EL ASEDIO DE MALTA (1565) LA BATALLA NAVAL QUE REDIFINIO EL EQUILIBRIO DE PODER EN EL MEDITERRANEO

Introducción

El Asedio de Malta de 1565 no fue un episodio heroico aislado ni una simple confrontación entre ejércitos. Fue una prueba de estrés estratégica para el sistema mediterráneo del siglo XVI, un espacio donde imperios, religiones, rutas comerciales y tecnologías militares se superponían en un equilibrio inestable. Malta no era una periferia: era un nodo crítico. Su control redefinía accesos, tiempos y posibilidades de proyección de poder.

En la década de 1560, el Mediterráneo funcionaba como un teatro imperial continuo. El Imperio Otomano, en la fase culminante de su expansión bajo Solimán el Magnífico, buscaba eliminar los últimos obstáculos que limitaban su dominio del mar interior. La isla de Malta, defendida por la Orden de Malta, se interponía directamente entre el Levante otomano y el Mediterráneo occidental. Para la Monarquía Hispánica de Felipe II, su pérdida habría supuesto abrir una brecha estratégica hacia Sicilia, Italia y las propias costas hispanas.

Este artículo no aborda el asedio desde una lógica épica ni desde una narrativa binaria de vencedores y vencidos. Lo analiza como un sistema de guerra complejo, donde arquitectura defensiva, logística naval, control del mar, desgaste humano y percepción psicológica fueron tan determinantes como la superioridad numérica o la potencia artillera. Malta fue menos una batalla decisiva que un punto de inflexión perceptivo: mostró que la expansión otomana tenía límites cuando se enfrentaba a una defensa bien organizada, sostenida en el tiempo y apoyada —aunque de forma irregular— desde el mar.

El análisis se estructura en seis partes, cada una enfocada en una capa distinta del conflicto:

  1. El contexto estratégico del Mediterráneo, entendiendo Malta como objetivo imperial y pieza clave del equilibrio regional.
  2. La arquitectura defensiva y las innovaciones militares, donde el asedio moderno y la fortificación abaluartada alcanzaron un grado extremo de intensidad.
  3. La dimensión logística y humana, analizando el desgaste progresivo de ambos bandos en una campaña prolongada.
  4. La batalla naval no convencional, donde el control del mar fue fragmentario, local y decisivo sin cristalizar en una gran batalla en línea.
  5. Las consecuencias inmediatas, políticas y psicológicas, y su relación directa con la posterior formación de la Liga Santa.
  6. La memoria histórica y el legado, evaluando críticamente si Malta fue realmente un punto de inflexión estructural o un episodio magnificado por la narrativa posterior.
El hilo conductor es claro: Malta no derrotó al Imperio Otomano, pero sí alteró la manera en que Europa percibía su poder y su propia capacidad de resistencia. En la guerra moderna temprana, la combinación de ingeniería defensiva, control marítimo parcial y resistencia logística podía frenar incluso a la mayor potencia de su tiempo.

1. El contexto estratégico: el Mediterráneo como campo de batalla imperial

En la segunda mitad del siglo XVI, el Mediterráneo no era una frontera entre mundos, sino un espacio operativo continuo donde se proyectaba el poder de los grandes imperios. Controlar el mar significaba controlar rutas, tiempos de reacción y capacidad de intervención sobre territorios costeros densamente poblados. En ese sistema, Malta ocupaba una posición desproporcionada respecto a su tamaño: era un punto de apoyo avanzado, un interruptor estratégico entre el Mediterráneo oriental y occidental.

Dos imperios, un mismo mar

El Imperio Otomano, bajo el liderazgo de Solimán el Magnífico, había alcanzado una extensión territorial y una cohesión militar sin precedentes. Tras consolidar el control del Levante, el norte de África y buena parte del Egeo, el Mediterráneo central se convirtió en el siguiente objetivo lógico. No se trataba solo de expansión territorial, sino de asegurar la profundidad estratégica naval del imperio.

Frente a él, la Monarquía Hispánica de Felipe II defendía un sistema igualmente extenso, aunque más fragmentado. Sicilia, Nápoles, Cerdeña y las costas hispánicas formaban una cadena defensiva que dependía críticamente del control marítimo. En ese equilibrio tenso, ninguna de las dos potencias podía permitirse perder nodos clave sin alterar todo el sistema.

