EL
IMPERIO JAZARO
LA HISTORIA DE UN REINO OLVIDADO EN EL CRUCE
DE EUROPA Y ASIA
Introducción
En la vasta
franja que une Europa oriental con Asia central, allí donde la estepa actúa no
como frontera sino como corredor, existió durante más de tres siglos un poder
político singular: el Imperio Jázaro. Sin grandes ciudades monumentales,
sin una épica nacional heredada y sin una tradición historiográfica propia
conservada, Jazaria desapareció casi por completo de la memoria europea. Sin
embargo, durante su apogeo (siglos VII–X), fue una de las entidades políticas
más influyentes del mundo medieval temprano, controlando rutas comerciales
clave y actuando como amortiguador estratégico entre imperios rivales.
Este artículo
aborda el Imperio Jázaro no como una rareza anecdótica, sino como un experimento
político sofisticado, nacido de la estepa y adaptado a un mundo multipolar
dominado por Bizancio, el Califato islámico y, más tarde, la expansión de la
Rus de Kiev. Jazaria fue un Estado nómada pero organizado, multiétnico,
multirreligioso y profundamente consciente de su posición geopolítica. Su
historia cuestiona categorías heredadas: nación, imperio, religión oficial,
centro y periferia.
Uno de los
aspectos más desconcertantes —y más manipulados— de su trayectoria fue la conversión
de su élite al judaísmo, una decisión sin precedentes en la historia
medieval y que ha generado interpretaciones ideológicas opuestas, a menudo
desligadas de la evidencia histórica. Lejos del mito, este acto revela una
racionalidad política extraordinariamente moderna, orientada a preservar la
autonomía entre grandes potencias monoteístas.
La desaparición
de Jazaria no fue menos compleja que su surgimiento. Su colapso se produjo sin
un “final” claro, diluyéndose en procesos de migración, asimilación y
silenciamiento historiográfico. Precisamente por eso, Jazaria se ha convertido
en un campo de batalla intelectual moderno, donde nacionalismos,
identidades religiosas y narrativas políticas proyectan más de lo que el pasado
realmente permite afirmar.
El análisis se
desarrollará en seis partes:
1. La etnogénesis jázara y la construcción
consciente de un poder político nómada en la estepa euroasiática.
2. La conversión al judaísmo como decisión geopolítica en un entorno
dominado por imperios rivales.
3. Jazaria como “tercera fuerza” económica y política dentro de los
sistemas de intercambio medievales.
4. Los límites de la arqueología para reconstruir un imperio móvil y
deliberadamente poco monumental.
5. La construcción moderna del “mito jázaro” y sus usos ideológicos
contemporáneos.
6. El colapso del jaganato y su legado real —y especulativo— en la
Europa oriental posterior.
1. Nacer en
la estepa: etnogénesis y arquitectura política del poder jázaro
El origen del
Imperio Jázaro se inscribe en el proceso de fragmentación del Kaganato
túrquico occidental durante el siglo VII, un momento de profunda
reconfiguración política en la estepa euroasiática. Lejos de surgir como una
identidad étnica fija y predefinida, los jázaros emergieron como una coalición
política flexible, integrada por clanes túrquicos, grupos iranios,
poblaciones alanas, eslavas y caucásicas, articulada en torno a una estructura
de poder diseñada para controlar territorio, comercio y guerra más que para
expresar una unidad cultural homogénea.
La etnogénesis
jázara ha sido objeto de interpretaciones divergentes. Joseph Marquart
enfatizó la continuidad túrquica y la herencia del mundo nómada clásico;
Omeljan Pritsak propuso una lectura más funcional, entendiendo Jazaria como una
entidad política construida deliberadamente para gestionar flujos comerciales y
militares en la estepa póntica; Peter B. Golden, por su parte, ha insistido en
un enfoque integrador, donde la identidad jázara no es un dato originario sino
el resultado de un proceso de acumulación y adaptación de grupos diversos bajo
una autoridad central. Esta última perspectiva resulta hoy la más aceptada, al
permitir explicar la notable plasticidad social y cultural del imperio.
Desde el punto
de vista político, Jazaria desarrolló una arquitectura institucional singular.
