EL REINO DE AKSUM Y LA CRISTIANIZACIÓN DE ETIOPÍA

Introducción

El Reino de Aksum constituye uno de los fenómenos políticos y religiosos más singulares de la Antigüedad tardía. Situado en el actual norte de Etiopía y Eritrea, fue durante los siglos III–VI una potencia comercial que conectaba el Mediterráneo romano con Arabia, Persia y el África interior. Sin embargo, su verdadera singularidad no reside únicamente en su capacidad económica o militar, sino en la temprana adopción del cristianismo como religión estatal en el siglo IV, convirtiéndose en uno de los primeros reinos oficialmente cristianos del mundo.

La cristianización de Aksum no puede comprenderse como un simple acontecimiento espiritual. Supuso una reorganización profunda del poder, una redefinición de la identidad colectiva y una transformación cultural que permitió a Etiopía desarrollar una de las tradiciones cristianas más antiguas y continuas del planeta. A diferencia de otras regiones africanas cuya cristianización estuvo ligada a procesos coloniales posteriores, Etiopía elaboró una forma de cristianismo autóctona, institucionalmente sólida y políticamente funcional mucho antes de la expansión europea.

El problema central que abordaremos es el siguiente: ¿fue la adopción del cristianismo en Aksum un acto de fe personal del rey Ezana o una estrategia política deliberada para consolidar el Estado, redefinir su legitimidad y proyectar su poder en un entorno geopolítico cambiante? Y más aún: ¿cómo esa decisión inicial configuró durante siglos la identidad nacional etíope, su arquitectura, su teología y su imaginario político?

Este artículo se desarrollará en seis partes interrelacionadas:

  1. La construcción de una identidad nacional a través de la religión, analizando la conversión del rey Ezana como instrumento de unificación interna y legitimación política, visible en la numismática y en la arquitectura eclesiástica.
  2. El nexo comercial y religioso Aksum-Roma y el papel de Frumencio, examinando cómo las redes del Mar Rojo facilitaron la circulación de ideas religiosas y la integración inicial de la iglesia aksumita en la órbita alejandrina.
  3. El sincretismo religioso en la transición aksumita, estudiando la relación entre las tradiciones paganas preexistentes y el cristianismo emergente a partir de la evidencia arqueológica y epigráfica.
  4. La arquitectura como expresión teológica y política, desde las primeras basílicas de inspiración romana hasta las iglesias monolíticas medievales, como manifestación de una cristianidad africana autónoma.
  5. La formación doctrinal de la Iglesia Ortodoxa Tewahedo y su adhesión al miafisitismo, analizando su singularidad teológica y su posición dentro del mapa cristológico post-calcedoniano.
  6. La tradición salomónica, la Reina de Saba y el Arca de la Alianza como construcción ideológica, evaluando su papel en la legitimación dinástica y en la consolidación de una identidad nacional resistente a influencias externas.
Metodológicamente, abordaremos el tema desde una perspectiva interdisciplinar que integra historia política, arqueología, numismática, arquitectura religiosa, teología y teoría del nacionalismo. No se trata de confirmar narrativas tradicionales ni de desmitificarlas sin matices, sino de comprender cómo religión, poder e identidad se entrelazaron para producir uno de los procesos de cristianización más duraderos y originales del mundo premoderno.

1. La construcción de una identidad nacional a través de la religión

La conversión del rey Ezana en el siglo IV no puede interpretarse únicamente como una experiencia espiritual personal, sino como una decisión estratégica de profundo alcance estatal. En la Antigüedad tardía, religión y poder constituían un mismo lenguaje de legitimidad. Aksum era entonces una potencia comercial que controlaba nodos esenciales del Mar Rojo y mantenía vínculos con el Imperio Romano oriental, Arabia meridional y regiones del África interior. En ese contexto, adoptar el cristianismo significaba insertarse en una comunidad ideológica de alcance transregional.

La religión precristiana aksumita estaba influida por tradiciones sudarábigas y giraba en torno a deidades astrales y símbolos como el disco solar y la luna creciente. El monarca actuaba como garante del orden cósmico. La introducción del cristianismo no destruyó inmediatamente esa estructura simbólica, pero sí la reorientó. El poder real pasó a fundamentarse en un Dios único y universal, lo que permitía al soberano proyectar su autoridad más allá de los límites étnicos y lingüísticos del reino. El monoteísmo ofrecía una herramienta unificadora más potente que los cultos locales fragmentados.

