LA
GEOPOLITICA DE LOS CABLES SUBMARINOS
Introducción
La
infraestructura que sostiene el mundo digital contemporáneo no es etérea, ni
virtual, ni flotante. Es física, localizada y vulnerable. Bajo los
océanos se extiende una red de más de un millón de kilómetros de cables
submarinos que transportan la práctica totalidad de los datos globales:
transacciones financieras, comunicaciones gubernamentales, inteligencia
militar, flujos comerciales y la vida cotidiana de miles de millones de
personas. Sin embargo, pese a su centralidad absoluta, esta infraestructura
permanece en gran medida invisible para el debate público.
Esta
invisibilidad es engañosa. Los cables submarinos constituyen hoy una de las infraestructuras
críticas más estratégicas del planeta, comparable —y en algunos aspectos
superior— a las rutas energéticas, los estrechos marítimos o los sistemas
satelitales. Quien controla su trazado, sus puntos de amarre, su mantenimiento
y su seguridad, condiciona los flujos de información y, con ellos, el poder.
La geopolítica del siglo XXI no se juega solo en el espacio, el ciberespacio o
los mercados financieros, sino también en el lecho marino.
El artículo
parte de una idea central:
la globalización digital descansa
sobre una infraestructura profundamente territorializada, sometida a
soberanías estatales, disputas estratégicas y doctrinas militares. Los cables
submarinos son globales en su función, pero locales en su vulnerabilidad. Allí
donde emergen a tierra, la abstracción digital se convierte en geografía
política.
Desde esta
perspectiva, los cables dejan de ser simples conductos técnicos y pasan a ser instrumentos
de poder estructural, escenarios de competencia entre Estados, consorcios
privados, alianzas de inteligencia y nuevas potencias emergentes. La
fragmentación de Internet, la militarización de la conectividad, la vigilancia
masiva, las rutas alternativas y la búsqueda de autonomía estratégica
encuentran en ellos un punto de convergencia silencioso pero decisivo.
Para abordar
este fenómeno con rigor, el análisis se estructura en seis partes claramente
diferenciadas pero interconectadas:
- La infraestructura crítica y la
soberanía en la era digital,
examinando la paradoja entre globalidad funcional y control territorial, y
el papel de los chokepoints físicos en el ciberespacio.
- La Ruta de la Seda Digital y la
competencia estratégica,
analizando el proyecto chino frente al modelo occidental y sus
implicaciones para la fragmentación de Internet.
- La seguridad nacional y la
interceptación,
evaluando el papel de los puntos de amarre, la vigilancia masiva y las
alianzas de inteligencia como marco real de gobernanza.
- La ecología política y los
conflictos emergentes,
con especial atención al Ártico, las Zonas Económicas Exclusivas y las
limitaciones del derecho internacional marítimo.
- La resiliencia de la red y la
doctrina militar de la negación,
explorando escenarios de interrupción deliberada y las opciones reales de
mitigación.
- América del Sur y la autonomía
estratégica digital,
como estudio de caso para analizar dependencia histórica, diversificación
de rutas y nuevos proyectos intercontinentales.
Hablar de
cables submarinos no es hablar de tecnología neutral. Es hablar de dependencia,
poder, vulnerabilidad y control en su forma más silenciosa. Comprender su
geopolítica es comprender una de las capas profundas —y menos visibles— del
orden internacional contemporáneo.
1.
Infraestructura crítica y soberanía en la era digital
Global en
función, local en control
Los cables
submarinos encarnan una paradoja central del poder digital contemporáneo: operan
a escala planetaria, pero están anclados a territorios concretos.
Transportan flujos de datos globales, pero su trazado, su amarre a tierra y su
mantenimiento dependen de jurisdicciones nacionales específicas. Esa tensión
—entre globalidad funcional y localización física— redefine la noción misma de
soberanía en la era digital.
Infraestructura
global, soberanía fragmentada
A diferencia de
Internet como arquitectura lógica, los cables submarinos son objetos
materiales: se tienden por rutas precisas, cruzan mares territoriales y entran
en tierra en puntos de amarre (landing points) que quedan sometidos
a la legislación, vigilancia y capacidades coercitivas del Estado anfitrión. En
esos puntos, la soberanía no es abstracta: es operativa.