En la cúspide se situaba el kagan, figura sacralizada y de poder
simbólico, acompañado por el bek o kagan-bek, responsable
efectivo de la administración, la diplomacia y la guerra. Esta diarquía no era
una anomalía, sino una solución deliberada para equilibrar legitimidad
tradicional y eficacia práctica, característica de los grandes Estados nómadas
de la estepa. El poder no residía en ciudades monumentales, sino en la capacidad
de movilización, en el control de rutas y en la lealtad negociada de élites
locales.
La posición
geográfica de Jazaria fue decisiva para su consolidación. Situada entre el mar
Caspio, el mar Negro y los grandes ríos como el Volga y el Don, el imperio
controlaba nodos clave del comercio entre el mundo islámico, Bizancio, el
Cáucaso y las tierras del norte eslavo y fino-ugrias. Esta centralidad
económica no fue un efecto secundario, sino el fundamento mismo del Estado.
Jazaria puede entenderse como una estructura política conscientemente diseñada
para convertir la estepa —tradicionalmente percibida como periferia— en un
espacio de intermediación estratégica.
Frente a otros
pueblos túrquicos, los jázaros no buscaron legitimarse exclusivamente mediante
genealogías míticas o conquistas expansivas, sino a través de un pragmatismo
estatal poco común para la época. Su identidad no se definía por la lengua,
la religión o el origen tribal, sino por la pertenencia a un sistema político
que garantizaba seguridad, acceso a recursos y participación en un orden
comercial transcontinental. En ese sentido, Jazaria fue menos una nación que
una plataforma de poder.
Esta forma de
estatalidad explica tanto su éxito como su posterior invisibilidad histórica.
Al no producir una cultura material monumental ni una tradición historiográfica
propia, el Imperio Jázaro dependió casi por completo de fuentes externas
—bizantinas, islámicas y eslavas— para su narración posterior. Pero esa
dependencia no debe confundirse con debilidad. En el corazón de la estepa,
Jazaria demostró que el Estado podía existir sin sedentarización plena y que la
identidad política podía ser, ante todo, una herramienta adaptativa en
un mundo de fronteras móviles y equilibrios inestables.
2. Elegir
una fe entre imperios: la conversión al judaísmo como estrategia geopolítica
La conversión
de la élite gobernante jázara al judaísmo en torno al siglo VIII constituye uno
de los episodios más singulares de la historia política medieval. No existe un
paralelo claro de un Estado nómada que, de manera consciente y estratégica,
adoptara una religión minoritaria y no proselitista como forma de organización
simbólica del poder. Este hecho, lejos de ser anecdótico o puramente
espiritual, debe entenderse dentro de un cálculo geopolítico preciso,
condicionado por la posición de Jazaria entre dos imperios expansionistas y
teológicamente excluyentes: el Bizantino cristiano y el Califato islámico.
En ese
contexto, la adopción del cristianismo o del islam habría implicado una
alineación automática con uno de los polos de poder regional, erosionando la
autonomía política jázara. El judaísmo ofrecía una tercera vía: una
tradición monoteísta con alto prestigio intelectual, reconocida por ambos
imperios como religión “del Libro”, pero sin un poder estatal asociado que
pudiera reclamar subordinación o tutela. La conversión, por tanto, no buscaba
homogeneizar a la población —que siguió siendo mayoritariamente multiétnica y
multirreligiosa— sino dotar a la élite de una identidad ideológica neutral y
soberana.
Las fuentes
medievales que relatan este episodio son escasas y problemáticas. La más
conocida es la llamada Correspondencia Jázara, un intercambio epistolar
entre Hasdai ibn Shaprut, alto funcionario judío de la corte omeya en
al-Ándalus, y el rey José de Jazaria. Aunque su autenticidad ha sido debatida,
el contenido resulta coherente con otras referencias islámicas y bizantinas, y
refleja una autopercepción jázara como reino independiente, consciente de su
posición y orgulloso de su elección religiosa. A ello se suman los testimonios
de cronistas musulmanes, como Ibn Faḍlān, que describen la pluralidad religiosa
del imperio y la presencia de jueces para distintas confesiones.
Uno de los
aspectos más discutidos es qué tipo de judaísmo se practicó en Jazaria.
La evidencia disponible sugiere una forma esencialmente elitista y política,
probablemente basada en el judaísmo rabínico, aunque con posibles influencias
caraítas y adaptaciones locales. No existen indicios sólidos de una conversión
masiva de la población ni de una implementación rígida de la ley religiosa. El
judaísmo funcionó, ante todo, como marco simbólico del poder, no como
instrumento de uniformización cultural.