La acuñación de moneda constituye uno de los indicadores más claros de esta transformación. Bajo Ezana se observa una transición progresiva: primero aparecen símbolos tradicionales; posteriormente, la cruz sustituye a los emblemas paganos. La moneda no era solo instrumento económico, sino medio de propaganda estatal. Al circular por las rutas comerciales internacionales, comunicaba que Aksum era ahora parte del mundo cristiano. Este gesto consolidaba relaciones comerciales con territorios bajo influencia romana y reforzaba la confianza mercantil dentro de un marco cultural compartido.

Paralelamente, la construcción de edificios eclesiásticos introdujo un nuevo paisaje simbólico. Las primeras basílicas, inspiradas en modelos romano-orientales, no solo eran espacios litúrgicos, sino declaraciones arquitectónicas de pertenencia civilizatoria. El espacio urbano comenzaba a articularse en torno a una institución que trascendía clanes y estructuras tribales. La iglesia actuaba como núcleo integrador, generando una identidad supracomunitaria.

Desde una perspectiva comparada, la estrategia de Ezana guarda paralelismos con la conversión de Constantino en el Imperio Romano o con la temprana cristianización de Armenia. En todos estos casos, la adopción del cristianismo funcionó como instrumento de cohesión interna y afirmación internacional. Sin embargo, en Aksum esta decisión tuvo una particularidad africana: permitió consolidar un Estado que no dependía políticamente de Roma, pero que compartía su horizonte religioso.

La cristianización, por tanto, no fue simplemente un cambio de culto. Fue la articulación de una identidad política capaz de integrar diversidad étnica, fortalecer alianzas comerciales y otorgar al rey una legitimidad trascendente. A partir de este momento, el poder en Aksum dejó de apoyarse exclusivamente en la tradición ancestral para fundamentarse en una narrativa universal que transformaría de manera irreversible la historia etíope.

2. El nexo comercial y religioso Aksum-Roma: el papel de Frumencio

La cristianización de Aksum no puede comprenderse sin atender a la red marítima que conectaba el Mediterráneo con el océano Índico. El Mar Rojo fue en la Antigüedad tardía una auténtica autopista económica y cultural. Por sus rutas circulaban marfil, oro, especias y esclavos, pero también circulaban lenguas, conceptos teológicos y estructuras institucionales. En ese espacio híbrido se gestó la figura de Frumencio, cuya biografía refleja la intersección entre comercio y religión.

Las fuentes de Rufino de Aquilea y Sócrates Escolástico narran que Frumencio, de origen sirio o fenicio, llegó a la corte aksumita tras un naufragio. Su inserción en la administración real no fue un hecho aislado, sino expresión de una dinámica más amplia: las cortes del Mar Rojo incorporaban extranjeros con conocimientos lingüísticos y comerciales para gestionar intercambios internacionales. Frumencio se convirtió en tutor del joven Ezana y, posteriormente, en consejero cercano al trono. Su influencia se desarrolló en un entorno ya abierto a contactos helenísticos.

Es fundamental evitar la simplificación que lo presenta como único agente de cristianización. La región del Mar Rojo mantenía vínculos con comunidades cristianas de Egipto y Siria desde hacía décadas. Comerciantes cristianos, esclavos liberados y diplomáticos habían introducido gradualmente elementos de la nueva fe. Frumencio operó dentro de esa red previa, pero su papel fue decisivo en institucionalizar lo que hasta entonces eran presencias dispersas.

Su viaje a Alejandría y su consagración episcopal por Atanasio constituyen un momento clave. Con este gesto, la Iglesia de Aksum quedó vinculada al Patriarcado de Alejandría. Esta subordinación inicial no implicaba dependencia política, sino integración en una estructura eclesiástica prestigiosa y teológicamente consolidada. La autoridad de Alejandría proporcionaba legitimidad doctrinal y garantizaba ortodoxia frente a controversias cristológicas emergentes.

El nombramiento episcopal transformó la cristianización en proceso estructurado. Se establecieron clérigos, se organizaron comunidades, se construyeron iglesias y se tradujeron textos. La conexión con Egipto aseguró también la transmisión de modelos litúrgicos y disciplinares. Sin embargo, esta relación no anuló la autonomía cultural aksumita. Con el tiempo, la Iglesia etíope desarrollaría rasgos propios, aunque mantuviera formalmente lazos con el patriarcado copto durante siglos.

