LA
MODULACION DE LA MEMORIA Y EL OLVIDO TERAPEUTICO (TEPT)
Introducción
El trastorno
de estrés postraumático (TEPT) no es solo un exceso de recuerdo; es un fallo
en el olvido. Un recuerdo que debería integrarse en la biografía permanece
activo, intrusivo, fisiológicamente presente, como si el pasado siguiera
ocurriendo en tiempo real. Durante décadas, la clínica asumió que la memoria
traumática era esencialmente inmodificable: algo que debía afrontarse,
resignificarse o inhibirse, pero no tocarse en su estructura. Esa suposición ha
empezado a resquebrajarse.
Los avances en
neurociencia de la memoria han revelado un hecho decisivo: los recuerdos no
son archivos estáticos, sino procesos dinámicos. Cada vez que una memoria
se reactiva, entra en un estado lábil, vulnerable a ser modificada antes
de volver a estabilizarse. Este descubrimiento —la reconsolidación— ha
abierto una posibilidad radicalmente nueva: no solo aprender a convivir con el
trauma, sino modular su huella emocional, e incluso alterar
selectivamente su expresión.
A partir de
ahí, la pregunta deja de ser técnica y se vuelve profundamente humana:
¿es legítimo intervenir sobre los recuerdos que nos han herido?
¿Dónde termina la terapia y empieza la alteración de la identidad?
¿Es más ético aliviar el sufrimiento modificando la memoria, o preservarla
intacta aunque siga dañando?
Este artículo
no adopta una posición militante a favor del “borrado” de la memoria ni cae en
la fantasía tecnológica. Tampoco se refugia en un conservadurismo moral que
sacraliza el sufrimiento. Su objetivo es examinar con rigor qué sabemos
realmente sobre la modulación de la memoria traumática, qué técnicas existen o
se están gestando, cuáles son sus límites biológicos y, sobre todo, qué
implicaciones éticas y sociales arrastran.
El análisis se
estructura en seis partes, que recorren el fenómeno desde la sinapsis
hasta la identidad personal:
- La reconsolidación de la memoria
traumática como ventana biológica de intervención terapéutica.
- Las terapias de extinción mejorada
y su sostenibilidad frente al retorno del miedo.
- Las tecnologías de interferencia de
alta precisión y sus riesgos de traslación clínica.
- El dilema ético del olvido
terapéutico: identidad, autenticidad y justicia.
- La memoria traumática más allá del
relato: cuerpo, disociación y somatización.
- El futuro de la modulación mnésica
y la pregunta por un posible “derecho al olvido” médico.
1. La
reconsolidación de la memoria traumática: una ventana biológica para intervenir
Durante mucho
tiempo se asumió que una memoria, una vez consolidada, quedaba sellada.
El trauma podía reaparecer, intensificarse o inhibirse, pero su huella básica
se consideraba inalterable. Este modelo estático empezó a resquebrajarse cuando
la neurociencia demostró algo contraintuitivo: recordar es volver a abrir.
Cuando un
recuerdo se reactiva —especialmente uno cargado de emoción— entra en un estado
lábil. Durante unas horas, la huella mnésica depende de nueva síntesis
proteica para estabilizarse de nuevo. Este proceso, conocido como reconsolidación,
involucra una red distribuida: la amígdala (valencia emocional), el hipocampo
(contexto episódico) y regiones de la corteza prefrontal (regulación y
significado). En ese intervalo temporal —aproximadamente seis horas— la
memoria no solo puede reforzarse: puede modificarse.
Este hallazgo
rompe con el modelo clásico de consolidación única y abre una posibilidad
terapéutica de enorme alcance. No se trata de “borrar” recuerdos como en la
ficción, sino de interferir selectivamente en los procesos que
reinstalan la carga emocional patológica asociada al trauma. La pregunta clave
es qué puede modificarse sin destruir la memoria como tal.
Los protocolos
farmacológicos han sido el primer terreno de exploración. Fármacos que atenúan
la respuesta adrenérgica o que alteran transitoriamente la plasticidad
sináptica se han administrado durante la reactivación guiada del recuerdo
traumático. La evidencia acumulada apunta a un resultado consistente pero
matizado: lo que se reduce de forma más fiable es la reactividad emocional
—la intensidad del miedo, la activación fisiológica—, mientras que el contenido
declarativo del recuerdo suele preservarse. El paciente recuerda lo
ocurrido, pero ya no lo revive corporalmente del mismo modo.