Este matiz es
crucial para desmontar lecturas posteriores que proyectan categorías modernas
sobre el pasado. La Jazaria judaizada no fue un “Estado judío” en sentido
identitario contemporáneo, ni un proyecto misionero, ni un antecedente directo
de comunidades judías posteriores. Fue una solución política original,
diseñada para preservar la independencia de un imperio situado en el cruce de
rutas, culturas y ejércitos.
La conversión,
en suma, revela el grado de sofisticación estratégica alcanzado por la élite
jázara. En un mundo donde religión y poder estaban íntimamente ligados, Jazaria
utilizó la fe no como dogma, sino como herramienta diplomática. Esta
decisión, eficaz durante más de un siglo, contribuyó a la estabilidad del
imperio, pero también sembró las bases de su posterior mitificación,
convirtiendo a los jázaros en objeto de disputas ideológicas muy alejadas de su
realidad histórica.
3. Jazaria
como sistema: economía, comercio y equilibrio entre mundos
Para comprender
la verdadera naturaleza del Imperio Jázaro es necesario abandonar la idea de un
imperio territorial clásico y pensar en términos sistémicos. Jazaria no
buscó la expansión continua ni la homogeneización interna; su poder residía en regular
flujos: de bienes, de personas, de tributos y de información. En este
sentido, aplicar conceptos de la teoría de sistemas-mundo resulta
especialmente útil para interpretar su papel en la Alta Edad Media.
Jazaria
funcionó como una entidad semiperiférica en el sentido wallersteiniano:
no era un “núcleo” productor de bienes manufacturados ni una “periferia”
extractiva sometida, sino un intermediario que obtenía su riqueza controlando
los puntos de contacto entre mundos distintos. Su posición en la cuenca del
Volga y del Don le permitió dominar una de las rutas comerciales más
importantes del momento, conectando el Califato abasí con Europa oriental,
Escandinavia y, de forma indirecta, con Bizancio. Ámbar, pieles, esclavos,
metales y monedas de plata islámicas circulaban bajo supervisión jázara.
La economía del
imperio se basaba menos en la producción que en el control fiscal del
tránsito. Peajes, tributos de pueblos subordinados y protección armada de
rutas constituían el núcleo de los ingresos estatales. Ciudades como Itil y
Samandar actuaban como nodos comerciales multinacionales, con barrios
diferenciados por lengua y religión, reflejo de una política pragmática de
tolerancia orientada al beneficio económico. El Estado jázaro no impuso una
cultura dominante en estos espacios: garantizaba seguridad a cambio de
ingresos.
Este
equilibrio, sin embargo, era estructuralmente frágil. Dependía de la estabilidad
de las rutas y de la ausencia de competidores capaces de ofrecer
alternativas. A partir del siglo IX, este modelo comenzó a erosionarse por dos
frentes. Por un lado, la expansión de los vikingos-rus hacia el sur
abrió nuevas vías fluviales que reducían la dependencia del control jázaro. Por
otro, el fortalecimiento de estados más territoriales y militarizados alteró el
delicado equilibrio entre comercio y coerción.
Desde esta
perspectiva, Jazaria no “declinó” por decadencia interna inmediata, sino porque
cambió el sistema en el que operaba. Su razón de ser —la intermediación—
perdió centralidad. Lo que había sido una ventaja estructural se transformó en
una vulnerabilidad. Cuando los flujos se redirigen, el intermediario deja de
ser indispensable.
Entender a
Jazaria como sistema permite también explicar su capacidad de convivencia
religiosa y étnica. La tolerancia no fue un ideal abstracto, sino una condición
funcional: excluir actores económicos habría debilitado el propio mecanismo
de poder. En este sentido, Jazaria anticipa modelos de gestión política basados
menos en identidad que en utilidad, menos en ideología que en equilibrio.
El Imperio
Jázaro fue, así, un experimento temprano de poder no hegemónico pero central;
un imperio sin vocación de universalidad, cuya lógica no era conquistar el
mundo, sino mantenerlo conectado. Su historia demuestra que, en la Edad
Media temprana, el dominio podía ejercerse no solo mediante la espada o la fe,
sino también mediante la administración inteligente del espacio económico
euroasiático.