Desde una perspectiva geopolítica, la alianza eclesiástica con Alejandría fortalecía la posición de Aksum frente a Persia sasánida y frente a la influencia religiosa en Arabia meridional. El cristianismo se convertía así en elemento diplomático. La red comercial facilitó la red espiritual; la infraestructura económica sirvió de soporte a la arquitectura institucional de la fe.

La figura de Frumencio simboliza esta intersección entre comercio, política y religión. No fue simplemente un misionero, sino un mediador cultural en un espacio donde las rutas marítimas eran también rutas intelectuales. A través de él, Aksum dejó de ser únicamente un actor comercial para convertirse en un miembro reconocido del mundo cristiano mediterráneo, iniciando una trayectoria religiosa que moldearía durante siglos la identidad del Cuerno de África.

3. El sincretismo religioso en la transición aksumita: continuidades y rupturas

La conversión oficial del reino bajo Ezana no supuso la desaparición inmediata de las creencias preexistentes. Toda transformación religiosa profunda implica un período de superposición simbólica, reinterpretación y adaptación. En Aksum, el paso del politeísmo sudarábigo al cristianismo fue un proceso complejo en el que convivieron durante décadas —e incluso generaciones— prácticas antiguas y nuevas formulaciones teológicas.

La religión precristiana aksumita presentaba paralelos claros con el sur de Arabia. Inscripciones y símbolos arqueológicos evidencian la veneración de divinidades astrales, particularmente asociadas al sol y la luna. El disco solar y la luna creciente, presentes en monumentos y estelas, reflejan un sistema cosmológico donde el poder real estaba vinculado a fuerzas celestes. Estas representaciones no eran meros adornos; articulaban la legitimidad política y el orden cósmico.

La evidencia numismática muestra una transición gradual. Las primeras emisiones monetarias de Ezana conservan símbolos tradicionales; más tarde, estos son sustituidos por la cruz. No se observa una ruptura abrupta, sino una reconfiguración progresiva del lenguaje visual del poder. Este fenómeno sugiere que el cristianismo se introdujo inicialmente en la élite sin eliminar de inmediato las prácticas populares.

El sitio arqueológico de Beta Samati proporciona una ventana excepcional a esta transición. Allí se han hallado restos de una basílica temprana junto a objetos seculares y religiosos que evidencian continuidad cultural. Entre los hallazgos destaca un colgante con forma de cruz acompañado por la inscripción “venerable”, lo que indica la coexistencia de símbolos cristianos en un entorno todavía impregnado de tradiciones anteriores. No se trata de una simple sustitución, sino de una apropiación progresiva de espacios y significados.

La epigrafía también revela esta dualidad. Algunas inscripciones tempranas combinan fórmulas tradicionales con referencias cristianas, mostrando que el nuevo marco religioso fue reinterpretado a través de categorías culturales previas. El cristianismo no llegó como sistema completamente ajeno; fue traducido al contexto aksumita. Las antiguas estructuras de autoridad religiosa se adaptaron al nuevo monoteísmo, permitiendo una transición menos conflictiva.

Este fenómeno puede entenderse mejor como sincretismo estratégico que como ruptura radical. Las élites adoptaron el cristianismo como marco ideológico superior, pero integraron elementos simbólicos anteriores para asegurar estabilidad social. La población general, por su parte, probablemente experimentó el cambio como un proceso gradual en el que rituales y creencias antiguas fueron reinterpretados dentro de una nueva narrativa.

Desde una perspectiva antropológica, la transición religiosa en Aksum demuestra que la cristianización no es un evento puntual, sino un proceso histórico prolongado. La coexistencia de símbolos y prácticas evidencia que la identidad religiosa no se impone únicamente desde el poder, sino que se negocia culturalmente. La Aksum cristiana emergió no de una anulación del pasado, sino de su transformación selectiva, lo que explica la profundidad y estabilidad posterior de la tradición etíope.

