LA CONTROVERSIA SOBRE LA DATACION DE LA GRAN ESFINGE DE GIZA

Introducción

La Gran Esfinge de Guiza no es solo uno de los monumentos más reconocibles de la humanidad; es también uno de los objetos más disputados del conocimiento histórico. Desde hace más de un siglo, la egiptología convencional sitúa su construcción en torno al 2500 a.C., durante la IV Dinastía, asociándola al faraón Kefrén. Sin embargo, desde finales del siglo XX, esta cronología aparentemente sólida se ha visto cuestionada por una controversia persistente que no gira en torno a textos o inscripciones, sino a algo más incómodo: la propia piedra.

El debate sobre la datación de la Esfinge no es una simple discrepancia técnica. Es un conflicto entre disciplinas, métodos y autoridades epistemológicas. Geólogos que leen el relieve como un archivo climático frente a arqueólogos que interpretan el contexto cultural; dataciones relativas frente a narrativas históricas consolidadas; prudencia académica frente a hipótesis que, aun siendo minoritarias, señalan inconsistencias reales. En el centro de la disputa está una pregunta tan simple como explosiva:
¿y si la Esfinge fuera mucho más antigua de lo que creemos?

La hipótesis de la erosión hídrica, que sugiere una exposición prolongada a lluvias intensas incompatibles con el Egipto dinástico, ha abierto una grieta difícil de cerrar. No demuestra una fecha alternativa de forma concluyente, pero desafía la suficiencia del modelo vigente. A partir de ahí, el debate se expande: la atribución a Kefrén, la ausencia de cultura material más antigua, el uso —o abuso— de argumentos astronómicos, y, finalmente, la dimensión política y mediática que hace que esta controversia nunca termine de resolverse.

Este artículo no pretende “re-datar” la Esfinge ni defender civilizaciones perdidas. Tampoco se limita a repetir el consenso académico. Su objetivo es analizar críticamente el debate, identificar dónde están los datos sólidos, dónde comienzan las interpretaciones, y por qué —treinta años después— la discusión sigue abierta. La Esfinge funciona aquí como caso de estudio sobre cómo se construye, se defiende y se disputa el conocimiento histórico cuando la evidencia es ambigua y el símbolo es demasiado poderoso para ser neutral.

El análisis se organiza en seis partes, cada una abordando un eje clave del conflicto:

  1. La hipótesis de la erosión hídrica y el choque entre lectura geológica y cronología egiptológica convencional.
  2. La atribución a Kefrén, examinando la evidencia arqueológica, estilística y contextual, así como sus debilidades.
  3. La idea de una Esfinge prehistórica, evaluando críticamente la noción de civilizaciones perdidas y su atractivo cultural.
  4. Las controversias metodológicas, preguntando hasta qué punto la geología puede fechar monumentos de piedra.
  5. Los argumentos astronómicos y la precesión, distinguiendo entre simbolismo, coincidencia y datación científica.
  6. La política del conocimiento, analizando por qué este debate persiste y qué intereses —académicos, económicos e identitarios— están en juego.
La controversia sobre la Esfinge no trata solo del pasado remoto. Trata de cómo decidimos qué cuenta como evidencia, quién tiene autoridad para interpretarla y qué ocurre cuando los datos no encajan cómodamente en el relato establecido. En ese sentido, la Esfinge no solo mira al horizonte del desierto: nos devuelve la mirada.

1. La hipótesis de la erosión hídrica: geología frente a cronología convencional

La controversia moderna sobre la datación de la Gran Esfinge se activa cuando la piedra empieza a hablar un lenguaje distinto al de los textos. A comienzos de la década de 1990, el geólogo Robert Schoch propuso que los patrones de erosión del recinto de la Esfinge no encajan con los agentes dominantes del Egipto dinástico —viento, arena y sal—, sino con una exposición prolongada a lluvias intensas. Si esta lectura fuera correcta, la Esfinge habría sido tallada en un período mucho más húmedo, previo a la IV Dinastía.

El argumento central es morfológico. Los muros del foso que rodea a la Esfinge muestran ondulaciones suaves y canales verticales que, según Schoch, son característicos de la erosión por precipitación y escorrentía superficial, no de la abrasión eólica, que tiende a producir superficies más angulosas y socavaciones horizontales. Este tipo de desgaste remitiría al Neolítico Subpluvial (aprox. 7000–5000 a.C.), cuando el norte de África experimentó lluvias regulares y paisajes de sabana, muy distintos del desierto hiperseco posterior.

