PROGRESISTA/O
Este artículo representa para mí una dificultad muy grande
para tratar de ser lo más neutral e imparcial posible no se si lo lograré, pero
no deja de ser mi forma de pensar.
Cita de:
MARTA HIDEBRANT
PEREZ -TREVIÑO, lingüista y política peruana
segunda mujer que alcanzo la presidencia del congreso
PROGRESISTA
“Fracasado que gusta culpar al sistema de sus miserias y
procura que los demás reconozcan sus méritos como luchador social predicando
a favor de lo que llama justicia social que en el fondo consiste en que
unos vivan a expensas de los demás.
Utilizando al estado como cómplice. Se les puede ver
predicando su ideología en ONG,s y
organismos públicos, nacionales e internacionales, donde solucionan todos sus
problemas desde un escritorio con magníficos artículos llenos de palabritas
como articular, visibilizar, empoderar, desigualdad etc. Y destrozan el
lenguaje con modismos sexistas como ciudadanos y ciudadanas, todos todas y
todes etc. Son agoreros y gustan hacerse pasar por intelectuales
Se les conoce también por parásitos sociales.”
El progresismo: entre proyecto emancipador y
burocratización moral
Introducción
Pocas palabras del vocabulario político contemporáneo
poseen una carga tan intensa y, al mismo tiempo, una definición tan difusa como
“progresismo”. El término se utiliza hoy para designar identidades, programas,
estilos culturales, discursos morales e incluso posiciones administrativas
dentro del Estado, lo que ha convertido su significado en un campo de disputa
permanente.
Históricamente, el progresismo formó parte del núcleo
emancipador de la modernidad. Bajo esta etiqueta se agruparon movimientos que
ampliaron derechos civiles, combatieron jerarquías heredadas y promovieron la
protección social frente a las vulnerabilidades estructurales del capitalismo
industrial. En ese sentido, el progresismo fue inseparable de avances
históricos verificables: la universalización del sufragio, la expansión de la
educación pública, la legislación laboral y la construcción de sistemas de bienestar.
Sin embargo, en las últimas décadas se ha producido un
desplazamiento significativo. El progresismo contemporáneo ya no puede
entenderse únicamente como un proyecto de transformación material, sino también
como un complejo entramado institucional y simbólico que opera dentro de
burocracias estatales, organizaciones internacionales, entornos académicos y
circuitos mediáticos. Este cambio ha dado lugar a un fenómeno que puede
denominarse burocratización moral: la conversión de causas éticas en
estructuras organizativas estables, con incentivos propios, lenguajes
especializados y dinámicas de autopreservación.
En este contexto, la tensión central ya no se sitúa entre
progresismo y conservadurismo, sino entre dos formas distintas de entender el
cambio social. Por un lado, una tradición reformista orientada a resultados
materiales verificables; por otro, una modalidad crecientemente centrada en la
gestión simbólica, la regulación discursiva y la producción de legitimidad
moral.
El propósito de este artículo no es emitir un juicio
ideológico, sino analizar este desplazamiento desde una perspectiva
genealógica, sociológica y filosófica. Se trata de comprender cómo un proyecto
histórico de emancipación puede, en determinadas condiciones institucionales,
transformarse en un sistema autorreferencial que tiende a reproducir los
problemas que declara combatir.
El análisis se organizará en seis dimensiones
complementarias:
- La
relación entre resentimiento, mérito y construcción de identidades
políticas.
- El
surgimiento de un lenguaje burocrático de la virtud como capital simbólico
profesional.
- La
transformación del activismo en estructuras administrativas de gestión
social.
- El
papel de las políticas simbólicas en la construcción de conflictos
culturales.
- La
tensión entre protección social legítima y dependencia institucionalizada.
- La
figura del intelectual contemporáneo en la economía del prestigio moral.
el progresismo no ha desaparecido como proyecto emancipador, pero en muchos
contextos se ha institucionalizado de tal modo que corre el riesgo de
convertirse en un sistema de reproducción simbólica antes que en un motor de
transformación material.
Comprender esta tensión no implica negar la necesidad de la
justicia social. Implica, más bien, analizar las condiciones bajo las cuales
las causas morales pueden convertirse en estructuras de poder autónomas.
