LA HIPOTESIS DEL CATACLISMO DE DRYAS RECIENTE: EVIDENCIA GEOLOGICA DE UN IMPACTO QUE PUDO REINICIAR LA CIVILIZACION

Introducción

Hace unos 12.800 años, cuando el planeta salía del último gran ciclo glacial y el clima global comenzaba a estabilizarse, la Tierra experimentó un giro abrupto e inesperado. El calentamiento se detuvo de forma casi instantánea y dio paso a más de un milenio de condiciones cercanas a las glaciales. Este episodio, conocido como Dryas Reciente, sigue siendo uno de los mayores enigmas de la paleoclimatología. Su brusquedad desafía los modelos climáticos gradualistas y obliga a plantear la posibilidad de un detonante excepcional, externo al sistema climático ordinario.

La Hipótesis del Impacto del Dryas Reciente propone que este colapso térmico fue consecuencia de un evento cósmico: la fragmentación o impacto de un gran cuerpo extraterrestre sobre el hemisferio norte. Según esta hipótesis, una serie de estallidos y/o impactos habría desencadenado incendios continentales, alterado la circulación oceánica y sumido a la Tierra en un “invierno de impacto” con consecuencias ecológicas y humanas profundas. La propuesta es audaz y controvertida, y precisamente por ello se ha convertido en uno de los debates científicos más intensos del siglo XXI en geociencias y arqueología.

Este artículo aborda la hipótesis del Dryas Reciente sin convertirla en dogma ni reducirla a mito. El objetivo es separar con rigor la evidencia empírica de la especulación, analizar el debate científico que la rodea y explorar sus implicaciones reales para la historia climática y humana. Porque, más allá de si un impacto ocurrió o no, el Dryas Reciente marca una frontera crítica entre el mundo del Pleistoceno y el surgimiento de las primeras sociedades neolíticas.

El análisis se desarrollará en seis partes:

1. El origen de la hipótesis y las evidencias físicas propuestas para explicar el enfriamiento abrupto del Dryas Reciente.
2. La posible relación entre el evento, la extinción de la megafauna y la desaparición de la cultura Clovis.
3. La controversia científica en torno a la reproducibilidad, el consenso y la resistencia al catastrofismo.
4. Las implicaciones más radicales para la prehistoria humana y la hipótesis de sociedades pre-Dryas borradas por el cataclismo.
5. Las técnicas modernas de detección y modelización empleadas para probar o refutar la hipótesis.
6. El impacto cultural y filosófico del Dryas Reciente como narrativa contemporánea de fragilidad civilizatoria.

Más que reconstruir un pasado perdido, este trabajo examina una idea incómoda: que la historia humana reciente pudo haber estado marcada no solo por procesos lentos y acumulativos, sino también por rupturas súbitas de origen cósmico, recordándonos que la civilización —ayer como hoy— puede depender de equilibrios mucho más frágiles de lo que solemos admitir.

1. El enigma climático del Dryas Reciente: nacimiento de una hipótesis catastrófica

El Dryas Reciente constituye uno de los episodios climáticos más abruptos y desconcertantes del registro cuaternario. Hace aproximadamente 12.800 años antes del presente, cuando la desglaciación del Pleistoceno parecía avanzar de forma sostenida hacia un clima más templado, el sistema climático del hemisferio norte experimentó un vuelco repentino. En cuestión de décadas —e incluso de años según algunos proxies— las temperaturas descendieron entre 5 y 10 °C en amplias regiones del Atlántico Norte, dando lugar a un retorno a condiciones casi glaciales que se prolongó durante unos 1.200 años, hasta su final igualmente brusco hacia 11.700 AP.

Este enfriamiento súbito desafía las explicaciones tradicionales basadas en forzamientos graduales. Los modelos climáticos clásicos interpretan el Dryas Reciente como el resultado de una interrupción de la circulación termohalina del Atlántico, causada por un aporte masivo de agua dulce procedente de lagos proglaciares como el Agassiz. Sin embargo, esta explicación deja problemas abiertos: la magnitud del enfriamiento, su inicio casi instantáneo y la aparente sincronicidad de ciertos cambios ambientales en regiones muy distantes plantean dudas sobre si un simple reajuste oceánico puede explicar por sí solo el fenómeno.