Malta como anomalía estratégica

La isla de Malta no era una gran base imperial, pero sí una plataforma de interdicción. Desde ella, la Orden de Malta hostigaba rutas otomanas, atacaba convoyes y actuaba como avanzada defensiva cristiana en pleno eje de comunicación otomano. Para Estambul, Malta no era solo un enemigo menor: era un obstáculo operativo permanente.

Su captura habría permitido:

  • asegurar rutas entre el Levante y el Magreb,
  • aislar Sicilia,
  • presionar directamente el sur de Italia,
  • y reducir la capacidad de reacción naval hispánica en el Mediterráneo central.

En términos modernos, Malta funcionaba como una base de negación de área antes de que el concepto existiera.

El Mediterráneo como sistema de nodos

La estrategia imperial en el siglo XVI no se basaba en fronteras lineales, sino en el control de puntos clave: puertos, estrechos, islas fortificadas. El Mediterráneo era un tablero de nodos conectados por rutas marítimas. Perder uno de esos nodos podía desencadenar un efecto dominó estratégico.

Desde esta lógica, el asedio de Malta no fue una decisión impulsiva ni simbólica. Fue un movimiento racional dentro de una estrategia de consolidación naval otomana. La pregunta no era si Malta debía caer, sino cuándo y a qué coste.

Riesgo calculado y apuesta estratégica

Para el Imperio Otomano, el asedio representaba una apuesta elevada pero asumible: una operación compleja, lejos de bases principales, pero con la promesa de un cambio estructural en el equilibrio mediterráneo. Para la Monarquía Hispánica y sus aliados, la defensa de Malta era igualmente costosa, pero perderla habría supuesto reconfigurar toda su estrategia defensiva en el sur de Europa.

Ambos bandos comprendían que el resultado del asedio no decidiría la guerra total, pero sí alteraría las reglas del juego.

Ese contexto explica la magnitud de los recursos empleados y la intensidad del enfrentamiento. Malta fue menos una isla sitiada que un punto de convergencia estratégica, donde el Mediterráneo entero se jugó parte de su futuro inmediato.

Desde ese marco geopolítico, el conflicto descendió rápidamente al terreno técnico: cómo tomar o defender una fortaleza moderna frente a la artillería y los métodos de asedio del siglo XVI.
2. Arquitectura defensiva e innovaciones militares en el asedio

El Asedio de Malta fue, ante todo, un laboratorio extremo de la guerra de asedio moderna. Allí confluyeron las últimas innovaciones en artillería, fortificación y técnicas de ataque y defensa desarrolladas durante el siglo XVI. No fue una repetición de modelos medievales, sino un enfrentamiento entre sistemas técnicos ya plenamente adaptados a la pólvora.

 Fortificación abaluartada: diseño para resistir la artillería

Las defensas maltesas no se basaban en murallas altas y delgadas, sino en estructuras bajas, gruesas y anguladas, diseñadas para absorber impactos y eliminar ángulos muertos. Los fuertes de San Elmo, San Ángel y San Miguel formaban un sistema defensivo interconectado, pensado para cruzar fuegos y retrasar al atacante, no necesariamente para impedir su avance de forma absoluta.

El objetivo defensivo era comprar tiempo. Cada día que el asedio se prolongaba erosionaba la logística otomana y aumentaba la probabilidad de refuerzos desde Sicilia.

El caso de San Elmo: derrota táctica, victoria estratégica

La caída del Fuerte de San Elmo suele interpretarse como un fracaso inicial de los defensores. Sin embargo, desde una perspectiva sistémica, fue una decisión defensiva extraordinariamente costosa para el atacante. Durante semanas, el fuerte absorbió fuego artillero masivo, asaltos repetidos y recursos humanos que el ejército otomano no podía reponer con facilidad.

San Elmo cumplió su función: fijar al enemigo, desgastarlo y retrasar el avance principal. Su resistencia alteró el calendario otomano y forzó a prolongar una campaña pensada para ser rápida.

Técnicas de asedio otomanas

El ejército otomano desplegó un repertorio completo de técnicas de asedio moderno:

  • artillería pesada, para abrir brechas progresivas;
  • minas y contraminas, buscando colapsar baluartes desde abajo;
  • asaltos masivos, destinados a explotar brechas antes de que pudieran ser reparadas.