Una de las claves para comprender ciertas formas
contemporáneas de progresismo no se encuentra únicamente en las instituciones,
sino también en las transformaciones de la subjetividad política. El modo en
que los individuos interpretan su posición social influye decisivamente en la
configuración de los discursos colectivos.
Aquí resulta útil recuperar una categoría filosófica
clásica: el resentimiento, tal como fue formulado por Nietzsche. No como
insulto psicológico, sino como mecanismo moral y sociológico.
1.1. El resentimiento como categoría
estructural
Para Nietzsche, el resentimiento no se refiere simplemente
a la frustración personal, sino a un proceso más complejo: la transformación de
una experiencia de impotencia en un sistema moral que invierte los valores
dominantes.
Cuando un individuo o grupo percibe que no puede competir
en un determinado marco de reconocimiento —económico, cultural o simbólico—
puede desarrollar dos respuestas posibles:
- intentar
modificar su posición dentro del sistema;
- o
cuestionar la legitimidad del sistema mismo.
El resentimiento aparece cuando la segunda opción se
convierte en fundamento identitario. El problema deja de ser contingente y pasa
a interpretarse como estructural.
En términos sociológicos, esto no es una patología
individual, sino un mecanismo recurrente en contextos de movilidad bloqueada o
de expectativas frustradas.
1.2. De la experiencia individual a la
identidad colectiva
En las sociedades contemporáneas, caracterizadas por alta
competencia meritocrática y desigualdades persistentes, la experiencia de
exclusión puede traducirse en narrativas colectivas de injusticia sistémica.
Estas narrativas cumplen funciones importantes:
- proporcionan
sentido a experiencias de fracaso o precariedad;
- generan
cohesión grupal;
- ofrecen
marcos interpretativos estables.
El problema surge cuando la identidad política se define
exclusivamente en términos de agravio estructural, sin mecanismos claros de
superación material.
En ese punto, el discurso puede desplazarse desde la
transformación de condiciones hacia la reafirmación simbólica de la condición
de víctima.
1.3. La politización del mérito
La modernidad tardía ha intensificado la tensión entre
mérito y desigualdad. La promesa meritocrática afirma que el esfuerzo y el
talento deberían garantizar movilidad social. Sin embargo, la persistencia de
desigualdades estructurales cuestiona esa promesa.
Este conflicto produce una doble dinámica:
- por
un lado, una crítica legítima a las barreras sistémicas;
- por
otro, la posibilidad de que el cuestionamiento del mérito se convierta en
rechazo generalizado de cualquier criterio competitivo.
Aquí emerge una ambigüedad central del progresismo
contemporáneo: la dificultad para equilibrar la lucha contra desigualdades
estructurales con el reconocimiento del valor del esfuerzo individual.
1.4. Incentivos institucionales y economía del
agravio
En entornos altamente institucionalizados —universidades,
ONG, organismos internacionales— la denuncia de injusticias puede convertirse
en capital simbólico.
No se trata necesariamente de mala fe, sino de incentivos
estructurales:
- financiación
ligada a diagnósticos de problemas persistentes;
- legitimidad
profesional basada en la identificación de desigualdades;
- reconocimiento
social asociado al activismo discursivo.
En este contexto, el agravio puede adquirir valor
estratégico independiente de su resolución efectiva.
La política se desplaza parcialmente desde la
transformación material hacia la gestión simbólica del conflicto.
1.5. Entre crítica legítima y reproducción
identitaria
Es fundamental distinguir dos niveles:
La crítica legítima
que identifica desigualdades reales y busca soluciones verificables.
La reproducción identitaria del agravio
que convierte la condición de víctima en eje permanente de legitimidad
política.
Ambos fenómenos pueden coexistir dentro de un mismo campo
ideológico.
La cuestión central no es negar la existencia de
injusticias estructurales, sino analizar cómo determinadas configuraciones
institucionales pueden incentivar la perpetuación simbólica de esas
injusticias.
Aquí se revela la primera gran tensión del progresismo
contemporáneo:
la lucha contra la desigualdad puede, en ciertos contextos
organizativos, convertirse en una economía política del agravio.
Y esta dinámica nos conduce al siguiente plano del
análisis:
el papel del lenguaje como instrumento de legitimación
moral y pertenencia institucional.