La implicación es profunda: la Esfinge no sería un producto del Estado faraónico, sino un monumento heredado y reutilizado por él. Esta hipótesis no afirma quién la construyó, pero desacopla el monumento del marco cronológico tradicional. En ese sentido, su fuerza no reside en ofrecer una fecha exacta alternativa, sino en cuestionar la suficiencia de la datación convencional.

Las críticas no tardaron en llegar, y son sustantivas. Egiptólogos y geólogos afines al consenso señalan que la erosión por capilaridad y cristalización de sales, combinada con fluctuaciones de la napa freática, puede generar patrones verticales similares en calizas estratificadas como las de la Formación Mokattam. Además, recuerdan que el cuerpo de la Esfinge muestra restauraciones antiguas, con bloques atribuibles a la época de Kefrén, lo que indicaría que ya estaba deteriorada en el Reino Antiguo y que parte de la erosión podría ser posterior al tallado original.

A esto se suma una objeción arqueológica decisiva: la ausencia total de cultura material en Guiza que respalde una obra monumental de tal envergadura en el Neolítico. No hay restos de asentamientos complejos, canteras organizadas, herramientas, ni infraestructura social compatible con la planificación y ejecución de un monumento como la Esfinge miles de años antes del Estado faraónico. Para la egiptología, este vacío pesa más que cualquier lectura geomorfológica ambigua.

El núcleo del conflicto es metodológico y, en última instancia, epistemológico. ¿Debe la geología forzar una reinterpretación de un contexto arqueológico sólido? ¿O debe la arqueología ignorar una lectura geológica que no encaja con su cronología? Un enfoque interdisciplinario real exigiría criterios compartidos de falsación, no una simple yuxtaposición de opiniones expertas. Sin datos directos no destructivos que puedan fechar la exposición inicial de la roca, ambas lecturas conservan zonas grises.

Así, la hipótesis de la erosión hídrica no demuestra una Esfinge prehistórica, pero logra algo quizá más incómodo: introduce una duda razonable sobre la lectura exclusiva del monumento desde la historia dinástica. Y en ciencia, cuando una duda razonable persiste, el debate no se cierra por autoridad, sino por mejores pruebas.

2. El contexto arqueológico y la atribución a Kefrén: evidencias, inferencias y fisuras

Frente a la lectura geológica que sugiere una antigüedad mayor, la egiptología ha defendido de forma consistente la atribución de la Esfinge al faraón Kefrén, situando su construcción en torno a 2500 a.C. Esta datación no se apoya en una inscripción fundacional inequívoca —que no existe—, sino en un conjunto de indicios convergentes: contexto arquitectónico, asociación topográfica, análisis estilístico y continuidad ritual. El problema es que, examinados con lupa, estos indicios son probables, pero no concluyentes.

El argumento contextual es el más fuerte. La Esfinge se integra espacialmente en el complejo de Kefrén: su templo del valle, el templo funerario y la calzada procesional. La lógica del urbanismo sacro del Reino Antiguo sugiere un diseño unificado. A ello se suma el uso de bloques extraídos del propio foso de la Esfinge para construir el Templo de la Esfinge, lo que indica una contemporaneidad funcional entre el tallado del monumento y las edificaciones asociadas al reinado de Kefrén.

En el plano iconográfico, algunos egiptólogos han defendido que los rasgos faciales de la cabeza de la Esfinge coinciden con estatuas atribuidas a Kefrén: pómulos altos, boca firme, expresión idealizada del poder real. Sin embargo, esta identificación es subjetiva. La cabeza presenta una erosión muy inferior a la del cuerpo y es desproporcionadamente pequeña, lo que ha alimentado la hipótesis de una reesculpida posterior sobre una cabeza original distinta. Si esto fuera así, el retrato no informaría sobre el momento del tallado inicial del cuerpo.

Las fuentes textuales tampoco cierran el caso. La llamada Estela del Inventario, datada en época tardía, menciona la Esfinge como existente en tiempos de Keops, lo que incluso dentro de la cronología dinástica la sitúa como anterior a Kefrén. Su fiabilidad es discutida, pero introduce ambigüedad. Por su parte, la célebre Estela del Sueño, erigida más de mil años después, narra cómo Tutmosis IV despeja la arena de la Esfinge, pero no menciona a Kefrén ni a su constructor, limitándose a inscribir al monumento en una tradición simbólica ya consolidada.