4. Un
imperio casi sin ruinas: arqueología, movilidad y poder nómada
Reconstruir la
historia del Imperio Jázaro a partir de la evidencia material plantea un
desafío metodológico excepcional. A diferencia de los Estados sedentarios
contemporáneos, Jazaria dejó pocas huellas monumentales, no por falta de
complejidad, sino por la propia lógica de un poder nómada o seminómada que no
necesitaba fijarse en piedra para ejercer autoridad. Esta “invisibilidad
arqueológica” ha contribuido decisivamente a su marginalización
historiográfica.
Las fuentes
escritas mencionan centros urbanos clave como Itil, Samandar o Sarkel,
pero su identificación exacta sigue siendo problemática. Itil, la capital, es
el caso más paradigmático: descrita como una ciudad dividida por el Volga, con
barrios diferenciados por religión y funciones administrativas, nunca ha sido
localizada de forma concluyente. La dinámica fluvial, los cambios en el nivel
del mar Caspio y la arquitectura mayoritariamente perecedera hacen plausible
que gran parte de la ciudad haya desaparecido sin dejar restos claros. Aquí, la
ausencia de evidencia no implica ausencia de complejidad, sino limitaciones
del registro.
La fortaleza de
Sarkel, construida con ayuda bizantina en el siglo IX, ofrece una
excepción parcial. Sus restos revelan una planificación militar sofisticada y
confirman la capacidad jázara para integrar técnicas constructivas sedentarias
cuando era necesario. Sin embargo, Sarkel fue un enclave defensivo específico,
no un modelo urbano generalizado. La mayor parte del poder jázaro se ejercía de
forma itinerante, mediante élites móviles, campamentos estacionales y
nodos comerciales temporales.
Los hallazgos
en lugares asociados a Samandar y otras áreas del Cáucaso muestran un sincretismo
cultural notable: cerámica, armas y ajuares que combinan elementos
túrquicos, iranios, eslavos y caucásicos. Esta mezcla dificulta la atribución
étnica directa, pero refuerza la idea de Jazaria como una entidad política
integradora más que homogénea. La arqueología, en este caso, no identifica una
“cultura jázara” pura, sino un espacio de convergencia bajo control
político común.
Particularmente
esquiva es la cuestión de las élites judaizadas. No se han encontrado,
hasta ahora, restos materiales que permitan identificar de forma inequívoca
prácticas judías institucionalizadas a gran escala. Esto no invalida la
conversión, sino que la contextualiza: el judaísmo jázaro fue probablemente un
fenómeno cortesano, textual y jurídico, con una materialidad mínima. La
expectativa de encontrar sinagogas monumentales o cementerios claramente
identificables responde más a modelos estatales sedentarios que a la realidad
de una aristocracia nómada.
En este
sentido, Jazaria pone de relieve un sesgo persistente en la arqueología
histórica: la tendencia a equiparar complejidad política con monumentalidad. El
imperio demuestra que el poder puede organizarse sin dejar grandes ruinas,
apoyándose en movilidad, control de redes y legitimidad simbólica. Su
dificultad para ser “visto” arqueológicamente no es un defecto del pasado, sino
una limitación de nuestras herramientas analíticas.
El resultado es
una paradoja: uno de los Estados más influyentes de la Alta Edad Media es
también uno de los más difíciles de rastrear materialmente. Lejos de invalidar
su existencia, esta paradoja obliga a repensar cómo identificamos el poder en
contextos no sedentarios y a aceptar que, en la estepa euroasiática, la
ausencia de piedra no significaba ausencia de Estado.
5. El mito
jázaro: usos ideológicos de un pasado incómodo
La historia de
Jazaria no terminó con la desaparición de su poder político. De forma
paradójica, su verdadera “segunda vida” comenzó siglos después, cuando su
recuerdo fragmentario fue reconstruido, reinterpretado y, en muchos casos,
instrumentalizado por proyectos intelectuales y políticos ajenos a su
contexto histórico. El llamado “mito jázaro” es menos una continuidad del
pasado medieval que una proyección moderna sobre un vacío documental.
En las crónicas
eslavas orientales, especialmente en la Crónica de los tiempos pasados,
los jázaros aparecen como un poder anterior y finalmente superado por la
expansión de la Rus de Kiev. Esta representación cumple una función
legitimadora: el declive de Jazaria se presenta como un paso necesario para el
ascenso eslavo-cristiano. La complejidad política y económica del imperio es
simplificada en favor de un relato teleológico que justifica la dominación
posterior. Aquí, el pasado jázaro no se niega, pero se reduce a antesala.