2. La Jerga de la Virtud: Lenguaje, Capital
Simbólico y Burocratización Moral
Si en la Parte 1 analizamos la dimensión subjetiva e
identitaria, ahora debemos abordar un elemento central en la configuración del
progresismo contemporáneo: el lenguaje.
El vocabulario político nunca es neutral. No solo describe
la realidad; también estructura jerarquías, define pertenencias y distribuye
legitimidad. En contextos institucionalizados, el lenguaje puede convertirse en
un recurso estratégico, un auténtico capital simbólico.
2.1. Del lenguaje conceptual al lenguaje ritual
En su origen, muchas expresiones asociadas al discurso
progresista tenían una función analítica precisa: visibilizar desigualdades
invisibles, nombrar formas de dominación o introducir categorías nuevas en el
debate público.
Sin embargo, con el proceso de institucionalización, este
lenguaje puede experimentar una transformación. De herramienta conceptual pasa
a convertirse en marcador ritual de pertenencia.
En este estadio, ciertas palabras funcionan menos por su
contenido analítico que por su capacidad de señalar alineamiento ideológico. Se
convierten en signos de identidad profesional y moral dentro de determinados
entornos organizativos.
El lenguaje deja de ser principalmente instrumento de
comprensión y se vuelve instrumento de legitimación.
2.2. El lenguaje como capital profesional
En las burocracias contemporáneas —organismos
internacionales, administraciones públicas, ONG, departamentos universitarios—
el dominio de un determinado idiolecto puede operar como forma de capital
profesional.
Este fenómeno tiene características claras:
- facilita
la circulación dentro de redes institucionales;
- legitima
la autoridad técnica y moral;
- delimita
fronteras entre expertos y profanos.
El lenguaje no solo comunica; produce jerarquías.
El sociólogo Pierre Bourdieu ya señaló que el capital
lingüístico funciona como mecanismo de distinción social. En este caso, la
jerga progresista puede operar como forma de diferenciación profesional dentro
de un campo burocrático específico.
2.3. Efectos de abstracción y distancia social
Uno de los riesgos de este proceso es la creciente
abstracción del discurso. A medida que el lenguaje se formaliza y tecnifica,
puede alejarse de las experiencias concretas de los grupos que pretende
representar.
Esto genera una paradoja:
cuanto más sofisticado se vuelve el lenguaje institucional,
mayor puede ser la distancia respecto a los problemas materiales reales.
El resultado no es necesariamente ineficacia total, pero sí
un desplazamiento de prioridades:
- del
cambio material a la gestión discursiva;
- de
la acción directa a la producción de diagnósticos;
- de
la transformación estructural a la regulación simbólica.
2.4. Función estabilizadora del lenguaje
burocrático
El lenguaje ritualizado cumple además una función
organizativa importante: estabiliza estructuras institucionales.
Al producir un marco discursivo común:
- facilita
la coordinación interna;
- reduce
conflictos ideológicos dentro de las organizaciones;
- legitima
la continuidad de programas y departamentos.
En este sentido, la jerga no es solo un fenómeno cultural;
es también un mecanismo de gobernanza.
2.5. Política simbólica y resultados materiales
El problema no reside en la existencia de un lenguaje
especializado —inevitable en cualquier campo técnico—, sino en la posible
sustitución de la acción material por la acción simbólica.
Cuando la intervención política se concentra en la
regulación del discurso, el riesgo es que las desigualdades estructurales
permanezcan intactas mientras el conflicto se desplaza hacia disputas
nominales.
La política se convierte, parcialmente, en gestión del
significado más que en transformación de condiciones.
Este fenómeno no es exclusivo del progresismo, pero en su
versión contemporánea aparece con particular intensidad debido a la centralidad
otorgada a la dimensión cultural y discursiva.
Y este desplazamiento nos conduce al siguiente nivel del
análisis:
la transformación del activismo en estructuras
administrativas permanentes.
3. El Escritorio y la Trinchera: La
Institucionalización del Activismo
Si en las partes anteriores hemos analizado la dimensión
subjetiva y lingüística del progresismo contemporáneo, ahora debemos abordar su
transformación organizativa. Uno de los cambios más significativos de las
últimas décadas ha sido el desplazamiento del activismo desde espacios de
confrontación social directa hacia estructuras institucionales complejas.
