LA
TEORÍA DE LA TIERRA EN EXPANSION
Introducción
La Teoría de
la Tierra en Expansión ocupa un lugar singular en la historia de las
ciencias de la Tierra. Hoy es considerada incorrecta, pero durante varias
décadas fue una hipótesis seria, defendida por geólogos competentes y
apoyada en observaciones reales que, en su momento, carecían de una explicación
alternativa satisfactoria. Su interés no reside en si “tenía razón”, sino en por
qué fue plausible, qué problemas intentó resolver y qué nos enseña sobre
cómo progresa —y se autocorrige— el conocimiento científico.
Antes del
consenso de la tectónica de placas, el planeta parecía guardar demasiados
enigmas abiertos: continentes que encajaban como piezas de un rompecabezas,
océanos sorprendentemente jóvenes, cadenas montañosas distribuidas de forma
global y una corteza terrestre que daba señales inequívocas de movimiento y
renovación. En ese contexto, la idea de una Tierra que crecía en tamaño no
era extravagante, sino una respuesta coherente a datos incompletos
dentro de un marco teórico aún en formación.
Este artículo
no aborda la teoría de la Tierra en expansión como una curiosidad marginal ni
como un error ridiculizable a posteriori. La aborda como lo que fue: un
intento legítimo de construir una geodinámica global antes de que
existieran las herramientas conceptuales, físicas y observacionales que hoy
damos por sentadas. Analizarla con rigor permite entender mejor por qué la
tectónica de placas triunfó, pero también por qué las teorías científicas no
se descartan solo por intuición, sino por el peso acumulado de la
evidencia.
Además, la
teoría de la expansión ofrece un caso de estudio privilegiado en filosofía de
la ciencia. Obliga a reflexionar sobre paradigmas rivales, falsación,
resistencia de las ideas, ajustes ad hoc y el valor heurístico de las hipótesis
que, aun siendo incorrectas, empujan al pensamiento científico hacia
adelante. No todo progreso nace del acierto; a veces nace de explorar
caminos que finalmente se cierran.
El análisis se
estructura en seis partes, que recorren el fenómeno desde la historia de
la geología hasta la geodesia espacial moderna y la epistemología:
- Los fundamentos históricos y las
evidencias clásicas que hicieron plausible la expansión terrestre.
- El problema fundamental de la
conservación de la masa y la energía.
- La comparación directa entre la
Tierra en expansión y la tectónica de placas como paradigmas explicativos.
- La compatibilidad —o
incompatibilidad— entre la expansión y el registro paleogeográfico y
paleoclimático.
- El veredicto de la geodesia
espacial moderna y la búsqueda empírica de una expansión actual.
- La teoría de la Tierra en expansión
como caso de estudio en filosofía de la ciencia.
1.
Fundamentos históricos y evidencias clásicas: por qué la expansión terrestre
fue una teoría plausible
Para comprender
por qué la teoría de la Tierra en expansión llegó a ser tomada en serio, es
necesario situarse mentalmente antes de la tectónica de placas. A
mediados del siglo XX, la geología vivía una transición incompleta: el fijismo
clásico había colapsado, la deriva continental de Wegener había señalado el
problema… pero no existía aún un mecanismo aceptado que explicara el
movimiento de los continentes. En ese vacío teórico, la expansión terrestre no
fue una extravagancia, sino una hipótesis de trabajo coherente.
El principal
impulsor moderno de esta idea fue Samuel Warren Carey, quien observó que
muchos problemas geológicos parecían resolverse si se asumía una Tierra más
pequeña en el pasado. El argumento más intuitivo era el ajuste continental:
en reconstrucciones sobre una esfera de radio reducido, los continentes
—especialmente los del hemisferio sur— encajaban casi sin solapamientos ni
huecos, eliminando la necesidad de océanos cerrados o complejos mecanismos de
subducción aún no demostrados en aquella época.
A esto se
sumaba un hecho desconcertante: la juventud aparente de los fondos oceánicos.
Antes del desarrollo del paleomagnetismo marino, no se conocían sedimentos
oceánicos antiguos ni corteza oceánica más vieja que unos cientos de millones
de años. Para los expansionistas, esto no indicaba reciclaje, sino creación
continua de nueva superficie a medida que la Tierra aumentaba de tamaño.
Las dorsales oceánicas, lejos de ser fronteras entre placas, se interpretaban
como grietas de expansión global.