Estas técnicas eran eficaces, pero exigían coordinación, tiempo y un suministro constante de pólvora, munición y tropas frescas. En Malta, ese equilibrio comenzó a romperse.

Adaptación defensiva bajo presión

Los defensores respondieron con una combinación de ingeniería improvisada y disciplina táctica:

  • reconstrucción nocturna de parapetos,
  • contraminado para neutralizar galerías enemigas,
  • redistribución flexible de tropas según los puntos de presión.

La fortificación dejó de ser una estructura estática para convertirse en un sistema dinámico, ajustado día a día según la evolución del asedio.

Lecciones extraídas del asedio

El asedio de Malta consolidó varias lecciones que influirían en la ingeniería militar posterior:

  • la fortificación debe concebirse como sistema, no como obra aislada;
  • el tiempo es un recurso defensivo tan valioso como la piedra o la pólvora;
  • el atacante, incluso con superioridad numérica, está limitado por su logística.

Malta demostró que una defensa bien diseñada podía neutralizar la ventaja ofensiva de la artillería moderna, siempre que estuviera integrada en una estrategia de desgaste.

Ese desgaste no fue solo técnico. A medida que el asedio se prolongaba, emergió una dimensión aún más decisiva: la logística, la salud y la moral de los combatientes.
3. La dimensión logística y humana: el desgaste de una campaña prolongada

Si la arquitectura defensiva definió cómo se combatía en Malta, la logística y la resistencia humana determinaron cuánto tiempo podía sostenerse la lucha. El asedio de 1565 fue, en esencia, una batalla contra el calendario. Cada día adicional incrementaba el coste marginal para ambos bandos, pero no de forma simétrica.

Logística otomana: potencia lejos de su base

El ejército del Imperio Otomano desplegó una fuerza enorme para los estándares del siglo XVI, apoyada por una flota igualmente imponente. Sin embargo, esa potencia operaba en territorio hostil, dependiente de líneas de suministro largas y vulnerables. Pólvora, munición, víveres y refuerzos debían llegar por mar, bajo presión constante y con ventanas operativas limitadas.

A medida que el asedio se alargaba, el consumo superó las previsiones iniciales. Las enfermedades —especialmente disentería y fiebres— comenzaron a reducir la fuerza efectiva. El calor del verano maltés, la falta de agua dulce suficiente y la acumulación de cadáveres agravaron la situación sanitaria. El ejército atacante empezó a perder capacidad operativa sin combatir.

 

 

Logística defensiva: escasez gestionada

Los defensores, encabezados por la Orden de Malta, partían de una situación materialmente peor. La isla tenía recursos limitados y dependía casi por completo de socorros externos desde Sicilia. Sin embargo, su ventaja residía en la economía del esfuerzo: defendían posiciones fijas, reducían movimientos innecesarios y priorizaban la conservación de hombres y munición.

Cada llegada de refuerzos —aunque modesta— tenía un impacto psicológico desproporcionado. No resolvía la escasez, pero rompía la narrativa del aislamiento total. En un asedio prolongado, la percepción de abandono o apoyo puede ser tan decisiva como el tonelaje de suministros.

El factor humano: fatiga, disciplina y moral

El desgaste humano fue extremo en ambos bandos, pero con dinámicas distintas. Las tropas otomanas, sometidas a asaltos repetidos y a un enemigo que no colapsaba, comenzaron a mostrar fatiga acumulativa. La expectativa de una victoria rápida se diluyó, y con ella la cohesión psicológica.

En el bando defensor, la situación era inversa: la supervivencia dependía de resistir. Esa claridad estratégica generó una moral defensiva estable, sostenida por disciplina férrea y una estructura de mando clara. No se luchaba por conquistar, sino por no ceder.

El clima como multiplicador del desgaste

El verano mediterráneo actuó como un multiplicador de fricción. El calor reducía la capacidad de combate, aceleraba enfermedades y complicaba cualquier operación sostenida. En un entorno insular, sin profundidad logística ni rotación adecuada de tropas, el clima dejó de ser un factor ambiental para convertirse en un actor estratégico.

Tiempo como arma defensiva

El resultado fue una inversión progresiva de ventajas. El atacante, superior en número y medios, se volvió prisionero del tiempo. El defensor, inferior en recursos, convirtió cada jornada resistida en una ganancia estratégica.