Este proceso no implica necesariamente desmovilización,
sino reconfiguración de los modos de acción política.
3.1. Del movimiento social a la organización
permanente
Los movimientos progresistas históricos —obreros,
feministas, anticoloniales— se caracterizaban por una relación directa con
conflictos materiales concretos. Su legitimidad se basaba en la capacidad de
movilizar, negociar y producir cambios tangibles.
Con el tiempo, muchas de estas luchas se
institucionalizaron. Surgieron organismos especializados, programas públicos,
agencias internacionales y organizaciones no gubernamentales dedicadas a la
gestión de problemáticas sociales específicas.
Este tránsito tuvo efectos positivos evidentes: permitió
continuidad de políticas, profesionalización técnica y ampliación de recursos.
Sin embargo, también introdujo una nueva lógica
organizativa.
3.2. La profesionalización del activismo
Cuando el activismo se convierte en actividad profesional
estable, aparecen incentivos estructurales diferentes a los del conflicto
social original.
En este contexto, el actor político ya no es principalmente
un militante voluntario, sino un profesional cuya carrera depende de:
- la
continuidad institucional del problema que gestiona;
- la
producción constante de diagnósticos;
- la
capacidad de obtener financiación y legitimidad.
No se trata de cuestionar la buena fe de los actores, sino
de analizar los incentivos organizativos. Toda estructura burocrática tiende a
reproducirse y a justificar su propia existencia.
Esta dinámica genera una paradoja estructural: las
organizaciones dedicadas a resolver un problema pueden depender, para su
supervivencia, de la persistencia de ese mismo problema.
Esto no implica necesariamente voluntad consciente de
perpetuación, pero sí una tensión inherente:
- la
resolución total de un problema puede implicar la desaparición de la
organización que lo gestiona;
- la
continuidad del problema asegura estabilidad institucional.
Este dilema no es exclusivo del progresismo; aparece en
múltiples ámbitos burocráticos. Sin embargo, adquiere especial relevancia en
organizaciones cuya legitimidad se basa en causas morales.
3.4. Radicalización discursiva y neutralización
práctica
Un rasgo característico de esta institucionalización es la
coexistencia de dos tendencias aparentemente contradictorias:
- radicalización
del lenguaje político;
- moderación
de la acción práctica.
El discurso puede intensificarse retóricamente, mientras
las soluciones propuestas permanecen dentro de marcos administrativos
relativamente conservadores.
Esta combinación cumple una función organizativa: mantiene
legitimidad moral sin alterar profundamente las estructuras que sostienen la
propia institución.
3.5. Tipología del activismo institucional
Desde una perspectiva sociológica, es posible identificar
diferentes perfiles dentro del activismo institucionalizado:
- el
gestor técnico, orientado a la implementación de políticas;
- el
mediador simbólico, especializado en producción discursiva;
- el
emprendedor moral, que impulsa nuevas agendas;
- el
profesional de la gobernanza, centrado en coordinación burocrática.
Ninguno de estos perfiles es intrínsecamente problemático.
La cuestión surge cuando la lógica institucional desplaza sistemáticamente el
foco desde la transformación material hacia la administración permanente del
conflicto.
Aquí aparece una nueva dimensión de la burocratización
moral: la causa se convierte en campo profesional estable.
Y esto nos conduce al siguiente plano del análisis:
la creciente centralidad de las políticas simbólicas en los
conflictos culturales contemporáneos.
4. Política Simbólica y Conflicto Cultural: El
Lenguaje como Campo de Batalla
En las últimas décadas, una parte significativa de la
disputa política se ha desplazado desde el terreno material hacia el terreno
simbólico. Este cambio no implica que los problemas económicos o sociales hayan
desaparecido, sino que la atención pública se concentra cada vez más en
cuestiones identitarias, culturales y lingüísticas.
Este fenómeno puede entenderse a través del concepto de política
simbólica: intervenciones orientadas a modificar representaciones, normas
discursivas y marcos culturales, más que condiciones materiales directas.