Este punto es
crucial. No estamos ante una amnesia terapéutica generalizada, sino ante una desacoplación
entre memoria y respuesta emocional. Precisamente ahí reside su potencial y
su límite. La reconsolidación interferida parece actuar sobre la valencia
del recuerdo más que sobre sus detalles, lo que la diferencia tanto de la
extinción clásica como de la fantasía del borrado completo.
Desde un punto
de vista experimental, el desafío es demostrar que este efecto no es
transitorio ni producto de expectativas. Un diseño riguroso exige doble
ciego, reactivación estandarizada del trauma, grupos control y medidas
objetivas que vayan más allá del autorreporte. La combinación de marcadores
psicofisiológicos —respuesta galvánica, reflejo de sobresalto— con neuroimagen
funcional permite evaluar si la disminución del miedo se corresponde con
una reducción sostenida de la activación amigdalar y una reorganización real
del circuito.
Si estos
efectos se confirman de forma robusta, la reconsolidación deja de ser un
concepto teórico para convertirse en algo más inquietante: una palanca
biológica sobre la memoria. No elimina el pasado, pero altera cómo ese
pasado sigue habitando el presente.
Y ahí surge la
tensión que atravesará todo el artículo: intervenir sobre la memoria traumática
puede aliviar un sufrimiento devastador, pero también nos obliga a preguntarnos
qué parte del recuerdo es terapéutica modificar… y cuál no deberíamos tocar.
2. Terapias
de extinción mejorada: competir con el miedo sin reescribir el recuerdo
Si la
reconsolidación propone modificar directamente la huella traumática, la
terapia de extinción sigue una lógica distinta y más conservadora: no
toca el recuerdo original, sino que construye un nuevo aprendizaje que
lo inhibe. En el TEPT, este enfoque ha sido históricamente la base de la
terapia de exposición. Su límite también es conocido: el miedo puede volver.
Desde el punto
de vista neurobiológico, la diferencia es clara. La extinción no “borra” la
asociación miedo–estímulo; crea una memoria inhibitoria dependiente de
la corteza prefrontal medial (especialmente la región infralímbica) que suprime
la expresión del miedo generado en la amígdala basolateral. El recuerdo
traumático sigue existiendo, pero queda contextualmente silenciado. De
ahí su fragilidad: cambios de contexto, paso del tiempo o estrés pueden
reactivar la respuesta original (spontaneous recovery, renewal, reinstatement).
Esta
vulnerabilidad ha impulsado el desarrollo de extinción mejorada:
estrategias diseñadas para fortalecer ese aprendizaje competitivo y hacerlo más
generalizable. Una de las más consistentes es la exposición en múltiples
contextos, que reduce la dependencia contextual del recuerdo inhibitorio.
Otra ha sido el uso de facilitadores farmacológicos del aprendizaje,
como la D-cicloserina, que potencia la plasticidad NMDA durante la sesión de
exposición. Los resultados son prometedores, pero heterogéneos: la mejora
depende del momento de administración, del grado de activación emocional y del
perfil del paciente.
Un enfoque
especialmente interesante combina ambos mundos: reactivar brevemente la
memoria traumática y, tras un intervalo controlado, aplicar exposición.
Esta secuencia aprovecha la ventana de reconsolidación para introducir
información de seguridad, sin recurrir necesariamente a fármacos. Algunos
estudios sugieren que así se logra una reducción más duradera del miedo y una
menor tasa de recuperación espontánea, aunque los parámetros óptimos aún están
en debate.
Aquí emerge una
paradoja ética y clínica. La extinción es, en principio, más respetuosa
con la integridad del recuerdo: no lo altera, solo lo contextualiza. Pero esa
prudencia tiene un coste terapéutico cuando el miedo reaparece. La
reconsolidación interferida, en cambio, promete una reducción más profunda y
estable del sufrimiento, a cambio de intervenir en la huella misma del
recuerdo. ¿Qué modelo es preferible cuando el objetivo no es solo mejorar, sino
liberar al paciente de un trauma intrusivo?