Esto produce un
efecto estructural: Estados con escasos landing points o con rutas
altamente concentradas adquieren vulnerabilidades sistémicas, mientras
que aquellos que concentran amarras, estaciones de repetición o nodos de
interconexión ganan capacidad de influencia sobre flujos que no les
pertenecen en origen.
La geopolítica
clásica ha entendido siempre el valor de los puntos de estrangulamiento:
lugares donde una gran cantidad de tráfico pasa por espacios reducidos. El Estrecho
de Malaca o el Canal de Suez son ejemplos paradigmáticos en el
comercio marítimo. En el mundo digital, los chokepoints existen también,
aunque sean menos visibles.
Los landing
points, las estaciones de amarre y ciertos tramos submarinos concentran
volúmenes desproporcionados de tráfico internacional. Su interrupción
—accidental o deliberada— puede degradar de forma inmediata la conectividad de
regiones enteras. A diferencia de los estrechos marítimos, no hay rutas
alternativas rápidas: desviar tráfico óptico no es tan simple como cambiar
de rumbo.
Soberanía
sin propiedad
Otro elemento
clave es que la soberanía no coincide necesariamente con la propiedad.
Muchos cables pertenecen a consorcios privados multinacionales
—hiperescaladores, operadores de telecomunicaciones, fondos de inversión—, pero
los Estados conservan poder regulatorio, policial y de inteligencia
sobre los tramos que atraviesan su territorio.
Esto genera una
soberanía “por capas”:
- el consorcio gestiona la operación
técnica,
- el Estado controla el acceso físico
y legal,
- y, en determinados contextos, condiciona
el flujo de datos sin necesidad de poseer la infraestructura.
La consecuencia
es un desplazamiento del poder desde la propiedad hacia el control del
entorno.
Vulnerabilidad
estructural y asimetría de poder
Los cables
submarinos son frágiles. Cortes accidentales por anclas o actividad sísmica son
frecuentes; los incidentes deliberados, aunque menos visibles, son técnicamente
viables. Esta fragilidad introduce una asimetría estratégica: actores
con capacidad de vigilancia y acción encubierta pueden afectar a rivales sin
cruzar el umbral de un conflicto armado abierto.
En este
contexto, la soberanía digital ya no se mide solo en términos de centros de
datos o legislación de datos, sino en capacidad de proteger, vigilar y
redundar la infraestructura física que sostiene la conectividad.
Con este marco
claro, el siguiente paso es analizar cómo las grandes potencias están
utilizando esta infraestructura no solo para conectarse, sino para proyectar
influencia estratégica.
2. La nueva “Ruta de la Seda Digital” y la competencia estratégica
Cuando la
infraestructura deja de ser neutral
La expansión
global de los cables submarinos ya no puede entenderse como un proceso
puramente técnico o comercial. En la última década, esta infraestructura se ha
convertido en un campo explícito de competencia estratégica, donde
Estados y grandes corporaciones tecnológicas buscan algo más que conectividad: influencia
estructural sobre los flujos de datos. En este contexto emerge la llamada Ruta
de la Seda Digital, impulsada por China, como un proyecto que reconfigura
las reglas implícitas del sistema.
De la
conectividad al poder estructural
Durante años,
el despliegue de cables submarinos estuvo dominado por consorcios privados
occidentales, con una lógica principalmente económica: reducir latencias,
ampliar capacidad y conectar mercados. Aunque los Estados siempre estuvieron
presentes en segundo plano, el modelo se presentaba como tecnológicamente
neutral y políticamente discreto.
La Ruta de la
Seda Digital rompe esa ambigüedad. Integrada dentro de la Iniciativa de la
Franja y la Ruta, la DSR articula:
- inversión estatal directa o
indirecta,
- empresas tecnológicas alineadas con
objetivos nacionales,
- y una visión estratégica de largo
plazo sobre infraestructura, datos y normas técnicas.
Aquí la
conectividad no es un fin en sí mismo, sino un medio para moldear
dependencias.
¿Poder
blando, poder duro o poder estructural?