 

 

4. Arquitectura como teología: de las basílicas aksumitas a las iglesias monolíticas

La arquitectura religiosa en Etiopía no fue únicamente un reflejo estético de la fe, sino una formulación material de la teología y del poder. Desde las primeras basílicas aksumitas hasta las iglesias excavadas en la roca durante la dinastía Zagüe, el espacio sagrado actuó como una declaración doctrinal y política. En cada transformación arquitectónica se inscriben cambios en la liturgia, en la ideología real y en la posición geopolítica del reino.

Durante el período aksumita, las primeras iglesias adoptaron el modelo basilical romano. La basílica descubierta en Beta Samati responde a un esquema longitudinal con nave central y espacios laterales, inspirado en la arquitectura cristiana del Mediterráneo oriental. Esta elección no fue neutra. Construir según el patrón romano significaba afirmar pertenencia a una comunidad cristiana transregional. El espacio arquitectónico funcionaba como lenguaje visual de integración en el mundo cristiano tardoantiguo.

La basílica no era solo un edificio litúrgico; organizaba el espacio urbano y articulaba la comunidad. El altar, orientado simbólicamente, estructuraba la relación entre lo humano y lo divino. El edificio construía jerarquía espacial: nave para los fieles, área reservada al clero, separación ritual. La teología se convertía en geometría. La forma arquitectónica traducía una concepción ordenada del cosmos bajo un Dios único.

Sin embargo, a partir del declive de Aksum y tras la expansión islámica del siglo VII, el contexto geopolítico cambió radicalmente. Las rutas comerciales del Mar Rojo se transformaron, el aislamiento aumentó y Etiopía quedó progresivamente desvinculada del eje mediterráneo. En este nuevo escenario, la arquitectura religiosa comenzó a desarrollar rasgos autóctonos más marcados.

La culminación de este proceso se observa en las iglesias monolíticas de Lalibela, excavadas directamente en la roca durante la dinastía Zagüe (siglos XII–XIII). Aquí el gesto arquitectónico cambia de naturaleza: ya no se construye hacia arriba, sino que se excava hacia abajo. El templo emerge de la tierra como si siempre hubiese estado allí. Esta técnica no solo responde a posibles necesidades defensivas o a limitaciones materiales, sino que expresa una teología espacial distinta.

Excavar la roca implica crear un espacio protegido, oculto y resistente. En un entorno rodeado por potencias islámicas, la arquitectura adquiere también dimensión simbólica de preservación. Lalibela fue concebida como una “Nueva Jerusalén”, recreando lugares santos en territorio etíope tras la imposibilidad de peregrinar libremente a Tierra Santa. El espacio arquitectónico se convierte en escatología material: no es solo templo, es geografía sagrada trasladada.

La transición de basílicas construidas a iglesias excavadas refleja así un desplazamiento identitario. Si en el período aksumita la arquitectura proclamaba integración en el mundo cristiano mediterráneo, en la etapa medieval afirma una Cristiandad autónoma, resistente y profundamente local. La piedra tallada encarna una teología de permanencia. El edificio deja de ser signo de pertenencia externa y pasa a ser declaración de singularidad.

La arquitectura etíope demuestra que la forma construida puede ser vehículo de doctrina, memoria y resistencia. En sus muros excavados se inscribe no solo una evolución estilística, sino la adaptación de una comunidad religiosa a nuevos equilibrios de poder. La piedra se convierte en texto; el espacio, en argumento histórico.

5. La Iglesia Ortodoxa Tewahedo: forjando una teología única (Miafisitismo)

El término Tewahedo (ተዋሕዶ) significa “unidad” o “hecho uno”. No es simplemente una etiqueta confesional; es el núcleo ontológico de la identidad teológica etíope. Hace referencia a la afirmación de que en Cristo existe una sola naturaleza unida, resultado de la unión inseparable de lo divino y lo humano. Esta formulación, conocida como miafisitismo, constituye la base doctrinal de la Iglesia Ortodoxa Etíope y define su posición en las controversias cristológicas del siglo V.

Tras el Concilio de Calcedonia en 451 d.C., el cristianismo quedó fracturado por interpretaciones divergentes sobre la naturaleza de Cristo. El concilio afirmó la existencia de dos naturalezas, divina y humana, “sin confusión ni separación”. Sin embargo, amplios sectores del cristianismo oriental —entre ellos Egipto, Siria y posteriormente Etiopía— rechazaron esta definición por considerarla peligrosa para la unidad de la persona de Cristo. Es aquí donde emerge el miafisitismo, que sostiene que la naturaleza de Cristo es una sola, resultado de la unión perfecta de ambas dimensiones.

