ECONOMIA
DE LA LONGEVIDAD
EL
IMPACTO DE UNA VIDA UTIL MAS LARGA EN LOS SISTEMAS DE PENSIONES
INTRODUCCIÓN
Economía de la
longevidad: cuando el tiempo se convierte en variable fiscal, social y
biográfica
Europa —y buena
parte del mundo desarrollado— está entrando en una era en la que la longevidad
ya no es solo un logro biomédico, sino una fuerza tectónica que reconfigura
presupuestos, mercados laborales, trayectorias vitales y pactos
intergeneracionales. La prolongación de la vida útil de las sociedades exige
repensar aquello que durante décadas dimos por estable: la jubilación, la
relación entre años trabajados y años protegidos, la arquitectura financiera
del Estado social y las promesas implícitas que sostienen la cohesión entre
generaciones.
La economía de la longevidad nace precisamente en ese cruce donde la demografía
se vuelve destino, la sostenibilidad fiscal se convierte en ecuación dinámica y
las biografías humanas exceden los moldes previstos por instituciones diseñadas
para un siglo con vidas más cortas y carreras laborales lineales.
En este marco,
el artículo se adentra en el impacto profundo que una vida más larga ejerce
sobre los sistemas de pensiones, entendidos como un ecosistema delicado
que mezcla variables actuariales, comportamiento humano, políticas públicas,
innovación financiera y horizontes tecnológicos que alteran la propia noción de
trabajo. Todo ello bajo una mirada estructural y a la vez íntima: cómo cambian
los números, pero también cómo cambia la experiencia de envejecer en sociedades
que deben reorganizarse para sostener a sus ciudadanos durante más tiempo.
Para ordenar
este análisis, el artículo se articula en seis partes, cada una abriendo
una dimensión clave del fenómeno:
- Sostenibilidad financiera y
reformas estructurales.
- Transición hacia modelos híbridos y
capitalización.
- Desigualdad en la longevidad y
justicia intergeneracional.
- Innovación financiera: bonos de
longevidad y anualidades.
- Envejecimiento activo y
prolongación de la vida laboral.
- Escenarios futuros y pensiones en
la era de la automatización.
1.
Sostenibilidad financiera y reformas estructurales
La
sostenibilidad de los sistemas públicos de pensiones —especialmente los de reparto
o pay-as-you-go, donde las cotizaciones de los trabajadores actuales
financian las pensiones vigentes— se ha convertido en uno de los ejes críticos
de la economía de la longevidad. A medida que la esperanza de vida aumenta y
las cohortes del baby boom alcanzan la jubilación, el equilibrio entre
contribuyentes y beneficiarios se estrecha hasta tensar la aritmética misma del
sistema. El desafío no es nuevo, pero su intensidad actual es estructural:
vivimos más, durante más años de retiro, y con carreras laborales menos
continuas que las del siglo XX.
El diagnóstico
fiscal es claro. La ratio de dependencia —número de personas mayores en
relación con la población en edad de trabajar— crece con rapidez en Europa. En
España se proyecta que supere el 60% a mediados de siglo. En modelos de
reparto, este cambio demográfico implica que cada trabajador sostiene una carga
creciente, y que las cuentas públicas absorben presiones de gasto que se
prolongan durante décadas. La cuestión central ya no es si el sistema es
sostenible en términos teóricos, sino qué transformaciones permiten preservar
su viabilidad sin deteriorar la protección social ni empobrecer la vejez.
A escala
internacional, tres grandes reformas estructurales han demostrado ser
herramientas efectivas para contener tensiones:
1. Aumento
gradual de la edad de jubilación
Es la reforma
más extendida. Países como Alemania, Dinamarca o España han vinculado el retiro
a los 67 años, ajustándolo al aumento de la esperanza de vida. El razonamiento
actuarial es directo: si vivimos más, trabajamos más tiempo para mantener el
equilibrio entre años cotizados y años percibidos. Sin embargo, su eficacia
depende de la calidad del mercado laboral y de la salud de los trabajadores
mayores. Sin oportunidades reales de empleo para los 55-69 años, la medida se
queda en una ficción fiscal.
2. Ajustes
automáticos ligados a la esperanza de vida
Suecia
representa el modelo paradigmático. Su sistema notional defined contribution
(NDC) integra un mecanismo de ajuste automático: cuando la esperanza de vida
aumenta, el valor de la pensión inicial se modera proporcionalmente. Este
diseño absorbe shocks demográficos sin necesidad de reformas legislativas
continuas. El principio es similar al “factor de sostenibilidad” que España
intentó aplicar, pero que quedó suspendido por motivos políticos.
