EL CONTROL DE LOS ESTRECHOS

MALACA, ORMUZ, Y BAB EL- MANDEB

Introducción

El control de los estrechos de Malaca, Ormuz y Bab el-Mandeb constituye uno de los problemas más decisivos de la geopolítica marítima contemporánea. Estos tres pasos no son simples accidentes geográficos ni meros corredores de navegación, sino puntos de concentración del poder, la vulnerabilidad y la coerción estratégica. En ellos convergen el comercio energético mundial, la circulación de mercancías críticas, la proyección de fuerzas navales, la rivalidad entre grandes potencias y la capacidad de actores regionales o no estatales para alterar el equilibrio internacional sin necesidad de librar una guerra convencional de gran escala. Allí donde la economía global parece más integrada, también se revela más expuesta a la interrupción.

La relevancia de estos estrechos reside en una paradoja fundamental: el sistema internacional necesita que permanezcan abiertos, pero esa misma necesidad los convierte en objetivos privilegiados de presión, disuasión y amenaza. Su valor no se mide solo por el volumen de petróleo, gas o mercancías que atraviesan sus aguas, sino por el hecho de que en ellos la geografía se transforma en un instrumento directo de poder. Quien domina, condiciona o simplemente pone en duda la seguridad del tránsito en estos espacios puede generar efectos desproporcionados sobre precios, rutas logísticas, decisiones diplomáticas, despliegues militares y percepciones de riesgo a escala planetaria.

Sin embargo, Malaca, Ormuz y Bab el-Mandeb no responden a una misma lógica operativa. Malaca representa la dimensión estructural de la competencia entre grandes potencias y la vulnerabilidad logística de Asia oriental. Ormuz encarna la posibilidad de que una potencia regional convierta un espacio estrecho y saturado en un escenario de disuasión asimétrica frente a adversarios superiores. Bab el-Mandeb, por su parte, expresa la combinación más compleja entre guerra regional, militarización de costas, insurgencia, bases extranjeras y perturbación del comercio global. Analizarlos conjuntamente permite entender tanto lo que comparten como aquello que los diferencia: no existe un único modelo de control de estrechos, sino varias formas de instrumentalizar el mar como factor de poder.

La tesis de este artículo es que, en el siglo XXI, el control de los grandes chokepoints marítimos ya no depende únicamente de la supremacía naval clásica, sino de una combinación más compleja de factores: posición geográfica, cobertura de sensores, misiles costeros, guerra de minas, drones, inteligencia, infraestructura portuaria, alianzas regionales y capacidad de resistencia económica. En consecuencia, la disputa por estos espacios no enfrenta solo flotas entre sí, sino doctrinas opuestas sobre cómo interrumpir, defender, negar o asegurar la circulación en los corredores más sensibles del planeta.

Las seis partes en que se va a dividir el artículo son las siguientes:

1. Teoría de los chokepoints marítimos y su valor en la estrategia militar contemporánea.
Se analizará el concepto de punto de estrangulamiento marítimo desde la teoría naval clásica y contemporánea, estudiando por qué estos espacios concentran una capacidad de poder desproporcionada y cómo el control de las líneas de comunicación marítima puede traducirse en poder de interrupción.

2. Geopolítica del Indo-Pacífico: Malaca como eje de la competencia sino-estadounidense.
Se examinará el estrecho de Malaca como uno de los núcleos principales de la rivalidad entre China y Estados Unidos, valorando la vulnerabilidad energética china, la proyección naval en el Indo-Pacífico y la relación entre Malaca, el Mar de la China Meridional y la estrategia regional de Pekín.

3. Ormuz y la asimetría del poder: Irán como actor disruptivo en el Golfo Pérsico.
Se estudiará el estrecho de Ormuz desde la lógica de la guerra asimétrica y la disuasión por negación, evaluando la doctrina iraní, la amenaza de cierre del estrecho y la capacidad real de una potencia media para imponer costes estratégicos a fuerzas navales superiores.

4. Bab el-Mandeb y la militarización del Cuerno de África: nueva frontera de la competencia global.
Se abordará Bab el-Mandeb como un espacio donde confluyen intereses globales y regionales, prestando atención a la guerra de Yemen, la actividad de actores armados, la proliferación de bases extranjeras y la creciente centralidad estratégica del Mar Rojo y del Cuerno de África.

5. Guerra económica y bloqueo naval: implicaciones del control de los estrechos en conflictos futuros.
Se analizará cómo la interrupción del tráfico en Malaca, Ormuz o Bab el-Mandeb puede convertirse en instrumento de coerción estratégica, observando los límites jurídicos del paso en tránsito y la forma en que los bloqueos navales podrían redefinirse en un contexto de misiles, drones y guerra electrónica.

6. Estrategia naval comparada: capacidad de proyección de poder en los tres estrechos.
Se realizará una comparación de las capacidades navales, doctrinas operativas y tecnologías necesarias para controlar o defender cada uno de estos tres espacios, valorando si la evolución de la guerra naval favorece al defensor, al atacante o a quienes mejor integren ambos planos.

A través de estas seis partes, el artículo mostrará que los estrechos estratégicos no son únicamente pasos marítimos de importancia comercial, sino auténticos centros de gravedad del sistema internacional. En ellos se cruzan la economía mundial, la rivalidad militar, la disuasión tecnológica y la fragilidad estructural de la globalización. Comprender su lógica equivale, en gran medida, a comprender cómo funciona hoy el poder en el mar.

1. Teoría de los chokepoints marítimos y su valor en la estrategia militar contemporánea

1.1. El chokepoint como espacio donde la geografía se convierte en poder

Un chokepoint marítimo es un espacio en el que la amplitud del mar queda comprimida por la geografía hasta obligar a la circulación a concentrarse en un paso limitado. Esa reducción física del espacio transforma una simple ruta en un punto de vulnerabilidad estratégica. Allí, lo que en mar abierto sería dispersión y libertad de maniobra se convierte en densidad, previsibilidad y dependencia. Por eso, un estrecho no vale únicamente por su forma, sino por la cantidad de movimiento que canaliza y por el daño potencial que puede producir su interrupción.

La importancia de estos puntos no reside solo en que por ellos transiten mercancías o recursos energéticos, sino en que convierten la circulación global en algo localizable, observable y, llegado el caso, interferible. En ellos se cruzan comercio, logística, energía, presencia militar y cálculo político. Quien consigue influir sobre ese paso, aunque no domine todo el océano, puede afectar al funcionamiento de sistemas económicos enteros. Esa es la esencia del chokepoint: concentrar en un punto reducido una capacidad de presión desproporcionada respecto a su tamaño real.

1.2. La lógica clásica del poder naval y el control de las comunicaciones marítimas

La teoría naval clásica comprendió muy pronto que el dominio del mar no consistía únicamente en destruir la flota enemiga, sino en asegurar las propias rutas de navegación y conservar la capacidad de perturbar las del adversario. Desde esa perspectiva, los estrechos adquirieron un valor excepcional porque condensan las líneas de comunicación marítima en espacios controlables. No son solo corredores de paso, sino nodos donde la circulación puede ser protegida, ralentizada o amenazada.

Esta lógica clásica sigue siendo plenamente válida. El poder marítimo no se mide solo por el número de buques, sino por la capacidad de mantener abiertas las rutas esenciales para uno mismo y de comprometer las del rival en caso de crisis. Los chokepoints encarnan esa lógica de manera casi perfecta, porque en ellos la geografía ayuda al estratega: reduce el espacio de tránsito, facilita la observación, multiplica el valor de la vigilancia y limita las opciones de evasión. Por eso han sido siempre espacios privilegiados para la proyección de poder.

1.3. Del control absoluto al poder de interrupción

En la estrategia contemporánea, el valor del chokepoint ha evolucionado. Ya no es imprescindible ejercer un control absoluto y permanente del paso para obtener ventaja estratégica. En muchos casos basta con poseer la capacidad creíble de interrumpir, degradar o poner en duda la seguridad del tránsito. Esta transformación es fundamental, porque desplaza el centro del problema desde la ocupación física del espacio hacia la amenaza operativa sobre su funcionamiento.

El poder de interrupción puede ejercerse de múltiples formas: mediante presencia naval, guerra de minas, misiles costeros, drones, acciones de hostigamiento, inteligencia sobre rutas comerciales o simple generación de incertidumbre. Lo decisivo no es cerrar herméticamente el estrecho, sino elevar el riesgo hasta el punto de alterar cálculos económicos y militares. En ese sentido, el chokepoint contemporáneo es menos un espacio de posesión que un espacio de influencia coercitiva. Quien puede hacer inseguro el tránsito ya está ejerciendo poder, incluso sin dominar plenamente el área.

