LA
CONTROVERSIA SOBRE LA DATACION DE LA GRAN ESFINGE DE GIZA
Introducción
La Gran
Esfinge de Guiza no es solo uno de los monumentos más reconocibles de la
humanidad; es también uno de los objetos más disputados del conocimiento
histórico. Desde hace más de un siglo, la egiptología convencional sitúa su
construcción en torno al 2500 a.C., durante la IV Dinastía, asociándola al
faraón Kefrén. Sin embargo, desde finales del siglo XX, esta cronología
aparentemente sólida se ha visto cuestionada por una controversia persistente
que no gira en torno a textos o inscripciones, sino a algo más incómodo: la
propia piedra.
El debate sobre
la datación de la Esfinge no es una simple discrepancia técnica. Es un
conflicto entre disciplinas, métodos y autoridades
epistemológicas. Geólogos que leen el relieve como un archivo climático
frente a arqueólogos que interpretan el contexto cultural; dataciones relativas
frente a narrativas históricas consolidadas; prudencia académica frente a
hipótesis que, aun siendo minoritarias, señalan inconsistencias reales. En el
centro de la disputa está una pregunta tan simple como explosiva:
¿y si la Esfinge fuera mucho más antigua de lo que creemos?
La hipótesis de
la erosión hídrica, que sugiere una exposición prolongada a lluvias
intensas incompatibles con el Egipto dinástico, ha abierto una grieta difícil
de cerrar. No demuestra una fecha alternativa de forma concluyente, pero desafía
la suficiencia del modelo vigente. A partir de ahí, el debate se expande:
la atribución a Kefrén, la ausencia de cultura material más antigua, el uso —o
abuso— de argumentos astronómicos, y, finalmente, la dimensión política y
mediática que hace que esta controversia nunca termine de resolverse.
Este artículo
no pretende “re-datar” la Esfinge ni defender civilizaciones perdidas. Tampoco
se limita a repetir el consenso académico. Su objetivo es analizar
críticamente el debate, identificar dónde están los datos sólidos, dónde
comienzan las interpretaciones, y por qué —treinta años después— la discusión
sigue abierta. La Esfinge funciona aquí como caso de estudio sobre cómo
se construye, se defiende y se disputa el conocimiento histórico cuando la
evidencia es ambigua y el símbolo es demasiado poderoso para ser neutral.
El análisis se
organiza en seis partes, cada una abordando un eje clave del conflicto:
- La hipótesis de la erosión hídrica y el choque entre lectura
geológica y cronología egiptológica convencional.
- La atribución a Kefrén, examinando la evidencia
arqueológica, estilística y contextual, así como sus debilidades.
- La idea de una Esfinge prehistórica, evaluando críticamente la noción
de civilizaciones perdidas y su atractivo cultural.
- Las controversias metodológicas, preguntando hasta qué punto la
geología puede fechar monumentos de piedra.
- Los argumentos astronómicos y la
precesión,
distinguiendo entre simbolismo, coincidencia y datación científica.
- La política del conocimiento, analizando por qué este debate
persiste y qué intereses —académicos, económicos e identitarios— están en
juego.
1. La
hipótesis de la erosión hídrica: geología frente a cronología convencional
La controversia
moderna sobre la datación de la Gran Esfinge se activa cuando la piedra empieza
a hablar un lenguaje distinto al de los textos. A comienzos de la década
de 1990, el geólogo Robert Schoch propuso que los patrones de erosión
del recinto de la Esfinge no encajan con los agentes dominantes del Egipto
dinástico —viento, arena y sal—, sino con una exposición prolongada a
lluvias intensas. Si esta lectura fuera correcta, la Esfinge habría sido
tallada en un período mucho más húmedo, previo a la IV Dinastía.
El argumento
central es morfológico. Los muros del foso que rodea a la Esfinge muestran ondulaciones
suaves y canales verticales que, según Schoch, son característicos de la erosión
por precipitación y escorrentía superficial, no de la abrasión eólica, que
tiende a producir superficies más angulosas y socavaciones horizontales. Este
tipo de desgaste remitiría al Neolítico Subpluvial (aprox. 7000–5000
a.C.), cuando el norte de África experimentó lluvias regulares y paisajes de
sabana, muy distintos del desierto hiperseco posterior.