Así, la atribución a Kefrén descansa más en una inferencia contextual fuerte que en una prueba directa. Funciona bien dentro del marco del Reino Antiguo, pero no refuta por sí sola la posibilidad de que la Esfinge sea anterior y haya sido integrada, restaurada y resignificada por la IV Dinastía. El propio hecho de que se llevaran a cabo restauraciones tempranas sugiere que el monumento ya presentaba un grado notable de antigüedad en tiempos dinásticos.

Ante este escenario, la resolución del debate no pasa por reforzar inferencias, sino por obtener datos independientes. De ahí el interés en experimentos cruciales no destructivos: datación por Luminiscencia Ópticamente Estimulada (OSL) de sedimentos atrapados en el foso para establecer la última exposición a la luz; análisis de pátinas y costras bajo restauraciones antiguas; o escaneos 3D de alta resolución para comparar marcas de herramientas con técnicas líticas conocidas. Ninguna de estas pruebas es trivial, pero todas serían decisivas si se aplicaran de forma abierta y multilateral.

En suma, la atribución a Kefrén es razonable y coherente, pero no inapelable. Su solidez depende de aceptar que el contexto arquitectónico equivale a contemporaneidad absoluta, una suposición que la arqueología suele hacer… salvo cuando la evidencia la obliga a reconsiderarla. Y aquí, al menos, la duda persiste.

3. La hipótesis de una Esfinge prehistórica: entre la civilización perdida y la proyección moderna

Aceptar una Esfinge anterior al Egipto dinástico abre una puerta que muchos consideran inaceptable no por falta de datos, sino por sus implicaciones. Si el monumento fuera miles de años más antiguo, la pregunta inmediata sería: ¿quién la construyó? Aquí emerge la hipótesis más radical del debate: la posibilidad de una cultura avanzada prehistórica, anterior a la civilización faraónica, hoy desaparecida sin dejar rastro claro.

Esta idea ha sido defendida, con distintos matices, por autores como John Anthony West y Graham Hancock. Según esta línea de pensamiento, la Esfinge sería un vestigio aislado de una civilización del Neolítico avanzado, posiblemente destruida por cambios climáticos abruptos al final de la última glaciación. Para sostener esta hipótesis se suelen invocar paralelos globales: mitos del diluvio presentes en múltiples culturas, la existencia de megalitos de gran antigüedad, o supuestas alineaciones astronómicas que remitirían a un conocimiento sofisticado del cielo.

Sin embargo, cuando se evalúa esta propuesta desde la arqueología académica, el edificio argumental se debilita rápidamente. El problema no es solo la ausencia de escritura o metalurgia en el VI milenio a.C. egipcio, sino la falta total de correlatos materiales acumulativos: no hay restos de asentamientos complejos, sistemas agrícolas intensivos, redes de intercambio, herramientas especializadas ni huellas de una organización social capaz de planificar y ejecutar una obra de tal escala. La arqueología muestra continuidad cultural, no saltos civilizatorios súbitos seguidos de desapariciones completas.

Además, el principio de parsimonia pesa aquí con fuerza. Una civilización avanzada no deja un solo monumento y desaparece sin rastro. Incluso sociedades tecnológicamente simples dejan capas de cultura material: residuos, herramientas, enterramientos, paisajes transformados. En el caso de una supuesta cultura madre prediluviana, la evidencia esperada sería global y redundante, no puntual y excepcional.

Entonces, ¿por qué esta narrativa resulta tan atractiva? Parte de la respuesta es cultural. La idea de una civilización perdida responde a una nostalgia de profundidad temporal, a la sensación de que la historia oficial comienza demasiado tarde y deja un vacío incómodo en el Neolítico. También conecta con una desconfianza creciente hacia las instituciones académicas y con el deseo de un pasado más misterioso y grandioso que el que ofrece la evidencia fragmentaria.

En este sentido, la Esfinge funciona como un objeto simbólico sobre el que se proyectan anhelos contemporáneos: continuidad con un pasado mítico, crítica al progreso lineal, fascinación por el conocimiento oculto. El problema surge cuando esta proyección se confunde con prueba. La hipótesis de una civilización prehistórica avanzada no fracasa por ser audaz, sino por carecer de anclaje empírico suficiente.