La DSR no
encaja del todo en las categorías clásicas. No es solo poder blando,
porque no se limita a influencia cultural o reputacional. Tampoco es poder
duro, ya que no implica coerción militar directa. Se acerca más a lo que
algunos autores denominan poder estructural: la capacidad de configurar
el entorno en el que otros actores operan.
Al financiar,
construir o gestionar infraestructuras digitales críticas —incluidos cables
submarinos, centros de datos y redes troncales— China puede:
- crear dependencias técnicas
difíciles de revertir,
- influir en estándares y prácticas
operativas,
- y ganar visibilidad estratégica
sobre flujos de información, incluso sin control formal de los datos.
La clave no es
“espiar”, sino estar en la arquitectura.
El contraste
con el modelo occidental
Frente a este
enfoque, el modelo occidental tradicional se ha basado en:
- consorcios privados
multinacionales,
- separación formal entre Estado y
empresa,
- y una retórica de mercado abierto.
Sin embargo,
esta separación es cada vez más tenue. La entrada de grandes plataformas
tecnológicas como actores dominantes en el tendido de cables ha difuminado la
frontera entre interés privado y interés geopolítico implícito. La
diferencia con la DSR no es tanto la existencia de poder, sino su grado de
explicitación.
Occidente
descubre ahora que la neutralidad estructural es, en sí misma, una posición
política… y una potencial debilidad.
Fragmentación
de Internet: infraestructura como línea de fractura
La consecuencia
más profunda de esta competencia no es solo quién construye más cables, sino qué
tipo de Internet emerge de esa infraestructura. A medida que distintos
bloques priorizan rutas, estándares y alianzas propias, se refuerza la
tendencia hacia un “splinternet”: una red global técnicamente
interconectada, pero políticamente fragmentada.
Los cables
submarinos, lejos de ser meros conductos, se convierten en líneas
geopolíticas invisibles que delimitan esferas de influencia digital. La
fragmentación ya no pasa solo por la censura o la regulación del contenido,
sino por la arquitectura física que sostiene el flujo.
La Ruta de la
Seda Digital no es una anomalía, sino un síntoma. Señala el fin de la ilusión
de que la infraestructura digital pueda permanecer al margen de la competencia
estratégica. Los cables submarinos se han integrado plenamente en la lógica del
poder: quien los diseña, los financia y los mantiene no solo conecta
territorios, también condiciona su margen de maniobra.
Con este telón
de fondo, el siguiente paso es inevitable: analizar cómo esta infraestructura
se entrelaza con la seguridad nacional, la vigilancia y las alianzas de
inteligencia, más allá del derecho internacional formal.
3. Seguridad
nacional y la amenaza de la interceptación
Cuando la
vigilancia precede al derecho
Si los cables
submarinos son la columna vertebral del mundo digital, los puntos de amarre
(landing points) son sus órganos vitales. Es en estos nodos —donde la
fibra óptica emerge del mar y se conecta a la infraestructura terrestre— donde
la abstracción del ciberespacio se vuelve tangible, accesible y vulnerable.
Y es precisamente ahí donde la seguridad nacional y la inteligencia estatal han
encontrado históricamente su mayor ventaja.
Snowden y el
fin de la inocencia tecnológica
Las
revelaciones de Edward Snowden marcaron un punto de inflexión. Programas
como TEMPORA demostraron que la interceptación masiva de datos no requería
vulnerar sistemas complejos ni romper cifrados: bastaba con acceder
físicamente a los cables en puntos estratégicos.
Agencias como
la NSA y la GCHQ aprovecharon su posición geográfica, su
capacidad técnica y su marco legal para:
- copiar flujos completos de tráfico,
- filtrar posteriormente la
información relevante,
- y hacerlo a una escala incompatible
con la noción clásica de vigilancia selectiva.
El mensaje
implícito fue claro: el control de la infraestructura precede al control del
contenido.
Landing
points:
soberanía real, no teórica
Desde el punto
de vista geopolítico, los landing points concentran un poder
desproporcionado. Aunque los cables sean internacionales y de propiedad
privada, el Estado donde se ubican:
- controla el acceso físico,
- define el marco legal de
intervención,
- y puede imponer obligaciones de
cooperación a operadores.