La respuesta no
es universal. Para algunos pacientes, la creación de una memoria competitiva
robusta es suficiente y preserva aprendizajes derivados del trauma (alerta,
límites, significado). Para otros, especialmente en TEPT crónico y resistente,
la persistencia de la huella emocional sugiere que no basta con competir:
hay que recalibrar.
Esta tensión
anticipa el núcleo del debate contemporáneo: si podemos elegir entre convivir
con el recuerdo o modular su impacto desde la base, la decisión ya
no es solo técnica. Es una elección sobre qué entendemos por curación y
cuánto estamos dispuestos a intervenir en los mecanismos que sostienen nuestra
memoria emocional.
3.
Tecnologías de interferencia de alta precisión: cuando la memoria se vuelve
direccionable
Si la
reconsolidación abrió la puerta biológica y la extinción mejorada intentó
reforzar el aprendizaje competitivo, las tecnologías de interferencia de
alta precisión plantean un cambio aún más profundo: la posibilidad de actuar
directamente sobre los circuitos específicos que codifican una memoria
traumática. Aquí la memoria deja de ser solo un proceso psicológico y se
revela como algo técnicamente direccionable.
En modelos
animales, la herramienta más radical ha sido la optogenética. Mediante
la expresión de proteínas fotosensibles en neuronas activadas durante un evento
traumático, es posible etiquetar el engrama —el conjunto de neuronas que
codifica ese recuerdo— y reactivarlo o inhibirlo selectivamente. Experimentos
con roedores han demostrado que, al reactivar el engrama del miedo en un
contexto seguro, la valencia emocional del recuerdo puede reasignarse: el
animal recuerda el evento, pero su respuesta fisiológica se atenúa o
desaparece. No hay olvido; hay reaprendizaje dirigido a nivel celular.
El poder
conceptual de estos estudios es enorme, pero su traslación clínica directa es,
hoy por hoy, inviable. La optogenética requiere manipulación genética y acceso
invasivo al cerebro, lo que la confina al ámbito experimental. Sin embargo, su
valor no está solo en la aplicación futura, sino en lo que demuestra: las
memorias no están difusas, sino organizadas en redes identificables que
pueden ser moduladas con precisión.
En humanos, el
foco se ha desplazado hacia tecnologías no invasivas. La Estimulación
Magnética Transcraneal (TMS), aplicada sobre la corteza prefrontal
dorsolateral, puede modificar la conectividad funcional entre regiones de
control cognitivo y la amígdala. Algunos estudios muestran que, sincronizada
con la reactivación del recuerdo, la TMS puede debilitar la expresión del
miedo sin afectar la memoria episódica general. De forma similar, la estimulación
transcraneal por corriente directa (tDCS) parece facilitar estados de
plasticidad que hacen a la memoria más maleable durante la intervención
terapéutica.
El atractivo de
estas técnicas reside en su selectividad relativa: no inducen amnesia
global ni alteran funciones cognitivas amplias. Pero aquí surge un riesgo
sutil: la precisión aparente puede generar una falsa sensación de control.
La memoria humana no es modular como un circuito aislado; está integrada en
redes que sostienen identidad, significado y aprendizaje. Interferir en un nodo
puede tener efectos en cascada difíciles de anticipar.
Por eso,
cualquier propuesta clínica basada en estas tecnologías exige un principio
ético-clínico claro. Una posición cada vez más compartida es la de la indicación
restrictiva: reservar estas intervenciones para casos de TEPT grave,
crónico e intratable, donde el sufrimiento sostenido supera razonablemente
el riesgo de alteración mnésica. Ofrecerlas de forma temprana, inmediatamente
post-trauma, podría impedir procesos adaptativos normales como el duelo, la
elaboración emocional o la integración narrativa.
Aquí aparece un
concepto clave: la sobrecorrección. Reducir demasiado rápido o de forma
excesiva la respuesta emocional podría generar una desconexión afectiva, una
pérdida de señal de peligro o un empobrecimiento de la narrativa personal. La
frontera entre aliviar el trauma y desactivar una función emocional legítima
es fina y aún mal cartografiada.
Las tecnologías
de interferencia de alta precisión no nos llevan directamente al borrado de la
memoria, pero sí a algo quizá más inquietante: la capacidad de editar su
expresión. Y cuando una técnica permite editar, la pregunta ya no es solo
qué puede hacer, sino cuándo, para quién y bajo qué límites debería hacerse.
