voluntario y la cooperación pacífica.
Más allá de su
carácter polémico, el pensamiento de Huerta de Soto plantea preguntas
fundamentales sobre la legitimidad del Estado, el origen del derecho y la
posibilidad de una sociedad sin coerción sistemática, desafiando tanto a la
teoría política dominante como a los liberales moderados. Este análisis no
pretende adoptar una postura dogmática, sino ofrecer una exposición rigurosa
de su modelo de sociedad libre, así como de las tensiones y paradojas que
lo atraviesan.
1. ¿Estado
mínimo o eliminación total?
Dentro del
liberalismo clásico, desde pensadores como John Locke hasta economistas
como Adam Smith, la función del Estado ha sido entendida como
estrictamente limitada: garantizar la seguridad, impartir justicia y proteger
la propiedad privada. Este modelo, conocido como minarquismo, parte de
la idea de que el Estado es un instrumento necesario para evitar el caos y los
conflictos, pero que debe ser cuidadosamente restringido para no invadir la
esfera de la libertad individual.
Huerta de Soto
comparte con los liberales clásicos el principio de que la libertad
individual y la propiedad privada son valores supremos, pero rompe con
ellos al rechazar incluso la legitimidad de ese Estado mínimo. Para él,
cualquier forma de Estado implica necesariamente coerción, monopolio y
violencia institucionalizada. Su propuesta se inscribe en el anarcocapitalismo,
corriente que sostiene que los servicios tradicionalmente atribuidos al Estado
—seguridad, justicia, infraestructura, defensa— pueden ser provistos de manera
más eficiente y moral por mecanismos voluntarios y descentralizados de
cooperación social.
La diferencia
central entre ambas posturas puede resumirse en tres puntos:
- Legitimidad:
- Para los minarquistas, el Estado
limitado es legítimo porque protege derechos naturales.
- Para Huerta de Soto, el Estado es
ilegítimo en cualquier forma porque no puede surgir del consentimiento
universal, sino de la imposición de unos sobre otros.
- Monopolio de la violencia:
- El liberalismo clásico acepta el
monopolio estatal de la fuerza como un mal necesario.
- El anarcocapitalismo sostiene que
la justicia y la seguridad deben ser gestionadas por agencias privadas
en competencia, eliminando la prerrogativa violenta del Estado.
- Visión histórica:
- El liberalismo clásico entiende el
Estado mínimo como un avance frente al absolutismo.
- Huerta de Soto lo ve como una estructura
residual de dominación, llamada a desaparecer con el progreso de la
civilización y el reconocimiento de la cooperación voluntaria como
principio organizador de la sociedad.
En este
sentido, su posición se aleja del liberalismo clásico y se aproxima más al anarcoliberalismo
de Murray Rothbard, quien influyó decisivamente en su pensamiento. Ambos
coinciden en que el mercado no es un simple mecanismo económico, sino un orden
espontáneo capaz de autorregular la vida social sin necesidad de
imposiciones externas.
La propuesta de
Huerta de Soto supone, por tanto, una ruptura radical con la tradición
liberal moderada: donde Locke o Smith veían al Estado como guardián de la
libertad, él lo ve como su principal enemigo. De ahí que no hable de reducir el
Estado, sino de superarlo y reemplazarlo por una sociedad de contratos
voluntarios y derecho privado policéntrico.
2. El Estado
como distorsión del mercado
Desde la
perspectiva de Jesús Huerta de Soto, el Estado no es un árbitro neutral que
facilita la competencia, sino una fuente sistemática de distorsiones que
impiden el funcionamiento libre y eficiente del mercado. Inspirado en la
Escuela Austriaca de Economía, sostiene que las intervenciones estatales —por
bienintencionadas que sean— rompen los procesos de coordinación espontánea
que se dan entre individuos mediante el sistema de precios, los contratos
voluntarios y la propiedad privada.
