EL PODER DE LAS CORPORACIONES
TECNOLÓGICAS
COMO CUASI-ESTADOS
Introducción
En el siglo
XXI, el poder ya no se ejerce únicamente desde territorios físicos
delimitados, ejércitos nacionales o parlamentos soberanos. Ha emergido una
nueva forma de autoridad, difusa pero extremadamente eficaz, encarnada
en las grandes corporaciones tecnológicas. Estas entidades no se proclaman
Estados, no izan banderas ni reclaman soberanía formal; sin embargo, ejercen
funciones clásicamente estatales: regulan conductas, administran justicia
interna, controlan infraestructuras críticas, recaudan rentas, gestionan datos
vitales y moldean la percepción colectiva de la realidad. Estamos ante el
ascenso de cuasi-estados funcionales.
Plataformas
globales como Meta, Google, Amazon o Microsoft han
construido ecosistemas cerrados que operan como territorios digitales
con normas propias, ciudadanía jerarquizada y sistemas de sanción algorítmica.
En paralelo, empresas como SpaceX controlan infraestructuras
estratégicas —satélites, comunicaciones, acceso a la conectividad— de las que
dependen directamente Estados enteros. El resultado es una redistribución
silenciosa del poder soberano, donde la capacidad de decisión se desplaza
desde las instituciones públicas hacia arquitecturas privadas globales.
Este fenómeno
desafía los pilares del orden político moderno surgido tras Westfalia. La
soberanía ya no es exclusivamente territorial; la coerción ya no es solo
física; la ciudadanía ya no se define únicamente por la pertenencia nacional.
En su lugar, emerge una soberanía algorítmica, ejercida mediante
términos de servicio, diseño de plataformas, control de flujos de información y
dependencia tecnológica estructural. No se trata de una conspiración ni de una
anomalía, sino de una evolución sistémica derivada de la concentración
de datos, capital e infraestructura en manos privadas.
El artículo
analiza este desplazamiento de poder desde una perspectiva estructural y no
moralizante. La cuestión central no es si las corporaciones tecnológicas
“quieren” gobernar, sino qué tipo de poder están ejerciendo de facto,
con qué mecanismos, y qué consecuencias tiene esto para la democracia, la
soberanía estatal y la autonomía individual. Para ello, el análisis se articula
en seis partes interconectadas:
- Territorios sin suelo: soberanía
digital y ciudadanía algorítmica
- Infraestructura como arma
geopolítica: cuando la nube sustituye al territorio
- Diplomacia sin bandera: las
corporaciones como actores internacionales
- Economías cerradas y fiscalidad
privada: el desafío al monopolio del Estado
- Bioseguridad privatizada: salud
pública en manos de infraestructuras corporativas
- Soberanía narrativa: quién gobierna
la realidad en la era algorítmica
1.
Territorios sin suelo: soberanía digital y ciudadanía algorítmica
Las grandes
plataformas tecnológicas han construido algo que, hasta hace poco, parecía
conceptualmente imposible: territorios sin geografía. Espacios no
físicos donde millones —a veces miles de millones— de personas viven parte
sustancial de su vida social, económica y simbólica, sometidas a normas que
no han votado, aplicadas por autoridades que no pueden destituir y ejecutadas
por sistemas automáticos sin rostro. Este es el núcleo de la soberanía
digital.
Plataformas
como Meta, X o TikTok funcionan como ecosistemas
jurídicos cerrados. En ellos existen reglas de conducta (términos de
servicio), órganos de control (moderación humana y algorítmica), procedimientos
de sanción (suspensión, shadow banning, desmonetización) y, en algunos casos,
instancias cuasi-judiciales de apelación. Todo ello opera a escala global,
con una rapidez y eficacia que muchos Estados no pueden igualar.
Aquí aparece
una noción clave: ciudadanía algorítmica. El estatus del usuario no es
uniforme. Existen jerarquías internas: cuentas verificadas, creadores
“partner”, anunciantes preferentes, usuarios monetizados, perfiles
invisibilizados. Los derechos —visibilidad, alcance, monetización, incluso la
posibilidad de hablar— no son iguales para todos y pueden modificarse
unilateralmente. No se trata de ciudadanía jurídica en sentido clásico, pero sí
de una pertenencia funcional que condiciona oportunidades económicas,
reputación social y capacidad de influencia.
