EL
CONCEPTO DE LO SAGRADO EN SOCIEDADES SECULARES
Introducción
Las sociedades
occidentales contemporáneas se autodefinen, en gran medida, como seculares. La
separación entre Iglesia y Estado, la privatización de la fe y la progresiva
pérdida de autoridad de las instituciones religiosas tradicionales han sido
interpretadas durante décadas como signos de un proceso irreversible de
“desencantamiento”. Sin embargo, la desaparición de la religión institucional
no ha supuesto necesariamente la desaparición de lo sagrado. Más bien parece
haber provocado su desplazamiento, su resignificación y su redistribución en
nuevos ámbitos de la vida colectiva.
Desde la
sociología clásica, Émile Durkheim definió lo sagrado no como atributo
exclusivo de lo religioso, sino como aquello que una comunidad separa, protege
y rodea de prohibiciones y reverencia. Bajo esta perspectiva, la secularización
no elimina lo sagrado; transforma sus objetos. Lo que cambia no es la
estructura simbólica, sino su localización.
En el mundo
contemporáneo, símbolos políticos, derechos humanos, memorias históricas,
patrimonios culturales, espacios urbanos y experiencias estéticas comienzan a
desempeñar funciones análogas a las antiguas instituciones religiosas: generan
rituales, establecen ortodoxias, producen herejías y movilizan emociones
colectivas intensas. Se configura así una constelación de “sacralidades
seculares” donde la trascendencia no desaparece, sino que se vuelve inmanente,
desplazada hacia la historia, la identidad o la experiencia.
Este artículo
se estructura en seis partes que analizan las transformaciones del concepto de
lo sagrado en sociedades formalmente seculares:
- Procesos de resignificación y
transferencia de lo sagrado hacia símbolos y narrativas contemporáneas.
- El patrimonio cultural inmaterial
como nueva categoría cuasi-sagrada en contextos postreligiosos.
- La emergencia de espiritualidades
seculares en el espacio público urbano.
- La sacralización de la memoria
histórica y las figuras del pasado en estados contemporáneos.
- La dimensión teológica implícita en
los discursos de derechos humanos y dignidad universal.
- La estetización de lo sagrado en
experiencias artísticas y culturales contemporáneas.
1. Procesos
de resignificación y transferencia de lo sagrado en las sociedades occidentales
contemporáneas
1.1 Lo
sagrado como categoría estructural
Para comprender
la resignificación contemporánea de lo sagrado es necesario partir de su
definición sociológica. En la tradición de Émile Durkheim, lo sagrado no se
identifica exclusivamente con lo divino, sino con aquello que una comunidad
separa del uso ordinario, protege mediante prohibiciones y rodea de respeto
ritual. Lo sagrado establece fronteras simbólicas que estructuran la cohesión
social.
Desde esta
perspectiva, la secularización no elimina la distinción entre lo sagrado y lo
profano; la desplaza. El proceso moderno no destruye la necesidad antropológica
de consagrar ciertos valores o símbolos, sino que modifica sus referentes.
1.2
Transferencia simbólica y nuevos objetos de reverencia
En las
sociedades contemporáneas, la transferencia de lo sagrado se manifiesta en la
elevación simbólica de determinados principios, instituciones o identidades. La
nación, la democracia, la Constitución, la libertad de expresión o la igualdad
pueden adquirir un estatuto cuasi-sagrado, rodeado de rituales, ceremonias y
límites discursivos que no pueden ser transgredidos sin sanción social.
Esta
transferencia simbólica no implica necesariamente idolatría consciente, sino un
proceso gradual por el cual ciertos elementos adquieren intangibilidad moral.
Las ceremonias cívicas, los juramentos públicos o los días conmemorativos
reproducen formas rituales tradicionales en un marco secular.
La sacralidad
se reubica en el plano político y jurídico.
1.3
Reapropiación comercial y cultural de símbolos religiosos
La
resignificación también opera en el ámbito cultural y comercial. Símbolos
religiosos tradicionales son reinterpretados como marcas estéticas, identidades
culturales o experiencias emocionales. Catedrales convertidas en espacios
turísticos, iconografías sagradas integradas en moda o diseño, festividades
religiosas transformadas en eventos de consumo masivo muestran cómo lo sagrado
puede desanclarse de su función teológica y adquirir nuevos significados.
Este proceso no
elimina la carga simbólica original, sino que la resignifica dentro de un
mercado de experiencias.