4.1. El ascenso de la política simbólica
La política simbólica no es un fenómeno nuevo. Desde
siempre, las sociedades han debatido símbolos, rituales y narrativas. Sin
embargo, en el contexto contemporáneo adquiere un protagonismo inédito por
varias razones:
- la
mediatización intensiva del espacio público;
- la
centralidad de las redes sociales;
- la
creciente fragmentación de identidades colectivas;
- la
dificultad de lograr consensos en reformas estructurales complejas.
En este entorno, las disputas simbólicas ofrecen ventajas
políticas: son visibles, inmediatas y movilizan emociones intensas.
4.2. El lenguaje como herramienta de inclusión
y de distinción
Las propuestas de modificación lingüística
—desdoblamientos, nuevas grafías o categorías identitarias— se justifican
frecuentemente como mecanismos para aumentar la inclusión simbólica de grupos
históricamente invisibilizados.
Desde esta perspectiva, el lenguaje no es neutro: refleja y
reproduce relaciones de poder.
Sin embargo, el lenguaje también cumple funciones sociales
de estabilidad, comunicación eficiente y cohesión cultural. Cuando las reformas
lingüísticas se perciben como imposiciones normativas rápidas o como marcadores
identitarios de élites culturales, pueden generar resistencias significativas.
El conflicto no se produce únicamente por el contenido de
las propuestas, sino por su dimensión simbólica de pertenencia y exclusión.
4.3. La sustitución del conflicto material por
el conflicto nominal
Una crítica frecuente a la política simbólica sostiene que
puede desplazar la atención desde desigualdades estructurales hacia disputas
nominales.
Cuando el debate público se concentra en cuestiones
lingüísticas o identitarias, existe el riesgo de que problemas materiales
—desigualdad salarial, acceso a la vivienda, precariedad laboral— reciban menor
atención política.
Esto no significa que las cuestiones simbólicas sean
irrelevantes, sino que su centralidad relativa puede modificar la agenda
pública.
4.4. Funciones estratégicas del conflicto
cultural
El conflicto simbólico cumple también funciones
estratégicas dentro del sistema político:
- permite
a actores políticos movilizar apoyos sin comprometer recursos materiales
significativos;
- genera
visibilidad mediática inmediata;
- simplifica
debates complejos en términos identitarios claros.
En este sentido, la política simbólica puede convertirse en
un instrumento de gestión del conflicto social más que en un mecanismo de
resolución de desigualdades.
4.5. Identidad, reconocimiento y polarización
Las políticas simbólicas están estrechamente vinculadas a
la política del reconocimiento. En sociedades altamente individualizadas, el
reconocimiento identitario adquiere valor central.
Sin embargo, cuando las identidades se convierten en ejes
primarios de movilización política, el espacio para compromisos transversales
puede reducirse. La política se fragmenta en múltiples campos de reivindicación
simbólica.
Esto contribuye a un clima de polarización donde el
desacuerdo lingüístico se interpreta como desacuerdo moral absoluto.
Y esta dinámica nos conduce a una cuestión fundamental:
la relación entre protección social legítima y dependencia
institucional.
5. Protección Social y Dependencia
Institucional: La Tensión Permanente
Uno de los núcleos más delicados del debate sobre el
progresismo contemporáneo se sitúa en la relación entre justicia social y
dependencia. La protección social constituye uno de los logros más
significativos de las sociedades modernas: garantiza dignidad mínima, reduce
vulnerabilidades extremas y corrige desigualdades estructurales.
Sin embargo, su institucionalización plantea una tensión
permanente entre asistencia legítima y riesgo de dependencia estructural.
El Estado social moderno surge como respuesta a las
insuficiencias del mercado para asegurar condiciones básicas de vida. Sistemas
de seguridad social, educación pública y protección sanitaria han demostrado
efectos positivos verificables:
- reducción
de pobreza extrema;
- aumento
de movilidad social;
- estabilización
económica en crisis;
- mejora
de indicadores de salud y bienestar.
Desde esta perspectiva, la intervención redistributiva no
constituye un privilegio, sino un componente esencial de las democracias
contemporáneas.
5.2. La paradoja de la institucionalización
El problema no reside en la existencia de protección
social, sino en su posible configuración institucional.
Cuando los sistemas de asistencia se diseñan sin mecanismos
de transición hacia la autonomía, pueden generar efectos no deseados:
- dependencia
prolongada de transferencias;
- desincentivos
a la participación económica;
- rigidez
burocrática que dificulta adaptación individual.