La distribución
de grandes cinturones orogénicos reforzaba esta visión. En una Tierra
más pequeña, las masas continentales habrían cubierto una fracción mayor de la
superficie, generando compresiones globales al crecer el planeta. Las montañas
no serían el resultado de colisiones laterales entre placas, sino de ajustes
geométricos en una esfera en expansión. De nuevo, el razonamiento era
geométricamente elegante y conceptualmente simple.
Pero una teoría
necesita algo más que geometría: necesita mecanismo físico. Aquí
surgieron dos propuestas principales, no siempre compartidas por los mismos
autores. Una de ellas se inspiraba en las ideas cosmológicas de Paul Dirac,
quien había sugerido que la constante gravitacional G podría disminuir
lentamente con el tiempo. Una gravedad más intensa en el pasado permitiría una
Tierra más compacta; su debilitamiento progresivo facilitaría la expansión.
Otros autores postularon, de forma más especulativa, la creación continua de
materia en el núcleo, aumentando el volumen planetario desde dentro.
Si se asume un
radio inicial del 50–60 % del actual, la separación de los continentes
desde el ensamblaje de Pangea (~250 millones de años) hasta hoy requeriría una
tasa media de expansión del orden de milímetros por año. En términos
geométricos, esta cifra no parecía absurda y, en ausencia de mediciones
geodésicas de alta precisión, no podía descartarse empíricamente.
Lo crucial es
esto: la teoría de la Tierra en expansión fue importante no porque acertara,
sino porque rompió definitivamente con la idea de una Tierra estática.
Introdujo la noción de un planeta dinámico a escala global y temporal profunda.
En ese sentido, cumplió una función intelectual decisiva: preparó el terreno
para aceptar que continentes y océanos no son entidades permanentes, sino
partes de un sistema en evolución.
La expansión
terrestre no fue el final del camino, pero sí uno de sus tramos necesarios.
Entender por qué funcionó conceptualmente es entender por qué la tectónica de
placas pudo, poco después, convencer donde otras teorías habían fracasado.
2. El
problema de la conservación de la masa y la energía: el obstáculo físico
insalvable
Si la teoría de
la Tierra en expansión resultaba geométrica y geológicamente sugerente, su
talón de Aquiles apareció cuando se la enfrentó sin concesiones a la física
fundamental. No fue una cuestión de detalles, sino de principios:
cualquier aumento sostenido del radio terrestre debía respetar la conservación
de la masa-energía y la termodinámica. Y ahí, la teoría empezó a
fallar de forma estructural.
Consideremos el
escenario mínimo que proponían muchos expansionistas: una Tierra con un radio
inicial del 50–60 % del actual que alcanza su tamaño presente en ~250
millones de años. Expandir un cuerpo autogravitante implica aumentar su energía
potencial gravitatoria (hacerlo menos ligado). La energía necesaria para
vencer la gravedad propia de la Tierra y permitir ese incremento de radio es
colosal. Cuando se calcula —incluso con supuestos conservadores— el resultado
supera con varios órdenes de magnitud la energía disponible por todas
las fuentes geológicas conocidas combinadas:
- calor residual de la acreción,
- desintegración radiactiva (U, Th, K),
- calor de diferenciación del núcleo.
No es un
déficit pequeño ni ajustable: es un abismo energético. Para salvarlo, la
teoría debía introducir una fuente nueva o aceptar una violación
explícita de las leyes de conservación.
Aquí entra la
propuesta más radical: la creación de materia ex nihilo en el núcleo.
Según esta idea, nueva masa aparecería de forma continua, incrementando el
volumen planetario desde dentro. El problema no es solo que este mecanismo
carezca de evidencia; es que contradice el marco completo de la física
conocida. La creación de masa sin una compensación energética definida no
encaja ni en la relatividad general ni en las teorías de campo cuántico.
Algunos intentaron vincularla a ideas cosmológicas amplias —materia asociada a
la expansión del universo—, pero estas analogías no proporcionaban un
mecanismo local, cuantificable y falsable a escala planetaria.
La situación se
agrava al considerar la termometría interna. Una expansión significativa
debería dejar huellas claras en el gradiente geotérmico y en la historia
térmica del manto. Sin embargo, los modelos térmicos coherentes con
observaciones sísmicas y petrológicas no muestran el exceso de energía
que una expansión sostenida requeriría. El planeta disipa calor; no muestra
signos de una inyección energética masiva y continua.