Es esencial distinguir miafisitismo de monofisismo. El monofisismo afirma que la naturaleza humana fue absorbida por la divina, diluyéndose en ella. El miafisitismo, en cambio, defiende la unión sin mezcla ni absorción: una única naturaleza compuesta, plenamente divina y humana. Esta precisión doctrinal es clave para comprender la autoidentificación teológica de la Iglesia Tewahedo.

La adhesión a esta posición conectó a Etiopía con las Iglesias Ortodoxas Orientales, especialmente la Iglesia Copta de Alejandría. Durante siglos, el arzobispo etíope —el Abuna— fue designado desde Egipto, lo que reforzó el vínculo doctrinal. Sin embargo, esta relación no impidió el desarrollo de una tradición litúrgica, canónica y monástica profundamente propia. La teología se africanizó sin perder su raíz oriental.

La posición miafisita tuvo consecuencias geopolíticas. Al situarse fuera de la ortodoxia calcedoniana adoptada por Bizancio y, posteriormente, por la cristiandad europea occidental, Etiopía quedó teológicamente aislada del mundo cristiano dominante. Este aislamiento no fue solo religioso, sino también diplomático. Las relaciones con Europa estuvieron marcadas por malentendidos doctrinales y por intentos recurrentes de “corrección” teológica por parte de misiones católicas en la Edad Moderna.

Sin embargo, esta misma singularidad permitió a la Iglesia etíope preservar su independencia institucional frente a poderes coloniales y a interferencias externas. A diferencia de muchas regiones africanas donde el cristianismo llegó de la mano del colonialismo, Etiopía poseía ya una tradición milenaria, estructurada y doctrinalmente definida. La teología Tewahedo funcionó como barrera cultural frente a intentos de subordinación religiosa.

En este sentido, la cristología no fue un debate abstracto. Fue un eje de identidad nacional. La afirmación de la unidad en Cristo se convirtió también en afirmación de unidad del pueblo bajo una tradición propia. La Iglesia no era solo institución espiritual; era matriz civilizatoria. En su doctrina se codificaba una historia de autonomía, resistencia y continuidad.

La teología Tewahedo demuestra que las disputas cristológicas del siglo V no fueron meros conflictos académicos, sino decisiones estructurantes para la identidad de pueblos enteros. En el caso etíope, la opción miafisita consolidó una singularidad africana dentro del cristianismo global, otorgándole una profundidad histórica que sería decisiva en su supervivencia como institución precolonial.

6. La tradición de la Reina de Saba y la leyenda del Arca de la Alianza: nacionalismo e identidad en la Etiopía cristiana

Si las primeras fases de la cristianización de Aksum consolidaron estructuras políticas, comerciales y teológicas, la tradición salomónica operó en un plano aún más profundo: el de la legitimidad mítica. La narrativa que vincula a la monarquía etíope con el rey Salomón y la Reina de Saba, así como la afirmación de que el Arca de la Alianza se encuentra en Aksum, constituye uno de los pilares ideológicos más potentes de la identidad etíope.

El texto fundamental que articula esta tradición es el Kebra Nagast (“La Gloria de los Reyes”), compilado probablemente en el siglo XIV, aunque basado en tradiciones más antiguas. Según este relato, la Reina de Saba visitó a Salomón en Jerusalén y dio a luz a Menelik I, fundador de la dinastía etíope. Posteriormente, el Arca de la Alianza habría sido trasladada a Aksum, convirtiendo al reino en nuevo depositario de la alianza divina.

Históricamente, esta narrativa se consolida tras la restauración de la dinastía llamada “salomónica” en 1270, cuando Yekuno Amlak depuso a la dinastía Zagüe. En ese contexto, la necesidad de legitimación política era evidente. Vincular la nueva dinastía con la casa de David no era un gesto literario, sino una estrategia de autoridad. La monarquía no se presentaba simplemente como heredera de Aksum, sino como continuadora directa del linaje bíblico.

Esta construcción ideológica operaba en varios niveles simultáneos. En el plano religioso, situaba a Etiopía dentro de la historia sagrada bíblica. No era un reino periférico convertido al cristianismo, sino una nación integrada en la genealogía del Antiguo Testamento. En el plano político, otorgaba al monarca un carácter casi sacerdotal, reforzando la simbiosis entre corona e Iglesia. Y en el plano identitario, consolidaba una conciencia colectiva diferenciada frente a potencias islámicas circundantes y frente a la cristiandad europea.