El verdadero
punto de inflexión llega en la Edad Contemporánea, cuando Jazaria entra en los
debates sobre identidad judía y nacionalismo. La publicación de The
Thirteenth Tribe de Arthur Koestler en 1976 popularizó la tesis de que una
parte significativa de los judíos asquenazíes descendería de jázaros
convertidos. Aunque Koestler planteó su hipótesis con intención humanista, esta
fue rápidamente descontextualizada y utilizada en discursos antisionistas y
conspirativos, donde se transformó en un argumento para cuestionar la
continuidad histórica del pueblo judío.
Frente a estas
apropiaciones, la investigación académica ha sido clara: no existen evidencias
sólidas que sostengan una filiación genética mayoritaria entre los jázaros y
las comunidades judías asquenazíes medievales y modernas. Los estudios
genéticos contemporáneos, con todas sus limitaciones, apuntan a orígenes
múltiples y complejos, donde Jazaria, en el mejor de los casos, pudo haber
contribuido de forma marginal y localizada. La pretensión de reducir
identidades históricas a una única genealogía responde más a obsesiones
modernas que a realidades medievales.
El mito jázaro
también ha sido explotado en otros contextos: discursos nacionalistas
túrquicos, reinterpretaciones identitarias en Europa oriental o narrativas
alternativas que buscan civilizaciones “ocultas” deliberadamente borradas de la
historia. En todos los casos, el patrón se repite: Jazaria funciona como pantalla
de proyección para conflictos contemporáneos. Su atractivo radica
precisamente en su ambigüedad documental, que permite rellenar los silencios
con ideología.
Analizar estos
usos no implica negar el interés histórico de Jazaria, sino protegerlo.
Separar la historia documentada de sus reinterpretaciones políticas es un
ejercicio de responsabilidad historiográfica. El Imperio Jázaro resulta
incómodo porque no encaja fácilmente en relatos nacionales, religiosos o
civilizatorios cerrados. Fue híbrido, pragmático y efímero; y esa condición
desestabiliza identidades que buscan raíces puras y continuas.
El “mito Jázaro”,
en definitiva, dice menos sobre el siglo VIII que sobre los siglos XIX y XX.
Nos recuerda que el pasado no solo se investiga: también se utiliza. Y
en el caso de Jazaria, esa utilización ha sido tan intensa que, durante mucho
tiempo, ha ocultado al imperio real detrás de un espejo deformante de polémicas
contemporáneas.
6. Caída y
dispersión: el final de Jazaria y su legado en Europa oriental
El colapso del
Imperio Jázaro, entre los siglos X y XI, no se produjo como un derrumbe súbito
ni como una catástrofe única claramente delimitable. Fue, más bien, un proceso
de desintegración gradual, coherente con la naturaleza misma de un Estado
cuya fortaleza residía en el control de flujos y equilibrios más que en la
ocupación territorial rígida. Cuando esos equilibrios se rompieron, Jazaria
perdió su razón de ser antes incluso de desaparecer políticamente.
La campaña del
príncipe Sviatoslav I de la Rus de Kiev en torno al año 965 ocupa un
lugar central en los relatos tradicionales sobre el fin Jázaro. La destrucción
de Sarkel y la derrota militar del poder central marcaron, sin duda, un punto
de inflexión. Sin embargo, reducir el colapso de Jazaria a una conquista
externa resulta simplificador. Para entonces, el imperio ya enfrentaba tensiones
estructurales profundas: el debilitamiento de las rutas comerciales del
Volga, la presión creciente de nuevos actores (rus, pechenegos, oghuzes) y la
pérdida de monopolios estratégicos que habían sustentado su economía.
A estos
factores se suman posibles problemas internos difíciles de documentar,
pero plausibles: fragmentación de lealtades tribales, competencia entre élites
locales, crisis ecológicas en un entorno altamente sensible a variaciones
climáticas, e incapacidad para adaptarse con rapidez a un sistema de intercambios
en transformación. En un mundo cada vez más dominado por poderes territoriales
y dinásticos, el modelo jázaro de intermediación flexible se volvió obsoleto.
La desaparición
de Jazaria no produjo un vacío cultural claramente identificable, sino una dispersión
silenciosa. Grupos y élites jázaras se integraron en nuevas entidades
políticas: la Rus de Kiev, el Imperio bizantino, el Kanato de Crimea o
estructuras políticas posteriores en el Cáucaso y el mar Negro. En este
proceso, su identidad se diluyó progresivamente, absorbida por marcos más
estables y documentados.