Aquí aparece un
punto clave desde la metodología científica: una teoría que solo puede
sostenerse introduciendo entidades o procesos no observados, ajustados
ad hoc para salvar contradicciones fundamentales, empieza a perder poder
explicativo. No se trata de conservadurismo intelectual, sino de economía
teórica: explicar más con menos, no al revés.
La falsación
empírica terminó de cerrar el cerco. Si la Tierra se expandiera hoy, incluso a
ritmos mínimos, esto debería ser medible directamente. La geodesia
moderna —mediciones satelitales, láser lunar, redes GPS— permite detectar
cambios en el radio terrestre del orden de décimas de milímetro por año.
Una expansión global uniforme, como la que exige la teoría, no aparece.
El experimento crucial propuesto por los propios expansionistas —“medir el
crecimiento actual”— se realizó… y falló.
Así, la teoría
de la Tierra en expansión no colapsó por una anomalía puntual, sino por la convergencia
de objeciones independientes: un déficit energético insalvable, mecanismos
físicos no compatibles con las leyes conocidas y observaciones modernas que
niegan su predicción central. En ciencia, cuando el núcleo de una teoría queda
así expuesto, no hay ajuste periférico que la salve.
3. Expansión
vs. tectónica de placas: dos paradigmas frente a los mismos hechos
El verdadero
destino de la teoría de la Tierra en expansión no se decidió en el terreno de
la intuición geométrica ni en el de la especulación física, sino en la comparación
directa de capacidades explicativas. A partir de los años 60, la tectónica
de placas no solo propuso un mecanismo alternativo: explicó más fenómenos,
con menos supuestos, y con predicciones verificables. Ahí se produjo el
desplazamiento de paradigma.
Si colocamos
ambos modelos frente a los mismos hechos observables, el contraste es nítido.
Las dorsales oceánicas, por ejemplo, son interpretadas por la expansión
como grietas globales donde la superficie aumenta al crecer el radio terrestre.
La tectónica de placas, en cambio, las entiende como zonas de creación de
nueva corteza asociadas a ascenso de manto y separación lateral de placas.
Esta segunda explicación no solo describe la morfología, sino que predice
flujos térmicos elevados, alineaciones volcánicas y patrones sísmicos que
efectivamente se observan.
El punto
decisivo aparece con las fosas oceánicas y la subducción. En una
Tierra en expansión “pura”, estas estructuras no deberían existir: no hay
necesidad de destruir corteza si la superficie total aumenta. Durante un
tiempo, los expansionistas negaron su existencia real o las reinterpretaron
como pliegues marginales. Sin embargo, la evidencia acumulada —planos sísmicos
inclinados (zonas de Wadati–Benioff), tomografía del manto mostrando losas
frías descendentes— dejó claro que la litosfera se hunde. La tectónica
de placas no tuvo que acomodar estos datos: los necesitaba.
El Cinturón
de Fuego del Pacífico ofrece otro contraste revelador. La expansión
terrestre no proporciona un marco coherente para explicar por qué la mayor
parte del vulcanismo explosivo y la sismicidad profunda se concentran en un
anillo casi continuo. La tectónica de placas, en cambio, lo explica como el
resultado natural de márgenes convergentes, donde la subducción genera
magma, terremotos y deformación. No es un ajuste posterior: es una consecuencia
directa del modelo.
El debate se
resolvió definitivamente con el problema del balance de área. El mapeo
global del fondo oceánico reveló bandas magnéticas simétricas a ambos lados de
las dorsales, registrando inversiones del campo magnético terrestre. Estas
“cintas” demostraron que la corteza oceánica se crea y se desplaza
lateralmente a velocidades medibles. Pero, crucialmente, el área creada en
las dorsales coincide, dentro del margen de error, con el área consumida
en las zonas de subducción. El balance es aproximadamente cero. No hay
aumento neto de la superficie terrestre.
Este punto es
letal para la teoría de la expansión. Si la superficie no aumenta, el radio no
crece. Y aquí convergen disciplinas independientes: paleomagnetismo, geodesia,
sismología profunda y geodinámica numérica. Todas cuentan la misma historia,
desde ángulos distintos.
¿Podría la
teoría expansiva absorber elementos de la tectónica de placas para sobrevivir?