Uno de sus
argumentos centrales es que el Estado crea y sostiene monopolios legales,
que en ausencia de coerción política no existirían en condiciones de
competencia. A diferencia del “monopolio natural”, que puede emerger
temporalmente por superioridad empresarial, el monopolio estatal se impone
por ley, impidiendo la entrada de competidores y destruyendo los incentivos
para la innovación, la eficiencia y la reducción de precios. Esto es evidente,
según Huerta de Soto, en sectores como la justicia, la seguridad, la educación
y especialmente el dinero, donde el Estado impide que surjan soluciones
alternativas mediante su poder legislativo y regulatorio.
La regulación
económica es otro foco de crítica. Huerta de Soto argumenta que cada nueva
norma impuesta desde el aparato estatal dificulta la adaptación del mercado
a las necesidades reales de los consumidores. Para él, la regulación no
protege al ciudadano, sino que beneficia a grupos de interés (lobbies,
grandes corporaciones, burocracias) que utilizan el aparato estatal para protegerse
de la competencia o consolidar su posición dominante. Esta crítica se
alinea con el concepto de "captura del regulador", pero va más
allá: en su visión, el mercado no necesita ser regulado porque ya está
autorregulado por la acción coordinada de millones de decisiones
individuales.
Un eje
fundamental de su crítica es la existencia de bancos centrales y el
sistema monetario basado en dinero fiduciario. Huerta de Soto sostiene que el
Estado, a través del monopolio de emisión de moneda y el sistema bancario de
reserva fraccionaria, altera artificialmente los tipos de interés,
provocando ciclos económicos recurrentes de expansión y crisis
(burbujas, recesiones). Desde su perspectiva, esto no es una falla corregible,
sino una consecuencia inevitable de la intervención estatal en la moneda.
Propone como alternativa un sistema de banca libre con encaje del 100%,
en el que las instituciones financieras no puedan crear dinero de la nada y
deban operar con activos reales, bajo normas de derecho privado.
En su crítica,
el Estado aparece como una entidad que interfiere en todos los planos de la
vida económica:
- impide el surgimiento de
alternativas competitivas;
- distorsiona los precios y la
estructura del capital mediante impuestos, subsidios y regulaciones;
- socializa pérdidas y privatiza
beneficios en connivencia con élites empresariales cercanas al poder
político;
- y crea la ilusión de estabilidad,
mientras erosiona los fundamentos reales de una economía sana.
En este marco,
Huerta de Soto rechaza también los intentos de “reformas desde dentro” o de
“buen gobierno”: no se trata, según él, de mejorar el Estado, sino de comprender
que su mera existencia es la causa del problema. Su enfoque parte de una
concepción ética del mercado como proceso pacífico de cooperación, en
contraste con el Estado, que opera mediante la amenaza y la coacción.
3. Dinero y
banca: ¿una creación artificial del Estado?
Una de las
tesis más contundentes y polémicas de Jesús Huerta de Soto es la afirmación de
que el sistema monetario actual —basado en dinero fiduciario y banca con
reserva fraccionaria— es una construcción artificial impuesta por el Estado,
diseñada no para servir a los ciudadanos, sino para manipular la economía en
beneficio del poder político y de élites financieras protegidas.
Desde la
perspectiva de la Escuela Austriaca de Economía, el dinero no surge por decreto
ni por diseño institucional, sino como una creación espontánea del mercado,
resultado de la evolución histórica de los intercambios indirectos. En este
marco, el dinero más eficiente es aquel que los agentes económicos eligen
libremente como medio de cambio, típicamente un bien con valor intrínseco como
el oro o la plata. El Estado, sin embargo, ha usurpado este proceso,
imponiendo un monopolio legal sobre la emisión de moneda y reemplazando el
dinero mercancía por dinero fiduciario (fiat), es decir, papel moneda
sin respaldo en activos reales.
Huerta de Soto
argumenta que este sistema permite al Estado expandir la oferta monetaria
sin límites, financiando déficits, intervenciones y guerras sin necesidad
de subir impuestos de forma directa. El resultado es una pérdida de poder
adquisitivo, una distorsión de los precios relativos y una redistribución
arbitraria de la riqueza, a menudo en perjuicio de los ahorradores y en
beneficio de los primeros receptores del dinero nuevo (bancos, grandes
corporaciones, gobierno). Este efecto, conocido como efecto Cantillon,
describe cómo la inflación monetaria beneficia primero a quienes están más
cerca del origen de la emisión, antes de que el alza de precios se generalice
en la economía.