Esta paradoja no es inevitable, pero aparece con frecuencia
cuando los programas se orientan más a la gestión administrativa que a la
movilidad social.
5.3. Incentivos políticos y reproducción del
sistema
Desde una perspectiva de economía política, los sistemas
redistributivos generan también dinámicas de poder:
- crean
grupos de interés vinculados a su continuidad;
- consolidan
estructuras administrativas estables;
- influyen
en coaliciones electorales.
Estas dinámicas pueden producir una tendencia estructural
hacia la expansión de programas, independientemente de su eficacia real en
reducir desigualdades.
No se trata de una conspiración deliberada, sino de la
lógica propia de sistemas institucionales complejos.
5.4. Dependencia material y dependencia
política
Es importante distinguir entre dos formas de dependencia:
Dependencia material
situaciones en las que individuos requieren apoyo temporal o permanente por
condiciones estructurales.
Dependencia política
configuraciones en las que la relación asistencial se convierte en base estable
de poder y legitimidad institucional.
La primera es inherente a cualquier sociedad compleja. La
segunda plantea interrogantes sobre sostenibilidad y autonomía.
5.5. La justicia social como equilibrio
dinámico
La justicia social no puede reducirse ni a redistribución
ilimitada ni a laissez-faire absoluto. Implica un equilibrio dinámico entre:
- protección
frente a riesgos estructurales;
- incentivos
para la autonomía individual;
- sostenibilidad
fiscal y productiva.
El desafío no es eliminar la intervención estatal, sino
diseñarla de manera que promueva movilidad y reduzca dependencia estructural.
Cuando este equilibrio se pierde, la gestión de la
desigualdad puede transformarse en un sistema permanente de administración del
conflicto social.
Y esto nos conduce a la última dimensión del análisis:
la figura del intelectual contemporáneo y su papel en la
economía del prestigio moral.
6. Intelectuales, Prestigio y la Economía Moral
del Diagnóstico
En toda tradición política, los intelectuales han
desempeñado un papel fundamental: interpretar la realidad, formular marcos
conceptuales y orientar el debate público. En el progresismo contemporáneo,
esta función sigue siendo central, pero ha experimentado transformaciones
vinculadas a los cambios institucionales y mediáticos de las últimas décadas.
La figura del intelectual ya no se define únicamente por su
inserción en movimientos sociales o partidos, sino por su posición en circuitos
académicos, mediáticos y organizacionales altamente interconectados.
6.1. El desplazamiento hacia el capital
simbólico
En el contexto actual, la influencia intelectual se mide en
gran parte por el capital simbólico acumulado: prestigio académico, visibilidad
mediática, acceso a redes internacionales y capacidad de incidir en agendas
públicas.
Este entorno produce incentivos específicos:
- la
producción constante de diagnósticos críticos;
- la
formulación de marcos interpretativos amplios;
- la
participación en foros, informes y debates globales.
El intelectual se convierte, en gran medida, en un
productor de sentido dentro de una economía simbólica altamente competitiva.
6.2. La centralidad del diagnóstico permanente
Una característica distintiva de este modelo es la
importancia del diagnóstico continuo. La legitimidad intelectual se sostiene
mediante la capacidad de identificar crisis, riesgos y desigualdades
emergentes.
Este enfoque cumple funciones positivas evidentes: alerta
sobre problemas invisibles, amplía el horizonte de debate y previene
complacencias sociales.
Sin embargo, también puede generar una dinámica específica:
la primacía del diagnóstico sobre la propuesta operativa. La crítica se
convierte en actividad permanente, mientras las soluciones tienden a permanecer
en niveles de generalidad elevados.
6.3. El riesgo de la autorreferencialidad
En sistemas altamente institucionalizados, existe la
posibilidad de que el circuito intelectual se vuelva autorreferencial. El
debate se desarrolla principalmente dentro de comunidades académicas y
profesionales que comparten marcos conceptuales similares.
Esto puede producir:
- distanciamiento
del público general;
- reproducción
interna de consensos;
- dificultad
para incorporar perspectivas externas.