Esto no invalida las preguntas legítimas sobre la datación de la Esfinge, pero sí delimita el terreno. Cuestionar la cronología dinástica no obliga a aceptar civilizaciones perdidas. Entre el consenso rígido y la especulación maximalista existe un espacio intermedio: revisar críticamente los datos sin inventar sujetos históricos inexistentes.

4. Controversias metodológicas: ¿puede la geología fechar monumentos de piedra?

En el corazón del debate sobre la Esfinge no late solo una discrepancia de fechas, sino una pregunta metodológica más profunda: ¿hasta dónde puede llegar la geología cuando intenta datar un monumento tallado en roca expuesta? La respuesta corta es incómoda: puede aportar datación relativa y escenarios plausibles, pero rara vez una fecha absoluta incuestionable. Y precisamente ahí se atasca la controversia.

La geomorfología aplicada trabaja con tasas de erosión diferencial condicionadas por la litología (en Guiza, calizas estratificadas de la Formación Mokattam), la orientación, la exposición a agentes (viento, agua, sales) y los cambios paleoclimáticos. El problema es que las tasas absolutas de erosión son altamente variables y no lineales en el tiempo. Extrapolar hacia atrás exige supuestos fuertes sobre continuidad ambiental que, en el norte de África, no se cumplen: el tránsito del Holoceno húmedo al desierto hiperseco rompe cualquier promedio simple.

Aquí se bifurcan las interpretaciones. Los estudios de Robert Schoch y Colin Reader enfatizan la erosión hídrica (precipitación y escorrentía) para explicar las ondulaciones y canales verticales del recinto. Frente a ellos, trabajos de Mark Lehner y Thomas A. Gauri subrayan la cristalización de sales, la capilaridad y la acción eólica como mecanismos suficientes, especialmente considerando la napa freática y la heterogeneidad de capas calizas.

Las discrepancias no son menores y se concentran en tres puntos técnicos:

  1. Qué cuentan como “ondulaciones” diagnósticas (si son firmas inequívocas de lluvia o pueden emerger por sales);
  2. El papel de la napa freática, que puede intensificar la degradación desde la base y generar patrones verticales;
  3. La edad de la exposición inicial de la roca (si el foso estuvo cubierto por sedimentos durante largos periodos, la erosión visible podría ser más reciente que el tallado).

Este desacuerdo ilustra una lección general sobre la ciencia interdisciplinaria: disciplinas distintas pueden partir de los mismos datos físicos y llegar a conclusiones opuestas debido a presupuestos paradigmáticos. El geólogo tiende a priorizar procesos naturales de larga duración; el arqueólogo, la coherencia contextual y cultural. Cuando no hay un método absoluto (como el radiocarbono), la discusión se desplaza del “qué” al “cómo inferimos”.

Por eso, el avance real no vendrá de argumentos retóricos ni de apelaciones a autoridad, sino de pruebas independientes que reduzcan el espacio de interpretación: OSL en sedimentos sellados, análisis de pátinas bajo restauraciones tempranas, o modelos integrados que crucen paleoclima, hidrología y micro-erosión con datos arqueológicos. Sin ese salto metodológico, la geología puede sugerir escenarios, pero no fechar de manera definitiva.

La controversia de la Esfinge, en este punto, no demuestra el fracaso de la ciencia, sino sus límites operativos. Reconocerlos es condición necesaria para no convertir una hipótesis plausible en una certeza indebida… ni un consenso sólido en un dogma inmune a revisión.

5. La Esfinge y la precesión de los equinoccios: astronomía, simbolismo y límites de la datación

Entre las hipótesis que proponen una mayor antigüedad para la Esfinge, pocas han tenido tanto impacto mediático como el argumento astronómico basado en la precesión de los equinoccios. Popularizado por Robert Bauval y retomado por Graham Hancock, sostiene que la Esfinge estaría deliberadamente orientada para “mirar” hacia la constelación de Leo al amanecer del equinoccio de primavera, una alineación que habría ocurrido alrededor del 10.500 a.C. debido al ciclo precesional de ~26.000 años.