1.4. Vulnerabilidad sistémica y fragilidad de la globalización marítima

La economía global moderna depende de la velocidad, la continuidad y la previsibilidad de sus flujos marítimos. Esa dependencia hace que los chokepoints funcionen como auténticas válvulas del sistema internacional. Cuando uno de ellos se ve amenazado, la perturbación no queda confinada al entorno regional, sino que se proyecta sobre seguros, precios, tiempos de entrega, desvíos de rutas, disponibilidad energética y percepción de estabilidad estratégica.

Aquí aparece una paradoja central: cuanto más eficiente y más integrada es la globalización, más sensible se vuelve a la interrupción de unos pocos pasos esenciales. La hiperconexión no elimina la fragilidad, sino que la concentra. Los chokepoints son, por tanto, lugares donde se revela la dimensión más vulnerable del comercio mundial: una red aparentemente extensa y diversificada que, en realidad, depende de corredores muy concretos. Esa concentración convierte a los estrechos en puntos de presión geoeconómica de primer orden.

1.5. ¿Falla estructural o condición inevitable del sistema internacional?

Desde una perspectiva crítica, puede plantearse si esta dependencia de unos pocos pasos angostos constituye una falla estructural del sistema comercial internacional. La respuesta no es simple. Por un lado, la concentración del tráfico en estos corredores genera una vulnerabilidad evidente: demasiada parte del flujo mundial depende de lugares cuya alteración puede producir efectos globales. Desde ese ángulo, el sistema parece haber aceptado una fragilidad excesiva en nombre de la eficiencia.

Pero, por otro lado, esa dependencia no es únicamente producto de decisiones económicas; también responde a la geografía, a la distribución desigual de recursos y a la necesidad de conectar regiones muy alejadas por rutas viables y relativamente cortas. En otras palabras, los chokepoints no son un accidente corregible sin coste, sino una consecuencia en gran medida inevitable de cómo está organizado el planeta y de cómo se ha construido históricamente la economía marítima mundial. La vulnerabilidad, por tanto, no es una anomalía externa al sistema: forma parte de su propia estructura.

1.6. El chokepoint como forma moderna de poder estratégico

En el siglo XXI, los chokepoints marítimos representan una de las expresiones más nítidas del poder estratégico indirecto. Permiten proyectar influencia sin necesidad de conquistar territorios extensos ni de mantener una superioridad oceánica total. Bastan una posición favorable, medios adecuados y capacidad de disuasión para transformar un punto geográfico en un multiplicador de poder. Por eso, los estrechos estratégicos son mucho más que corredores marítimos: son palancas desde las que se puede condicionar el comportamiento de actores muy superiores en términos absolutos.

La teoría militar contemporánea ha ampliado así la visión clásica del dominio marítimo. Hoy controlar un chokepoint no significa únicamente pasar o impedir el paso, sino modular el riesgo, imponer costes, alterar decisiones y convertir la circulación en instrumento de presión. En ese marco, Malaca, Ormuz y Bab el-Mandeb no son solo ejemplos geográficos, sino modelos distintos de una misma realidad: el mar sigue siendo el gran espacio de la interdependencia global, pero también el gran escenario donde esa interdependencia puede ser utilizada como arma.

2. Geopolítica del Indo-Pacífico: Malaca como eje de la competencia sinoestadounidense

2.1. Malaca como articulación central del Indo-Pacífico

El estrecho de Malaca ocupa una posición singular dentro de la geopolítica contemporánea porque enlaza el océano Índico con el mar de la China Meridional y, a través de él, con el corazón industrial de Asia oriental. No es solo una vía marítima intensa, sino el punto donde se conectan la producción manufacturera asiática, el abastecimiento energético del noreste de Asia y la arquitectura estratégica del Indo-Pacífico. Quien observa Malaca no está mirando un paso local, sino una bisagra entre dos grandes teatros marítimos.

Su relevancia deriva precisamente de esa función de bisagra. Para China, Japón, Corea del Sur y otras economías dependientes de importaciones energéticas y del comercio marítimo, Malaca es una arteria logística de primer orden. Para Estados Unidos, en cambio, constituye un punto clave dentro de la red más amplia de equilibrio marítimo regional, porque desde su entorno puede vigilarse, condicionarse o protegerse una parte fundamental del flujo comercial asiático. Así, Malaca no es solo un estrecho: es uno de los lugares donde la geografía organiza la rivalidad sistémica.

2.2. El dilema de Malaca y la vulnerabilidad estratégica china

La expresión “dilema de Malaca” resume una inquietud estratégica profunda de Pekín: una parte muy importante de sus importaciones energéticas y de sus flujos comerciales pasa por un corredor cuya seguridad no controla plenamente. Esta dependencia convierte a China en una potencia simultáneamente fuerte y vulnerable. Fuerte, porque su capacidad económica y naval ha crecido de forma extraordinaria. Vulnerable, porque una parte sustancial de su metabolismo energético sigue transitando por un espacio expuesto a vigilancia, disuasión o interrupción por parte de actores rivales.

La preocupación china no es solo militar, sino estructural. Un país que aspira a ser gran potencia global difícilmente puede sentirse cómodo si percibe que el suministro que alimenta su economía depende de un corredor marítimo estrecho, saturado y potencialmente interferible. De ahí que el dilema de Malaca no deba entenderse como un simple problema de tránsito naval, sino como una cuestión de seguridad nacional en sentido amplio: energía, industria, estabilidad interna, autonomía estratégica y margen de maniobra en caso de crisis.

2.3. La respuesta china: diversificación, infraestructura y proyección naval

Pekín ha intentado reducir esta vulnerabilidad mediante una estrategia múltiple. Por un lado, ha promovido corredores terrestres y energéticos alternativos, oleoductos, gasoductos y conexiones ferroviarias que permitan disminuir, aunque no eliminar, la dependencia marítima. Por otro, ha impulsado una red de puertos, accesos logísticos e inversiones en el océano Índico y sus márgenes, buscando ampliar su profundidad estratégica más allá del mar de la China Meridional. Esta política no responde solo a ambiciones comerciales, sino a una lógica de resiliencia geopolítica.

A ello se suma el crecimiento sostenido de la Armada china. La expansión de la flota, la mejora de sus capacidades de escolta, la profesionalización de sus despliegues lejanos y el desarrollo de una presencia más continua en mares alejados muestran que China no quiere limitarse a aceptar su vulnerabilidad. Aspira a gestionarla, reducirla y, en la medida de lo posible, compensarla con capacidad de presencia y disuasión. Sin embargo, una cosa es ampliar el radio de acción y otra muy distinta sustituir la ventaja acumulada por la red de alianzas, bases y experiencia operativa de Estados Unidos en la región.

2.4. Estados Unidos y el control indirecto del entorno de Malaca

La posición estadounidense en torno a Malaca no debe entenderse como un control directo del estrecho en sentido clásico, sino como una capacidad de influencia sobre el sistema regional en el que el estrecho está inserto. Estados Unidos dispone de una ventaja decisiva no tanto por la ocupación física del paso, sino por su red de socios, acuerdos de acceso, presencia aeronaval, inteligencia compartida y capacidad de operar simultáneamente en varios puntos del Indo-Pacífico. Esa arquitectura le permite ejercer una forma de control indirecto sobre las rutas críticas sin necesidad de convertir el estrecho en una zona cerrada o militarmente monopolizada.

La fuerza de Washington reside en que Malaca no actúa aislado. Está conectado con Singapur, con el mar de la China Meridional, con Filipinas, con Guam, con el Índico y con un entramado de alianzas que multiplican el alcance estadounidense. Desde esa perspectiva, la ventaja de Estados Unidos no descansa solo en sus buques, sino en su capacidad para integrar bases, sensores, logística, interoperabilidad y legitimidad política con Estados ribereños o próximos. El estrecho, por tanto, forma parte de una constelación de poder mucho mayor.

2.5. El mar de la China Meridional como profundidad estratégica de Malaca

La militarización del mar de la China Meridional está estrechamente vinculada con la lógica de Malaca. Para China, reforzar posiciones, infraestructuras, vigilancia y presencia militar en ese espacio no significa únicamente afirmar reivindicaciones territoriales; significa también crear una profundidad estratégica desde la cual proteger accesos, ampliar el radio defensivo y complicar la capacidad ajena de coerción sobre los flujos que se dirigen a sus puertos. En este sentido, el mar de la China Meridional funciona como un cinturón avanzado relacionado con la seguridad del tránsito hacia y desde Malaca.