El problema no reside en la existencia de comunidades
especializadas, sino en su posible desconexión de contextos sociales más
amplios.
6.4. Intelectuales y política del riesgo
El progresismo contemporáneo se caracteriza por una fuerte
orientación hacia la anticipación de riesgos: climáticos, tecnológicos,
sociales. Esta sensibilidad responde a transformaciones reales del mundo
globalizado.
Sin embargo, cuando la política se estructura
principalmente en torno a escenarios de amenaza, puede generarse un clima de
alarma permanente. La advertencia se convierte en modo dominante de
intervención intelectual.
La cuestión no es negar los riesgos, sino equilibrar
diagnóstico y capacidad de acción.
La función crítica es indispensable en cualquier sociedad
democrática. Sin ella, las estructuras de poder tienden a naturalizarse.
Pero la crítica pierde eficacia política cuando se
convierte en actividad autosuficiente. Si no se articula con estrategias de
transformación verificables, puede derivar en una forma de esterilidad
práctica.
Aquí emerge la última tensión del progresismo
contemporáneo:
la dificultad de traducir capital simbólico en cambio
material sostenido.
Con esta dimensión, el recorrido analítico queda completo.
Hemos examinado:
- la
construcción subjetiva del agravio,
- la
burocratización del lenguaje,
- la
institucionalización del activismo,
- la
centralidad de la política simbólica,
- la
tensión entre protección y dependencia,
- y
la economía del prestigio intelectual.
Ahora corresponde integrar estas dimensiones en una
síntesis final.
Conclusión
El análisis del progresismo contemporáneo revela un
fenómeno complejo y profundamente ambivalente. Por un lado, el progresismo
forma parte inseparable de la historia de la emancipación moderna. Sin sus
aportes, no podrían entenderse avances fundamentales como la ampliación de
derechos civiles, la construcción de sistemas de protección social o la
democratización del acceso a la educación y la salud.
Sin embargo, en su evolución reciente, el progresismo ha
experimentado un proceso de institucionalización que ha transformado
parcialmente su naturaleza. Lo que comenzó como movimiento orientado a la
transformación material de las condiciones sociales ha dado lugar, en muchos
contextos, a un entramado de estructuras administrativas, economías simbólicas
y circuitos profesionales con dinámicas propias de reproducción.
Este proceso puede describirse como burocratización
moral: la conversión de causas éticas en sistemas organizativos estables
que generan lenguajes especializados, identidades profesionales y mecanismos de
legitimación autónomos.
En este contexto, emergen varias tensiones estructurales:
La lucha contra la desigualdad puede coexistir con la
reproducción simbólica del agravio como capital político.
La protección social puede equilibrar la justicia material y, al mismo tiempo,
generar riesgos de dependencia institucional.
La política cultural puede ampliar el reconocimiento, pero también desplazar la
atención desde los conflictos materiales hacia disputas simbólicas.
La producción intelectual puede alertar sobre riesgos reales, pero también
volverse autorreferencial y distante de la acción efectiva.
Estas tensiones no implican la desaparición del ideal
progresista, sino su transformación bajo condiciones institucionales
específicas. El progresismo contemporáneo no es un bloque homogéneo, sino un
campo heterogéneo donde conviven proyectos emancipadores genuinos y dinámicas
burocráticas de autopreservación.
La cuestión central no es si el progresismo es necesario
—toda sociedad democrática requiere mecanismos de crítica y corrección—, sino en
qué condiciones puede mantener su capacidad transformadora sin convertirse en
un sistema simbólico autosostenido.
El desafío fundamental es evitar que la gestión
institucional del conflicto sustituya a su resolución material. Solo cuando las
causas morales se vinculan nuevamente con resultados verificables en las
condiciones de vida pueden recuperar su fuerza política originaria.
Comprender esta tensión no supone rechazar el ideal de
justicia social. Supone, más bien, examinar críticamente las estructuras a
través de las cuales ese ideal se institucionaliza, para evitar que el lenguaje
de la emancipación se convierta, paradójicamente, en un mecanismo de
estabilidad del statu quo.

"Excelente distinción entre la justicia social legítima y la dependencia institucionalizada. Una lectura esencial para entender por qué el debate político actual parece atrapado en disputas nominales mientras las desigualdades estructurales permanecen."
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