1.4
Movimientos políticos y sacralización de causas
Determinados
movimientos políticos contemporáneos adoptan dinámicas propias de comunidades
de fe: narrativas fundacionales, mártires simbólicos, ortodoxias doctrinales y
rituales colectivos. Las manifestaciones públicas, las vigilias y los actos de
memoria pueden adquirir una intensidad emocional y una dimensión normativa que
recuerdan prácticas religiosas.
La causa
política se convierte en objeto de compromiso absoluto. La disidencia puede
percibirse no solo como desacuerdo racional, sino como profanación moral.
1.5 La
intangibilidad moral como nuevo tabú
Uno de los
indicadores más claros de transferencia de lo sagrado es la aparición de zonas
discursivas intocables. Cuando ciertos temas, símbolos o principios quedan
protegidos por una prohibición tácita de cuestionamiento, entran en la esfera
de lo sagrado secular.
No se trata de
afirmar que toda defensa normativa sea sacralización, sino de observar cómo
algunas categorías adquieren una protección simbólica que trasciende el debate
pragmático y se convierte en fundamento moral absoluto.
1.6
Persistencia estructural del fenómeno
La
resignificación de lo sagrado en sociedades seculares no es un fenómeno
marginal, sino estructural. El ser humano parece requerir ámbitos de
significado que trasciendan la utilidad inmediata. En ausencia de referencia
trascendente tradicional, estos ámbitos se desplazan hacia la historia, la
política, la identidad o el consumo cultural.
La
secularización, lejos de extinguir lo sagrado, lo redistribuye. Cambian los
objetos, permanecen las estructuras. Lo sagrado se transforma en una categoría
móvil que continúa organizando la experiencia colectiva incluso en contextos
que se autodefinen como plenamente racionales y laicos.
2. El
patrimonio cultural inmaterial como categoría cuasi-sagrada en el contexto
secular
2.1 De reliquia religiosa a herencia colectiva
En sociedades
secularizadas, el concepto de “patrimonio” ha experimentado una expansión
semántica notable. Lo que en contextos tradicionales se vinculaba a reliquias,
templos o lugares santos, hoy se articula en torno a prácticas, lenguas,
músicas, rituales festivos y saberes transmitidos intergeneracionalmente. El
patrimonio cultural inmaterial se convierte así en un objeto de preservación,
protección y reverencia colectiva.
Este
desplazamiento no elimina la estructura de sacralidad; la redefine. El
patrimonio deja de ser únicamente memoria del pasado para convertirse en
fundamento identitario del presente.
2.2
Institucionalización y legitimación internacional
La
consolidación del concepto de patrimonio cultural inmaterial, especialmente a
partir de su reconocimiento por organismos internacionales como UNESCO, ha
contribuido a dotarlo de un estatuto normativo particular. La inscripción de
una práctica en listas oficiales no solo reconoce su valor cultural, sino que
la rodea de un aura de intangibilidad.
La categoría
adquiere un carácter casi canónico: lo inscrito debe ser protegido, transmitido
y celebrado. La comunidad que lo porta se convierte en depositaria de una
herencia que no puede ser alterada sin riesgo de pérdida simbólica.
2.3
Ritualización secular de la memoria cultural
Las
celebraciones, festivales y conmemoraciones vinculadas al patrimonio funcionan
como rituales de reafirmación colectiva. Aunque desvinculados de instituciones
religiosas, reproducen dinámicas de comunidad, repetición simbólica y
sacralización del tiempo.
El calendario
civil incorpora fechas patrimoniales que estructuran la memoria colectiva. La
repetición anual de estas prácticas refuerza la continuidad identitaria,
generando una experiencia de pertenencia que trasciende lo utilitario.
La memoria
cultural se convierte en espacio de reverencia.
2.4
Patrimonio y construcción de comunidad
El patrimonio
inmaterial opera como dispositivo de cohesión social. En contextos de
pluralidad cultural y fragmentación identitaria, la evocación de tradiciones
compartidas actúa como fundamento simbólico de comunidad.
La pertenencia
ya no se articula necesariamente en torno a dogmas religiosos, sino en torno a
prácticas culturales elevadas a la categoría de herencia común. La comunidad se
reconoce en sus relatos, músicas, danzas o gastronomías como si fueran textos
fundacionales.
La transmisión
intergeneracional adquiere un carácter casi litúrgico.