A diferencia
del Estado moderno, esta soberanía no se fundamenta en el monopolio de la
violencia física, sino en algo más sutil y, en muchos casos, más eficaz: el control
del entorno. El diseño de la plataforma, los incentivos, los algoritmos de
visibilidad y las reglas de interacción configuran el comportamiento sin
necesidad de coerción explícita. La obediencia no se impone: se optimiza.
Este modelo
introduce una ruptura profunda con la soberanía westfaliana. La jurisdicción ya
no depende del territorio nacional, sino del acceso a la plataforma. Un
contenido puede ser legal según la ley de un Estado y, aun así, ser eliminado
globalmente por violar normas privadas. En la práctica, la plataforma precede,
corrige o anula al ordenamiento jurídico estatal en el espacio digital.
La lealtad del
“ciudadano-usuario” también se redefine. No se dirige a una nación, sino a un ecosistema
de beneficios: visibilidad, comunidad, ingresos, identidad digital.
Abandonar la plataforma puede implicar una forma de exilio social o económico.
Este fenómeno recuerda menos al Estado-nación y más a entidades imperiales o
feudales, donde la pertenencia se basa en protección y privilegios, no en
derechos universales.
Así, las
plataformas no son simples intermediarias tecnológicas. Son espacios
soberanos funcionales, con capacidad real para definir conductas,
identidades y trayectorias vitales. No gobiernan por decreto, pero ordenan
la vida digital de una parte creciente de la humanidad.
2.
Infraestructura como arma geopolítica: cuando la nube sustituye al territorio
Si en la era
moderna el poder se asentaba sobre el control del territorio, en la era
digital ese poder se desplaza hacia el control de la infraestructura
invisible. Centros de datos, nubes de computación, cables submarinos y
constelaciones de satélites forman hoy el sustrato material sobre el que
funcionan los Estados, las economías y las comunicaciones. Quien controla esa
infraestructura no necesita gobernar formalmente: condiciona la posibilidad
misma de gobernar.
Corporaciones
como Amazon Web Services, Microsoft Azure y Google Cloud
alojan sistemas críticos de administraciones públicas, bancos, hospitales,
fuerzas de seguridad, medios de comunicación y procesos electorales. La
dependencia no es marginal: es estructural. Migrar fuera de estas
plataformas implica costes técnicos, económicos y temporales que muchos Estados
no pueden asumir sin poner en riesgo su funcionamiento básico.
Esta
concentración convierte a la nube en un recurso geopolítico. La
capacidad de restringir servicios, modificar condiciones de acceso o priorizar
determinados flujos de datos otorga a estas corporaciones un poder de
negociación asimétrico frente a los gobiernos. No se trata necesariamente de
decisiones arbitrarias; basta con que el marco contractual privado
prevalezca sobre la legislación nacional para que la soberanía estatal quede,
en la práctica, subordinada.
A esta
dimensión se suma el control de las infraestructuras de conectividad global.
Cables submarinos —responsables de más del 95 % del tráfico internacional de
datos— y redes de telecomunicaciones de nueva generación están cada vez más
financiados, operados o condicionados por actores privados. El espacio digital,
lejos de ser etéreo, descansa sobre rutas físicas cuya interrupción puede aislar
países enteros sin disparar un solo tiro.
El caso de las
constelaciones satelitales introduce un salto cualitativo. Sistemas como Starlink,
operados por SpaceX, proporcionan conectividad directa, independiente de
infraestructuras terrestres nacionales. Esto los convierte en herramientas
decisivas en contextos de conflicto, catástrofes o colapso estatal. Cuando la
continuidad de comunicaciones militares, civiles o humanitarias depende de la voluntad
operativa de una empresa, la frontera entre proveedor y actor estratégico
se diluye.
Este escenario
da lugar a lo que puede denominarse neo-feudalismo tecnológico. Los
Estados no pierden formalmente su soberanía, pero la arriendan
funcionalmente. Pagan por acceder a infraestructuras que no controlan, bajo
reglas que no definen y con capacidad limitada de supervisión. A cambio,
obtienen estabilidad operativa, escalabilidad y eficiencia; el precio es una dependencia
sistémica.