La implicación
es profunda: la Esfinge no sería un producto del Estado faraónico, sino un
monumento heredado y reutilizado por él. Esta hipótesis no afirma quién
la construyó, pero desacopla el monumento del marco cronológico
tradicional. En ese sentido, su fuerza no reside en ofrecer una fecha exacta
alternativa, sino en cuestionar la suficiencia de la datación
convencional.
Las críticas no
tardaron en llegar, y son sustantivas. Egiptólogos y geólogos afines al
consenso señalan que la erosión por capilaridad y cristalización de sales,
combinada con fluctuaciones de la napa freática, puede generar patrones
verticales similares en calizas estratificadas como las de la Formación
Mokattam. Además, recuerdan que el cuerpo de la Esfinge muestra restauraciones
antiguas, con bloques atribuibles a la época de Kefrén, lo que indicaría
que ya estaba deteriorada en el Reino Antiguo y que parte de la erosión podría
ser posterior al tallado original.
A esto se suma
una objeción arqueológica decisiva: la ausencia total de cultura material
en Guiza que respalde una obra monumental de tal envergadura en el Neolítico.
No hay restos de asentamientos complejos, canteras organizadas, herramientas,
ni infraestructura social compatible con la planificación y ejecución de un
monumento como la Esfinge miles de años antes del Estado faraónico. Para la
egiptología, este vacío pesa más que cualquier lectura geomorfológica ambigua.
El núcleo del
conflicto es metodológico y, en última instancia, epistemológico. ¿Debe
la geología forzar una reinterpretación de un contexto arqueológico sólido? ¿O
debe la arqueología ignorar una lectura geológica que no encaja con su
cronología? Un enfoque interdisciplinario real exigiría criterios
compartidos de falsación, no una simple yuxtaposición de opiniones
expertas. Sin datos directos no destructivos que puedan fechar la exposición
inicial de la roca, ambas lecturas conservan zonas grises.
Así, la
hipótesis de la erosión hídrica no demuestra una Esfinge prehistórica, pero
logra algo quizá más incómodo: introduce una duda razonable sobre la
lectura exclusiva del monumento desde la historia dinástica. Y en ciencia,
cuando una duda razonable persiste, el debate no se cierra por autoridad, sino
por mejores pruebas.
2. El
contexto arqueológico y la atribución a Kefrén: evidencias, inferencias y
fisuras
Frente a la
lectura geológica que sugiere una antigüedad mayor, la egiptología ha defendido
de forma consistente la atribución de la Esfinge al faraón Kefrén,
situando su construcción en torno a 2500 a.C. Esta datación no se apoya en una
inscripción fundacional inequívoca —que no existe—, sino en un conjunto de
indicios convergentes: contexto arquitectónico, asociación topográfica,
análisis estilístico y continuidad ritual. El problema es que, examinados con
lupa, estos indicios son probables, pero no concluyentes.
El argumento
contextual es el más fuerte. La Esfinge se integra espacialmente en el complejo
de Kefrén: su templo del valle, el templo funerario y la calzada procesional.
La lógica del urbanismo sacro del Reino Antiguo sugiere un diseño unificado. A
ello se suma el uso de bloques extraídos del propio foso de la Esfinge para
construir el Templo de la Esfinge, lo que indica una contemporaneidad
funcional entre el tallado del monumento y las edificaciones asociadas al
reinado de Kefrén.
En el plano
iconográfico, algunos egiptólogos han defendido que los rasgos faciales de la
cabeza de la Esfinge coinciden con estatuas atribuidas a Kefrén: pómulos
altos, boca firme, expresión idealizada del poder real. Sin embargo, esta
identificación es subjetiva. La cabeza presenta una erosión muy inferior
a la del cuerpo y es desproporcionadamente pequeña, lo que ha alimentado
la hipótesis de una reesculpida posterior sobre una cabeza original
distinta. Si esto fuera así, el retrato no informaría sobre el momento del
tallado inicial del cuerpo.
Las fuentes
textuales tampoco cierran el caso. La llamada Estela del Inventario,
datada en época tardía, menciona la Esfinge como existente en tiempos de Keops,
lo que incluso dentro de la cronología dinástica la sitúa como anterior a
Kefrén. Su fiabilidad es discutida, pero introduce ambigüedad. Por su parte, la
célebre Estela del Sueño, erigida más de mil años después, narra cómo
Tutmosis IV despeja la arena de la Esfinge, pero no menciona a Kefrén ni a
su constructor, limitándose a inscribir al monumento en una tradición
simbólica ya consolidada.