2.5
Tensiones entre autenticidad y transformación
La
sacralización del patrimonio genera también tensiones. La exigencia de
preservar la “autenticidad” puede entrar en conflicto con la naturaleza
dinámica de las culturas vivas. Cuando una práctica se fija como patrimonio,
corre el riesgo de convertirse en objeto museificado.
Este fenómeno
revela un rasgo propio de lo sagrado: la tendencia a proteger lo consagrado
frente a la profanación o el cambio excesivo.
2.6
Patrimonio como trascendencia inmanente
En sociedades
donde la trascendencia religiosa pierde centralidad, el patrimonio cultural
ofrece una forma de trascendencia inmanente. No remite a un más allá
metafísico, sino a la continuidad histórica y simbólica de la comunidad.
Lo sagrado se
desplaza hacia la memoria colectiva. La herencia cultural funciona como relato
fundador que dota de sentido al presente y proyecta una continuidad hacia el
futuro.
Así, el
patrimonio cultural inmaterial no es simplemente una categoría administrativa.
Es uno de los lugares donde las sociedades seculares reinscriben lo sagrado
bajo nuevas formas, preservando estructuras simbólicas antiguas en un lenguaje
aparentemente laico.
3.
Espiritualidades seculares y nuevos locus de lo sagrado en el espacio público
urbano
3.1 De
templo religioso a espacio memorial
En las
sociedades seculares contemporáneas, el espacio urbano se ha convertido en
escenario privilegiado de nuevas formas de sacralidad. Monumentos
conmemorativos, memoriales de víctimas, lugares asociados a traumas colectivos
o espacios naturales protegidos funcionan como puntos de concentración
simbólica donde se experimenta una forma de trascendencia inmanente.
Estos lugares
no remiten necesariamente a lo divino, pero sí generan comportamientos
ritualizados: silencio, deposición de flores, peregrinaciones espontáneas,
actos colectivos de duelo. La estructura antropológica del santuario se
reconfigura en clave laica.
3.2 Memoria
traumática y consagración del dolor
Los memoriales
dedicados a guerras, genocidios, atentados o catástrofes adquieren un estatuto
cuasi-sagrado. El dolor colectivo se convierte en fundamento de comunidad
moral. La visita al lugar de memoria implica una disposición emocional similar
a la reverencia religiosa.
Estos espacios
producen una pedagogía simbólica: recuerdan lo ocurrido, delimitan lo
intolerable y establecen un consenso ético sobre el pasado. Profanar el lugar o
trivializar su significado provoca sanción social intensa.
La memoria
traumática se convierte en objeto de consagración.
3.3
Naturaleza protegida como santuario secular
Parques
nacionales, reservas naturales o paisajes emblemáticos también pueden funcionar
como nuevos espacios sagrados. La prohibición de alteración, la limitación de
acceso y la regulación estricta evocan categorías tradicionales de espacio
consagrado.
La experiencia
estética de lo sublime natural genera sentimientos de reverencia y pequeñez
ante la magnitud del entorno. La conservación ambiental adquiere así un
componente ético absoluto: destruir la naturaleza no es solo daño ecológico,
sino profanación.
La naturaleza
se convierte en locus de trascendencia sin necesidad de teología explícita.
3.4
Ritualidad colectiva en el espacio urbano
Las
concentraciones ciudadanas, vigilias con velas, marchas silenciosas o actos
conmemorativos reproducen formas rituales clásicas: repetición simbólica,
coreografía colectiva, uso de signos y consignas. La ciudad se transforma en
escenario litúrgico donde la comunidad reafirma valores considerados
inviolables.
La
performatividad pública genera una experiencia de comunión que, aunque no
invoque lo sobrenatural, produce cohesión moral intensa.
3.5
Transcendencia inmanente y experiencia numinosa
En estos
espacios urbanos, la experiencia descrita por muchos participantes remite a
categorías tradicionalmente asociadas a lo numinoso: solemnidad, recogimiento,
conmoción profunda. Sin referencia explícita a lo divino, la experiencia
conserva rasgos estructurales de sacralidad.
La
trascendencia se desplaza desde un más allá metafísico hacia la intensidad
emocional compartida en el aquí y ahora.
3.6
Redefinición del espacio público
El espacio
público moderno, concebido originalmente como ámbito de deliberación racional,
integra también dimensiones simbólicas profundas. Los lugares de memoria y los
espacios naturales protegidos se convierten en puntos de referencia moral donde
la comunidad se reconoce y se define.