Algunos lo intentaron, proponiendo híbridos: subducción superficial,
compactación cortical, expansión episódica seguida de reajustes. Pero estas
versiones ya no eran teorías nuevas, sino parches conceptuales. Al
incorporar subducción real, balance de corteza y movimiento relativo de placas,
la expansión perdía su rasgo definitorio. El paradigma se diluía en aquello que
intentaba reemplazar.
Aquí se
manifiesta una regla no escrita del progreso científico: cuando dos teorías
compiten, no vence la que “explica algo”, sino la que explica todo sin
violar principios fundamentales y, además, predice lo que aún no se ha
observado. La tectónica de placas cumplió esas condiciones. La expansión
terrestre, no.
4.
Paleogeografía y expansión: el choque con el registro geológico
Si la Tierra
hubiera tenido un radio significativamente menor en el pasado, esa
diferencia no sería un detalle abstracto: habría dejado huellas inequívocas
en el registro geológico, paleomagnético y paleoclimático. La fortaleza —y a la
vez la debilidad— de la teoría expansiva es que hace predicciones
geométricas fuertes. Y precisamente por eso puede ponerse a prueba.
Uno de los
argumentos más repetidos por los expansionistas es que los continentes “encajan
mejor” sobre una esfera de radio reducido. En modelos geométricos —a veces
presentados como esferas geodésicas o configuraciones tetraédricas— los
márgenes continentales muestran un ajuste visual atractivo, con menos
solapamientos que en una Tierra de radio constante. Sin embargo, este argumento
es puramente geométrico y pasa por alto una restricción física clave: la
orientación paleomagnética.
El
paleomagnetismo permite reconstruir la latitud (y, combinando datos, la
posición relativa) de los continentes en el pasado, asumiendo un dipolo
terrestre aproximadamente estable y un radio constante. Estas reconstrucciones
son coherentes entre sí y con múltiples proxies independientes. Para que la expansión
fuese correcta, habría que aceptar que todas esas reconstrucciones están
sistemáticamente sesgadas por un radio mal asumido. Eso implicaría una
revisión radical no de un conjunto de datos, sino de toda la metodología
paleomagnética, algo para lo que no existe evidencia.
El conflicto se
intensifica con los indicadores paleoclimáticos. Depósitos glaciares,
carbones, evaporitas y arrecifes fósiles permiten inferir climas pasados y, por
tanto, latitudes antiguas. En el marco estándar, estos datos encajan
razonablemente con las posiciones reconstruidas de los continentes. En una
Tierra de radio menor, muchas de estas inferencias se vuelven problemáticas:
aparecerían glaciares en zonas ecuatoriales o cinturones climáticos
comprimidos de forma no observada. Para salvar la teoría expansiva, sería
necesario reinterpretar de manera ad hoc casi todos estos proxies, debilitando
su coherencia cruzada.
Pero el
argumento más contundente es geométrico–estratigráfico. Si hace 250
millones de años la Tierra hubiera tenido aproximadamente la mitad del radio
actual, la curvatura de la superficie habría sido el doble. Esta
diferencia no es sutil. Grandes superficies continentales sedimentarias,
formadas en ambientes estables y horizontales (plataformas carbonatadas,
llanuras aluviales extensas), deberían mostrar una curvatura residual
incompatible con la que observamos hoy. No la muestran. Los estratos extensos
del Pérmico y el Triásico son compatibles con una geometría planetaria muy
similar a la actual.
Aquí la teoría
expansiva se enfrenta a un tipo de evidencia difícil de eludir: la ausencia
de huella. No se trata de un dato aislado, sino de un patrón consistente en
múltiples registros independientes. Si el radio terrestre hubiera cambiado de
forma tan drástica en tiempos geológicamente recientes, el planeta sería, en
cierto sentido, geométricamente distinto al que registran las rocas.
Este punto
marca una diferencia crucial entre hipótesis sugestivas y teorías robustas. La
Tierra en expansión puede explicar ciertos ajustes de contorno; pero no
puede reconciliarse simultáneamente con paleomagnetismo, paleoclima y
estratigrafía sin introducir una cascada de supuestos adicionales. En ciencia,
cuando una hipótesis exige reescribir demasiados registros bien establecidos,
el problema suele estar en la hipótesis, no en los datos.