La clave no
está en la intención de las corporaciones, sino en la asimetría de poder
creada por la concentración de infraestructuras críticas. En la práctica, la
nube sustituye al territorio como espacio decisivo de control. Y cuando la
infraestructura se convierte en arma geopolítica, la soberanía deja de ser un
atributo absoluto para transformarse en una variable negociada.
3.
Diplomacia sin bandera: las corporaciones como actores internacionales
En el escenario
internacional contemporáneo, la diplomacia ya no es un monopolio exclusivo de
los Estados. Junto a embajadas, cancillerías y organismos multilaterales, ha
emergido una forma paralela de acción exterior: la diplomacia corporativa.
Grandes empresas tecnológicas negocian directamente con gobiernos, condicionan
políticas públicas y participan en decisiones estratégicas que afectan a
derechos, seguridad y soberanía. No representan a una nación, pero defienden
intereses con alcance global.
Empresas como Apple,
Google o Microsoft mantienen relaciones bilaterales estables con
Estados, comparables en muchos aspectos a las de una misión diplomática
permanente. Sus directivos se reúnen con jefes de gobierno, ministros y
reguladores para negociar marcos fiscales, acceso a mercados, condiciones de
censura, protección de datos o cooperación tecnológica. Estas interacciones no
son simbólicas: tienen efectos normativos reales.
Un ejemplo
paradigmático es la relación entre Apple y China. Para mantener el
acceso a uno de sus mercados clave, la empresa ha aceptado condiciones que
incluyen la localización de datos, la retirada de aplicaciones sensibles y la
adaptación a marcos regulatorios que entrarían en conflicto con estándares
occidentales de libertad de expresión. Aquí, la empresa no actúa como súbdita
de un Estado, sino como actor negociador autónomo, capaz de equilibrar
principios, beneficios y riesgos reputacionales.
En el ámbito
regulatorio, las grandes tecnológicas han mantenido una relación compleja con
la Unión Europea. Demandas judiciales, negociaciones sobre competencia,
privacidad y fiscalidad, y presiones cruzadas han convertido a estas empresas
en interlocutores estructurales de la política europea. No se limitan a
cumplir normas: intentan influir en su diseño, alcance y aplicación, utilizando
recursos legales y económicos comparables a los de muchos Estados medianos.
La dimensión
geopolítica se hace aún más evidente en contextos de conflicto. El papel de SpaceX,
a través de su red satelital Starlink, durante la guerra en Ucrania
mostró hasta qué punto una empresa privada puede convertirse en actor
estratégico decisivo. La continuidad de comunicaciones civiles y militares
dependió, en momentos críticos, de decisiones corporativas tomadas fuera de
cualquier marco democrático estatal. La empresa no inició ni dirigió el
conflicto, pero influyó directamente en su desarrollo operativo.
Esta diplomacia
sin bandera introduce una ambigüedad profunda. Las corporaciones no están
sujetas a las mismas obligaciones que los Estados: no rinden cuentas ante
parlamentos, no responden a electorados y no están limitadas por fronteras
políticas. Sin embargo, su capacidad de acción exterior es comparable —y en
algunos casos superior— a la de muchos países. Actúan como embajadas de sí
mismas, con agendas propias y una flexibilidad estratégica que los Estados
difícilmente pueden igualar.
El resultado es
un sistema internacional híbrido, donde la política exterior ya no se articula
solo entre naciones, sino entre Estados y entidades privadas soberanas de
facto. Esta transformación no elimina la diplomacia tradicional, pero la descentra,
obligándola a coexistir con actores que no buscan poder político formal, pero
ejercen un poder real sobre decisiones globales.
4. Economías
cerradas y fiscalidad privada: el desafío al monopolio del Estado
Uno de los
pilares históricos del Estado moderno ha sido el monopolio de la moneda y de
la recaudación fiscal. Controlar qué circula como valor, quién puede
intercambiarlo y bajo qué reglas se grava ha sido siempre una expresión central
de soberanía. Sin embargo, los grandes ecosistemas tecnológicos han comenzado a
erosionar este principio mediante la creación de economías digitales
cerradas, donde el valor se genera, circula y se extrae bajo normas
privadas.