Esto genera una
forma de soberanía funcional, no declarativa. No hace falta reclamar la
propiedad del cable para influir en él; basta con controlar el territorio donde
emerge.
En este
sentido, la gobernanza real de los cables submarinos no se rige tanto por el
derecho internacional marítimo como por la legislación nacional de seguridad
e inteligencia.
Five Eyes:
la alianza que gobierna en la sombra
Más allá de los
Estados individuales, la seguridad de los cables está profundamente
condicionada por acuerdos de inteligencia. La Alianza de los Cinco Ojos
—EE. UU., Reino Unido, Canadá, Australia y Nueva Zelanda— constituye el ejemplo
más claro de una arquitectura geopolítica paralela que opera por encima
de los marcos jurídicos tradicionales.
En la práctica,
esta alianza permite:
- compartir capacidades de
interceptación,
- distribuir responsabilidades
geográficas,
- y sortear limitaciones legales
nacionales mediante cooperación transfronteriza.
El resultado es
un sistema de vigilancia estructural, donde la seguridad nacional de
unos se apoya en la infraestructura crítica de muchos.
Seguridad
vs. privacidad: un equilibrio asimétrico
Desde la
perspectiva de los Estados, la interceptación se justifica en términos de:
- lucha contra el terrorismo,
- contrainteligencia,
- protección de infraestructuras
críticas.
Sin embargo, a
escala global, este modelo introduce una asimetría profunda:
- algunos Estados concentran
capacidad de vigilancia sobre flujos que no les pertenecen,
- mientras otros dependen de
infraestructuras sobre las que no tienen control efectivo.
La privacidad
global, en este contexto, no se negocia en tratados abiertos, sino en relaciones
de poder desiguales.
La seguridad de
los cables submarinos no está gobernada principalmente por el derecho del mar,
sino por la lógica de la inteligencia y la seguridad nacional. Los landing
points son espacios donde la soberanía se ejerce de forma silenciosa pero
decisiva, y donde alianzas como Five Eyes configuran una gobernanza de facto
del flujo global de datos.
Comprender esta
dimensión es esencial para entender por qué los cables no son solo
infraestructura: son instrumentos estratégicos, integrados en doctrinas
de vigilancia y poder que operan al margen del debate público.
Con este marco,
el siguiente paso es ampliar la mirada hacia otros vectores de conflicto menos visibles,
pero crecientemente relevantes: el Ártico, las ZEE y la ecología política de
la conectividad.
4. Ecología
política y conflictos emergentes
Ártico,
Zonas Económicas Exclusivas y los límites del derecho internacional
Más allá del
espionaje y la vigilancia, la geopolítica de los cables submarinos se está
desplazando hacia nuevos escenarios de conflicto estructural donde
convergen cambio climático, derecho del mar y competencia por rutas. Dos
vectores destacan por su potencial desestabilizador: la apertura del Ártico
y las disputas jurisdiccionales en Zonas Económicas Exclusivas (ZEE).
Ambos ponen a prueba la capacidad real de los regímenes internacionales para
gobernar una infraestructura crítica en rápida expansión.
El Ártico:
cuando el deshielo abre rutas y vulnerabilidades
El retroceso
del hielo marino está transformando el Ártico de barrera natural en corredor
estratégico. Nuevas rutas marítimas reducen distancias entre Europa, Asia y
América del Norte, y con ellas surge el interés por tendidos de cables más
cortos, con menor latencia y fuera de cuellos tradicionales.
Sin embargo, el
Ártico es también un espacio de soberanías superpuestas y militarización
creciente. Estados con costa ártica —y actores externos con ambiciones
tecnológicas— ven en la conectividad una extensión del control territorial. El
problema no es solo técnico (condiciones extremas, mantenimiento complejo),
sino político: ¿quién garantiza la seguridad, ¿quién responde ante
incidentes y bajo qué reglas?
La
infraestructura, una vez desplegada, solidifica hechos geopolíticos:
fija intereses, crea dependencias y eleva el coste de la reversión. En el
Ártico, tender un cable es también tomar posición.