Es en este contexto donde surge la Hipótesis del Impacto del Dryas Reciente (Younger Dryas Impact Hypothesis, YDIH), formulada a partir de 2007. Sus proponentes sugieren que el detonante del enfriamiento fue un evento cósmico: el impacto o la desintegración aérea de un gran objeto extraterrestre —probablemente de naturaleza cometaria— sobre o cerca del casquete glacial Laurentino. Este evento habría liberado enormes cantidades de energía, provocando incendios continentales, emisiones masivas de partículas a la atmósfera y la liberación súbita de volúmenes colosales de agua dulce al Atlántico Norte, alterando de forma drástica el sistema climático.

Las evidencias físicas presentadas para sustentar esta hipótesis son diversas y han sido objeto de intenso escrutinio. Entre las más citadas se encuentra la llamada “black mat”, una capa oscura rica en carbono orgánico y restos de combustión, identificada en numerosos yacimientos de Norteamérica y fechada en torno al inicio del Dryas Reciente. A esta capa se asocian esférulas microscópicas ricas en hierro y otros metales, interpretadas como condensados de material vaporizado por altas temperaturas; nanodiamantes, cuya formación requiere presiones extremas; anomalías geoquímicas de platino con firmas isotópicas extraterrestres; y fragmentos de vidrio de fusión por choque, similares a los producidos en impactos conocidos.

El principal punto débil de la YDIH es, sin embargo, evidente: la ausencia de un cráter de impacto inequívoco y datado con precisión en el intervalo temporal adecuado. Frente a esta objeción, los defensores de la hipótesis proponen varios escenarios alternativos. Uno de los más discutidos es que el impacto se produjera sobre el hielo del casquete Laurentino, lo que habría impedido la formación de un cráter duradero. Otro plantea una fragmentación aérea múltiple, similar al evento de Tunguska pero a escala continental, capaz de generar señales de alta energía sin dejar un cráter clásico. También se han sugerido posibles cráteres submarinos aún no confirmados en plataformas continentales actualmente sumergidas.

Así, el Dryas Reciente se sitúa en la intersección entre climatología, astronomía y geología del impacto. La hipótesis catastrófica no ha reemplazado al modelo gradualista, pero ha introducido una pregunta que ya no puede ignorarse: ¿fue este abrupto retorno al frío el resultado de una dinámica interna del sistema terrestre, o la huella de un evento excepcional procedente del espacio? La respuesta, de existir, no solo redefine nuestro entendimiento del pasado climático, sino también los límites de la estabilidad ambiental sobre los que se ha construido la historia humana.

2. Megafauna, Clovis y discontinuidad: ¿una extinción sincronizada?

El inicio del Dryas Reciente coincide de manera inquietante con dos procesos de enorme trascendencia biológica y cultural en América del Norte: la extinción masiva de la megafauna del Pleistoceno Tardío y la abrupta transformación —cuando no desaparición— de la cultura Clovis, hasta entonces una de las tradiciones tecnológicas más sofisticadas del mundo paleoindio. La Hipótesis del Impacto propone que estos tres fenómenos no fueron independientes, sino manifestaciones interconectadas de un mismo episodio catastrófico.

La extinción de especies como mamuts, mastodontes, perezosos gigantes, caballos y camélidos americanos ha sido tradicionalmente explicada mediante dos grandes marcos interpretativos: la caza excesiva por humanos (overkill hypothesis) y el cambio climático progresivo al final del Pleistoceno. Ambas explicaciones, sin embargo, presentan dificultades. La presión cinegética humana parece insuficiente para justificar una extinción tan rápida y amplia, mientras que el enfriamiento del Dryas Reciente no encaja con un patrón gradual de estrés ecológico prolongado. La YDIH introduce una alternativa: un evento súbito capaz de provocar incendios a escala continental, colapsos de ecosistemas y una disrupción climática lo bastante severa como para desencadenar extinciones casi simultáneas.

En paralelo, el registro arqueológico muestra que la tecnología Clovis, caracterizada por puntas líticas finamente trabajadas y una notable homogeneidad continental, deja de aparecer de forma consistente alrededor de 12.800 años AP. Lo que sigue no es un vacío absoluto, sino una fragmentación cultural: surgen tradiciones regionales distintas, con tecnologías menos estandarizadas y adaptaciones más locales. Para los defensores de la YDIH, esta discontinuidad encaja con la hipótesis de un “invierno de impacto” que habría reducido drásticamente las poblaciones humanas, forzado migraciones, roto redes sociales amplias y eliminado las condiciones ecológicas que sostenían el modo de vida Clovis.