4. El dilema
ético del olvido terapéutico: identidad, autenticidad y justicia
Cuando la
neurociencia deja de limitarse a describir la memoria y empieza a modificarla
deliberadamente, la cuestión deja de ser solo clínica. Entra de lleno en el
terreno de la identidad personal. El trauma no es un recuerdo
cualquiera: es un acontecimiento que reorganiza la biografía, el cuerpo y la
forma en que el sujeto se comprende a sí mismo. Intervenir sobre él plantea una
pregunta incómoda pero inevitable: ¿seguimos siendo los mismos si cambiamos
nuestros recuerdos más dolorosos?
Desde la noción
del “yo narrativo”, la identidad no se concibe como una esencia fija,
sino como la historia que el individuo construye para dar continuidad a su
experiencia. En el TEPT, esa narración queda secuestrada por un episodio que se
repite sin integrarse. Bajo esta luz, la modulación terapéutica de la memoria
puede entenderse no como una falsificación del yo, sino como un intento de devolverle
coherencia. El recuerdo no desaparece; deja de dominar la narrativa.
Sin embargo,
esta lectura reparadora convive con una objeción legítima: modificar la carga
emocional de un recuerdo ¿equivale a alterar su significado moral? ¿Existe una
diferencia ética entre sanar una herida y reescribir la historia personal?
Para algunos críticos, el sufrimiento —por injusto que sea— forma parte
constitutiva de la experiencia humana, y aliviarlo mediante intervención
directa sobre la memoria podría erosionar la autenticidad del sujeto.
Los casos
límite revelan con crudeza esta tensión. Pensemos en testigos de crímenes
violentos: reducir su angustia podría mejorar su calidad de vida, pero
también podría afectar la vivacidad y fiabilidad de su testimonio. O en víctimas
de tortura estatal, donde el recuerdo no es solo personal, sino político y
testimonial. En estos contextos, el olvido terapéutico no es una decisión
privada; tiene implicaciones para la justicia, la memoria colectiva y la
responsabilidad histórica.
Por eso,
cualquier aplicación clínica de estas técnicas exige un consentimiento
informado radicalmente distinto al habitual. No basta con explicar efectos
secundarios físicos. Es necesario abordar explícitamente la posibilidad de cambios
en la personalidad, la pérdida de aprendizajes derivados del trauma
(hipervigilancia adaptativa, empatía hacia otras víctimas, sentido de
propósito) y, en algunos casos, la irreversibilidad de la intervención.
El paciente no consiente solo un tratamiento; consiente una posible transformación
de sí mismo.
Aquí aparece
una distinción clave: no es lo mismo aliviar el sufrimiento que eliminar
el significado. Las intervenciones éticamente más defendibles parecen ser
aquellas que reducen la carga emocional patológica sin borrar el hecho ni su
relevancia moral. No un olvido, sino una integración no traumática.
En última
instancia, el dilema del olvido terapéutico no se resuelve con una regla
universal. Obliga a aceptar que la memoria es, al mismo tiempo, un hecho
biológico, un constructo narrativo y un acto moral.
Intervenir sobre ella puede ser un acto de compasión profunda o una forma sutil
de violencia simbólica, dependiendo de cómo, cuándo y por qué se haga.
5. Memoria
traumática e inconsciente corporal: cuando el cuerpo recuerda lo que la mente
no puede narrar
Una de las
limitaciones más profundas de las terapias centradas en el recuerdo consciente
es su suposición implícita: que el trauma está codificado como una
memoria declarativa accesible al lenguaje. En muchos casos de TEPT, esta
premisa no se cumple. El trauma no siempre se recuerda; se reactiva. No
aparece como relato, sino como respuesta corporal automática.
Los modelos
contemporáneos describen este fenómeno como memoria disociada. Bajo
estrés extremo, la integración hipocampal puede fallar, y la experiencia queda
almacenada de forma fragmentada en circuitos subcorticales: la amígdala
(amenaza), la ínsula (interocepción), el tronco encefálico (respuestas
defensivas) e incluso el cerebelo (patrones sensoriomotores). El resultado es
una huella mnésica que no se deja contar, pero que se expresa como
flashbacks sensoriales, anestesia emocional, hipervigilancia o síntomas
somáticos persistentes sin causa orgánica clara.