La
secularización no ha eliminado la necesidad de lugares consagrados. Ha
transformado su significado. El santuario ya no está necesariamente vinculado a
una institución religiosa, pero sigue existiendo allí donde una comunidad
establece límites, rituales y reverencia.
En el corazón
de la ciudad secular, lo sagrado reaparece bajo formas nuevas, pero
estructuralmente reconocibles.
4. La
sacralización de la memoria histórica y las figuras del pasado en los estados
seculares
4.1 Historia
como relato fundacional
En los estados
seculares contemporáneos, la historia cumple una función que tradicionalmente
correspondía a la mitología religiosa: ofrecer un relato de origen, establecer
héroes ejemplares y delimitar momentos fundacionales. Determinados eventos
—revoluciones, guerras de independencia, transiciones políticas— adquieren un
estatuto simbólico que trasciende su carácter factual.
Estos
acontecimientos no son solo objeto de estudio académico, sino pilares
identitarios. Se convierten en hitos cuya interpretación configura la
legitimidad del presente.
4.2
Canonización laica y figuras ejemplares
Las figuras
históricas centrales —líderes políticos, pensadores, mártires civiles— pueden
ser objeto de una canonización laica. Sus biografías se simplifican, se
ritualizan y se transmiten como modelos normativos.
Estatuas,
nombres de calles, ceremonias oficiales y conmemoraciones periódicas cumplen
funciones análogas a la veneración de santos en tradiciones religiosas. La
crítica radical a estas figuras puede ser percibida no solo como revisión
historiográfica, sino como transgresión moral.
La memoria
colectiva eleva a ciertos personajes a un estatus simbólico intocable.
4.3
Ortodoxias interpretativas y herejías historiográficas
Cuando la
memoria histórica adquiere carácter normativo, se generan ortodoxias
interpretativas. Existen narrativas consideradas legítimas y otras que pueden
ser calificadas como revisionistas o heréticas.
Esto no implica
negar la necesidad de consenso moral sobre determinados hechos, sino señalar
que la dinámica estructural reproduce patrones propios de comunidades de fe:
delimitación de interpretación válida, sanción simbólica de desviaciones y
ritualización de conmemoraciones.
La historia
deja de ser únicamente campo académico y se convierte en espacio de sacralidad
civil.
4.4 Rituales
conmemorativos y liturgia estatal
Los días
nacionales, los minutos de silencio, los desfiles o las ceremonias
parlamentarias reproducen una liturgia cívica. La repetición anual de estas
prácticas genera continuidad simbólica y refuerza la identidad colectiva.
La solemnidad
de estos actos, el uso de símbolos, himnos y fórmulas ritualizadas, confieren a
la memoria histórica una dimensión performativa que trasciende la simple
evocación.
El Estado
secular se dota de una liturgia propia.
4.5 Memoria,
moralidad y límites discursivos
La
sacralización de la memoria histórica delimita lo decible. Ciertos
acontecimientos se sitúan en una esfera moral donde el cuestionamiento puede
interpretarse como negación del sufrimiento o trivialización del mal.
La memoria
colectiva, en este sentido, funciona como núcleo normativo. No es únicamente
pasado recordado, sino fundamento ético del presente.
4.6 Entre
cohesión y conflicto
La
sacralización de la memoria puede fortalecer cohesión social, pero también
generar tensiones cuando distintas comunidades compiten por reconocimiento
simbólico. En sociedades pluralistas, múltiples relatos pueden aspirar a
estatuto fundacional.
El fenómeno
revela que la secularización no elimina la necesidad de relatos sagrados; la
traslada al terreno histórico. La nación, el sufrimiento colectivo y las
figuras del pasado se convierten en objetos de reverencia estructural,
configurando una sacralidad civil que opera con dinámicas propias de tradición
religiosa, aunque en lenguaje laico.
5. La
dimensión teológica implícita en los discursos de los derechos humanos y la
dignidad universal
5.1
Universalidad y sacralización de la persona
En el marco de
los estados seculares contemporáneos, los derechos humanos se presentan como
principios racionales, universales y jurídicamente fundamentados. Sin embargo,
su estructura normativa revela rasgos que históricamente pertenecieron al
ámbito teológico: la afirmación de la dignidad intrínseca de toda persona como
valor absoluto e inviolable.