No obstante, vincular estos procesos en una cadena causal única plantea serios retos metodológicos. La coincidencia temporal no equivale automáticamente a causalidad. El riesgo de incurrir en una falacia post hoc ergo propter hoc es real: que un impacto hipotético coincida con extinciones y cambios culturales no demuestra, por sí solo, que los haya causado. Además, los registros arqueológicos y paleontológicos presentan incertidumbres de datación que pueden oscilar en siglos, un margen significativo cuando se discuten eventos abruptos.

La cuestión central es si existe una sincronicidad suficientemente precisa y global como para sostener la hipótesis catastrófica. Algunos yacimientos parecen mostrar colapsos ecológicos casi instantáneos, mientras que otros sugieren procesos más escalonados. Esta heterogeneidad puede interpretarse como una debilidad de la hipótesis o, alternativamente, como indicio de un evento con efectos regionales variables, modulados por condiciones locales.

En última instancia, el debate sobre megafauna y Clovis revela un problema más profundo: cómo integrar datos climáticos, biológicos y culturales en un marco explicativo coherente sin sacrificar el rigor. La YDIH ofrece una narrativa poderosa de colapso súbito, pero su validez depende de demostrar que estas transformaciones no solo coinciden en el tiempo, sino que responden al mismo mecanismo físico subyacente. Resolver esta cuestión no es solo clave para entender el final del Pleistoceno, sino para calibrar hasta qué punto las sociedades humanas tempranas fueron vulnerables a choques ambientales extremos.

3. Ciencia en disputa: reproducibilidad, consenso y resistencia al catastrofismo

La Hipótesis del Impacto del Dryas Reciente no solo plantea una explicación alternativa a un episodio climático enigmático; se ha convertido en un caso de estudio sobre cómo la ciencia gestiona ideas disruptivas. Desde su formulación inicial en 2007, la YDIH ha provocado uno de los debates más intensos en geociencias recientes, poniendo en tensión conceptos fundamentales como reproducibilidad, estándares de prueba y la relación entre evidencia extraordinaria y afirmaciones extraordinarias.

Las primeras publicaciones que impulsaron la hipótesis, aparecidas en revistas de alto impacto, presentaban un conjunto convergente de evidencias: nanodiamantes, anomalías de platino, esférulas de alta temperatura y capas de carbono coincidentes con el inicio del Dryas Reciente. Sin embargo, rápidamente surgieron estudios que no lograron reproducir estos hallazgos en los mismos estratos o que reinterpretaron los materiales identificados. Algunas esférulas fueron atribuidas a procesos biológicos, como hongos fósiles, o a cenizas volcánicas comunes; los nanodiamantes, a contaminación moderna o a errores de identificación cristalográfica; y las anomalías de platino, a procesos geológicos locales no relacionados con impactos.

Este problema de reproducibilidad se sitúa en el núcleo del debate. Para los críticos, la incapacidad de encontrar de manera consistente las supuestas firmas de impacto invalida la hipótesis. Para los defensores, en cambio, revela la naturaleza heterogénea del evento propuesto: un impacto o una desintegración aérea fragmentada podría haber producido distribuciones espaciales irregulares de los residuos, preservadas solo en ciertos contextos sedimentarios. Esta discrepancia subraya una dificultad estructural en geociencias: el registro natural es incompleto, diferencialmente preservado y profundamente dependiente de contextos locales.

Más allá de los datos, el debate ha adquirido una dimensión sociológica. La paleoclimatología moderna se apoya, en gran medida, en un paradigma gradualista, donde los grandes cambios se explican por forzamientos acumulativos y retroalimentaciones internas del sistema Tierra. La YDIH desafía este marco al proponer un agente externo y abrupto. Para algunos investigadores, el escepticismo frente a la hipótesis refleja una resistencia comprensible a aceptar explicaciones catastróficas sin pruebas irrefutables. Para otros, roza un conservadurismo paradigmático que recuerda la recepción inicial de la teoría del impacto que marcó el límite K–Pg y la extinción de los dinosaurios.

La comparación con el evento K–Pg es reveladora pero también engañosa. En aquel caso, la identificación de un cráter inequívoco, la anomalía global de iridio y una clara señal estratigráfica permitieron construir un consenso relativamente rápido. En el Dryas Reciente, la escala temporal es mucho más cercana, los procesos geológicos han tenido menos tiempo para fijar las huellas y el contexto glaciar complica la preservación de evidencias. Exigir el mismo tipo de prueba puede ser razonable… o puede ser inaplicable.