Cuando finalmente llegaron los refuerzos decisivos desde Sicilia, no lo hicieron para salvar una defensa colapsada, sino para inclinar un equilibrio ya erosionado en el bando otomano.

El asedio de Malta demuestra que, en la guerra moderna temprana, la victoria no siempre se decide por la fuerza máxima, sino por la capacidad de sostener el esfuerzo. Y en un conflicto insular, esa capacidad depende tanto del mar como de la tierra.

4. La batalla naval no convencional: galeras, bloqueo imperfecto y guerra de costas

Aunque el Asedio de Malta suele narrarse como una operación terrestre, su desenlace estuvo condicionado de forma decisiva por el control del mar, entendido no como supremacía absoluta, sino como capacidad de interferencia. No hubo una gran batalla naval en línea, pero sí una guerra marítima fragmentaria, continua y estratégica, donde pequeñas acciones tuvieron efectos desproporcionados.

El bloqueo otomano: superioridad sin clausura total

La flota del Imperio Otomano era numéricamente superior y, en teoría, suficiente para aislar la isla. Sin embargo, el bloqueo nunca fue hermético. Las galeras otomanas debían cumplir múltiples funciones simultáneas: transportar tropas, proteger fondeaderos, abastecer al ejército y vigilar accesos marítimos complejos en un entorno costero irregular.

Esa dispersión de tareas impidió ejercer un control continuo de todas las rutas. El mar alrededor de Malta no se convirtió en un espacio cerrado, sino en una zona disputada, con ventanas temporales de penetración.

La guerra de galeras: movilidad y oportunidad

Las galeras no eran plataformas pensadas para el dominio prolongado de amplias zonas, sino para acciones rápidas y localizadas. Esto favoreció tácticas de “golpear y huir”, incursiones nocturnas y movimientos oportunistas desde Sicilia. Pequeños convoyes lograron romper el cerco en momentos críticos, introduciendo hombres, munición y, sobre todo, expectativa de alivio.

Desde una perspectiva moderna, el control naval fue intermitente, no permanente. Y esa intermitencia fue suficiente para impedir el colapso defensivo.

Combate en puertos y aguas restringidas

El conflicto naval se desplazó hacia espacios costero-portuarios, donde la ventaja numérica otomana se diluía. Bahías estrechas, corrientes locales y fuego cruzado desde fortificaciones costeras reducían la eficacia de grandes concentraciones navales. El mar, en Malta, no fue un campo abierto, sino una extensión del sistema defensivo terrestre.

Esto explica por qué una flota superior no pudo imponer una solución decisiva: el entorno anuló parte de su ventaja estructural.

El “Gran Socorro”: más que refuerzos

La llegada del llamado Gran Socorro desde Sicilia no fue una intervención masiva, pero sí un golpe psicológico y operativo. Confirmó que el dominio otomano del mar no era absoluto y que el tiempo ya jugaba en su contra. En términos estratégicos, selló la inversión del equilibrio: el atacante pasó de presionar a replegarse.

No fue la fuerza del socorro lo que decidió el asedio, sino el hecho de que pudo llegar.

Lección naval del asedio

Malta demostró que el control marítimo no es binario. No basta con ser superior; es necesario negar al adversario cualquier acceso, algo extremadamente difícil en entornos costeros complejos con tecnología preindustrial. La guerra naval del siglo XVI, especialmente con galeras, favorecía la fricción, la sorpresa y la persistencia más que la aniquilación.

En ese sentido, Malta anticipa una idea moderna: el dominio parcial del mar puede ser estratégicamente suficiente.

La retirada otomana no solo fue una decisión militar, sino una constatación política: el coste superaba el beneficio. Esa percepción tuvo consecuencias inmediatas y profundas en el equilibrio mediterráneo.

5. Consecuencias inmediatas: el mito de la invulnerabilidad otomana y la formación de la Liga Santa

El levantamiento del asedio de Malta no supuso una derrota militar catastrófica para el Imperio Otomano, pero sí provocó algo más duradero y peligroso para cualquier potencia hegemónica: una fractura en la percepción de invencibilidad. En la guerra moderna temprana, donde la información viajaba lentamente, pero los símbolos lo hacían con rapidez, Malta alteró el equilibrio psicológico del Mediterráneo.