La idea de que
cada ser humano posee un valor incondicional que no puede ser instrumentalizado
funciona como núcleo normativo no negociable. Este carácter inviolable aproxima
la dignidad humana a una categoría cuasi-sagrada.
5.2
Fundamentos históricos y desplazamiento conceptual
La genealogía
de los derechos humanos remite tanto a tradiciones ilustradas como a raíces
judeocristianas que concebían al ser humano como portador de una dignidad
ontológica. En el proceso de secularización, esta concepción no desapareció;
fue reformulada en lenguaje jurídico y filosófico.
El paso de
“imagen de Dios” a “dignidad humana universal” puede interpretarse como una
traducción secular de categorías teológicas. El fundamento trascendente se
sustituye por un consenso racional, pero la estructura de intangibilidad
permanece.
5.3 Dogma,
herejía y excomunión simbólica
Cuando
determinados principios se consideran no debatibles —por ejemplo, la
prohibición de tortura o esclavitud— entran en la esfera de lo normativamente
sagrado. La violación de estos principios no es percibida únicamente como
infracción legal, sino como profanación moral.
En el espacio
público global, los estados o actores que transgreden estos valores pueden ser
objeto de condena, sanción o aislamiento. Se configura así una dinámica que
recuerda mecanismos de exclusión simbólica propios de comunidades religiosas:
ortodoxia normativa frente a desviación intolerable.
El lenguaje
jurídico opera como liturgia secular que delimita el bien y el mal.
5.4
Comunidad moral global
Los derechos
humanos contribuyen a la formación de una comunidad moral transnacional.
Organizaciones internacionales, tribunales y activistas actúan como guardianes
de un orden normativo considerado universal.
La adhesión a
estos principios no es solo formal; implica una dimensión ética profunda que
moviliza emociones, compromisos y prácticas ritualizadas —declaraciones
solemnes, conmemoraciones, campañas de sensibilización—.
La
universalidad de la dignidad humana se convierte en horizonte moral compartido.
5.5
Tensiones entre relativismo y absolutismo
La dimensión
cuasi-teológica de los derechos humanos se manifiesta también en el debate
entre universalismo y relativismo cultural. Defender la universalidad implica
afirmar un principio que trasciende contextos particulares, análogo a una
verdad normativa superior.
La resistencia
a esta universalidad puede interpretarse como desafío doctrinal, generando
conflictos entre distintas visiones del orden moral.
5.6 Ética
secular y persistencia de lo sagrado
El discurso de
los derechos humanos muestra que la secularización no ha vaciado el espacio
normativo de absolutos. Ha redefinido sus fundamentos. La dignidad humana
funciona como eje moral intocable, estructurando sistemas jurídicos y discursos
políticos contemporáneos.
En este
sentido, los derechos humanos pueden entenderse como una forma de teología
civil secularizada: no invocan lo divino, pero operan con categorías de
inviolabilidad, universalidad y comunidad de creyentes que remiten
estructuralmente a lo sagrado.
La ética
secular moderna no carece de sacralidad; la ha traducido a un lenguaje
jurídico-racional que preserva su núcleo de intangibilidad.
6. La
estetización de lo sagrado en contextos seculares
6.1 De la
liturgia religiosa a la experiencia estética
En las
sociedades contemporáneas, el arte y la experiencia estética han asumido
funciones que tradicionalmente pertenecían al ámbito religioso. Conciertos
multitudinarios, instalaciones inmersivas, exposiciones museísticas o
performances colectivas generan descripciones en términos de “revelación”,
“éxtasis”, “trascendencia” o “experiencia transformadora”.
La categoría de
lo sagrado se desplaza así hacia el ámbito estético. La obra de arte deja de
ser solo objeto de contemplación y se convierte en espacio de experiencia
intensificada.
6.2 El museo
como nuevo templo
Los museos
contemporáneos reproducen, en cierto modo, la arquitectura simbólica del
templo: silencio reverencial, iluminación dirigida, disposición jerárquica de
objetos y recorrido ritualizado. Determinadas obras adquieren estatus icónico y
son visitadas con actitud próxima a la veneración.
El visitante no
solo observa; participa en una experiencia de elevación emocional que puede
describirse como numinosa, en el sentido de una sensación de sobrecogimiento
ante algo que excede lo ordinario.