Esto permite entender por qué la competencia no se limita al propio estrecho. El verdadero problema estratégico no es solo quién domina el canal más angosto, sino quién puede modelar el entorno marítimo completo que conecta el Índico con el litoral chino. Desde esa perspectiva, la construcción de posiciones avanzadas, la vigilancia intensiva, la proyección aérea y naval y la presión diplomática sobre los vecinos forman parte de una misma lógica: si no puede eliminar su exposición en Malaca, Pekín intenta al menos reducir la libertad operativa del rival en los espacios adyacentes.

2.6. ¿Talón de Aquiles real o vulnerabilidad exagerada?

La idea de que Malaca constituye el gran talón de Aquiles de China contiene una parte de verdad, pero también un riesgo de simplificación. Es verdad porque la dependencia energética y comercial china respecto a rutas marítimas críticas sigue siendo una fuente objetiva de exposición estratégica. En una gran crisis, cualquier amenaza creíble sobre ese corredor obligaría a Pekín a recalcular costes, tiempos y prioridades. En ese sentido, la vulnerabilidad existe y no puede ser ignorada.

Pero también puede exagerarse cuando se presenta como si China estuviera atrapada sin opciones. La realidad es más compleja. Pekín lleva años diversificando suministros, ampliando reservas, mejorando su marina, desarrollando rutas alternativas y construyendo una presencia exterior más robusta. Nada de eso elimina el problema, pero sí lo amortigua. Por tanto, Malaca no debe verse como una debilidad absoluta, sino como una vulnerabilidad seria dentro de una competencia prolongada donde ambos actores intentan modificar gradualmente el equilibrio regional.

2.7. La imposición de un bloqueo de facto sin guerra abierta

Uno de los aspectos más delicados de la cuestión es si China podría, en determinadas circunstancias, imponer algún tipo de bloqueo de facto o presión indirecta sin entrar en una confrontación naval total. La respuesta pasa por comprender que en la estrategia contemporánea no siempre es necesario declarar un bloqueo formal para alterar el tránsito. Basta con incrementar la presencia, desplegar vigilancia coercitiva, elevar la incertidumbre, usar presión jurídica o paramilitar y transformar progresivamente la percepción de riesgo. Esa lógica se ha visto en otros escenarios marítimos y podría, en teoría, trasladarse al entorno ampliado de Malaca.

Sin embargo, Malaca presenta límites muy claros para una estrategia de este tipo. Su carácter internacional, la implicación de varios Estados ribereños, la sensibilidad del comercio mundial y la reacción previsible de otras potencias dificultan enormemente que una sola potencia pueda convertirlo en un espacio de coerción unilateral estable sin provocar una respuesta diplomática y militar de amplio alcance. Por eso, el problema para China no es solo cómo usar Malaca en su beneficio, sino cómo impedir que ese mismo estrecho sea utilizado por otros como instrumento de presión contra ella.

2.8. Malaca como laboratorio de la rivalidad sistémica

En última instancia, el estrecho de Malaca resume una de las contradicciones fundamentales del ascenso chino: una gran potencia industrial, tecnológica y militar que aún depende en gran medida de una arquitectura marítima cuya seguridad no controla por completo. Esa contradicción convierte el estrecho en un laboratorio perfecto de la rivalidad sino-estadounidense. Allí se cruzan dependencia económica, expansión naval, alianzas, vulnerabilidad energética y lucha por definir quién puede garantizar —o amenazar— la circulación en el Indo-Pacífico.

Malaca no decide por sí solo el equilibrio de poder regional, pero sí revela una verdad esencial: en la competencia entre grandes potencias, la superioridad no depende únicamente de la fuerza agregada, sino de la capacidad para proteger las propias arterias logísticas y poner en duda las del rival. Por eso, más que un simple paso marítimo, Malaca es uno de los espejos más nítidos de la transición estratégica asiática.

3. Ormuz y la asimetría del poder: Irán como actor disruptivo en el Golfo Pérsico

3.1. Ormuz como estrecho ideal para la coerción asimétrica

El estrecho de Ormuz representa quizá el ejemplo más claro de cómo la geografía puede multiplicar el poder de una potencia regional sin necesidad de convertirla en igual naval de sus adversarios. Su estrechez, su elevada densidad de tráfico, la proximidad de la costa iraní y la enorme relevancia energética del flujo que lo atraviesa lo convierten en un espacio particularmente apto para la coerción asimétrica. En él, la desproporción material entre Irán y las grandes armadas occidentales no desaparece, pero se reduce funcionalmente, porque el entorno favorece a quien busca negar, hostigar o encarecer el tránsito más que a quien necesita garantizarlo de forma continua y segura.

La lógica de Ormuz no es la del dominio oceánico clásico, sino la del castigo localizado con efectos globales. Irán no necesita controlar todo el Golfo ni expulsar de manera permanente a las flotas superiores para generar una amenaza estratégica creíble. Le basta con poder perturbar el paso, elevar el riesgo operacional y demostrar que cualquier intento de neutralizarlo implicaría costes inmediatos sobre el comercio energético, la estabilidad regional y la seguridad del tráfico marítimo. En esto reside la singularidad de Ormuz: convierte la inferioridad general en capacidad de presión puntual.

3.2. Disuasión por negación y doctrina estratégica iraní

La doctrina iraní en el Golfo no se articula sobre la expectativa de derrotar convencionalmente a Estados Unidos o a sus aliados en un enfrentamiento naval abierto. Su lógica es otra: impedir que el adversario actúe con libertad, elevar el coste de cualquier operación ofensiva y convencerlo de que una victoria táctica podría desembocar en una inestabilidad estratégica mucho más amplia. Esa forma de pensar se ajusta bien a la idea de disuasión por negación, donde el objetivo no es necesariamente castigar después del ataque, sino dificultar su ejecución hasta volverlo políticamente menos atractivo.

En ese marco, Ormuz actúa como el escenario donde esa doctrina adquiere mayor densidad. La proximidad territorial permite a Irán combinar vigilancia costera, dispersión de medios, conocimiento del entorno y capacidad de reacción rápida. No necesita simetría para ser peligroso. Necesita saturar el espacio con amenazas diversas, difuminar la línea entre hostigamiento limitado y escalada mayor, y obligar al adversario a operar en condiciones de incertidumbre constante. Su fuerza no reside en la supremacía, sino en la capacidad de convertir cada operación enemiga en una decisión arriesgada.

3.3. El minado naval como arma estratégica de bajo coste

Entre las herramientas más relevantes de la doctrina iraní destaca la guerra de minas. En un estrecho como Ormuz, donde el tráfico debe concentrarse en corredores estrechos y previsibles, el minado posee un valor estratégico extraordinario. No hace falta sembrar miles de minas para generar efectos serios; basta con introducir la posibilidad de su presencia para ralentizar el tránsito, obligar a desplegar medidas de contraminado, encarecer seguros, alterar itinerarios y forzar una respuesta naval compleja. La mina es, en este contexto, un arma de economía estratégica excepcional: barata en comparación con las plataformas que debe enfrentar, pero capaz de producir un impacto desproporcionado.

Además, la guerra de minas opera en un plano especialmente incómodo para las armadas superiores. El barrido, identificación y neutralización de minas es lento, delicado y vulnerable al hostigamiento paralelo. Mientras una marina poderosa necesita limpiar, verificar y reabrir, el actor disruptivo solo necesita introducir duda y repetir la amenaza. En un espacio restringido como Ormuz, esta lógica otorga a Irán una capacidad notable para retrasar la normalización del tránsito incluso sin cerrar por completo el estrecho.

3.4. Enjambres de lanchas rápidas, misiles costeros y saturación táctica

La doctrina iraní se apoya también en la combinación de lanchas rápidas armadas, misiles antibuque costeros, baterías móviles, drones y otros medios de hostigamiento distribuido. Esta arquitectura no busca imponerse en un combate naval clásico, sino saturar la capacidad de respuesta del adversario mediante ataques múltiples, veloces, difíciles de predecir y lanzados desde distintos vectores. El objetivo es explotar la compresión espacial del estrecho para reducir tiempos de reacción y obligar a fuerzas tecnológicamente superiores a defenderse contra amenazas pequeñas, numerosas y dispersas.

El valor de esta táctica reside en su elasticidad. Puede emplearse de forma limitada para señalizar voluntad política, o intensificarse en un escenario de crisis mayor para degradar seriamente la seguridad del tránsito. Además, su eficacia no depende solo del daño material real, sino de la incertidumbre que introduce. En un entorno donde circulan petroleros, gaseros, buques logísticos y unidades militares, la simple posibilidad de una salva de misiles, de un ataque de saturación o de una incursión rápida basta para transformar un corredor comercial en un espacio de riesgo continuo. Irán ha comprendido que, en estas condiciones, la amenaza puede ser tan estratégica como el impacto.