La propuesta es seductora por su coherencia interna: la Esfinge tendría forma de león; Leo es el león zodiacal; y el amanecer equinoccial es un marcador astronómico universal. Si la alineación fuera intencional, la fecha quedaría implícita como una “firma celeste” de los constructores. Sin embargo, aquí conviene separar con cuidado astronomía observacional, simbolismo y datación científica.

La primera objeción es histórica. No existe evidencia sólida de que los egipcios del Reino Antiguo —y menos aún del Neolítico— emplearan el zodiaco tal como lo conocemos. Las constelaciones zodiacales son un constructo cultural desarrollado y sistematizado en Mesopotamia y el mundo greco-babilónico milenios después. Proyectarlas retrospectivamente introduce un anacronismo metodológico: leer el cielo antiguo con mapas modernos.

La segunda objeción es iconográfica. La identificación inequívoca de la Esfinge como un león no está atestiguada de forma temprana y unánime. En el simbolismo egipcio arcaico, la esfinge pudo representar diversas formas híbridas (león, chacal, halcón) asociadas al poder solar y regio, no necesariamente a una constelación específica. Si la figura no es claramente “Leo”, el argumento astronómico pierde su anclaje.

La tercera objeción es geométrica. La orientación de la Esfinge hacia el este puede explicarse de manera más parsimoniosa: mirar al punto por donde sale el sol, especialmente en los equinoccios, es una práctica común y universal en múltiples culturas, sin requerir conocimiento precesional avanzado. El alineamiento, además, es aproximado, no de precisión milimétrica como cabría esperar de una datación astronómica intencional.

Desde el punto de vista metodológico, el problema central es que la astronomía simbólica no es un método de datación. Puede aportar contexto cultural, cosmológico o ritual, pero no sustituye a evidencias físicas fechables. Convertir un posible simbolismo en una fecha absoluta es invertir la carga de la prueba: primero se presupone la intención, luego se infiere la cronología.

Dicho esto, el valor heurístico de estas teorías no es nulo. Han obligado a los egiptólogos a explicitar mejor qué sabemos —y qué no— sobre astronomía egipcia temprana, y a distinguir con mayor claridad entre alineaciones funcionales, rituales y casuales. El problema surge cuando el debate se desplaza del terreno académico al mediático, donde la hipótesis astronómica se presenta como “prueba” concluyente y no como conjetura simbólica.

En suma, la precesión de los equinoccios es un fenómeno real y fascinante, pero su uso para datar la Esfinge es débil. Ilustra más sobre nuestra tendencia a buscar claves cósmicas para los enigmas del pasado que sobre la cronología efectiva del monumento. El cielo, en este caso, inspira preguntas, pero no ofrece respuestas fechadas.

6. La política del conocimiento: por qué esta controversia persiste (y quizá no se resolverá)

La controversia sobre la datación de la Gran Esfinge no se sostiene solo por ambigüedades técnicas. Persiste porque es, en esencia, un conflicto sobre quién tiene autoridad para decir qué sabemos del pasado. Cuando los datos no son concluyentes, entran en juego factores extra-científicos: instituciones, reputaciones, economías simbólicas y narrativas identitarias.

En el plano institucional, la autoridad sobre Guiza recae en el Consejo Supremo de Antigüedades de Egipto, durante décadas representado públicamente por figuras como Zahi Hawass. Desde esta posición, la defensa de la cronología ortodoxa no es solo académica: es también patrimonial y política. Permitir hipótesis que sitúen la Esfinge fuera del marco faraónico podría interpretarse como una erosión del relato nacional que vincula identidad egipcia moderna con el esplendor del Antiguo Egipto.

Frente a esta ciencia institucional, aparecen investigadores heterodoxos —Schoch, West— que denuncian un cierre dogmático del debate. El choque no es estrictamente entre ciencia y pseudociencia, sino entre ciencia regulada y ciencia sin respaldo institucional. El problema es que, en ausencia de pruebas decisivas, ambas partes tienden a endurecer posiciones: la ortodoxia cierra filas para evitar derivas especulativas; la heterodoxia interpreta el cierre como censura.

A esto se suma un factor económico ineludible: el turismo. Guiza no es solo un yacimiento arqueológico; es una industria narrativa. Millones de visitantes consumen una historia clara, estable y espectacular. Una Esfinge “demasiado antigua”, desvinculada del relato dinástico, introduciría incertidumbre en un producto cultural altamente monetizado. No es que el turismo dicte la historia, pero sí incentiva la estabilidad del relato.