Zonas
Económicas Exclusivas: jurisdicción, responsabilidad y ambigüedad
Las ZEE
introducen otra capa de complejidad. Aunque los cables submarinos gozan de
libertades históricas de tendido, su operación, protección y reparación
dentro de una ZEE quedan sujetas a interpretaciones divergentes. Los Estados
ribereños reclaman competencias ambientales y de seguridad; los operadores
exigen continuidad y rapidez.
Esta fricción
se manifiesta en tres frentes:
- responsabilidad por daños (accidentales o deliberados),
- permisos y condiciones de
mantenimiento,
- capacidad de inspección y
vigilancia.
El resultado es
una zona gris regulatoria donde la infraestructura crítica puede quedar
expuesta a retrasos, coerción indirecta o disputas diplomáticas prolongadas.
¿Qué dicen
los regímenes internacionales… y qué no dicen?
El marco
jurídico existente ofrece principios, pero carece de mecanismos ejecutivos
robustos. La Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar
(UNCLOS) reconoce la libertad de tendido de cables, pero fue diseñada en una
era pre-digital y no aborda la seguridad sistémica de la conectividad global.
Por su parte, la Unión Internacional de Telecomunicaciones establece
estándares y coordinación técnica, pero no tiene mandato coercitivo en
conflictos geopolíticos.
Esta asimetría
genera un vacío: la infraestructura es global y crítica, pero su gobernanza es fragmentaria
y reactiva. En escenarios de tensión, la protección efectiva de los cables
depende más de capacidad estatal y alianzas que de normas
multilaterales.
Ecología
política de la conectividad
A todo ello se
suma una dimensión ambiental cada vez más relevante. El tendido y mantenimiento
de cables interactúan con ecosistemas sensibles; los Estados pueden instrumentalizar
la protección ambiental para restringir rutas, condicionar permisos o ganar
margen negociador. La ecología se convierte así en palanca política,
legítima en su base, pero susceptible de uso estratégico.
El Ártico y las
ZEE muestran que la geopolítica de los cables ya no se decide solo en salas de
inteligencia, sino en espacios híbridos donde clima, derecho y poder se
entrelazan. Los regímenes internacionales ofrecen marcos de referencia, pero no
resuelven la competencia cuando la conectividad se convierte en activo
estratégico.
Con este
panorama, el paso siguiente es lógico: analizar cómo los Estados integran esta
vulnerabilidad en doctrinas militares y estrategias de resiliencia, y
qué significa negar —o proteger— la conectividad en una crisis.
Cuando
cortar un cable equivale a un acto de fuerza
En la doctrina
militar contemporánea, la conectividad digital ha pasado de ser un facilitador
operativo para convertirse en un objetivo estratégico en sí mismo. La
interrupción deliberada de cables submarinos —temporal, localizada y atribuible
solo de forma ambigua— encaja perfectamente en la lógica de la zona gris:
acciones por debajo del umbral de la guerra abierta, pero con efectos
sistémicos profundos.
Aquí emerge la
llamada doctrina de la negación: no es necesario derrotar al adversario,
basta con impedirle el uso normal de sus capacidades críticas.
El cable
como objetivo estratégico ideal
Desde el punto
de vista de un planificador estratégico, los cables submarinos reúnen
características especialmente atractivas como objetivo:
- Alta dependencia: economías, sistemas financieros,
logística, mando y control militar dependen de ellos.
- Fragilidad física: son técnicamente vulnerables a
sabotaje, incluso con medios relativamente modestos.
- Ambigüedad atribuible: un corte puede presentarse como
accidente, fallo técnico o daño colateral.
- Impacto asimétrico: un actor con menos capacidades
militares puede infligir un daño desproporcionado.
En un escenario
de crisis regional o global, la interrupción selectiva de cables no busca
colapsar Internet, sino desorganizar al adversario en el momento crítico.
Escenario
plausible de negación
Imaginemos una
crisis entre dos actores estatales con fuerte dependencia digital. Un tercero
—o incluso uno de ellos— actúa en la zona gris:
- sabotaje encubierto de uno o varios
tramos de cable,
- degradación de latencia y
capacidad, no apagón total,
- presión económica y social sin un
“casus belli” claro.