3.5. Los proxies y la expansión del campo de presión

Un rasgo central del poder iraní es que no se limita a su litoral inmediato. La utilización de aliados, milicias y actores afines amplía el espacio de presión más allá de las aguas directamente adyacentes a Ormuz. Esta dimensión indirecta permite a Teherán proyectar influencia sobre rutas marítimas, instalaciones energéticas y entornos regionales sin tener que asumir siempre la autoría plena o la exposición directa de cada acción. Así, la amenaza sobre Ormuz no puede entenderse de manera puramente local, porque forma parte de una red más amplia de coerción regional.

Esta capacidad de proyección indirecta aumenta la complejidad estratégica del problema. Si Irán combina presión en el estrecho con acciones de proxies en otros espacios marítimos o sobre infraestructuras energéticas, el adversario se enfrenta no a un frente lineal, sino a un sistema de disrupción escalable. En otras palabras, la amenaza no reside solo en cerrar un paso, sino en extender la inseguridad a todo el ecosistema regional del transporte energético. Eso refuerza la función de Ormuz como eje, pero también como parte de una arquitectura de presión más vasta.

3.6. La credibilidad de la amenaza iraní: entre la disuasión y el límite suicida

La cuestión decisiva es si la amenaza iraní de cerrar Ormuz debe considerarse realmente creíble. La respuesta exige distinguir entre cierre absoluto y capacidad de interrupción severa. Un cierre hermético, sostenido y prolongado sería extremadamente difícil de mantener frente a una respuesta militar masiva. Irán tendría que asumir represalias muy duras, riesgo de degradación severa de sus capacidades y costes económicos enormes, incluidos los que recaerían sobre su propia posición regional. En ese sentido, convertir el cierre total en estrategia permanente rozaría la lógica de la autolesión.

Sin embargo, deducir de ello que la amenaza carece de valor sería un error. Irán no necesita mantener un bloqueo perfecto para ser creíble. Le basta con poder interrumpir seriamente el tránsito durante un tiempo, elevar el precio de la reapertura y demostrar que cualquier campaña contra él tendría derivadas energéticas globales inmediatas. Su poder no se funda en la sostenibilidad indefinida del cierre, sino en la capacidad de hacer que incluso una perturbación temporal resulte estratégicamente intolerable para sus adversarios. La amenaza es, por tanto, creíble no como dominación permanente, sino como disrupción aguda y costosa.

3.7. Lecciones históricas: del conflicto Irán-Irak a las operaciones navales estadounidenses

Las experiencias históricas del Golfo ofrecen enseñanzas valiosas. Durante la guerra entre Irán e Irak, la llamada guerra de los petroleros mostró cómo el hostigamiento al tráfico marítimo podía convertirse en una prolongación estratégica del conflicto terrestre. Más tarde, las operaciones de escolta y las respuestas navales estadounidenses evidenciaron que una gran potencia puede proteger parte del tráfico y castigar determinadas acciones, pero también que el entorno del Golfo impone una fricción persistente incluso a fuerzas muy superiores. La superioridad tecnológica y material no elimina la vulnerabilidad inherente del espacio.

La historia demuestra así una doble realidad. Por un lado, Irán difícilmente podría sostener un cierre absoluto frente a una campaña decidida de neutralización. Por otro, incluso las marinas más potentes necesitan tiempo, esfuerzo y exposición para restablecer la normalidad en un entorno saturado de amenazas asimétricas. Esa combinación es precisamente la base de la estrategia iraní: no ganar una guerra convencional en el mar, sino impedir que el adversario la transforme en una operación limpia, rápida y políticamente barata.

3.8. ¿Ilusión estratégica o capacidad real de imponer costes?

La pregunta final es si una potencia regional media como Irán puede realmente imponer costes inaceptables a armadas superiores o si todo ello es, en última instancia, una ilusión estratégica. La respuesta más rigurosa es que no puede derrotarlas en términos clásicos, pero sí puede condicionar seriamente su libertad operativa y encarecer de forma notable cualquier esfuerzo por asegurar el estrecho. Esa diferencia es esencial. No se trata de sustituir a la gran potencia, sino de obligarla a pagar mucho por hacer algo que, en teoría, debería resultarle sencillo.

En ese sentido, la estrategia iraní no es una fantasía, pero tampoco una fórmula de invulnerabilidad. Funciona dentro de límites muy claros: su eficacia depende de la sorpresa, de la concentración espacial, de la contención política del adversario y de la posibilidad de actuar por debajo del umbral de una guerra total. Si esos factores cambian, su margen se reduce. Pero mientras se mantengan, Ormuz seguirá siendo uno de los mejores ejemplos de cómo la geografía, combinada con medios relativamente modestos y una doctrina coherente, puede convertir a un actor regional en un disruptor estratégico de primera magnitud.

4. Bab el-Mandeb y la militarización del Cuerno de África: nueva frontera de la competencia global

4.1. Bab el-Mandeb como bisagra entre el Índico, el Mar Rojo y el Mediterráneo

Bab el-Mandeb ocupa una posición estratégica singular porque conecta el golfo de Adén y el océano Índico con el Mar Rojo y, a través de este, con el canal de Suez y el Mediterráneo. No es solo un paso regional, sino uno de los puntos donde se articulan los flujos entre Asia, África, Oriente Medio y Europa. Su importancia no proviene únicamente de la densidad del tráfico que lo atraviesa, sino de su función como enlace entre dos sistemas marítimos mayores: el circuito euroasiático y el eje indo-mediterráneo. Interrumpir Bab el-Mandeb no significa solo alterar una ruta; significa forzar a rediseñar recorridos globales, encarecer tiempos logísticos y desplazar tensiones locales hacia el corazón del comercio internacional.

Esta centralidad convierte al estrecho en una válvula crítica del sistema marítimo contemporáneo. Allí, la distancia geográfica entre el incidente local y la repercusión global se reduce de manera drástica. Una amenaza originada en Yemen, en la costa africana o en el entorno inmediato del Mar Rojo puede proyectar efectos sobre puertos europeos, seguros marítimos, planificación energética y ritmos de abastecimiento intercontinental. Por eso Bab el-Mandeb ha dejado de ser un simple paso de tránsito para convertirse en uno de los nodos donde la geografía, la guerra regional y la competencia global se funden en un solo problema estratégico.

4.2. La militarización de Djibouti y la concentración excepcional de poder militar

Uno de los rasgos más llamativos del entorno de Bab el-Mandeb es la extraordinaria concentración de bases militares extranjeras en Djibouti. Pocos espacios del planeta reúnen en un área tan reducida la presencia simultánea de potencias con agendas, capacidades y horizontes estratégicos diferentes. Estados Unidos, China, Francia, Japón, Italia y otros actores han considerado necesario asegurar una presencia estable en esta franja, no por casualidad, sino porque entienden que quien quiere operar eficazmente en el Mar Rojo, el golfo de Adén y el acceso oriental a Suez necesita un punto de apoyo cercano, logísticamente fiable y políticamente utilizable.

Esta acumulación de presencia militar convierte a Djibouti y su entorno en algo más que una plataforma de apoyo. Lo transforma en un termómetro de la competencia global. Allí se cruzan vigilancia antiterrorista, protección del comercio, presencia expedicionaria, observación mutua entre potencias y capacidad de respuesta ante crisis regionales. La coexistencia de tantas bases en tan poco espacio no refleja estabilidad, sino la conciencia compartida de que Bab el-Mandeb es demasiado importante como para dejarlo fuera del radio de presencia directa. El estrecho, por tanto, no es solo una ruta comercial crítica; es también un escenario de proximidad entre potencias que desconfían unas de otras, pero que no pueden permitirse abandonar el terreno.

4.3. La guerra de Yemen y la transformación del estrecho en zona de conflicto activo

La guerra civil yemení modificó profundamente la naturaleza estratégica de Bab el-Mandeb. Lo que antes podía analizarse sobre todo como corredor comercial vulnerable pasó a convertirse en un entorno de confrontación armada con capacidad real de afectar al tráfico internacional. Desde la costa yemení, las amenazas sobre buques mercantes y unidades militares han demostrado que el estrecho no necesita ser cerrado físicamente para volverse estratégicamente inestable. Basta con que el entorno litoral se militarice, con que existan actores capaces de lanzar ataques y con que el riesgo se vuelva persistente para que la lógica del paso cambie por completo.

La importancia de esta transformación reside en que desplaza el problema del control desde la mera navegación hacia la seguridad del ecosistema marítimo completo. En Bab el-Mandeb no se trata solo de quién pasa, sino de quién puede hacer inseguro el paso desde tierra, desde plataformas irregulares o mediante acciones intermitentes de hostigamiento. La guerra de Yemen ha mostrado así que un estrecho estratégicamente central puede ser alterado por una combinación de conflicto interno, apoyo externo y capacidad de proyección irregular, sin necesidad de una guerra interestatal clásica.