Así, la
atribución a Kefrén descansa más en una inferencia contextual fuerte que
en una prueba directa. Funciona bien dentro del marco del Reino Antiguo, pero no
refuta por sí sola la posibilidad de que la Esfinge sea anterior y haya
sido integrada, restaurada y resignificada por la IV Dinastía. El propio hecho
de que se llevaran a cabo restauraciones tempranas sugiere que el monumento ya
presentaba un grado notable de antigüedad en tiempos dinásticos.
Ante este
escenario, la resolución del debate no pasa por reforzar inferencias, sino por
obtener datos independientes. De ahí el interés en experimentos
cruciales no destructivos: datación por Luminiscencia Ópticamente
Estimulada (OSL) de sedimentos atrapados en el foso para establecer la
última exposición a la luz; análisis de pátinas y costras bajo
restauraciones antiguas; o escaneos 3D de alta resolución para comparar
marcas de herramientas con técnicas líticas conocidas. Ninguna de estas pruebas
es trivial, pero todas serían decisivas si se aplicaran de forma abierta
y multilateral.
En suma, la
atribución a Kefrén es razonable y coherente, pero no inapelable.
Su solidez depende de aceptar que el contexto arquitectónico equivale a
contemporaneidad absoluta, una suposición que la arqueología suele hacer… salvo
cuando la evidencia la obliga a reconsiderarla. Y aquí, al menos, la duda
persiste.
3. La
hipótesis de una Esfinge prehistórica: entre la civilización perdida y la
proyección moderna
Aceptar una
Esfinge anterior al Egipto dinástico abre una puerta que muchos consideran
inaceptable no por falta de datos, sino por sus implicaciones. Si el
monumento fuera miles de años más antiguo, la pregunta inmediata sería: ¿quién
la construyó? Aquí emerge la hipótesis más radical del debate: la
posibilidad de una cultura avanzada prehistórica, anterior a la
civilización faraónica, hoy desaparecida sin dejar rastro claro.
Esta idea ha
sido defendida, con distintos matices, por autores como John Anthony West
y Graham Hancock. Según esta línea de pensamiento, la Esfinge sería un
vestigio aislado de una civilización del Neolítico avanzado, posiblemente
destruida por cambios climáticos abruptos al final de la última glaciación.
Para sostener esta hipótesis se suelen invocar paralelos globales: mitos del
diluvio presentes en múltiples culturas, la existencia de megalitos de gran
antigüedad, o supuestas alineaciones astronómicas que remitirían a un
conocimiento sofisticado del cielo.
Sin embargo,
cuando se evalúa esta propuesta desde la arqueología académica, el
edificio argumental se debilita rápidamente. El problema no es solo la ausencia
de escritura o metalurgia en el VI milenio a.C. egipcio, sino la falta total
de correlatos materiales acumulativos: no hay restos de asentamientos
complejos, sistemas agrícolas intensivos, redes de intercambio, herramientas
especializadas ni huellas de una organización social capaz de planificar y
ejecutar una obra de tal escala. La arqueología muestra continuidad cultural,
no saltos civilizatorios súbitos seguidos de desapariciones completas.
Además, el
principio de parsimonia pesa aquí con fuerza. Una civilización avanzada no deja
un solo monumento y desaparece sin rastro. Incluso sociedades
tecnológicamente simples dejan capas de cultura material: residuos,
herramientas, enterramientos, paisajes transformados. En el caso de una
supuesta cultura madre prediluviana, la evidencia esperada sería global y
redundante, no puntual y excepcional.
Entonces, ¿por
qué esta narrativa resulta tan atractiva? Parte de la respuesta es cultural. La
idea de una civilización perdida responde a una nostalgia de profundidad
temporal, a la sensación de que la historia oficial comienza demasiado
tarde y deja un vacío incómodo en el Neolítico. También conecta con una
desconfianza creciente hacia las instituciones académicas y con el deseo de un pasado
más misterioso y grandioso que el que ofrece la evidencia fragmentaria.
En este
sentido, la Esfinge funciona como un objeto simbólico sobre el que se
proyectan anhelos contemporáneos: continuidad con un pasado mítico, crítica al
progreso lineal, fascinación por el conocimiento oculto. El problema surge
cuando esta proyección se confunde con prueba. La hipótesis de una civilización
prehistórica avanzada no fracasa por ser audaz, sino por carecer de anclaje
empírico suficiente.