El debate sobre
un supuesto legado jázaro directo en comunidades como los krimchaks o en
tradiciones judías asquenazíes ha sido objeto de intensa especulación. La
evidencia histórica y genética sugiere, nuevamente, prudencia. Más que una
herencia lineal, lo que puede rastrearse es una influencia fragmentaria,
localizada y difícil de separar de otros procesos migratorios y culturales de
la Europa oriental medieval. El énfasis excesivo en una “continuidad” jázara
responde más al deseo de encontrar orígenes nítidos que a lo que permiten
afirmar las fuentes.
El verdadero
legado de Jazaria no reside tanto en poblaciones concretas como en su experiencia
histórica. Fue uno de los pocos ejemplos exitosos de un Estado nómada capaz
de sostener durante siglos un equilibrio político entre grandes imperios,
articular una economía transcontinental y mantener una convivencia
multirreligiosa funcional. Su final demuestra los límites de ese modelo en un
contexto cambiante, pero no invalida su originalidad.
Jazaria
desapareció sin monumentos duraderos y sin una memoria propia escrita, lo que
facilitó su olvido. Sin embargo, su historia deja una lección de largo alcance:
en la Europa oriental medieval existieron formas de poder sofisticadas,
pragmáticas y profundamente adaptativas que no encajan en los moldes clásicos
de imperio. Recuperar la historia del Imperio Jázaro no es solo un acto de
reconstrucción del pasado, sino un ejercicio crítico que amplía nuestra
comprensión de cómo pueden organizarse el poder, la identidad y la
convivencia en mundos fronterizos.
Conclusión:
Jazaria, el poder que no dejó monumentos
El Imperio
Jázaro ocupa un lugar singular en la historia medieval precisamente porque
desafía las categorías con las que solemos ordenar el pasado. No fue un
Estado-nación, ni un imperio territorial clásico, ni una teocracia, ni una
entidad étnicamente homogénea. Fue, ante todo, un proyecto político
pragmático, nacido de la estepa y orientado a gestionar flujos
—comerciales, culturales y estratégicos— en un espacio donde las fronteras eran
móviles y las identidades negociables.
Su etnogénesis
revela que la identidad política puede construirse sin apoyarse en mitos de
origen unificados. La conversión de su élite al judaísmo muestra hasta qué
punto la religión, en la Edad Media temprana, podía ser utilizada no como dogma
excluyente, sino como herramienta de soberanía. Su economía demuestra
que el poder puede residir en la intermediación más que en la producción o la
conquista. Y su arqueología invisible obliga a cuestionar la identificación
automática entre complejidad estatal y monumentalidad material.
El olvido de
Jazaria no se debe únicamente a la escasez de fuentes. Es también consecuencia
de su incomodidad histórica. No encaja con facilidad en los relatos
nacionales europeos, ni en las genealogías religiosas modernas, ni en
narrativas simplificadas sobre el origen de los Estados. Por eso ha sido
reinterpretada, instrumentalizada y, a menudo, deformada. El llamado “mito
jázaro” es menos un error académico que un síntoma de cómo el pasado se utiliza
para legitimar identidades presentes.
La desaparición
de Jazaria no fue una aniquilación, sino una disolución. Sus estructuras se
diluyeron en nuevos poderes emergentes, sus élites se integraron en otros
mundos políticos y su memoria se fragmentó. Pero precisamente en esa disolución
reside una de sus mayores lecciones: no todo poder busca perpetuarse a
través de la piedra o del relato, y no toda experiencia histórica deja
huellas duraderas en la conciencia colectiva.
Recuperar la
historia del Imperio Jázaro no significa idealizarlo ni convertirlo en un
símbolo anacrónico. Significa reconocer que, en los márgenes de Europa y Asia,
existieron formas de organización política altamente adaptativas, capaces de
sostener durante siglos equilibrios complejos entre culturas, religiones y
economías rivales. Jazaria nos recuerda que la historia no avanza siempre hacia
modelos cada vez más sólidos y visibles; a veces lo hace a través de formas
de poder flexibles, efímeras y eficaces, cuyo éxito no garantiza su
recuerdo.
En última
instancia, el Imperio Jázaro nos interpela no como una anomalía, sino como una
advertencia silenciosa: lo que no deja monumentos puede desaparecer de la
memoria, pero no por ello fue menos real, menos sofisticado o decisivo en su
tiempo.

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