5. La teoría
en la era de la geodesia espacial: el veredicto empírico definitivo
Si la teoría de
la Tierra en expansión hubiera sido correcta, el siglo XXI habría sido su momento
de redención. Nunca antes habíamos dispuesto de instrumentos capaces de
medir el tamaño y la forma del planeta con una precisión tan extrema. Y,
precisamente por eso, la geodesia espacial se convirtió en la prueba
empírico definitivo de la hipótesis.
Las técnicas
modernas —Satellite Laser Ranging (SLR), Very Long Baseline
Interferometry (VLBI) y constelaciones GPS/GNSS— permiten medir
distancias intercontinentales, deformaciones del geoide y variaciones del radio
terrestre con precisiones del orden de décimas de milímetro por año. En
otras palabras: si la Tierra estuviera expandiéndose siquiera a una fracción de
la tasa requerida por los modelos expansionistas clásicos, lo veríamos.
¿Y qué muestran
los datos? Un consenso notablemente robusto. El radio terrestre no aumenta
de forma uniforme. Lo que sí se observa son cambios locales y regionales:
levantamiento isostático tras el deshielo de los grandes glaciares, subsidencia
sedimentaria, deformación tectónica, expansión térmica del manto superior.
Todos estos efectos son heterogéneos, direccionales y plenamente
explicables dentro del marco de la tectónica de placas y la reología del manto.
Lo que no aparece es la señal que la expansión exige: un crecimiento radial
global, coherente y sostenido.
Este punto es
metodológicamente crucial. La teoría de la Tierra en expansión hace una
predicción clara y falsable: el radio del planeta debe aumentar. No se trata de
una inferencia indirecta ni de una reconstrucción histórica; es una magnitud
medible en tiempo real. Y las mediciones, repetidas por equipos
independientes y con técnicas distintas, no confirman esa predicción.
Los defensores
contemporáneos de la expansión han intentado responder de varias formas.
Algunos sostienen que la expansión sería episódica, no continua, y que
hoy estaríamos en una fase estacionaria. Otros argumentan que la señal de
expansión estaría enmascarada por procesos tectónicos y térmicos. Pero
estas respuestas introducen un problema epistemológico serio: convierten a la
teoría en no predictiva. Si cualquier resultado observable puede
reinterpretarse como compatible con la hipótesis, la hipótesis pierde su
estatus científico.
Es revelador
imaginar el experimento ideal que los expansionistas siempre reclamaron:
una red global de satélites optimizada para medir cambios radiales del planeta
con precisión de 0,01 mm/año, corregida por mareas, efectos
atmosféricos, deformación elástica y dinámica orbital. Ese experimento, en lo
esencial, ya existe. Y su resultado es inequívoco.
Aquí la ciencia
no avanza por autoridad, sino por acumulación convergente de evidencia.
La geodesia espacial no “opina” sobre la expansión terrestre; la mide. Y
al medirla, muestra que el planeta no está creciendo, sino reorganizando
internamente su superficie mediante placas móviles sobre un radio
esencialmente constante.
En este punto,
la teoría de la Tierra en expansión deja de ser una alternativa empírica viable
y pasa a ocupar otro lugar: el de un episodio histórico que ilustra cómo
una idea puede parecer convincente mientras los datos críticos aún no existen,
y cómo se disuelve cuando esos datos finalmente llegan.
6. La teoría
de la Tierra en expansión como caso de estudio en filosofía de la ciencia
La teoría de la
Tierra en expansión encuentra su lugar definitivo no en la geología actual,
sino en la filosofía de la ciencia. No como un error trivial, sino como
un ejemplo instructivo de cómo surgen, compiten y finalmente se abandonan las
teorías científicas. Su trayectoria permite observar con claridad conceptos
que, a menudo, se discuten de forma abstracta: paradigmas, falsación,
tenacidad teórica y progreso científico real.
Desde el marco
de Thomas Kuhn, la expansión terrestre puede entenderse como una hipótesis
transicional, situada entre el fijismo clásico y la tectónica de placas. No
llegó a constituir un paradigma completo en sentido kuhniano: carecía de una
comunidad amplia, de un programa de investigación fructífero y de una capacidad
predictiva creciente. Sin embargo, sí cumplió una función clave: romper la
inercia conceptual que impedía pensar la Tierra como un sistema dinámico
global. Preparó el terreno intelectual para aceptar que continentes y océanos
podían cambiar de forma y posición a gran escala.