El espacio
cultural se convierte en santuario laico.
6.3 Música y
comunión colectiva
La música,
especialmente en grandes eventos o conciertos, produce experiencias de
sincronización emocional y corporal que evocan antiguas liturgias. La
repetición rítmica, la coreografía colectiva y la intensidad sonora generan un
sentimiento de comunión.
Los asistentes
describen a menudo estos momentos como “trascendentes” o “espirituales”, aun
cuando el contenido sea completamente secular.
La experiencia
estética sustituye a la experiencia religiosa sin eliminar su estructura
afectiva.
6.4 Arte
inmersivo y búsqueda de sentido
Instalaciones
inmersivas, experiencias audiovisuales y entornos digitales interactivos
ofrecen espacios donde el individuo se sumerge en narrativas simbólicas que
suspenden la cotidianidad. Esta suspensión del tiempo ordinario reproduce la
distinción clásica entre tiempo profano y tiempo sagrado.
El arte
contemporáneo no necesariamente propone dogmas, pero sí crea umbrales de
intensidad donde el espectador experimenta una forma de revelación subjetiva.
6.5
Lenguajes contemporáneos de lo numinoso
Aunque
desvinculados de referencia teológica explícita, los discursos sobre arte
recurren con frecuencia a vocabulario tradicionalmente religioso: epifanía,
iluminación, misterio, aura. La experiencia estética se convierte en vía
legítima para acceder a dimensiones profundas de significado.
Esta
estetización no elimina la racionalidad moderna, pero introduce una dimensión
simbólica que escapa al cálculo instrumental.
6.6 La
sacralidad como experiencia
La
secularización no ha extinguido la búsqueda de experiencias que excedan lo
ordinario. La ha desplazado hacia el arte, la música y los espacios culturales.
Lo sagrado ya no se define necesariamente por su referencia a lo divino, sino
por la intensidad y separación que produce en la experiencia.
En este
contexto, la estética se convierte en uno de los principales vehículos de
sacralidad contemporánea. El arte no reemplaza a la religión en sentido
doctrinal, pero cumple funciones similares en términos de comunión, revelación
y configuración simbólica del mundo.
La sociedad
secular continúa produciendo momentos de elevación y reverencia. Solo han
cambiado los lenguajes y los escenarios.
Conclusión
El recorrido
realizado permite afirmar que la secularización no ha significado la
desaparición de lo sagrado, sino su redistribución. Las sociedades
contemporáneas, aun cuando se autodefinen como racionales, pluralistas y
desvinculadas de autoridad religiosa institucional, continúan produciendo
ámbitos de intangibilidad, ritualidad y reverencia. Lo que ha cambiado no es la
estructura antropológica de lo sagrado, sino sus objetos y sus lenguajes.
La
transferencia simbólica hacia principios políticos, la elevación del patrimonio
cultural como herencia inviolable, la consagración de espacios de memoria
traumática, la canonización laica de figuras históricas, la sacralización de la
dignidad humana y la estetización de la experiencia trascendente muestran una
constante: la necesidad colectiva de separar ciertos valores del ámbito
ordinario y rodearlos de protección simbólica.
El mundo
secular no vive en un vacío de significado. Vive en una reconfiguración de los
lugares donde ese significado se concentra. El templo puede convertirse en
museo; la liturgia en ceremonia cívica; la reliquia en monumento; el dogma en
principio jurídico universal. Pero la lógica que distingue lo intocable de lo
discutible, lo venerado de lo trivial, permanece operativa.
Este
desplazamiento no implica una crítica ni una celebración automática del
fenómeno. Supone reconocer que lo sagrado es una categoría estructural de la
vida social. Incluso en contextos de desencantamiento, las comunidades generan
nuevas formas de trascendencia inmanente para sostener cohesión, identidad y
orientación moral.
La pregunta
decisiva no es si las sociedades seculares tienen lo sagrado, sino dónde lo
sitúan y cómo gestionan su poder simbólico. Allí donde algo se vuelve
incuestionable, ritualizado y moralmente absoluto, reaparece la huella de lo
sagrado.
En última
instancia, el estudio de lo sagrado en contextos seculares revela una paradoja:
cuanto más se afirma la autonomía racional de la sociedad moderna, más evidente
resulta que la necesidad de consagrar valores y experiencias no ha
desaparecido. Solo ha adoptado formas nuevas, discretas y profundamente
estructurales.
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