La tradición del Arca de la Alianza, custodiada según la creencia en la iglesia de Santa María de Sion en Aksum, refuerza esta singularidad. No importa aquí la verificación histórica del objeto; lo relevante es su función simbólica. El Arca representa la continuidad de la alianza divina. Su presencia legitima el territorio como espacio elegido. El mito transforma la geografía en teología.

Desde una perspectiva de teoría del nacionalismo, esta narrativa cumple funciones que Benedict Anderson o Anthony D. Smith identificarían como constitutivas de una comunidad imaginada con raíces sagradas. El mito fundacional no es simple ficción; es marco de cohesión. Proporciona pasado compartido, destino común y estructura de sentido. En el caso etíope, la tradición salomónica permitió articular una identidad nacional resistente a la fragmentación étnica y a presiones externas.

Durante siglos, esta construcción ideológica sostuvo la independencia etíope frente a invasiones, misiones extranjeras e intentos de colonización. La monarquía y la Iglesia actuaron como custodios de una historia que combinaba Biblia, política y territorio. Incluso en la era moderna, hasta la caída de Haile Selassie en 1974, la legitimidad imperial se apoyaba en esta genealogía sagrada.

La tradición de la Reina de Saba y del Arca no debe leerse como crónica histórica literal, sino como arquitectura simbólica del poder. En ella culmina el proceso iniciado con Ezana: la transformación del cristianismo en fundamento de identidad estatal. Si la conversión fue el acto fundacional, la tradición salomónica fue su consagración definitiva en la memoria colectiva etíope.

Conclusión

El proceso de cristianización del Reino de Aksum no fue un episodio aislado ni una simple conversión dinástica, sino el punto de partida de una arquitectura histórica de largo alcance. Lo que comenzó con la decisión de Ezana en el siglo IV se transformó en un sistema complejo donde religión, poder, comercio, arquitectura, teología y mito se entrelazaron para producir una de las identidades cristianas más antiguas y resistentes del mundo.

La adopción del cristianismo operó inicialmente como herramienta de cohesión y proyección internacional. Permitió integrar diversidad interna bajo un horizonte monoteísta compartido con el mundo mediterráneo, reforzó redes comerciales y otorgó legitimidad trascendente al poder real. La mediación de figuras como Frumencio y la conexión con Alejandría institucionalizaron el proceso, insertando a Aksum en una ecología religiosa global sin diluir su autonomía política.

La transición religiosa no fue abrupta, sino negociada. El sincretismo evidenciado en la arqueología demuestra que la identidad cristiana etíope emergió a partir de la transformación selectiva del pasado. La arquitectura materializó esta evolución: de las basílicas que proclamaban pertenencia a una cristiandad amplia, se pasó a las iglesias monolíticas que afirmaban una singularidad resistente en un contexto de aislamiento geopolítico.

En el plano doctrinal, la adhesión al miafisitismo consolidó una identidad teológica propia. La Iglesia Tewahedo no se definió en función de Europa ni de Bizancio, sino dentro de una tradición oriental que preservó su continuidad como institución africana precolonial. Esta singularidad doctrinal se convirtió en fortaleza cultural.

Finalmente, la tradición salomónica y la narrativa del Arca de la Alianza elevaron el edificio ideológico a su dimensión mítica. La historia sagrada se fundió con la legitimidad política, transformando el territorio en geografía teológica. El mito no sustituyó a la historia; la estructuró como memoria colectiva.

Aksum no solo adoptó el cristianismo; lo reconfiguró en clave africana. La cristianización de Etiopía demuestra que la religión puede convertirse en instrumento de cohesión estatal, en marco civilizatorio y en fundamento de resistencia histórica. En este proceso, fe y estrategia no fueron excluyentes. Se potenciaron mutuamente.

Lo que emerge es una lección histórica de largo alcance: cuando religión, poder e identidad se articulan con coherencia estructural, pueden generar tradiciones de extraordinaria duración. Etiopía no fue simplemente cristianizada; se pensó a sí misma a través del cristianismo. Y en ese pensamiento encontró continuidad, singularidad y permanencia.

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