En este
contexto, intervenir solo sobre el contenido narrativo del recuerdo puede ser
insuficiente. El cuerpo sigue reaccionando como si el peligro estuviera
presente. De ahí el interés creciente por intervenciones cuerpo-mente
que buscan reintegrar estas memorias implícitas en una experiencia consciente
tolerable.
Una de las más
conocidas es EMDR (Desensibilización y Reprocesamiento por Movimientos
Oculares), que utiliza estimulación bilateral mientras el paciente
mantiene la atención en el recuerdo traumático. Aunque su mecanismo exacto
sigue en debate, se han propuesto varios efectos plausibles: facilitación del
procesamiento interhemisférico, sobrecarga de la memoria de trabajo que reduce la
vivacidad emocional, y acceso controlado a estados de plasticidad similares a
la reconsolidación. La evidencia clínica muestra eficacia en muchos pacientes,
aunque con variabilidad interindividual.
Las terapias
sensoriomotoras parten de una premisa aún más radical: no intentar recordar
primero, sino sentir de forma segura. A través de la atención guiada a
sensaciones corporales, postura, respiración y movimiento, buscan restaurar la
capacidad del sistema nervioso para completar respuestas defensivas
interrumpidas durante el trauma. Aquí, la memoria no se borra ni se edita; se descomprime.
En los últimos
años, han reaparecido con fuerza las terapias asistidas con psicodélicos
(especialmente MDMA y psilocibina) en contextos clínicos controlados. Estas
sustancias parecen aumentar la plasticidad emocional, reducir el miedo
social y facilitar el acceso a recuerdos dolorosos sin colapso afectivo. A
nivel neural, se postula una modulación de las redes de modo por defecto y una
mayor conectividad entre regiones habitualmente segregadas. No inducen olvido;
facilitan una integración narrativa que antes era inaccesible.
Este punto es
crucial para el debate general: muchas de estas intervenciones no producen un
olvido en sentido estricto. Funcionan transformando el significado emocional
del recuerdo y su inscripción corporal. El trauma deja de ser una descarga
fisiológica incontrolable y pasa a formar parte de una historia personal con
inicio, contexto y cierre relativo.
Así, el cuerpo
emerge como el archivo primario del trauma. Cualquier intento serio de
modulación mnésica que ignore esta dimensión corre el riesgo de quedarse en la
superficie. No basta con intervenir sobre sinapsis declarativas si el sistema
nervioso autónomo sigue atrapado en el pasado.
Esta
constatación prepara el terreno para la última parte: si entendemos la memoria
traumática como un fenómeno distribuido entre cerebro, cuerpo e identidad, ¿qué
tipo de futuro terapéutico es posible —y deseable—?
6. El futuro
de la modulación mnésica: entre la prevención del trauma y el derecho al olvido
Si las partes
anteriores describen lo que hoy podemos hacer, esta última se adentra en
lo que podríamos llegar a hacer. No para celebrarlo sin reservas, sino
para evaluar con lucidez hacia dónde apunta la convergencia entre neurociencia,
farmacología y tecnología. El futuro de la modulación de la memoria traumática
no pasa solo por tratar el TEPT ya establecido, sino por intervenir antes de
que el trauma se consolide.
Una línea de
investigación cada vez más seria explora la posibilidad de intervenciones
farmacológicas tempranas, administradas en las primeras horas tras un
evento traumático. La lógica es clara: el sistema nervioso se encuentra en un
estado de hiperactivación adrenérgica que favorece una consolidación excesiva
del miedo. Un cóctel de emergencia cuidadosamente diseñado —por ejemplo,
un bloqueador β-adrenérgico para reducir la sobrecarga emocional, un modulador
de glucocorticoides para evitar la fijación patológica y, en casos
seleccionados, un agente disociativo de acción breve— podría atenuar la
intensidad del recuerdo sin eliminar la información factual necesaria para
el procesamiento legal y personal posterior.
Aquí la
frontera es extremadamente delicada. Prevenir no debe significar anestesiar
la experiencia humana normal del impacto, el duelo o la tristeza. Una
intervención demasiado agresiva podría interferir con procesos adaptativos
esenciales y generar una forma de amnesia funcional encubierta. La prevención
del TEPT no puede convertirse en la prevención del significado.