4.4. Los hutíes y la disrupción del comercio como herramienta estratégica

La actividad hutí ha puesto de manifiesto una realidad crucial de la guerra marítima contemporánea: actores con recursos limitados pueden alterar rutas comerciales globales si actúan desde una posición geográfica adecuada y con medios suficientes para elevar el riesgo de tránsito. Su capacidad para atacar, amenazar o condicionar el paso por el Mar Rojo y el entorno de Bab el-Mandeb no depende de poseer una gran marina, sino de combinar misiles, drones, inteligencia selectiva y una lógica de presión sostenida. El resultado no es necesariamente el cierre total del estrecho, pero sí la generación de una inseguridad capaz de modificar decisiones empresariales y estratégicas a gran escala.

Lo más significativo es que esta forma de presión no necesita producir una destrucción masiva para ser eficaz. Basta con que las compañías navieras, las aseguradoras y los Estados consideren que la ruta se ha vuelto demasiado arriesgada o demasiado costosa en comparación con alternativas más largas. De este modo, la coerción marítima ya no se mide solo por hundimientos o bloqueos declarados, sino por la capacidad de inducir desvíos, retrasos, encarecimientos y dudas estructurales sobre la seguridad del paso. Bab el-Mandeb se convierte así en un ejemplo de cómo la amenaza intermitente puede generar efectos económicos comparables, en algunos aspectos, a formas tradicionales de interdicción.

4.5. El Cuerno de África como espacio de proyección regional competitiva

Bab el-Mandeb no puede entenderse únicamente desde la óptica de las grandes potencias. También es un escenario donde potencias regionales han proyectado influencia sobre puertos, costas, infraestructuras y gobiernos del Cuerno de África y del litoral del Mar Rojo. Turquía, Emiratos Árabes Unidos, Qatar y Arabia Saudí, entre otros, han desarrollado distintas formas de presencia económica, militar o política en la región, conscientes de que el control indirecto de nodos costeros y apoyos logísticos puede traducirse en capacidad de influencia estratégica.

Esta competencia regional añade una capa especialmente compleja al problema. Bab el-Mandeb ya no es solo un paso entre continentes, sino una zona donde se cruzan agendas diferentes: seguridad marítima, rivalidades intraárabes, puja por puertos, corredores comerciales, influencia sobre Estados frágiles y presencia en la retaguardia africana del Mar Rojo. Esa multiplicidad de intereses impide reducir el estrecho a una simple prolongación del conflicto yemení. En realidad, se trata de un espacio donde cada actor intenta convertir la proximidad geográfica en ventaja política, militar o logística frente a sus competidores.

4.6. De la piratería a la competencia sistémica: cambio de escala estratégica

Durante años, el entorno del golfo de Adén y el Cuerno de África fue analizado prioritariamente a través del prisma de la piratería. Aquella etapa reveló ya la vulnerabilidad del tráfico en la región, pero el problema actual es cualitativamente distinto. La amenaza contemporánea no procede solo de actores criminales interesados en capturar rentas, sino de una interacción entre guerra regional, ambición de potencias, actores armados ideologizados y disputas por el control de la infraestructura costera. Se ha producido, por tanto, un cambio de escala: de la inseguridad marítima focalizada a la competencia estratégica multidimensional.

Este salto es decisivo porque implica que la respuesta ya no puede basarse solo en patrullas, escoltas y medidas antipiratería. Lo que está en juego es un equilibrio regional mucho más amplio que incluye presencia militar permanente, alianzas, diplomacia coercitiva, apoyo a gobiernos locales, control de puertos y capacidad de operar en múltiples dominios a la vez. Bab el-Mandeb ha dejado de ser una periferia problemática del sistema para convertirse en uno de sus puntos de fricción centrales.

4.7. ¿Nuevo gran juego del siglo XXI o teatro subordinado?

La pregunta de fondo es si Bab el-Mandeb representa realmente un nuevo gran juego del siglo XXI o si, en el fondo, sigue siendo un teatro subordinado a dinámicas mayores de Oriente Medio y del Indo-Pacífico. La respuesta más rigurosa exige evitar ambos extremos. No es un escenario autónomo en sentido pleno, porque gran parte de sus tensiones están conectadas con la guerra de Yemen, las rivalidades del Golfo, la política del Mar Rojo y la competencia entre potencias mayores. Pero tampoco es un mero apéndice pasivo de esas dinámicas. Su valor estratégico propio es tan elevado que los actores no lo tratan como una simple zona secundaria.

Bab el-Mandeb tiene capacidad para producir efectos que desbordan su entorno inmediato. Puede alterar rutas euroasiáticas, afectar la credibilidad de operaciones navales internacionales, modificar cálculos energéticos y evidenciar los límites del poder convencional frente a amenazas distribuidas. Eso significa que no es solo un reflejo de conflictos ajenos, sino un espacio con agencia estratégica propia. Más que un teatro subordinado, es un punto de convergencia donde se manifiestan, en forma comprimida, conflictos regionales y sistémicos simultáneamente.

4.8. Bab el-Mandeb como laboratorio de la guerra marítima híbrida

En última instancia, Bab el-Mandeb se ha convertido en uno de los mejores laboratorios de la guerra marítima híbrida contemporánea. En él conviven bases militares de grandes potencias, actores no estatales con capacidad de disrupción, Estados regionales que compiten por la influencia litoral, conflicto civil transfronterizo, vigilancia del comercio mundial y amenazas tecnológicamente accesibles como drones, misiles y sistemas de ataque de coste relativamente bajo. Todo ello ocurre en un espacio donde la cercanía de las costas y la densidad del tráfico amplifican los efectos de cualquier acción.

Esta combinación hace del estrecho una nueva frontera de la competencia global. No porque sustituya a otros escenarios mayores, sino porque condensa en pocos kilómetros una parte esencial de los rasgos estratégicos del siglo XXI: interdependencia económica, vulnerabilidad de las rutas, militarización de nodos logísticos, proyección indirecta de poder y dificultad para separar guerra, coerción y presión política. Bab el-Mandeb ya no puede ser considerado un margen del sistema internacional. Es uno de los lugares donde ese sistema muestra, con mayor claridad, sus tensiones más profundas.

5. Guerra económica y bloqueo naval: implicaciones del control de los estrechos en conflictos futuros

5.1. Del bloqueo clásico a la coerción marítima de nueva generación

En la tradición estratégica, el bloqueo naval era una forma relativamente reconocible de guerra: una potencia marítima superior impedía el acceso del adversario a sus puertos o a sus líneas de suministro, buscando estrangular su economía, debilitar su capacidad militar y quebrar su voluntad política. En el siglo XXI, sin embargo, esa idea clásica se ha transformado. Hoy no siempre es necesario declarar un bloqueo formal, ni siquiera imponer un cierre físico total, para obtener efectos comparables. Basta con degradar la seguridad del tránsito, elevar el riesgo percibido y convertir la navegación en una actividad tan incierta o costosa que pierda su funcionalidad normal.

Esta mutación es especialmente visible en los grandes estrechos estratégicos. Malaca, Ormuz y Bab el-Mandeb pueden ser utilizados no solo como espacios de cierre, sino como instrumentos de coerción gradual. La simple amenaza de interrupción, si es creíble, puede alterar fletes, seguros, rutas, tiempos de entrega, planificación energética y decisiones diplomáticas. En consecuencia, la guerra económica marítima contemporánea ya no depende exclusivamente de la exclusión total del tráfico, sino de la capacidad de modular la inseguridad hasta producir efectos estratégicos acumulativos.

5.2. El estrecho como palanca de presión sin guerra total

Uno de los rasgos más importantes de estos tres chokepoints es que permiten ejercer presión por debajo del umbral de la guerra abierta entre grandes potencias. En ellos, la coerción puede adoptar formas ambiguas: inspecciones intimidatorias, acoso naval, amenaza misilística, guerra de minas, uso de drones, acciones de proxies, interferencia electrónica o simple demostración de presencia. Ninguna de estas acciones necesita equivaler por sí sola a una guerra total, pero todas pueden producir una alteración material del comercio y una presión psicológica considerable sobre los actores afectados.

Esto convierte a los estrechos en espacios ideales para la competencia coercitiva limitada. Un actor puede tratar de obtener ventajas políticas o estratégicas no destruyendo masivamente, sino introduciendo suficiente desorden como para que el adversario tenga que reconsiderar sus decisiones. La guerra económica deja así de ser un fenómeno posterior al combate y pasa a integrarse en la propia dinámica de la coerción marítima. El estrecho se transforma en una herramienta de presión cuyo valor reside precisamente en que permite castigar sin necesidad de escalar inmediatamente hasta una confrontación decisiva.