Además del
dinero fiduciario, Huerta de Soto critica duramente el sistema de banca con
reserva fraccionaria, es decir, aquel en el que los bancos no mantienen en
efectivo la totalidad del dinero que prometen a sus depositantes, sino que prestan
una parte de esos fondos, creando dinero bancario mediante anotaciones
contables. Esta práctica, aunque legalmente tolerada, es para Huerta de Soto una
forma encubierta de fraude, pues implica una doble titularidad sobre el
mismo recurso: tanto el depositante como el prestatario creen tener derecho
sobre una misma cantidad de dinero. Esta situación genera inestabilidad
estructural y explica, en su visión, la recurrencia de crisis bancarias a
lo largo de la historia.
Como
alternativa, Huerta de Soto propone un sistema de banca libre con encaje del
100%, es decir, una banca que opere como cualquier otro custodio o
depositario, sin privilegios legales ni capacidad de crear dinero. Los bancos
podrían ofrecer préstamos, pero solo sobre fondos previamente cedidos
voluntariamente para ese fin, no sobre depósitos a la vista. Este modelo
estaría acompañado por una desmonopolización total de la moneda,
permitiendo que el mercado elija espontáneamente su medio de cambio (oro,
plata, criptomonedas u otros bienes escasos y valorados).
Este
planteamiento se basa en principios éticos, jurídicos y económicos:
- Éticos, porque considera que crear dinero
de la nada es una forma institucionalizada de despojo;
- Jurídicos, porque la reserva fraccionaria
viola —según su análisis— los principios básicos del derecho de propiedad
y del derecho contractual;
- Económicos, porque la expansión artificial
del crédito —no respaldada por ahorro real— distorsiona los precios
relativos del capital, genera ciclos de auge y recesión (teoría
del ciclo económico austríaco) y promueve el cortoplacismo financiero y
la sobreinversión mal dirigida.
En resumen,
Huerta de Soto ve el sistema monetario actual como una creación política, no
económica, cuya función real es facilitar el control estatal y redistribuir
el poder bajo una apariencia de neutralidad técnica. Su propuesta no es una
reforma del sistema bancario, sino una revolución institucional profunda,
basada en moneda sólida, contratos libres y responsabilidad individual,
eliminando la figura del banco central y devolviendo el control del dinero a la
sociedad civil.
4. El Estado
de Derecho en clave liberal
Una de las
críticas más habituales al anarcocapitalismo —y en particular a la visión de
Jesús Huerta de Soto— es la aparente paradoja entre el rechazo absoluto al
Estado y la necesidad de normas jurídicas universales para que
exista un orden social justo, estable y pacífico. ¿Cómo puede sostenerse el
Estado de Derecho sin Estado? ¿Qué tipo de legalidad podría garantizar los
derechos individuales sin recurrir a un poder central?
Huerta de Soto
responde a este dilema a través de la noción de derecho privado de origen
consuetudinario, tal como lo entiende la tradición liberal clásica y, en
especial, la Escuela Austriaca. En este marco, el derecho no es una
construcción positiva impuesta desde arriba por una autoridad soberana, sino una
red de normas espontáneamente generadas por la interacción humana a lo largo
del tiempo, bajo principios de justicia, propiedad y responsabilidad
personal. Esta idea hunde sus raíces en el iusnaturalismo clásico, en el
derecho romano y en sistemas históricos como el common law anglosajón,
donde el derecho se desarrolla evolutivamente por medio de precedentes,
arbitrajes y costumbres reconocidas.
Para Huerta de
Soto, el error del pensamiento jurídico moderno consiste en identificar el
“Estado de Derecho” con el “Estado legislador”, es decir, con un ente
monopolístico que produce leyes mediante el aparato político. Él propone
recuperar la distinción entre ley (lex) y derecho (ius):
- La ley estatal es, en su visión, un
acto de poder, frecuentemente arbitrario y políticamente contaminado.
- El derecho, en cambio, es
descubierto, no creado; se basa en principios universales como la no
agresión, la restitución del daño, el cumplimiento voluntario de contratos
y el respeto a la propiedad legítima.