En el plano mediático, la controversia se amplifica por una dinámica conocida: los matices no viralizan. Las posiciones intermedias —“la evidencia no es concluyente”, “faltan datos”— resultan menos atractivas que los titulares de revolución histórica o conspiración académica. Así, el debate se polariza artificialmente entre “todo está mal fechado” y “no hay nada que discutir”, cuando la realidad es mucho más gris.

¿Estamos ante un debate científico legítimo o un pseudodebate? La respuesta es incómoda: es ambos, según el nivel de análisis. En el plano técnico, hay cuestiones reales y abiertas (procesos de erosión, secuencias de restauración, exposición inicial de la roca). En el plano cultural, muchas extensiones del debate —civilizaciones perdidas, calendarios cósmicos— exceden la evidencia disponible y sobreviven por su atractivo narrativo.

¿Qué condiciones permitirían avanzar hacia un consenso real, si es que es posible? Al menos tres:

  1. Acceso controlado pero abierto a muestras y zonas clave para análisis no destructivos;
  2. Estudios multinacionales independientes, sin monopolio institucional;
  3. Aceptación explícita de la incertidumbre como resultado legítimo, no como fracaso.

Quizá el desenlace más honesto sea aceptar que la datación exacta de la Esfinge no está cerrada, pero tampoco abierta a cualquier hipótesis. La ciencia no siempre ofrece finales definitivos, y menos cuando el objeto de estudio es único, irremplazable y simbólicamente cargado.

La Esfinge, en este sentido, cumple su función más profunda: no como guardiana de secretos perdidos, sino como espejo de nuestras tensiones epistemológicas. Nos recuerda que el conocimiento histórico no se construye solo con datos, sino con instituciones, poder y narrativas. Y que, a veces, el verdadero enigma no es la antigüedad de una estatua, sino nuestra dificultad para convivir con la incertidumbre.

Conclusión

La controversia sobre la datación de la Gran Esfinge de Guiza no se resuelve con una fecha alternativa ni con la reafirmación automática del consenso. Se mantiene viva porque expone, con una claridad poco habitual, las tensiones internas del propio conocimiento histórico cuando la evidencia es fragmentaria, el objeto es único y el símbolo es demasiado poderoso para ser neutral.

El análisis muestra que la cronología convencional —IV Dinastía, reinado de Kefrén— es coherente y funcional, pero descansa en inferencias contextuales más que en pruebas directas. A su vez, la hipótesis de la erosión hídrica introduce dudas razonables, pero no logra traducirse en una datación absoluta ni en un marco cultural alternativo verificable. Entre ambas posiciones se abre un espacio incómodo: el de la incertidumbre científica legítima.

Las hipótesis más radicales —civilizaciones perdidas, calendarios astronómicos prediluvianos— no superan el umbral empírico exigible, pero su persistencia no es casual. Responden a un vacío narrativo, a una fascinación contemporánea por los orígenes profundos y a una desconfianza creciente hacia las autoridades académicas. El problema no es que existan preguntas audaces, sino que con frecuencia se confunden preguntas sugerentes con respuestas demostradas.

Más allá de la Esfinge, el debate revela algo más amplio: la dificultad de integrar disciplinas con lenguajes, métodos y jerarquías distintas; la influencia de intereses institucionales y económicos; y la tendencia a polarizar discusiones complejas en un ecosistema mediático que premia el conflicto sobre el matiz. En este contexto, cerrar el debate por autoridad es tan problemático como abrirlo a cualquier especulación.

Quizá la conclusión más honesta sea aceptar que la Esfinge no necesita un misterio añadido para ser extraordinaria. Su grandeza no depende de ser miles de años más antigua ni de ocultar una civilización perdida. Su verdadero valor reside en lo que provoca: obliga a la ciencia a examinar sus límites, a revisar sus métodos y a reconocer que el conocimiento del pasado no siempre avanza en línea recta hacia certezas definitivas.

La Esfinge, erosionada y silenciosa, sigue cumpliendo su función original —sea cual sea su fecha exacta—: desafiar al observador. No con respuestas claras, sino con una pregunta persistente sobre cómo sabemos lo que creemos saber. Y en esa pregunta, más que en cualquier cronología concreta, reside su auténtica vigencia.


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