Empresas como Apple,
Amazon o Meta no solo intermedian transacciones: diseñan
mercados completos. En estos entornos, la empresa actúa simultáneamente
como regulador, banco central, recaudador y árbitro. El caso del ecosistema
Apple es ilustrativo: el App Store constituye un espacio económico donde
toda transacción digital está sujeta a reglas propias y a una comisión fija
—habitualmente del 30 %— que funciona, en la práctica, como un impuesto
privado.
Este “impuesto”
no es negociado democráticamente ni recaudado por una autoridad pública, pero
cumple funciones análogas a las fiscales: extrae valor sistemático, financia la
infraestructura del sistema y consolida el poder del ente recaudador. Para
millones de desarrolladores y empresas, operar fuera de este marco no es una
opción realista. La frontera digital del ecosistema se comporta como una aduana
invisible, donde entrar implica aceptar una soberanía económica ajena.
A ello se suma
la proliferación de instrumentos monetarios corporativos: créditos
internos, wallets integradas, sistemas de pago propietarios y, en algunos
casos, proyectos de monedas digitales. Aunque no sustituyen plenamente a las
monedas nacionales, estos mecanismos reducen la necesidad de interactuar con
el sistema financiero estatal, desplazando transacciones, datos y
comisiones hacia circuitos privados. El Estado conserva la moneda legal, pero
pierde visibilidad y control sobre parte del flujo económico real.
El problema no
es únicamente recaudatorio, sino estructural. En una economía cerrada, la
empresa decide quién puede generar ingresos, bajo qué condiciones y con qué
grado de estabilidad. Cambios unilaterales en algoritmos, comisiones o
políticas de monetización pueden arruinar modelos de negocio enteros sin
recurso efectivo. Esta capacidad de alterar el destino económico de millones de
actores recuerda más al poder de un soberano que al de un simple intermediario
de mercado.
Desde una
perspectiva histórica, este fenómeno se asemeja a formas de fiscalidad
señorial o de economías concesionadas, donde la autoridad política permitía
a ciertos actores extraer rentas a cambio de mantener el sistema en
funcionamiento. La diferencia es que, en el entorno digital, estas concesiones
no han sido explícitamente otorgadas: han surgido por asimetría tecnológica,
dependencia de red y captura de mercado.
Así, sin abolir
formalmente la soberanía económica de los Estados, las corporaciones
tecnológicas han construido espacios donde esa soberanía apenas opera.
El resultado es un desdoblamiento del poder fiscal: uno público, cada vez más
limitado en el ámbito digital, y otro privado, altamente eficiente, opaco y
global.
5.
Bioseguridad privatizada: salud pública en manos de infraestructuras
corporativas
La pandemia de
COVID-19 marcó un punto de inflexión silencioso en la relación entre Estado,
tecnología y biopolítica. Ante una crisis sanitaria global que desbordó
capacidades administrativas y logísticas, los Estados recurrieron —por
necesidad— a infraestructuras privadas ya existentes. El resultado fue una transferencia
funcional de competencias tradicionalmente públicas hacia corporaciones
tecnológicas, especialmente en ámbitos críticos como la gestión de datos, la
vigilancia sanitaria y la logística a gran escala.
Un caso
paradigmático fue la Apple-Google Exposure Notification API,
desarrollada conjuntamente por Apple y Google. Este sistema se
convirtió en el estándar técnico global para aplicaciones de rastreo de
contactos, condicionando de facto cómo los Estados podían implementar políticas
de salud digital. Aunque su diseño incorporó salvaguardas de privacidad, la
realidad política fue clara: sin la aprobación técnica de estas empresas, la
política sanitaria digital era inviable.
De forma
paralela, empresas como Palantir desempeñaron un papel central en el
análisis masivo de datos sanitarios, modelización de contagios y optimización
de recursos hospitalarios. Estas tareas —análisis epidemiológico, priorización
de intervenciones, gestión de escenarios— son funciones clásicas del aparato
estatal. Sin embargo, fueron ejecutadas mediante algoritmos propietarios,
opacos para la ciudadanía y, en muchos casos, incluso para los propios
gobiernos que los utilizaban.