5.3. El problema jurídico: libertad de paso y realidad del conflicto

El derecho internacional del mar establece, en términos generales, que los estrechos utilizados para la navegación internacional deben permanecer abiertos al paso en tránsito. Esta formulación busca impedir que el control geográfico de un paso se convierta automáticamente en derecho irrestricto de interrupción. Sobre el papel, el sistema jurídico intenta proteger la continuidad del comercio y limitar la apropiación unilateral de los corredores marítimos esenciales.

Pero la cuestión decisiva es que la existencia de una norma no garantiza su eficacia en situaciones de crisis. El derecho puede establecer el principio de paso, pero no su cumplimiento material bajo amenaza armada. Si un actor dispone de capacidad suficiente para minar, hostigar, atacar o intimidar el tránsito, la legalidad no elimina por sí misma la vulnerabilidad operativa. En otras palabras, el marco jurídico define la legitimidad del uso del estrecho, pero no neutraliza la capacidad de un actor decidido a instrumentalizarlo estratégicamente. Esta distancia entre norma y poder efectivo es una de las claves de la guerra económica marítima contemporánea.

5.4. Malaca en un escenario de crisis por Taiwán

En un hipotético conflicto grave en torno a Taiwán, Malaca adquiriría una relevancia crítica. No necesariamente como espacio de cierre declarado, sino como corredor cuya seguridad condicionaría la resistencia económica de China y la estabilidad del conjunto asiático. La interrupción, ralentización o militarización del tránsito hacia el estrecho podría convertirse en un mecanismo indirecto de presión estratégica. Incluso sin bloqueo formal, la simple percepción de que la ruta deja de ser segura bastaría para producir efectos logísticos y energéticos profundos.

La importancia de este escenario radica en que muestra cómo una crisis localizada en Asia oriental podría proyectarse sobre el océano Índico y sobre los corredores globales de abastecimiento. Malaca no sería un frente secundario, sino uno de los espacios donde se decidiría la resistencia económica prolongada de los actores implicados. En una guerra moderna, sostener el flujo de energía, componentes y mercancías críticas puede ser tan decisivo como dominar el campo de batalla inmediato. Por ello, cualquier tensión sobre Taiwán convertiría a Malaca en uno de los principales ejes de la guerra económica.

5.5. Ormuz y la lógica del castigo energético

En el caso de Ormuz, la coerción adopta una forma distinta. Aquí la clave no sería tanto debilitar cadenas manufactureras complejas, como generar un shock energético inmediato. Si Irán percibiera una amenaza existencial o una agresión mayor, podría intentar responder no mediante una victoria convencional imposible, sino mediante la alteración del principal corredor energético de la región. El objetivo no sería derrotar militarmente a los adversarios en el mar, sino demostrar que cualquier ataque contra él tendría un precio global en términos de petróleo, gas, seguros y estabilidad de mercado.

Esta lógica convierte a Ormuz en un escenario particularmente apto para el castigo indirecto. No hace falta sostener indefinidamente el cierre para producir efectos graves. Basta con generar una perturbación suficientemente intensa como para alterar los mercados, sembrar incertidumbre y obligar a los adversarios a asumir que la escalada tendrá consecuencias sistémicas. La fuerza estratégica de Ormuz reside precisamente en eso: transforma un conflicto regional en una perturbación energética mundial.

5.6. Bab el-Mandeb y la disrupción persistente del comercio euroasiático

Bab el-Mandeb ofrece otro modelo de coerción. Aquí la clave no sería un shock inmediato equivalente al de Ormuz, sino una erosión sostenida del comercio entre Asia y Europa. La inseguridad en este paso empuja a los buques a rutas más largas, encarece el transporte, ralentiza el abastecimiento y altera la lógica de eficiencia sobre la que descansa una parte esencial del comercio intercontinental. Es un tipo de guerra económica menos instantáneo que el energético, pero profundamente corrosivo, porque actúa sobre el tiempo, el coste y la previsibilidad del sistema logístico.

Lo decisivo es que esta forma de presión puede mantenerse con intensidad variable durante largos periodos. No necesita un cierre absoluto, sino la persistencia de una amenaza suficiente para impedir la normalización del tránsito. En ese sentido, Bab el-Mandeb ejemplifica una modalidad de coerción marítima basada no en la interrupción total, sino en la degradación prolongada de la confianza en la ruta. El resultado puede ser estratégicamente muy eficaz: no paraliza por completo el comercio, pero lo obliga a funcionar en condiciones peores, más caras y más lentas.

5.7. ¿Pueden las armadas occidentales mantener abiertos los estrechos bajo fuego enemigo?

La gran cuestión operativa es si las armadas occidentales pueden realmente garantizar la apertura de estos estrechos bajo amenaza sostenida. En términos estrictamente militares, poseen una enorme superioridad en proyección, aviación embarcada, sensores, guerra antisubmarina, defensa aérea y capacidad logística. Pero la superioridad agregada no resuelve automáticamente el problema del control efectivo de un corredor estrecho y saturado cuando el adversario opera con minas, misiles, drones, lanchas rápidas, guerra electrónica o actores interpuestos.

Mantener abierto un estrecho no significa simplemente entrar en él con fuerza superior. Significa asegurar el tránsito comercial cotidiano, proteger convoyes, neutralizar amenazas persistentes, restablecer la confianza del sector privado y sostener el esfuerzo en el tiempo sin desgaste político excesivo. Esa tarea es mucho más compleja de lo que sugiere una comparación abstracta de tonelajes navales. En estos escenarios, el atacante o disruptor solo necesita demostrar que puede seguir perturbando; el defensor, en cambio, necesita restablecer una normalidad suficientemente creíble para que el tráfico vuelva a fluir con estabilidad.

5.8. Misiles hipersónicos, drones y guerra electrónica: nueva era del bloqueo

La tecnología está modificando profundamente el problema del bloqueo naval. El empleo de drones navales y aéreos, municiones de merodeo, sensores distribuidos, guerra electrónica y misiles de largo alcance permite a actores relativamente modestos ampliar su capacidad de hostigamiento sobre rutas marítimas críticas. Esto no elimina la importancia de las grandes armadas, pero sí complica su tarea. Ahora, asegurar un estrecho exige no solo controlar la superficie y el aire, sino también dominar el espectro electromagnético, neutralizar plataformas baratas y responder a ataques de saturación cada vez más accesibles.

Como consecuencia, el bloqueo naval del futuro no será necesariamente una línea cerrada de buques, sino una constelación de amenazas distribuidas que hagan inviable o demasiado arriesgado el tránsito. La coerción se vuelve más difusa, más escalable y más difícil de atribuir plenamente. Ello favorece estrategias de presión que se sitúan entre la paz formal y la guerra abierta. En ese espacio gris, los estrechos estratégicos adquieren aún más valor, porque son los lugares donde estas tecnologías pueden producir el mayor efecto desproporcionado.

5.9. El control de los estrechos como arma económica del siglo XXI

En última instancia, Malaca, Ormuz y Bab el-Mandeb muestran que el control de los estrechos se ha convertido en una de las armas económicas más poderosas del siglo XXI. No porque permitan siempre cerrar por completo el comercio, sino porque ofrecen la posibilidad de introducir un grado de desorden suficiente para afectar decisiones estatales, mercados energéticos, cadenas logísticas y equilibrios diplomáticos. El mar vuelve así a ser un espacio decisivo de la gran estrategia, no solo por donde circula la riqueza, sino desde donde puede ser condicionada.

La guerra económica futura se decidirá en buena medida en estos corredores. Quien logre defenderlos conservará una ventaja sistémica; quien consiga amenazarlos de manera creíble poseerá una palanca de coerción extraordinaria. Esa es la gran enseñanza: en la era de la interdependencia global, el estrecho no es solo un paso marítimo. Es una bisagra del poder mundial.

6. Estrategia naval comparada: capacidad de proyección de poder en los tres estrechos

6.1. Tres estrechos, tres problemas operativos distintos

Comparar Malaca, Ormuz y Bab el-Mandeb exige partir de una premisa esencial: aunque los tres son chokepoints estratégicos, no plantean el mismo tipo de desafío militar. Sería un error analizarlos con una plantilla única, porque cada uno combina de forma distinta geografía, anchura navegable, proximidad de costas hostiles, densidad de tráfico, presencia de actores estatales y no estatales, y profundidad operativa del entorno. La estrategia naval eficaz no consiste en aplicar una doctrina uniforme, sino en adaptar medios y conceptos al espacio concreto que se pretende defender o controlar.