En su modelo de
sociedad libre, el derecho cumpliría sus funciones esenciales (resolución de
conflictos, protección de derechos, ordenación de relaciones jurídicas) sin
necesidad de Estado. ¿Cómo? A través de un orden policéntrico de
jurisdicciones privadas, en el que múltiples agencias de arbitraje,
compañías aseguradoras, sistemas normativos y mecanismos contractuales compitan
y cooperen para ofrecer servicios jurídicos eficientes y legítimos. Sería una
estructura similar a un mercado de justicia, donde los usuarios eligen
voluntariamente las normas y mecanismos a los que se someten, tal como ocurre
hoy con la resolución de disputas en el comercio internacional, en cámaras
arbitrales privadas o incluso en comunidades online.
Este modelo se
basa en tres premisas centrales:
- La ley no necesita ser impuesta por
un monopolio para ser eficaz.
La legitimidad y estabilidad del derecho surgen de su capacidad para
adaptarse al contexto, generar previsibilidad y resolver conflictos sin
violencia.
- El orden jurídico puede emerger del
mercado como cualquier otro bien o servicio. Las reglas, como los precios, se
descubren mediante la interacción libre, no mediante decretos.
- Los incentivos económicos y
reputacionales reemplazan al uso sistemático de la fuerza. En ausencia de un Estado, la
cooperación voluntaria y la competencia entre agencias de resolución de
conflictos aseguran calidad y justicia.
Lejos de
representar una forma de relativismo normativo, este orden sin Estado se
sostiene sobre principios jurídicos universales, como el respeto a la
integridad física, la inviolabilidad de la propiedad adquirida legítimamente, y
la obligatoriedad de los contratos. Para Huerta de Soto, estos principios no
requieren ser impuestos por un soberano, pues emergen naturalmente del
proceso social cuando se permite la libertad de asociación y la libre
competencia institucional.
En resumen, el
"Estado de Derecho" que defiende Huerta de Soto no es un régimen
estatal fuerte que impone la legalidad desde arriba, sino un sistema
jurídico descentralizado, evolutivo y profundamente liberal, donde las
normas son descubiertas por la razón y la experiencia social, y donde el
derecho se emancipa del poder político.
5. El Estado
como “reliquia oscura”: implicaciones filosóficas
La frase con la
que Jesús Huerta de Soto expresa su anhelo de ver al Estado convertido en una “oscura
reliquia histórica” encierra una crítica profunda y de largo alcance. No se
trata solo de una postura económica o técnica, sino de una ruptura radical
con la filosofía política dominante desde la modernidad. En ella confluyen
su visión ética del poder, su defensa del individualismo metodológico y su
compromiso con un orden social basado exclusivamente en cooperación
voluntaria.
Para comprender
el alcance de esta idea, es necesario detenerse en el significado de “reliquia
oscura”. Huerta de Soto presenta al Estado no como una institución neutral o
necesaria, sino como un residuo primitivo de una era marcada por la
violencia, la sumisión y el dominio estructural de unos seres humanos sobre
otros. Al igual que hoy contemplamos con horror instituciones como la
esclavitud, la tortura legal o las monarquías absolutas, él propone que el
Estado —con sus ejércitos obligatorios, su poder impositivo y su control sobre
la vida económica— será visto en el futuro como una aberración histórica
incompatible con una civilización verdaderamente libre.
Desde esta
perspectiva, el Estado no es una forma superior de organización política, sino
una institución parasitaria que se ha revestido de legitimidad a través
de mitos como el contrato social, el interés general o la representación
democrática. En la visión de Huerta de Soto, estas ideas no son más que
ficciones ideológicas que encubren el ejercicio sistemático del poder
coercitivo sobre los individuos, bajo la apariencia de legalidad o
justicia.
Esta concepción
se inscribe en una corriente más amplia de filosofía libertaria radical,
que entiende la historia de la humanidad como una lucha entre la libertad
creadora del individuo y la coacción organizada del poder
institucionalizado. Al igual que autores como Lysander Spooner, Albert Jay
Nock o Murray Rothbard, Huerta de Soto considera que el Estado ha sido el
principal agente de represión, guerra, empobrecimiento y desmoralización de las
sociedades. Por tanto, su eliminación no es solo deseable desde el punto de
vista económico, sino una condición ética para la dignidad humana.