La logística de
la vacunación global reforzó aún más este patrón. Plataformas como Amazon
aportaron capacidades de distribución, almacenamiento y optimización de cadenas
de suministro que superaban ampliamente las de muchas administraciones
públicas. En situaciones de emergencia, la eficiencia fue prioritaria; el coste
fue una dependencia estructural en un ámbito tan sensible como la salud
pública.
Este
desplazamiento plantea una cuestión de fondo: ¿quién gobierna la bioseguridad
cuando la infraestructura crítica es privada? La vigilancia sanitaria
—seguimiento de contactos, movilidad, comportamiento poblacional— es una forma
avanzada de biopoder, en el sentido foucaultiano. Cuando este poder se
ejerce a través de plataformas corporativas, el control democrático se diluye.
Las decisiones técnicas incorporan valores, prioridades y límites que no han
sido deliberados públicamente.
No se trata de
afirmar que estas empresas “usurparon” funciones estatales, sino de reconocer
un fenómeno estructural: los Estados ya no poseen, por sí solos, la
capacidad técnica para gestionar crisis complejas a escala global. La
bioseguridad se convierte así en un servicio híbrido, donde lo público
depende de lo privado para existir operativamente.
El riesgo no
reside únicamente en la privacidad de los datos, sino en la normalización de
este modelo. Si la próxima pandemia, crisis climática o emergencia
biológica vuelve a requerir estas infraestructuras, el precedente ya está
establecido: la salud colectiva dependerá de sistemas diseñados, gestionados y
actualizados por entidades cuya responsabilidad última no es el interés
público, sino la lógica corporativa.
Así, la
bioseguridad emerge como una nueva frontera del poder cuasi-estatal
tecnológico. Un ámbito donde la protección de la vida —núcleo histórico del
contrato social— se apoya crecientemente en arquitecturas privadas globales,
redefiniendo, una vez más, los límites de la soberanía.
Conclusión
El análisis del
poder de las corporaciones tecnológicas como cuasi-estados revela una
transformación profunda —y en gran medida silenciosa— del orden político
contemporáneo. No asistimos a la desaparición del Estado, sino a su descentramiento
funcional. Allí donde la soberanía clásica se apoyaba en territorio, ley y
coerción, hoy emerge un poder distribuido que opera mediante infraestructura,
datos, algoritmos y dependencia sistémica.
Las grandes
corporaciones tecnológicas no gobiernan formalmente, pero ejercen funciones
soberanas: definen normas de conducta, administran justicia interna,
controlan infraestructuras críticas, recaudan rentas, intervienen en crisis
sanitarias y moldean el campo narrativo donde se forma la opinión pública. Todo
ello sin contrato social explícito, sin responsabilidad democrática directa y
sin las limitaciones territoriales que históricamente acotaban el poder
político.
Este nuevo tipo
de poder no es ideológico en el sentido clásico; es arquitectónico. No
impone obediencia por la fuerza, sino que la induce mediante diseño,
dependencia y optimización. El ciudadano no es reprimido: es reconfigurado
como usuario. La soberanía no se proclama: se ejerce por defecto, en
la medida en que no existen alternativas viables fuera del ecosistema.
El resultado es
un sistema híbrido e inestable. Los Estados conservan legitimidad formal, pero
pierden capacidad operativa en ámbitos clave. Las corporaciones no buscan
gobernar poblaciones, pero terminan ordenando la vida colectiva. Entre
ambos surge una zona gris donde la rendición de cuentas se diluye y el poder se
vuelve difícil de localizar, cuestionar o limitar.
La cuestión
central ya no es si estas corporaciones son “buenas” o “malas”, sino qué
ocurre cuando un poder de escala estatal no está sometido a mecanismos
estatales de control. La historia muestra que el problema no es la
concentración de poder en sí, sino su desconexión de la responsabilidad
pública.
Comprender a
las grandes tecnológicas como cuasi-estados no es un ejercicio retórico: es una
herramienta analítica necesaria para pensar la soberanía, la democracia y la
libertad en el siglo XXI. Porque si el poder ha cambiado de forma, también
debe cambiar la forma en que lo pensamos, lo regulamos y lo limitamos.

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