Malaca es, ante todo, un problema de vigilancia prolongada, control de tráfico intenso, cooperación con Estados ribereños y competencia entre grandes potencias en un sistema marítimo amplio. Ormuz, en cambio, es un problema de supervivencia operativa en un entorno estrecho, sometido a amenazas costeras, minado, saturación táctica y alta exposición energética. Bab el-Mandeb ocupa una posición intermedia y más híbrida: combina la necesidad de control del paso con la amenaza desde litorales inestables, actores armados irregulares, bases extranjeras y un espacio marítimo que enlaza aguas relativamente abiertas con corredores muy sensibles. La comparación revela, por tanto, que “controlar un estrecho” puede significar cosas muy distintas según el entorno.

6.2. Malaca: dominio del entorno ampliado más que ocupación del paso

En el caso de Malaca, el control efectivo no depende tanto de una presencia masiva permanente dentro del estrecho como del dominio funcional de su entorno ampliado. Dada su longitud, su intensidad comercial y la implicación de Indonesia, Malasia y Singapur, la clave estratégica no reside en convertirlo en una zona cerrada, sino en asegurar vigilancia, inteligencia compartida, seguimiento de tráfico, escolta selectiva y capacidad de actuar rápidamente en nodos de acceso y salida. El control aquí es más sistémico que lineal.

Por ello, las capacidades decisivas en Malaca no son únicamente las plataformas de choque pesado, sino también los medios de conocimiento del espacio marítimo, patrulla aeronaval, guerra antisubmarina, interoperabilidad con socios regionales, protección de puertos y logística de alta continuidad. Las grandes unidades navales tienen valor disuasorio y de respaldo, pero el éxito operativo depende en gran parte de una arquitectura distribuida de presencia, información y cooperación. Quien mejor comprenda el ecosistema regional de Malaca tendrá más posibilidades de influir sobre él que quien simplemente despliegue fuerza bruta.

6.3. Ormuz: primacía de la negación frente a la proyección clásica

Ormuz plantea una lógica muy distinta. En él, la capacidad de negar el uso seguro del espacio adquiere un peso mayor que la proyección clásica de poder en mar abierto. La estrechez del entorno, la proximidad de la costa iraní y la vulnerabilidad del tráfico energético hacen que medios relativamente modestos puedan producir efectos importantes si están bien integrados. La guerra de minas, los misiles costeros, los drones, las lanchas rápidas y la saturación táctica adquieren aquí una centralidad que sería menor en escenarios más abiertos.

Esto significa que, para defender Ormuz, no basta con contar con portaaviones o destructores avanzados. Es necesario integrar capacidades de contraminado, defensa de punto, inteligencia litoral, neutralización rápida de lanzadores móviles, vigilancia persistente y protección escalonada del tráfico comercial. Las plataformas de alta gama siguen siendo fundamentales, pero su eficacia depende de cómo se articulen con medios especializados para operar en un entorno comprimido y amenazado desde tierra. En Ormuz, la supremacía tecnológica solo se traduce en control real si puede adaptarse a la fricción extrema del espacio.

6.4. Bab el-Mandeb: un escenario híbrido entre mar abierto y amenaza litoral

Bab el-Mandeb exige una síntesis operativa más compleja. No es tan linealmente comprimido como Ormuz, pero tampoco puede tratarse como un espacio abierto convencional. Su problema estratégico consiste en que el tránsito por el estrecho se ve afectado por amenazas procedentes de Yemen, del litoral africano, de actores no estatales y de una inestabilidad regional persistente. El control efectivo requiere, por tanto, combinar vigilancia oceánica, protección del paso y capacidad de respuesta frente a ataques distribuidos desde tierra o desde plataformas de baja firma.

Aquí adquieren gran importancia los buques de escolta versátiles, la aviación de patrulla marítima, los sistemas no tripulados, la defensa contra drones y misiles, y la presencia de bases o apoyos cercanos que permitan sostener operaciones de forma continua. A diferencia de Malaca, donde el acento recae en la cooperación regional y el entorno ampliado, y de Ormuz, donde domina la negación costera, Bab el-Mandeb obliga a operar en una zona de transición donde comercio global, conflicto regional y hostigamiento híbrido se superponen. La capacidad decisiva es, por tanto, la flexibilidad.

6.5. La estrategia de “forward defense” estadounidense

La estrategia estadounidense se basa en la idea de defensa avanzada: proyectar poder lejos del territorio propio, mantener presencia permanente o rotatoria en regiones críticas, asegurar alianzas y conservar la capacidad de abrir o proteger rutas esenciales antes de que la amenaza alcance el núcleo del sistema. Esta lógica se adapta bien a los tres estrechos, pero con matices distintos. En Malaca, se traduce en red de alianzas, acceso logístico y dominio del entorno regional. En Ormuz, en presencia aeronaval capaz de proteger el tráfico y castigar intentos de interdicción. En Bab el-Mandeb, en operaciones combinadas, bases cercanas y capacidad de respuesta sostenida frente a amenazas híbridas.

La fortaleza de esta estrategia reside en su profundidad operativa. Estados Unidos no depende de un único punto, sino de una constelación de apoyos, socios, sensores y medios expedicionarios. Pero esa misma lógica implica una carga continua de despliegue, costes altos y dependencia de la voluntad política de aliados y socios locales. La defensa avanzada ofrece gran capacidad de reacción, aunque también obliga a sostener una presencia que puede verse tensada si varios escenarios críticos se activan al mismo tiempo.

6.6. La “defensa activa” china y la expansión del radio de protección

La estrategia china ha evolucionado desde una lógica más centrada en la defensa de sus aguas cercanas hacia una visión de protección activa de rutas, accesos y espacios marítimos de interés creciente. En ese marco, Malaca es el caso más relevante, porque representa la conexión entre la seguridad energética china y su proyección hacia el Índico. Pekín no necesita necesariamente “controlar” el estrecho en el sentido clásico para mejorar su posición; le basta con reducir su vulnerabilidad mediante presencia naval gradual, infraestructura dual, puertos de apoyo, vigilancia y capacidad de escolta lejana.

No obstante, la estrategia china afronta límites claros. Expandir el radio de protección no equivale a poseer la misma profundidad logística, experiencia expedicionaria y entramado de alianzas que la potencia naval establecida. En Malaca y su entorno, China puede crecer, influir y complicar la libertad operativa ajena, pero aún enfrenta la dificultad de convertir esa expansión en control estable del sistema regional. Su doctrina, por tanto, combina ambición creciente con prudencia operativa, consciente de que la protección de líneas lejanas exige mucho más que una gran flota en expansión.

6.7. Irán y la disuasión por castigo localizado

La doctrina iraní responde a una lógica diferente. No persigue controlar mares abiertos ni construir una presencia oceánica equivalente a la de las grandes potencias, sino transformar la proximidad geográfica y la vulnerabilidad del adversario en capacidad de disuasión localizada. Su fuerza está en la concentración de medios asimétricos sobre un espacio estrecho, en la dispersión de amenazas y en la posibilidad de convertir una operación enemiga en un proceso lento, costoso y políticamente incómodo. Ormuz es el escenario donde esta doctrina se expresa con mayor claridad.

La “disuasión por castigo” iraní no consiste en prometer una victoria naval general, sino en garantizar que cualquier agresión tendrá consecuencias inmediatas sobre el tráfico energético y la estabilidad regional. Para ello, Irán necesita menos plataformas de prestigio y más medios de denegación: minas, misiles, drones, lanchas rápidas, sensores costeros y capacidad de supervivencia frente al primer golpe. Su estrategia no busca dominar el mar, sino hacerlo inseguro para el adversario durante el tiempo suficiente como para alterar su cálculo político.

6.8. Potencias regionales y estrategias de segundo nivel

Además de Estados Unidos, China e Irán, otras potencias regionales desempeñan papeles relevantes en los tres estrechos. India observa Malaca desde una lógica de equilibrio en el Índico y de contención indirecta del ascenso chino, interesada en preservar la apertura de rutas vitales y en ampliar su influencia marítima. Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos miran Ormuz y Bab el-Mandeb como espacios directamente vinculados a su seguridad energética y a su proyección regional. Israel, por su parte, considera Bab el-Mandeb y el Mar Rojo como corredores sensibles para su comercio, su seguridad marítima y su posición frente al eje iraní.

Estas potencias no siempre pueden imponer por sí solas el orden en los estrechos, pero sí pueden alterar el equilibrio local mediante bases, puertos, alianzas, inteligencia, defensa costera y cooperación naval. Su importancia radica en que convierten los estrechos en escenarios de competencia multinivel. No se trata solo de una pugna entre grandes potencias, sino de un entramado donde actores regionales influyen en el resultado final al proporcionar acceso, legitimidad, infraestructura o capacidad adicional de presión.