Esto no
invalida las preguntas legítimas sobre la datación de la Esfinge, pero sí
delimita el terreno. Cuestionar la cronología dinástica no obliga a aceptar
civilizaciones perdidas. Entre el consenso rígido y la especulación maximalista
existe un espacio intermedio: revisar críticamente los datos sin inventar
sujetos históricos inexistentes.
4.
Controversias metodológicas: ¿puede la geología fechar monumentos de piedra?
En el corazón
del debate sobre la Esfinge no late solo una discrepancia de fechas, sino una pregunta
metodológica más profunda: ¿hasta dónde puede llegar la geología cuando
intenta datar un monumento tallado en roca expuesta? La respuesta corta es
incómoda: puede aportar datación relativa y escenarios plausibles, pero
rara vez una fecha absoluta incuestionable. Y precisamente ahí se atasca la
controversia.
La geomorfología
aplicada trabaja con tasas de erosión diferencial condicionadas por la
litología (en Guiza, calizas estratificadas de la Formación Mokattam), la
orientación, la exposición a agentes (viento, agua, sales) y los cambios
paleoclimáticos. El problema es que las tasas absolutas de erosión son
altamente variables y no lineales en el tiempo. Extrapolar hacia atrás
exige supuestos fuertes sobre continuidad ambiental que, en el norte de África,
no se cumplen: el tránsito del Holoceno húmedo al desierto hiperseco
rompe cualquier promedio simple.
Aquí se
bifurcan las interpretaciones. Los estudios de Robert Schoch y Colin
Reader enfatizan la erosión hídrica (precipitación y escorrentía)
para explicar las ondulaciones y canales verticales del recinto. Frente a
ellos, trabajos de Mark Lehner y Thomas A. Gauri subrayan la cristalización
de sales, la capilaridad y la acción eólica como mecanismos suficientes,
especialmente considerando la napa freática y la heterogeneidad de capas
calizas.
Las
discrepancias no son menores y se concentran en tres puntos técnicos:
- Qué cuentan como “ondulaciones”
diagnósticas (si
son firmas inequívocas de lluvia o pueden emerger por sales);
- El papel de la napa freática, que puede intensificar la
degradación desde la base y generar patrones verticales;
- La edad de la exposición inicial de la roca (si el foso estuvo
cubierto por sedimentos durante largos periodos, la erosión visible podría
ser más reciente que el tallado).
Este desacuerdo
ilustra una lección general sobre la ciencia interdisciplinaria:
disciplinas distintas pueden partir de los mismos datos físicos y llegar
a conclusiones opuestas debido a presupuestos paradigmáticos. El geólogo
tiende a priorizar procesos naturales de larga duración; el arqueólogo, la
coherencia contextual y cultural. Cuando no hay un método absoluto (como el
radiocarbono), la discusión se desplaza del “qué” al “cómo inferimos”.
Por eso, el
avance real no vendrá de argumentos retóricos ni de apelaciones a
autoridad, sino de pruebas independientes que reduzcan el espacio de
interpretación: OSL en sedimentos sellados, análisis de pátinas bajo
restauraciones tempranas, o modelos integrados que crucen paleoclima,
hidrología y micro-erosión con datos arqueológicos. Sin ese salto metodológico,
la geología puede sugerir escenarios, pero no fechar de manera
definitiva.
La controversia
de la Esfinge, en este punto, no demuestra el fracaso de la ciencia, sino sus límites
operativos. Reconocerlos es condición necesaria para no convertir una
hipótesis plausible en una certeza indebida… ni un consenso sólido en un dogma
inmune a revisión.
5. La
Esfinge y la precesión de los equinoccios: astronomía, simbolismo y límites de
la datación
Entre las
hipótesis que proponen una mayor antigüedad para la Esfinge, pocas han tenido
tanto impacto mediático como el argumento astronómico basado en la precesión
de los equinoccios. Popularizado por Robert Bauval y retomado por Graham
Hancock, sostiene que la Esfinge estaría deliberadamente orientada para
“mirar” hacia la constelación de Leo al amanecer del equinoccio de
primavera, una alineación que habría ocurrido alrededor del 10.500 a.C.
debido al ciclo precesional de ~26.000 años.
La propuesta es
seductora por su coherencia interna: la Esfinge tendría forma de león; Leo es
el león zodiacal; y el amanecer equinoccial es un marcador astronómico
universal. Si la alineación fuera intencional, la fecha quedaría implícita como
una “firma celeste” de los constructores. Sin embargo, aquí conviene
separar con cuidado astronomía observacional, simbolismo y datación
científica.