Más
especulativo —pero conceptualmente revelador— es el horizonte de una farmacología
de la especificidad mnésica. Si los engramas traumáticos se caracterizan
por patrones moleculares identificables (como la expresión de immediate
early genes), en teoría podrían desarrollarse agentes capaces de silenciar
selectivamente esas neuronas sin afectar al resto del paisaje mnésico.
Tecnologías basadas en vectores virales o nanopartículas apuntan a esta
posibilidad, aunque hoy siguen estando muy lejos de una aplicación clínica
segura.
Este escenario
plantea una pregunta que trasciende la medicina:
¿podría emerger un “derecho al olvido” terapéutico como parte de la
autonomía personal?
¿O estamos ante el riesgo de una sociedad que patologiza el sufrimiento y busca
borrar aquello que incomoda, incluso cuando es constitutivo de la experiencia
humana?
El peligro no
es solo individual. Una cultura que dispone de herramientas para modular la
memoria podría verse tentada a normalizar el ajuste emocional frente a
la injusticia, la violencia o el daño estructural, desplazando el foco del
cambio social al cerebro del individuo. El olvido, en ese contexto, dejaría de
ser terapéutico para volverse político.
Por eso, el
futuro de estas intervenciones no puede definirse solo por lo que es
técnicamente posible. Debe estar guiado por un principio más exigente: aliviar
el sufrimiento sin desactivar la capacidad de recordar, aprender y testimoniar.
La memoria no es solo un mecanismo neuronal; es una forma de relación con el
mundo.
La neurociencia
nos está otorgando un poder inédito sobre nuestros recuerdos. La cuestión
decisiva no es si sabremos ejercerlo, sino si sabremos ponernos límites.
Porque en el equilibrio entre recordar demasiado y olvidar demasiado se juega
algo más que la salud mental: se juega qué tipo de seres humanos queremos
seguir siendo.
Conclusión
La modulación
terapéutica de la memoria traumática nos sitúa en uno de los puntos más
delicados del conocimiento contemporáneo: el lugar donde la biología del
cerebro se cruza con la biografía del sujeto. El TEPT no es
simplemente un recuerdo doloroso, sino una memoria que ha perdido su lugar en
el tiempo y en el cuerpo. Entender esto ha permitido pasar de una clínica del
afrontamiento a una clínica de la intervención sobre los mecanismos mismos
del recuerdo.
La evidencia
acumulada muestra que no hablamos de ciencia ficción. La reconsolidación, la
extinción mejorada, las tecnologías de estimulación y las terapias cuerpo-mente
revelan que la memoria es plástica, distribuida y modulable. Pero
también dejan claro que esa plasticidad no equivale a control absoluto. Reducir
la carga emocional del trauma es posible; borrar selectivamente su significado,
no lo es sin consecuencias profundas.
A lo largo del
análisis emerge una distinción esencial: olvidar no es lo mismo que integrar.
Las intervenciones más prometedoras no eliminan el pasado, sino que lo
reinscriben en una narrativa tolerable, devolviendo al sujeto la capacidad de
vivir en el presente sin ser invadido por él. Cuando la modulación se convierte
en supresión, el riesgo ya no es clínico, sino identitario y social.
El debate ético
no puede resolverse con un sí o un no al olvido terapéutico. Requiere aceptar
que hay situaciones —traumas graves, crónicos, incapacitantes— donde intervenir
en la memoria puede ser un acto de profunda compasión. Pero también exige
reconocer que el sufrimiento no es un simple error a corregir: es, en
ocasiones, una fuente de significado, aprendizaje y testimonio.
El futuro de
estas tecnologías dependerá menos de su sofisticación que de la madurez con
la que sepamos usarlas. Si la neurociencia se limita a ofrecer herramientas
sin marcos éticos sólidos, el riesgo de banalizar la memoria será real. Si, en
cambio, se integra en una visión que respete la identidad, la justicia y la
autonomía, podría inaugurar una nueva forma de cuidado psicológico
profundamente humana.
En última
instancia, la pregunta que atraviesa todo este campo no es técnica, sino
existencial:
¿queremos un mundo donde el dolor sea siempre eliminable, o uno donde el dolor
pueda transformarse sin borrar aquello que nos constituye?
La respuesta no
está en el laboratorio. Está en la forma en que decidamos habitar nuestra
memoria.

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