La YDIH se mueve, así, en una zona fronteriza del conocimiento científico, donde la acumulación de indicios compite con la ausencia de una prueba definitiva. El resultado no es un fracaso del método científico, sino su funcionamiento real: una tensión constante entre apertura y cautela. El debate sigue abierto no porque la ciencia esté confundida, sino porque los datos aún no obligan a una conclusión única. Y en esa incertidumbre se juega algo más que una hipótesis climática: se decide hasta qué punto estamos dispuestos a aceptar que la historia reciente de la Tierra pudo haber sido modelada por eventos mucho más abruptos de lo que nuestro marco conceptual tradicional está dispuesto a admitir.

4. Antes del Neolítico: ¿hubo mundos humanos borrados por el cataclismo?

La implicación más controvertida —y culturalmente más cargada— de la Hipótesis del Impacto del Dryas Reciente es la posibilidad de que el evento no solo alterara el clima y los ecosistemas, sino que obliterara formas complejas de organización humana anteriores al Neolítico. Este planteamiento no surge directamente de la geología, sino del cruce entre anomalías arqueológicas, vacíos en el registro y una pregunta incómoda: ¿qué nivel de desarrollo humano existía realmente al final del Pleistoceno?

Uno de los yacimientos más citados en este debate es Göbekli Tepe, en la actual Turquía, fechado poco después del final del Dryas Reciente. Su monumentalidad —estructuras megalíticas sofisticadas erigidas por comunidades aparentemente cazadoras-recolectoras— desafía los modelos clásicos de evolución social. Para algunos investigadores, Göbekli Tepe representa una reorganización cultural tras una catástrofe climática: no el origen de la complejidad, sino un resurgir simbólico en un mundo transformado. Sin embargo, esta lectura sigue siendo especulativa y no demuestra, por sí sola, la existencia de civilizaciones avanzadas preexistentes.

A esta anomalía se suman otros elementos frecuentemente invocados: posibles estructuras sumergidas en plataformas continentales hoy inundadas por la subida del nivel del mar post-glacial; relatos míticos de diluvios universales y fuegos celestes presentes en culturas muy separadas geográficamente; y el hecho incuestionable de que vastas regiones costeras del Pleistoceno permanecen hoy bajo decenas de metros de agua. Todos estos elementos sugieren una pérdida potencial de registro, pero ninguno constituye evidencia directa de una civilización avanzada en el sentido tecnológico o urbano.

Aquí aparece un salto lógico crucial. Pasar de “un impacto causó un cambio climático abrupto” a “una civilización desarrollada fue destruida” requiere un tipo de evidencia cualitativamente distinto. No bastan alineaciones simbólicas ni mitos coincidentes. Serían necesarias pruebas claras de planificación urbana, sistemas de producción complejos, tecnologías no explicables por sociedades paleolíticas avanzadas o una continuidad material interrumpida de manera abrupta. Hasta la fecha, esas pruebas no existen de forma inequívoca.

No obstante, el argumento del sesgo de supervivencia arqueológica no puede descartarse a la ligera. Si comunidades humanas relativamente densas se establecieron en llanuras costeras ahora sumergidas —zonas ecológicamente ricas y lógicas para el poblamiento temprano—, la probabilidad de que su registro haya sido destruido o inaccesible es alta. La arqueología subacuática apenas ha comenzado a explorar sistemáticamente estos paisajes sumergidos, y su ausencia en el registro actual no equivale a una inexistencia comprobada.

La cuestión, en última instancia, no es si hubo una “civilización perdida” en un sentido mítico, sino si el marco narrativo tradicional subestima la complejidad social del final del Pleistoceno por limitaciones inherentes al registro disponible. La Hipótesis del Dryas Reciente no prueba la existencia de mundos humanos avanzados borrados por un cataclismo, pero sí obliga a reconocer que nuestro conocimiento de ese período es fragmentario y vulnerable a eventos abruptos.

Así, este debate funciona menos como una afirmación extraordinaria y más como una advertencia epistemológica: cuando el archivo del pasado depende de la estabilidad climática y geológica, cualquier ruptura extrema no solo transforma sociedades, sino que puede borrar casi por completo la evidencia de su paso. Y esa posibilidad, por incómoda que resulte, no puede ser descartada sin caer en una falsa seguridad histórica.

5. Firmas del impacto: geoquímica, modelos y la búsqueda de la prueba decisiva

En la fase actual del debate, la Hipótesis del Impacto del Dryas Reciente se juega menos en el terreno de la narrativa y más en el de la verificación instrumental. La cuestión central ya no es si la hipótesis resulta sugestiva, sino si existen herramientas capaces de identificar de manera inequívoca una firma física de origen extraterrestre y distinguirla de procesos terrestres ordinarios. Este esfuerzo ha forzado una colaboración interdisciplinaria poco habitual entre geoquímicos, modelizadores climáticos, astrónomos y glaciólogos.