La primera
objeción es histórica. No existe evidencia sólida de que los egipcios del Reino
Antiguo —y menos aún del Neolítico— emplearan el zodiaco tal como lo
conocemos. Las constelaciones zodiacales son un constructo cultural
desarrollado y sistematizado en Mesopotamia y el mundo greco-babilónico
milenios después. Proyectarlas retrospectivamente introduce un anacronismo
metodológico: leer el cielo antiguo con mapas modernos.
La segunda
objeción es iconográfica. La identificación inequívoca de la Esfinge como un león
no está atestiguada de forma temprana y unánime. En el simbolismo egipcio
arcaico, la esfinge pudo representar diversas formas híbridas (león, chacal,
halcón) asociadas al poder solar y regio, no necesariamente a una constelación
específica. Si la figura no es claramente “Leo”, el argumento astronómico
pierde su anclaje.
La tercera
objeción es geométrica. La orientación de la Esfinge hacia el este puede
explicarse de manera más parsimoniosa: mirar al punto por donde sale el sol,
especialmente en los equinoccios, es una práctica común y universal en
múltiples culturas, sin requerir conocimiento precesional avanzado. El
alineamiento, además, es aproximado, no de precisión milimétrica como
cabría esperar de una datación astronómica intencional.
Desde el punto
de vista metodológico, el problema central es que la astronomía simbólica no
es un método de datación. Puede aportar contexto cultural, cosmológico o
ritual, pero no sustituye a evidencias físicas fechables. Convertir un posible
simbolismo en una fecha absoluta es invertir la carga de la prueba: primero se
presupone la intención, luego se infiere la cronología.
Dicho esto, el
valor heurístico de estas teorías no es nulo. Han obligado a los egiptólogos a explicitar
mejor qué sabemos —y qué no— sobre astronomía egipcia temprana, y a
distinguir con mayor claridad entre alineaciones funcionales, rituales
y casuales. El problema surge cuando el debate se desplaza del terreno
académico al mediático, donde la hipótesis astronómica se presenta como
“prueba” concluyente y no como conjetura simbólica.
En suma, la
precesión de los equinoccios es un fenómeno real y fascinante, pero su uso para
datar la Esfinge es débil. Ilustra más sobre nuestra tendencia a buscar
claves cósmicas para los enigmas del pasado que sobre la cronología efectiva
del monumento. El cielo, en este caso, inspira preguntas, pero no ofrece
respuestas fechadas.
6. La
política del conocimiento: por qué esta controversia persiste (y quizá no se
resolverá)
La controversia
sobre la datación de la Gran Esfinge no se sostiene solo por ambigüedades
técnicas. Persiste porque es, en esencia, un conflicto sobre quién tiene
autoridad para decir qué sabemos del pasado. Cuando los datos no son
concluyentes, entran en juego factores extra-científicos: instituciones,
reputaciones, economías simbólicas y narrativas identitarias.
En el plano
institucional, la autoridad sobre Guiza recae en el Consejo Supremo de
Antigüedades de Egipto, durante décadas representado públicamente por
figuras como Zahi Hawass. Desde esta posición, la defensa de la
cronología ortodoxa no es solo académica: es también patrimonial y política.
Permitir hipótesis que sitúen la Esfinge fuera del marco faraónico podría
interpretarse como una erosión del relato nacional que vincula identidad
egipcia moderna con el esplendor del Antiguo Egipto.
Frente a esta
ciencia institucional, aparecen investigadores heterodoxos —Schoch,
West— que denuncian un cierre dogmático del debate. El choque no es
estrictamente entre ciencia y pseudociencia, sino entre ciencia regulada
y ciencia sin respaldo institucional. El problema es que, en ausencia de
pruebas decisivas, ambas partes tienden a endurecer posiciones: la
ortodoxia cierra filas para evitar derivas especulativas; la heterodoxia
interpreta el cierre como censura.
A esto se suma
un factor económico ineludible: el turismo. Guiza no es solo un
yacimiento arqueológico; es una industria narrativa. Millones de
visitantes consumen una historia clara, estable y espectacular. Una Esfinge
“demasiado antigua”, desvinculada del relato dinástico, introduciría
incertidumbre en un producto cultural altamente monetizado. No es que el
turismo dicte la historia, pero sí incentiva la estabilidad del relato.