El impacto sobre el prestigio otomano

Bajo el reinado de Solimán el Magnífico, el Imperio Otomano había construido una reputación de expansión constante y victorias acumulativas. Malta fue una excepción visible. No porque implicara la pérdida de territorios, sino porque mostró que una defensa bien organizada podía detener una ofensiva imperial completa.

Este hecho tuvo un efecto corrosivo sobre el mito de inevitabilidad otomana. No se trató de una derrota técnica, sino de una derrota de expectativas: la campaña debía ser rápida y resolutiva; terminó siendo larga, costosa y estéril.

Repercusiones políticas en Europa

En el campo cristiano, el resultado fue interpretado como una prueba de posibilidad. Malta demostró que resistir era viable si se combinaban fortificación moderna, apoyo naval y coordinación estratégica. Esta constatación tuvo un efecto galvanizador inmediato, especialmente en los territorios bajo la órbita de la Monarquía Hispánica.

Para Felipe II, Malta ofreció algo que la política mediterránea necesitaba con urgencia: legitimidad estratégica para liderar una respuesta coordinada frente al poder otomano. No desde la ofensiva inmediata, sino desde la contención organizada.

Malta como catalizador, no como causa única

Es importante evitar una lectura simplista. Malta no creó por sí sola la Liga Santa, pero sí aceleró su viabilidad política. Eliminó el argumento del fatalismo, demostró que el coste de resistir era asumible y que el Imperio Otomano no era inmune al desgaste.

La formación de la Liga Santa respondió a múltiples factores —económicos, religiosos, estratégicos—, pero Malta aportó el precedente psicológico necesario para que esos factores convergieran.

De Malta a Lepanto: continuidad estratégica

La conexión entre Malta (1565) y Batalla de Lepanto no es causal directa, pero sí estructural. Malta enseñó que el Imperio Otomano podía ser contenido; Lepanto demostraría que podía ser derrotado en una batalla naval decisiva.

En términos estratégicos, Malta marcó el paso de una defensa reactiva a una ofensiva coordinada. No fue el final de la amenaza otomana, pero sí el inicio de un cambio de actitud europea frente al equilibrio mediterráneo.

El verdadero resultado: redefinición del cálculo estratégico

La consecuencia más importante del asedio no fue territorial, sino mental. A partir de 1565, el Mediterráneo dejó de ser percibido como un espacio de expansión unilateral otomana y pasó a concebirse como un equilibrio disputado, donde el coste de cada operación debía evaluarse con mayor cautela.

En ese sentido, Malta no ganó la guerra, pero redefinió las reglas del cálculo estratégico. Y en la historia militar, ese tipo de victoria suele ser más duradera que una conquista efímera.

Quedaba, sin embargo, una última capa por analizar: cómo este episodio fue recordado, narrado y reinterpretado con el paso del tiempo

6. Memoria histórica y legado: el asedio en la conciencia colectiva occidental

El Asedio de Malta de 1565 no terminó cuando la flota otomana se retiró. Su segunda vida —más larga e influyente— comenzó en el terreno de la memoria, donde los hechos fueron ordenados, amplificados y dotados de significado. Como ocurre con muchos episodios liminares, Malta se convirtió menos en un acontecimiento cerrado que en un relato funcional, reutilizado por distintas generaciones con fines políticos, culturales y simbólicos.

La construcción contemporánea del relato

Desde el primer momento, el asedio fue narrado como algo más que una campaña militar. Crónicas como las de Francisco Balbi de Correggio fijaron una interpretación donde la resistencia adquiría un carácter casi providencial. El énfasis no estaba en el equilibrio estratégico ni en los errores otomanos, sino en la epopeya defensiva, en la resistencia extrema frente a un enemigo percibido como abrumador.

Esta narrativa no fue casual. Cumplía una función clara: ordenar el caos del conflicto en una historia inteligible, donde el sacrificio encontraba sentido y la supervivencia se convertía en victoria moral.

Malta y la identidad europea

Con el tiempo, el asedio fue incorporado a una narrativa más amplia del Mediterráneo como frontera civilizatoria. Malta pasó a simbolizar un límite defendido, una línea donde la expansión otomana había sido detenida. Este encuadre fue especialmente útil en la Europa posterior a las guerras de religión, donde la necesidad de relatos cohesionadores era alta.