Desde una
perspectiva popperiana, la historia es igualmente reveladora. La teoría
de la expansión hacía una predicción clara y falsable: el aumento del radio
terrestre. Durante décadas, esa predicción no pudo ser evaluada con
precisión suficiente, lo que mantuvo viva la hipótesis. Cuando la geodesia
espacial permitió finalmente ponerla a prueba, el resultado fue negativo.
Importante matiz: la teoría no fue refutada por un único experimento
espectacular, sino por la acumulación de falsadores convergentes
—balance de corteza, subducción observada, paleomagnetismo coherente y ausencia
de expansión radial medida—. Esto ilustra cómo, en la práctica, las teorías
rara vez “mueren” por un solo golpe, sino por erosión progresiva de su
núcleo explicativo.
La reacción de
algunos defensores de la expansión también resulta instructiva. Frente a la
evidencia adversa, se introdujeron ajustes ad hoc: expansión episódica,
mecanismos ocultos, reinterpretaciones selectivas de datos. Este comportamiento
no es exclusivo de teorías marginales; es un rasgo humano del pensamiento
científico. Pero marca una frontera clara: cuando una teoría solo sobrevive reduciendo
su capacidad de hacer predicciones claras, deja de ser científicamente
productiva.
Aquí emerge una
lección más profunda. Las teorías incorrectas no son inútiles por definición.
La expansión terrestre tuvo un valor heurístico real: forzó a los
geólogos a pensar en términos globales, a cuestionar la inmovilidad del planeta
y a buscar mecanismos físicos para el cambio. Sin ese empuje heterodoxo, la
aceptación de la tectónica de placas podría haber sido más lenta. El progreso
científico no avanza solo por acumulación de aciertos, sino también por exploración
de caminos que finalmente se descartan.
La historia de
la Tierra en expansión enseña, además, una forma sana de escepticismo. La
ciencia no debe cerrar filas prematuramente frente a ideas nuevas, pero tampoco
debe mantenerlas vivas cuando la evidencia decisiva ha hablado. La
tolerancia a la heterodoxia es necesaria; la fidelidad a los datos,
innegociable.
En última
instancia, esta teoría fallida nos recuerda algo esencial: la ciencia progresa
no porque siempre tenga razón, sino porque sabe dejar de tenerla cuando es
necesario. Y en ese acto —abandonar una idea que alguna vez fue plausible—
reside una de las mayores fortalezas del conocimiento científico.
Conclusión
La teoría de la
Tierra en expansión no fracasó por ser absurda, sino por ser insuficiente.
Surgió en un momento histórico en el que la geología necesitaba escapar del
fijismo y carecía todavía de un marco físico capaz de explicar el movimiento
global del planeta. En ese contexto, ofreció una solución elegante a problemas
reales y actuó como una hipótesis puente entre dos concepciones del
mundo radicalmente distintas.
Sin embargo, a
medida que la evidencia se acumuló, la teoría fue quedando expuesta en sus
puntos más débiles. La imposibilidad de reconciliarla con la conservación de
la masa y la energía, la ausencia de un mecanismo físico compatible con las
leyes conocidas, la incompatibilidad con el registro paleogeográfico y
paleomagnético, y, finalmente, el veredicto directo de la geodesia espacial,
convergieron en una conclusión clara: la Tierra no se expande de forma
significativa. No se trató de una refutación ideológica, sino de una derrota
empírica.
Pero sería un
error reducir esta historia a un simple “caso cerrado”. La expansión terrestre
desempeñó un papel intelectual decisivo al obligar a pensar la Tierra como un
sistema dinámico y global, contribuyendo indirectamente a que la tectónica de
placas pudiera consolidarse como el paradigma explicativo dominante. En ese
sentido, su legado no es geológico, sino epistemológico.
Este episodio
ilustra con nitidez cómo progresa la ciencia: no mediante certezas inamovibles,
sino a través de teorías provisionales que compiten, se corrigen y,
cuando es necesario, se abandonan. La fuerza de una teoría no reside en su
capacidad para sobrevivir a cualquier dato, sino en su disposición a someterse
a pruebas que puedan destruirla.
La Tierra en
expansión fue una idea que tuvo su momento, cumplió su función y luego fue
superada. Comprender por qué ocurrió todo ese proceso es tan importante como
conocer la teoría que finalmente triunfó. Porque en esa comprensión se revela
algo fundamental: la ciencia no avanza evitando el error, sino aprendiendo
de él.

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