6.9. ¿Qué capacidades son decisivas en cada estrecho?

Si se comparan los tres escenarios, aparece un patrón claro. En Malaca, son decisivas la vigilancia persistente, la inteligencia marítima, la patrulla aeronaval, la guerra antisubmarina, la cooperación regional y la capacidad logística para sostener presencia en un entorno extenso y densamente transitado. En Ormuz, adquieren máxima relevancia el contraminado, la defensa antimisil y antidron, la neutralización de amenazas costeras, la protección cercana del tráfico y la capacidad de soportar saturación táctica en un espacio comprimido. En Bab el-Mandeb, lo decisivo es la combinación: escolta, defensa aérea de zona, vigilancia litoral, respuesta contra amenazas irregulares y flexibilidad para operar entre mar abierto y costa hostil.

Esto demuestra que no existe una plataforma única capaz de resolver todos los problemas. Los portaaviones y grandes buques de combate ofrecen proyección, cobertura y disuasión, pero necesitan apoyarse en submarinos, aviación marítima, dragaminas, drones, misiles defensivos, guerra electrónica y redes de sensores. El control real del estrecho moderno no se obtiene con una sola clase de unidad, sino con una arquitectura integrada de capacidades.

6.10. Tecnología y equilibrio entre defensor y atacante

La gran cuestión final es si la evolución tecnológica favorece al defensor o al atacante. La respuesta más rigurosa es que favorece, sobre todo, a quien mejor explota la geografía y combina medios de forma coherente. En espacios estrechos como Ormuz, los misiles costeros, las minas, los drones y la vigilancia distribuida refuerzan claramente al defensor o al actor de negación. En escenarios más amplios como Malaca, la superioridad en información, logística, alianzas y presencia sostenida sigue dando ventaja al actor con mayor capacidad sistémica. En Bab el-Mandeb, el equilibrio es más inestable, porque amenazas relativamente accesibles pueden perturbar el paso, pero no siempre sostener un control duradero.

En consecuencia, la tecnología no ha anulado la superioridad naval clásica, pero sí la ha relativizado. Ha encarecido la penetración en espacios estrechos, ha hecho más efectiva la coerción distribuida y ha otorgado a actores medianos o irregulares un poder de perturbación antes mucho más difícil de alcanzar. El equilibrio estratégico en los estrechos depende hoy menos de quién posee la flota más grande en abstracto y más de quién sabe integrar plataforma, sensor, geografía, tiempo y voluntad política. Esa es la gran lección comparativa: en Malaca, Ormuz y Bab el-Mandeb, el poder no reside solo en la masa, sino en la capacidad de transformar el espacio en ventaja estratégica.

Conclusión

El estudio comparado de Malaca, Ormuz y Bab el-Mandeb permite afirmar que los grandes estrechos estratégicos no son meros corredores de tránsito, sino auténticos centros de gravedad del sistema internacional contemporáneo. En ellos se cruzan la geografía física, la circulación energética, la vulnerabilidad logística, la proyección naval, la coerción económica y la competencia entre potencias de distinto rango. Su importancia no deriva únicamente del volumen de comercio que canalizan, sino de una realidad más profunda: concentran en pocos kilómetros una capacidad desproporcionada de alterar el equilibrio político y económico global.

A lo largo del artículo ha quedado claro que el concepto de chokepoint no puede seguir interpretándose solo desde la teoría clásica del dominio naval. En el siglo XXI, estos espacios han pasado a ser también plataformas de interrupción, negación y disuasión. Ya no es imprescindible controlar plenamente el estrecho para ejercer poder sobre él. Basta con poseer la capacidad creíble de degradar la seguridad del tránsito, elevar los costes del paso o introducir una incertidumbre suficiente como para modificar decisiones estratégicas. Esto representa una transformación esencial del pensamiento marítimo: el poder no reside solo en asegurar el mar, sino también en volverlo inseguro para el adversario en el momento oportuno.

Malaca, por su parte, revela la dimensión sistémica de la rivalidad entre grandes potencias. Es el punto donde la expansión china tropieza con su persistente dependencia logística, y donde Estados Unidos conserva una ventaja basada menos en la ocupación directa que en la arquitectura regional de alianzas, acceso y presencia. El estrecho aparece así como uno de los espejos más precisos de la transición geopolítica del Indo-Pacífico: una gran potencia emergente cuyo ascenso depende todavía de rutas cuya seguridad no controla completamente, frente a una potencia establecida que sigue dominando buena parte del marco operacional que las articula.

Ormuz muestra una lógica distinta, pero igualmente decisiva. En este espacio, la geografía estrecha y la densidad energética convierten a Irán en un actor capaz de imponer costes muy superiores a su peso convencional relativo. No porque pueda derrotar a las grandes armadas en combate abierto, sino porque puede perturbar suficientemente el tránsito como para transformar una crisis regional en una conmoción estratégica global. Ormuz demuestra que la asimetría del poder no implica impotencia. Bien articulada, puede convertirse en una forma eficaz de disuasión por negación, siempre que opere dentro de ciertos límites y aproveche la compresión geográfica del espacio.

Bab el-Mandeb, finalmente, representa quizá la forma más compleja y contemporánea de este fenómeno. Allí no converge solo la rivalidad entre Estados, sino también la guerra regional, la proyección de actores no estatales, la militarización de las costas, la presencia simultánea de grandes potencias y la vulnerabilidad del comercio euroasiático. Su análisis confirma que el estrecho estratégico del siglo XXI ya no es únicamente un paso entre mares, sino un espacio híbrido donde se superponen conflicto armado, competencia global, presión económica y guerra tecnológica de baja y media intensidad.

Desde la perspectiva de la guerra económica, los tres estrechos muestran además que el bloqueo naval ha evolucionado hacia formas más ambiguas, graduales y distribuidas. La coerción marítima contemporánea no necesita adoptar siempre la forma clásica de cierre absoluto. Puede manifestarse como hostigamiento sostenido, amenaza misilística, minado, disuasión irregular, alteración de seguros, desvío de rutas o degradación de la confianza en la seguridad del paso. Esto significa que la interrupción del comercio ya no es un acto excepcional ligado solo a la guerra declarada, sino una herramienta de presión estratégica utilizable en escenarios de competencia limitada o conflicto híbrido.

El análisis comparado de las doctrinas navales confirma, además, que no existe una fórmula universal para controlar estos espacios. Malaca exige profundidad regional, inteligencia, cooperación y dominio del entorno ampliado. Ormuz requiere contraminado, defensa antimisil, neutralización de amenazas costeras y capacidad de operar bajo saturación táctica. Bab el-Mandeb obliga a combinar escolta, vigilancia oceánica, respuesta frente a actores irregulares y flexibilidad para actuar entre mar abierto y litoral hostil. La conclusión es inequívoca: el control de los estrechos ya no depende de una plataforma dominante, sino de arquitecturas integradas de sensores, armas, logística, interoperabilidad y voluntad política.

También ha quedado patente que la evolución tecnológica está modificando el equilibrio entre atacante y defensor. Misiles de largo alcance, drones, guerra electrónica, vigilancia distribuida y sistemas de denegación relativamente accesibles han fortalecido la capacidad de actores medianos o irregulares para perturbar el tránsito en espacios estrechos. La superioridad naval clásica sigue siendo decisiva, pero ya no garantiza por sí sola la apertura segura de las rutas. El actor fuerte conserva ventaja en proyección y sostenimiento, pero el actor situado geográficamente y dotado de medios adecuados puede encarecer enormemente el acceso, ralentizar la normalización y explotar la sensibilidad del sistema global a la interrupción localizada.

La gran conclusión estratégica del artículo es, por tanto, que la globalización marítima no ha reducido la centralidad del mar como escenario de poder, sino que la ha intensificado. Cuanto más interdependiente es el sistema internacional, más vulnerable se vuelve a la disrupción de unos pocos nodos críticos. Malaca, Ormuz y Bab el-Mandeb son la expresión más visible de esta paradoja: son corredores de integración y, al mismo tiempo, palancas de fractura. Gracias a ellos circula la riqueza mundial, pero precisamente por ello pueden convertirse en armas geopolíticas de primer orden.

Comprender estos estrechos equivale, en última instancia, a comprender una parte esencial del orden mundial contemporáneo. No son periferias de la política internacional, sino algunos de sus puntos más densos y reveladores. En ellos se decide no solo la seguridad del tránsito marítimo, sino el equilibrio entre apertura y coerción, entre interdependencia y vulnerabilidad, entre superioridad naval y capacidad de negación. Allí donde el mar parece unir el mundo, también muestra con mayor crudeza hasta qué punto ese mundo puede ser interrumpido.

 


Comentarios

Entradas populares de este blog