Sin embargo, esta lectura tiende a simplificar el conflicto. Reduce un enfrentamiento complejo —imperial, estratégico, tecnológico— a una dicotomía cultural que no explica el funcionamiento real del poder en el siglo XVI.

¿Punto de inflexión o episodio amplificado?

Desde una perspectiva historiográfica más fría, Malta no fue un punto de inflexión absoluto. El Imperio Otomano continuó siendo una potencia formidable tras 1565, y el equilibrio mediterráneo siguió siendo inestable durante décadas. Lo que Malta alteró no fue la estructura material del poder, sino su percepción.

En ese sentido, su legado es más psicológico que estratégico: mostró que el Imperio podía fallar, que la defensa podía prevalecer y que el tiempo podía ser un arma tan poderosa como la artillería. No cambió el mundo, pero cambió la manera de pensarlo.

La instrumentalización del pasado

Como todo episodio cargado de simbolismo, Malta ha sido utilizada en discursos posteriores: nacionalistas, religiosos e incluso contemporáneos, como ejemplo de “choque de civilizaciones”. Estas lecturas dicen más sobre quien las formula que sobre el propio asedio.

El riesgo de esta instrumentalización es convertir un análisis histórico en una mitología política, donde se pierde la complejidad técnica, logística y humana que realmente explica el resultado.

El legado real

El verdadero legado del Asedio de Malta no está en la épica, sino en la lección estructural que dejó: incluso en un sistema imperial aparentemente dominante, la combinación de ingeniería defensiva moderna, control marítimo parcial, resistencia logística y cohesión política puede frenar la expansión.

Malta enseña que la guerra moderna temprana no se decide solo por la fuerza máxima, sino por la gestión del tiempo, del desgaste y de la percepción. Y esa lección sigue siendo válida mucho más allá del siglo XVI.

Con esto, el análisis queda completo.
Solo resta integrar todas las capas —estratégica, técnica, humana y simbólica— en la conclusión, donde el Asedio de Malta aparece no como mito fundacional, sino como un episodio revelador de los límites del poder imperial.

Conclusión

El Asedio de Malta de 1565 no fue una victoria total ni una derrota definitiva. Fue algo más sutil y, por ello, más relevante: un evento revelador. Reveló los límites operativos de la expansión imperial otomana, las posibilidades reales de la defensa moderna y, sobre todo, el papel decisivo de factores que rara vez ocupan el centro del relato épico: logística, tiempo, percepción y organización.

Malta demostró que el poder en el Mediterráneo del siglo XVI no se decidía únicamente por la superioridad numérica o la potencia artillera. Se decidía por la capacidad de sostener el esfuerzo, por el dominio parcial —pero suficiente— del mar, por la integración entre fortificación, mando y moral, y por la comprensión de que una guerra prolongada castiga más al atacante que al defensor cuando este último convierte el tiempo en un arma.

Desde el punto de vista estratégico, el asedio no cambió de inmediato el equilibrio material de fuerzas. El Imperio Otomano siguió siendo una potencia mayor y Europa continuó fragmentada. Pero Malta alteró el cálculo estratégico: rompió la sensación de inevitabilidad, introdujo cautela en la planificación otomana y proporcionó a los poderes cristianos una prueba tangible de que la resistencia coordinada era viable. Ese cambio mental fue el verdadero triunfo.

En el plano técnico-militar, el asedio consolidó la fortificación abaluartada y el asedio moderno como sistemas complejos, donde la ingeniería defensiva, la adaptación continua y la gestión del desgaste eran tan decisivas como el asalto frontal. En el plano naval, mostró que el control del mar no es absoluto ni binario: la interferencia persistente puede ser suficiente para inclinar una campaña.

Finalmente, en el terreno de la memoria, Malta se convirtió en un símbolo. Pero el análisis riguroso obliga a separar el símbolo del mecanismo. El valor histórico del asedio no reside en una narrativa de choque civilizatorio, sino en su capacidad para mostrar cómo incluso los imperios más poderosos encuentran límites cuando se enfrentan a sistemas defensivos bien integrados y políticamente sostenidos.

Malta no fue el final de una era, pero sí un aviso estructural. Y en la historia del poder, los avisos ignorados suelen ser más importantes que las derrotas evidentes.

 

 


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