En el ámbito de la geoquímica de alta precisión, los investigadores han centrado la atención en elementos y relaciones isotópicas extremadamente raras en la corteza terrestre. Isótopos de osmio, anomalías de iridio y concentraciones atípicas de platino han sido propuestos como marcadores potenciales de material extraterrestre. A ello se suman formas alotrópicas del carbono, como los nanodiamantes, cuya génesis está asociada a presiones y temperaturas excepcionalmente altas. El reto fundamental consiste en discriminar estas señales de fuentes terrestres plausibles, como el volcanismo, los incendios naturales o procesos sedimentarios complejos. Esta distinción exige no solo detección, sino contextualización estratigráfica precisa.

Paralelamente, la modelización climática de alta resolución ha tratado de evaluar si un impacto o desintegración aérea de gran escala podría reproducir los patrones observados en los registros paleoclimáticos. Los modelos exploran escenarios que incluyen lluvias de esférulas incandescentes, incendios continentales generalizados y, sobre todo, la liberación súbita de enormes volúmenes de agua dulce al Atlántico Norte como consecuencia del derretimiento rápido del casquete Laurentino. Estos pulsos de agua habrían debilitado la circulación termohalina, desencadenando el enfriamiento sostenido característico del Dryas Reciente. Algunos modelos logran reproducir curvas térmicas compatibles con los proxies de hielo y sedimentos, aunque la sensibilidad a las condiciones iniciales sigue siendo elevada.

La cuestión decisiva es qué tipo de evidencia permitiría zanjar el debate. La mayoría de los investigadores coinciden en que haría falta una prueba directa y bien datada que conecte sin ambigüedad el evento cósmico con el inicio del Dryas Reciente. Entre las posibilidades más citadas se encuentran la identificación de un cráter de impacto submarino en plataformas continentales del Atlántico Norte o América del Norte, oculto por sedimentos glaciares y por la subida del nivel del mar; o la detección, en núcleos de hielo groenlandeses o antárticos, de una capa global de polvo cósmico con firmas isotópicas concordantes y una datación precisa alrededor de 12.800 AP.

Hasta que una evidencia de este tipo sea confirmada, la YDIH permanecerá en una posición intermedia: ni refutada de forma concluyente ni aceptada como explicación dominante. Pero este estado de suspensión no es estéril. Ha impulsado mejoras metodológicas, refinado técnicas analíticas y ampliado la conversación científica sobre la vulnerabilidad del sistema climático a perturbaciones extremas. Más allá de su veredicto final, la hipótesis ha demostrado que incluso en el pasado reciente de la Tierra pueden existir eventos de baja probabilidad y alto impacto capaces de redefinir el curso ambiental y, potencialmente, humano del planeta.

6. Catástrofe y sentido: por qué el Dryas Reciente nos obsesiona hoy

La Hipótesis del Impacto del Dryas Reciente trasciende el ámbito estrictamente científico porque conecta con una sensibilidad cultural profundamente contemporánea. No es casual que haya ganado atención fuera de los círculos académicos: vivimos en una época marcada por la conciencia del cambio climático abrupto, por la vigilancia constante de objetos cercanos a la Tierra y por una percepción creciente de la fragilidad de las sociedades complejas. El Dryas Reciente funciona, así, como un espejo temporal en el que proyectamos nuestros propios temores.

La idea de un cataclismo súbito que reinicia el curso de la historia humana encaja con narrativas antiguas y modernas. Mitos del diluvio, del fuego celeste o de edades destruidas por la ira de los dioses aparecen en culturas separadas por océanos y milenios. La YDIH ofrece una relectura naturalista de estos relatos: no como memoria literal de un impacto específico, sino como expresiones simbólicas de experiencias colectivas de ruptura ambiental extrema. Su fuerza cultural reside precisamente en esa ambigüedad entre ciencia y mito, donde la frontera nunca es del todo nítida.

Esta hipótesis también dialoga con una tradición intelectual más amplia: el catastrofismo histórico, frente al cual el pensamiento moderno ha mantenido una relación ambivalente. Desde el rechazo ilustrado a las explicaciones súbitas hasta su rehabilitación parcial con la aceptación del impacto K–Pg, la ciencia ha oscilado entre la confianza en procesos lentos y la aceptación de eventos raros pero decisivos. El Dryas Reciente se sitúa en esa zona incómoda, recordándonos que la estabilidad climática que permitió el desarrollo agrícola y urbano pudo haber sido una excepción afortunada, no una norma garantizada.