Esta postura
choca frontalmente con las corrientes más moderadas del pensamiento liberal,
que buscan “limitar” el Estado o hacer que funcione mejor. Huerta de Soto no
cree en esa posibilidad: no quiere reformarlo, quiere abolirlo. Para él,
no es una cuestión de eficiencia, sino de legitimidad moral. El
principio rector de su propuesta —la no agresión— implica que nadie tiene
derecho a iniciar el uso de la fuerza contra otros, ni siquiera con el
argumento de que lo hace para protegerlos, redistribuir riqueza o preservar el
orden social.
En esta visión,
el progreso histórico consiste en la sustitución gradual de estructuras
coercitivas por mecanismos voluntarios, contractuales y descentralizados.
Así como la humanidad ha abandonado prácticas como la servidumbre o la censura
oficial, también —según Huerta de Soto— podría emanciparse del Estado,
entendiendo que su existencia no es inevitable, sino una construcción
cultural cuya legitimidad puede y debe ser cuestionada.
La frase final,
“oscura reliquia histórica”, no es meramente retórica: contiene una profecía
filosófica. Huerta de Soto no imagina el fin del Estado como un evento
revolucionario, sino como una evolución cultural progresiva, donde las
personas —a través del conocimiento económico, el respeto mutuo y el desarrollo
del derecho privado— dejen de percibir al Estado como necesario. Solo entonces,
afirma, podrá recordarse como lo que realmente fue: una institución basada
en la violencia estructural, que obstaculizó durante siglos el florecimiento
libre y pacífico de la civilización.
6.
Globalismo liberal: libre comercio sin fronteras
La visión de
Jesús Huerta de Soto sobre el orden internacional rompe por completo con el
paradigma westfaliano que ha dominado la política mundial desde el siglo XVII.
Frente a un sistema basado en Estados soberanos, fronteras nacionales y
relaciones de poder entre gobiernos, él propone un modelo alternativo: un orden
global liberal sin fronteras, sustentado en la cooperación voluntaria
entre individuos y comunidades, sin estructuras estatales intermediarias.
En este modelo,
el libre comercio y la libertad de circulación no son simplemente
mecanismos económicos para aumentar la eficiencia, sino manifestaciones
éticas del principio de no agresión. Para Huerta de Soto, el comercio es un
proceso pacífico de intercambio mutuamente beneficioso, y las fronteras
estatales —lejos de proteger a las personas— actúan como barreras
artificiales que restringen las posibilidades de cooperación, especialización y
desarrollo humano.
Desde esta
perspectiva, los Estados nacionales no son garantes del orden, sino estructuras
obsoletas que fomentan el proteccionismo, la guerra, el control migratorio, la
regulación arbitraria y la manipulación monetaria. Son instituciones que
perpetúan la división artificial de la humanidad en bloques enfrentados, con
intereses geoestratégicos contrapuestos y economías dirigidas por lógicas
políticas, no por la libertad de elección de los ciudadanos.
Huerta de Soto
apuesta por una globalización auténticamente liberal, no impulsada por
grandes organismos internacionales ni por tratados entre Estados, sino por
la libre interacción de agentes económicos y sociales independientes. En
lugar de acuerdos gubernamentales, propone redes descentralizadas de
contratos voluntarios, plataformas de intercambio libre, monedas alternativas,
y jurisdicciones privadas autónomas, todas ellas surgidas por iniciativa de
la sociedad civil.
Este enfoque no
implica un caos jurídico o un mundo sin normas, sino un pluralismo
institucional policéntrico, en el que diferentes sistemas normativos,
monedas, culturas y mecanismos de arbitraje coexisten sin necesidad de una
autoridad suprema. La competencia entre estos sistemas sustituye al monopolio
coercitivo estatal, fomentando la innovación, la adaptación y el respeto a la
diversidad.
Ahora bien,
esta propuesta plantea interrogantes sobre su viabilidad práctica en un
mundo aún dominado por estructuras estatales:
- ¿Cómo garantizar la protección de
los derechos individuales sin un marco jurídico internacional unificado?