El objetivo no
es destruir la infraestructura de forma permanente, sino introducir
incertidumbre, retraso y coste, obligando al adversario a reaccionar en
condiciones subóptimas.
En este
contexto, la conectividad se convierte en un dominio de conflicto,
comparable al espacio o al ciberespacio.
Medidas de
resiliencia: qué es viable y qué no
Ante este
escenario, los Estados y operadores han desarrollado estrategias de
resiliencia, aunque ninguna es completa.
1)
Diversificación de rutas
Multiplicar cables y rutas reduce el impacto de un corte individual. Es la
medida más eficaz, pero:
- es extremadamente costosa,
- beneficia más a regiones ricas que
a periféricas,
- y no elimina los chokepoints
estructurales.
2)
Tecnología óptica avanzada
La mejora en repetidores y capacidad por fibra permite absorber parte del daño
redirigiendo tráfico. Sin embargo:
- no sustituye capacidad perdida,
- y depende de una red previa
robusta.
3) Satélites
como respaldo
Los sistemas satelitales ofrecen redundancia limitada, útil para servicios
críticos, pero:
- no pueden reemplazar el volumen ni
la baja latencia de los cables,
- son vulnerables a su vez en
escenarios de conflicto espacial.
La resiliencia
real no elimina la vulnerabilidad: la gestiona.
Coste
político y económico de la resiliencia
Aquí aparece un
dilema clave. La máxima resiliencia implica:
- inversión masiva,
- cooperación internacional,
- y planificación a largo plazo.
Pero la lógica
geopolítica actual tiende a:
- la fragmentación,
- la competencia entre bloques,
- y la securitización de la
infraestructura.
Esto limita la
resiliencia global y favorece resiliencias parciales, desiguales y
políticamente condicionadas.
En la
geopolítica de los cables, la pregunta no es si pueden ser cortados, sino quién
puede permitirse que lo sean… y quién no.
Con este marco
estratégico claro, el último paso es analizar cómo todo esto se refleja en un
espacio concreto:
América del Sur y su búsqueda de autonomía digital.
6. América
del Sur y la autonomía estratégica en la conectividad
De la
dependencia histórica a la búsqueda de rutas propias
La geopolítica
de los cables submarinos se manifiesta con especial claridad en América del
Sur, una región históricamente integrada al sistema digital global a través
de rutas verticales norte–sur, con una fuerte dependencia de nodos
situados en Estados Unidos. Esta arquitectura no fue fruto de una imposición
explícita, sino de una inercia tecnológica y económica que hoy empieza a
ser cuestionada desde una lógica de autonomía estratégica.
Una
conectividad heredada y asimétrica
Durante
décadas, la mayoría del tráfico internacional sudamericano ha transitado por
cables que conectan directamente con la costa este de EE. UU., donde se
concentran grandes centros de interconexión, servicios en la nube y puntos de
intercambio. Proyectos como Curie o Malbec reflejan esta lógica:
alta capacidad, baja latencia hacia el norte, pero escasa interconexión
regional directa.
Esta
configuración tiene implicaciones claras:
- dependencia técnica de
infraestructuras externas,
- mayor exposición a doctrinas de
vigilancia y seguridad ajenas,
- limitada capacidad de negociación
estratégica en crisis de conectividad.
La región ha
estado conectada, pero no necesariamente empoderada.
Nuevas
rutas, nuevas opciones estratégicas
En los últimos
años se observa un cambio gradual. La aparición de rutas transoceánicas
alternativas rompe el monopolio funcional del eje Estados Unidos–América del
Sur. El South American Cable System (SACS), que conecta Brasil con
África, y especialmente EllaLink, que enlaza directamente América Latina
con Europa, representan algo más que nuevos cables.
Estos proyectos
introducen:
- diversificación real de rutas,
- reducción de dependencia de nodos
norteamericanos,
- y mayor margen de maniobra
geopolítica para Estados y operadores regionales.
No eliminan la
interdependencia global, pero la redistribuyen.