En el plano
mediático, la controversia se amplifica por una dinámica conocida: los matices
no viralizan. Las posiciones intermedias —“la evidencia no es concluyente”,
“faltan datos”— resultan menos atractivas que los titulares de revolución
histórica o conspiración académica. Así, el debate se polariza artificialmente
entre “todo está mal fechado” y “no hay nada que discutir”, cuando la realidad
es mucho más gris.
¿Estamos ante
un debate científico legítimo o un pseudodebate? La respuesta es incómoda: es
ambos, según el nivel de análisis. En el plano técnico, hay cuestiones
reales y abiertas (procesos de erosión, secuencias de restauración, exposición
inicial de la roca). En el plano cultural, muchas extensiones del debate
—civilizaciones perdidas, calendarios cósmicos— exceden la evidencia
disponible y sobreviven por su atractivo narrativo.
¿Qué
condiciones permitirían avanzar hacia un consenso real, si es que es posible?
Al menos tres:
- Acceso controlado pero abierto a muestras y zonas clave para
análisis no destructivos;
- Estudios multinacionales
independientes,
sin monopolio institucional;
- Aceptación explícita de la incertidumbre
como resultado legítimo, no como fracaso.
Quizá el
desenlace más honesto sea aceptar que la datación exacta de la Esfinge no
está cerrada, pero tampoco abierta a cualquier hipótesis. La ciencia no
siempre ofrece finales definitivos, y menos cuando el objeto de estudio es
único, irremplazable y simbólicamente cargado.
La Esfinge, en
este sentido, cumple su función más profunda: no como guardiana de secretos
perdidos, sino como espejo de nuestras tensiones epistemológicas. Nos
recuerda que el conocimiento histórico no se construye solo con datos, sino con
instituciones, poder y narrativas. Y que, a veces, el verdadero enigma
no es la antigüedad de una estatua, sino nuestra dificultad para convivir
con la incertidumbre.
Conclusión
La controversia
sobre la datación de la Gran Esfinge de Guiza no se resuelve con una fecha
alternativa ni con la reafirmación automática del consenso. Se mantiene viva
porque expone, con una claridad poco habitual, las tensiones internas del
propio conocimiento histórico cuando la evidencia es fragmentaria, el
objeto es único y el símbolo es demasiado poderoso para ser neutral.
El análisis
muestra que la cronología convencional —IV Dinastía, reinado de Kefrén— es coherente
y funcional, pero descansa en inferencias contextuales más que en pruebas
directas. A su vez, la hipótesis de la erosión hídrica introduce dudas
razonables, pero no logra traducirse en una datación absoluta ni en un
marco cultural alternativo verificable. Entre ambas posiciones se abre un
espacio incómodo: el de la incertidumbre científica legítima.
Las hipótesis
más radicales —civilizaciones perdidas, calendarios astronómicos prediluvianos—
no superan el umbral empírico exigible, pero su persistencia no es casual.
Responden a un vacío narrativo, a una fascinación contemporánea por los
orígenes profundos y a una desconfianza creciente hacia las autoridades
académicas. El problema no es que existan preguntas audaces, sino que con
frecuencia se confunden preguntas sugerentes con respuestas demostradas.
Más allá de la
Esfinge, el debate revela algo más amplio: la dificultad de integrar
disciplinas con lenguajes, métodos y jerarquías distintas; la influencia de
intereses institucionales y económicos; y la tendencia a polarizar discusiones
complejas en un ecosistema mediático que premia el conflicto sobre el matiz. En
este contexto, cerrar el debate por autoridad es tan problemático como abrirlo
a cualquier especulación.
Quizá la
conclusión más honesta sea aceptar que la Esfinge no necesita un misterio
añadido para ser extraordinaria. Su grandeza no depende de ser miles de
años más antigua ni de ocultar una civilización perdida. Su verdadero valor
reside en lo que provoca: obliga a la ciencia a examinar sus límites, a revisar
sus métodos y a reconocer que el conocimiento del pasado no siempre avanza en
línea recta hacia certezas definitivas.
La Esfinge,
erosionada y silenciosa, sigue cumpliendo su función original —sea cual sea su
fecha exacta—: desafiar al observador. No con respuestas claras, sino
con una pregunta persistente sobre cómo sabemos lo que creemos saber. Y en esa
pregunta, más que en cualquier cronología concreta, reside su auténtica
vigencia.

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