Si la YDIH llegara a verificarse de manera concluyente, sus implicaciones filosóficas serían profundas. La historia humana reciente dejaría de entenderse como una transición relativamente continua hacia el Neolítico para incorporar la posibilidad de rupturas exógenas, independientes de la acción humana. La civilización aparecería no solo como un producto de ingenio y adaptación, sino como una construcción vulnerable a ciclos cósmicos que escapan a cualquier planificación.

Pero incluso si la hipótesis fuera finalmente refutada, su impacto intelectual ya es irreversible. Ha obligado a replantear la resiliencia de las sociedades humanas ante cambios rápidos, a cuestionar la suficiencia de los modelos gradualistas y a reconocer que el pasado reciente de la Tierra puede haber sido más inestable de lo que se asumía. En ese sentido, el Dryas Reciente no importa solo por lo que ocurrió hace 12.800 años, sino por lo que nos enseña sobre el presente.

La fascinación persiste porque, en el fondo, la pregunta que plantea no es geológica, sino humana: ¿hasta qué punto nuestra civilización descansa sobre equilibrios precarios? El Dryas Reciente —con o sin impacto— nos recuerda que la historia no siempre avanza por acumulación, y que entre una edad y otra puede mediar un silencio abrupto, impuesto por fuerzas que no distinguen entre progreso y ruina.

Conclusión: el Dryas Reciente como frontera entre estabilidad y ruptura

La Hipótesis del Cataclismo del Dryas Reciente ocupa un lugar singular en el pensamiento contemporáneo porque se sitúa en el límite entre lo demostrable y lo inquietante. No es una teoría aceptada, pero tampoco puede ser descartada sin más. Su fuerza reside precisamente ahí: en obligarnos a replantear la idea de que los grandes cambios climáticos y culturales del pasado reciente fueron necesariamente lentos, graduales y controlables.

Desde el punto de vista científico, el debate ha puesto de relieve los altísimos estándares de prueba que exige la geociencia moderna para aceptar un evento cósmico como agente histórico. La ausencia de una prueba definitiva —un cráter inequívoco, una firma global indiscutible— mantiene la hipótesis en suspenso. Pero ese suspenso no es estéril: ha refinado métodos, ha obligado a integrar disciplinas que rara vez dialogaban y ha revelado la complejidad real del registro climático y arqueológico del final del Pleistoceno.

En el plano histórico y antropológico, el Dryas Reciente marca una línea de fractura. Sea cual fuera su causa última, el evento coincide con extinciones biológicas masivas, reorganizaciones humanas profundas y el umbral mismo del Neolítico. No demuestra la existencia de civilizaciones avanzadas perdidas, pero sí cuestiona la suficiencia de los relatos lineales y progresivos sobre los orígenes de la sociedad humana. Introduce la posibilidad de que el camino hacia la civilización no fue solo una escalera ascendente, sino una sucesión de avances interrumpidos por caídas abruptas.

Más allá de la ciencia, la persistencia cultural de esta hipótesis revela algo esencial sobre nuestro presente. El Dryas Reciente nos obsesiona porque rompe la ilusión de control. Nos recuerda que la estabilidad climática sobre la que se edificó la agricultura, la urbanización y, en última instancia, la civilización, pudo haber sido una tregua excepcional en un planeta dinámico y expuesto a perturbaciones externas. La pregunta ya no es solo qué ocurrió hace 12.800 años, sino qué implicaría aceptar que episodios semejantes están inscritos en la historia natural de la Tierra.

El verdadero valor de la Hipótesis del Dryas Reciente no está únicamente en si se confirma o se descarta. Su aportación más profunda es haber forzado una reevaluación de la resiliencia humana frente a cambios rápidos y extremos. En un mundo contemporáneo que vuelve a enfrentar alteraciones climáticas abruptas, el Dryas Reciente actúa como advertencia histórica: no vivimos sobre un sistema estable por defecto, sino sobre un equilibrio contingente.

Así, el posible cataclismo del final del Pleistoceno no es solo un problema del pasado remoto. Es un recordatorio incómodo de que la civilización —ayer como hoy— puede estar siempre más cerca del reinicio de lo que estamos dispuestos a admitir.

 


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