Autonomía
estratégica: una cuestión de opciones, no de aislamiento
Es importante
subrayar que autonomía estratégica no implica desconexión ni autarquía digital.
Implica capacidad de elección. Tener rutas alternativas significa:
- poder redirigir tráfico en
escenarios de crisis,
- negociar desde una posición menos
asimétrica,
- reducir la vulnerabilidad ante
cortes, vigilancia o coerción indirecta.
En este
sentido, EllaLink es especialmente significativo: no solo por su trazado, sino
porque simboliza un cambio de mentalidad. La conectividad deja de ser un
subproducto del mercado global y pasa a ser una variable estratégica
consciente.
Límites
estructurales y desafíos pendientes
Pese a estos
avances, la región sigue enfrentando límites claros:
- concentración de landing points
en pocas localizaciones,
- dependencia tecnológica de grandes
actores externos,
- escasa coordinación regional en
planificación de infraestructura crítica.
La autonomía no
se logra solo tendiendo cables, sino integrándolos en una estrategia
regional coherente, algo que todavía está en construcción.
América del Sur
se encuentra en una fase de transición. La arquitectura heredada de la
conectividad digital empieza a diversificarse, abriendo la puerta a una
mayor autonomía estratégica, aunque aún incompleta. Los nuevos cables no
rompen el sistema global, pero sí introducen redundancia, opción y margen
político.
En la
geopolítica de los cables submarinos, la autonomía no se mide en independencia
absoluta, sino en capacidad de no depender de una sola ruta, de un solo
actor, de una sola lógica de poder.
Conclusión
El poder que
no se ve, pero decide
La geopolítica
de los cables submarinos revela una verdad incómoda del orden internacional
contemporáneo: la infraestructura que sostiene la globalización digital es
profundamente material, territorial y vulnerable. Bajo la narrativa de un
Internet distribuido, abierto y etéreo, existe una red física concentrada en
rutas específicas, puntos de amarre concretos y jurisdicciones nacionales muy
reales. Allí, lejos del discurso tecnológico, se ejerce poder.
A lo largo de
este artículo hemos visto que los cables submarinos no son simples conductos de
datos. Son instrumentos de soberanía, palancas de influencia estructural
y objetivos estratégicos en doctrinas militares modernas. Funcionan como los
nuevos chokepoints del siglo XXI: invisibles para la mayoría, pero
decisivos para economías, sistemas financieros, mando militar y estabilidad
social. Quien controla su trazado, su seguridad o su resiliencia condiciona
el margen de maniobra de otros actores, incluso sin necesidad de coerción
directa.
La competencia
entre modelos —desde la Ruta de la Seda Digital hasta los consorcios
occidentales— muestra que la infraestructura ha dejado de ser neutral. La
seguridad nacional, la vigilancia, el derecho del mar, el cambio climático y la
ecología política se entrelazan en un dominio híbrido donde las normas
internacionales resultan insuficientes frente a la lógica del poder real. La
fragmentación de Internet no avanza solo por la regulación del contenido, sino
por la arquitectura física que sostiene los flujos.
El análisis de
la doctrina de la negación confirma que la conectividad es ya un dominio de
conflicto, y que la resiliencia, aunque imprescindible, es costosa,
desigual y políticamente condicionada. No todos los Estados pueden permitirse
redundancia, diversificación y autonomía estratégica. Esa asimetría define
ganadores y perdedores en un mundo que depende de la continuidad digital para
funcionar.
El caso de
América del Sur ilustra bien esta dinámica: una región históricamente
conectada, pero dependiente, que empieza a explorar rutas alternativas no para
aislarse, sino para ganar opciones. La autonomía estratégica digital no
significa desconexión, sino capacidad de elección frente a crisis, coerción o
vigilancia estructural.
En última instancia, la geopolítica de los cables submarinos nos obliga a replantear una idea fundamental: el poder en la era digital no se ejerce solo controlando datos, sino controlando los caminos por los que esos datos viajan. Y esos caminos, aunque ocultos bajo el océano, son hoy uno de los terrenos más sensibles —y menos debatidos— del equilibrio global.
Comprenderlos no es una cuestión técnica. Es una cuestión de soberanía, seguridad y futuro.

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