- ¿Qué ocurriría con la seguridad, la
defensa o la respuesta a catástrofes?
- ¿Puede mantenerse la paz sin un
sistema coercitivo de cumplimiento de normas?
Huerta de Soto
responde que estas funciones pueden ser cubiertas mediante mecanismos
voluntarios, aseguradoras privadas, redes de protección contractual, sistemas
arbitrales, y cooperación transnacional descentralizada. Para él, la
verdadera garantía de paz no reside en los Estados, sino en la interdependencia
pacífica que genera el comercio libre, tal como lo expresaron pensadores
clásicos como Frédéric Bastiat: “Cuando los bienes no cruzan las fronteras,
lo harán los ejércitos”.
En este
contexto, la desaparición de los Estados no significa el fin del orden, sino su
reconstrucción sobre bases éticas y contractuales, no políticas y coercitivas.
El mundo sin Estados soberanos que imagina Huerta de Soto no es una utopía
anárquica, sino una red global de individuos libres, respetuosos del
derecho, conectados por intercambios voluntarios y principios comunes de
justicia y propiedad.
Su propuesta,
en definitiva, no es un globalismo tecnocrático dirigido desde arriba, sino un cosmopolitismo
radical de raíz liberal clásica, donde la libertad, la responsabilidad y el
derecho emergen desde abajo, sin necesidad de fronteras ni soberanías
impuestas.
Conclusión:
el Estado como anomalía histórica y la utopía liberal radical
La concepción
del Estado que propone Jesús Huerta de Soto no es una simple reinterpretación
del liberalismo clásico, sino una revolución teórica y ética que
cuestiona los fundamentos mismos del orden político moderno. Desde su
perspectiva, el Estado no es un mal necesario ni una institución reformable,
sino una estructura intrínsecamente violenta, incompatible con la libertad
individual, la justicia contractual y la cooperación pacífica entre seres
humanos.
A través del
anarcocapitalismo, Huerta de Soto plantea una alternativa radical a la
tradición política occidental, basada en tres pilares fundamentales:
- La eliminación completa del
poder estatal en todas sus formas.
- La emergencia de un orden
jurídico espontáneo, surgido del derecho privado, la ética de la
propiedad y la libre asociación.
- La construcción de una sociedad
global descentralizada, donde la economía y la vida social se
autorregulen mediante contratos voluntarios, moneda sólida, y competencia
institucional sin fronteras.
En este marco,
el Estado aparece como una anomalía histórica, un vestigio de una época
autoritaria, sostenido por la ignorancia económica, el miedo a la libertad y
los intereses de élites privilegiadas. Su sustitución por un orden de libre
mercado pleno —sin privilegios legales, sin bancos centrales, sin coacción
fiscal— es concebida no solo como un ideal económico, sino como una
exigencia moral.
Sin embargo,
esta propuesta —coherente, valiente y profundamente estructurada— no está
exenta de interrogantes. La viabilidad de una sociedad sin Estado plantea desafíos
prácticos, filosóficos y culturales:
- ¿Es posible garantizar el respeto a
los derechos sin una autoridad central?
- ¿Hasta qué punto puede surgir
espontáneamente un derecho universal desde la competencia normativa?
- ¿Qué papel jugarán las
desigualdades económicas y los conflictos de intereses en un mundo sin
Estado?
Huerta de Soto
responde a estas dudas con un optimismo antropológico y epistemológico radical:
el orden, la justicia y la civilización no necesitan ser impuestos, sino
liberados. En su visión, la historia no avanza mediante la concentración
del poder, sino mediante su disolución en redes libres de cooperación entre
individuos responsables.
En última
instancia, su anhelo de que el Estado sea recordado como “una oscura
reliquia histórica” no es solo una metáfora provocadora, sino la expresión
de una esperanza profunda en la capacidad de los seres humanos para convivir
sin dominarse unos a otros. Se trata, más que de una teoría política, de una
ética de la libertad llevada hasta sus últimas consecuencias.

Creo que un mundo sin Estado es una utopía, eso sí, un mundo con Estado distinto al que tenemos, tomando del lo mejor, sería un mundo mejor. Aunque creo que es otra utopía.
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