El atractivo del NDC reside en su transparencia y en su capacidad para alinear
incentivos: trabajar más y cotizar más produce pensiones más altas, de forma
comprensible para el ciudadano.
3.
Modificación de las fórmulas de cálculo de la pensión
La ampliación
del período de cómputo de los salarios (por ejemplo, pasando de los mejores
años a toda la vida laboral) tiende a reducir el coste del sistema y a reflejar
de manera más fiel la trayectoria real de ingresos. Permite, además, mitigar
distorsiones donde pocos años de salarios altos generan pensiones
desproporcionadas.
España avanza hacia un modelo que combina los 25 años de cómputo con
alternativas de elección; otros países, como Italia, ya aplican 100% del ciclo
laboral. Son mecanismos que buscan reforzar la contributividad sin romper la
solidaridad interna del sistema.
Una tensión
invisible pero decisiva: sostenibilidad sin empobrecimiento
Toda reforma
enfrenta un dilema estructural: cómo garantizar solvencia fiscal sin
aumentar la pobreza en la vejez. La evidencia comparada muestra que las
medidas más efectivas son aquellas que combinan ajustes actuariales con pisos
mínimos de protección, financiados vía impuestos generales. Es el caso de
Países Bajos o Canadá, donde las pensiones contributivas conviven con garantías
universales que blindan la dignidad básica del ciudadano mayor, incluso en
escenarios de reformas duras.
En este marco,
la economía de la longevidad nos obliga a pensar no solo en números, sino en
arquitectura institucional: un sistema de pensiones es una promesa colectiva
que debe mantenerse cuando el tiempo cambia su escala. Lo que está en juego no
es únicamente la contabilidad pública, sino la continuidad de un pacto
intergeneracional que sostiene la cohesión de sociedades que viven más que
nunca en su historia.
2.
Transición hacia modelos híbridos y capitalización
La transición
desde sistemas públicos de reparto hacia modelos mixtos —que combinan
reparto, capitalización individual y pilares ocupacionales— constituye uno de
los debates más complejos de la economía de la longevidad. No se trata solo de
un rediseño financiero: implica reconfigurar la arquitectura del contrato
social, redistribuir riesgos entre generaciones y redefinir la responsabilidad
del Estado, del mercado y del propio individuo ante una vida que se alarga.
En los sistemas
de reparto, la longevidad genera presión inmediata: más años de pensión y menos
cotizantes por cada jubilado. En los sistemas de capitalización pura, el riesgo
se desplaza hacia el individuo, que depende de su capacidad de ahorro, la evolución
de los mercados y la calidad de los gestores financieros. Ningún modelo aislado
parece suficiente ante sociedades envejecidas y trayectorias laborales
discontinuas. Por ello, la mayor parte de países explora híbridos
institucionales, buscando diversificar riesgos y anclar la sostenibilidad
en mecanismos complementarios.
1.
Viabilidad real de la transición en economías envejecidas
Migrar desde un
sistema de reparto a otro basado en capitalización exige un doble
financiamiento transitorio:
- seguir pagando las pensiones
actuales,
- mientras cada trabajador ahorra
para su propia pensión futura.
Este
"coste de doble carga" ha demostrado ser el principal obstáculo,
tanto fiscal como político. Chile, pionero en la capitalización obligatoria en
1981, asumió ese coste mediante endeudamiento y privatizaciones, pero décadas
después enfrenta una insuficiencia generalizada de pensiones debido a lagunas
de cotización, salarios bajos y una estructura de mercado insuficientemente
regulada.
En Europa, países como Polonia o Hungría iniciaron transiciones hacia pilares
de capitalización, pero las revirtieron ante el impacto fiscal. La conclusión
comparada es clara: las transiciones abruptas son fiscalmente explosivas;
las graduales, políticamente frágiles.
2. Riesgos
fiscales, sociales y de mercado
La
capitalización introduce riesgos que el reparto amortigua por diseño:
- Riesgo de mercado: volatilidad bursátil que afecta
directamente al nivel de pensión acumulada.
- Riesgo de desigualdad: carreras laborales informales o
fragmentadas producen pensiones muy inferiores.
- Riesgo de longevidad individual: si el pensionista vive más de lo
previsto, agota su ahorro.
- Riesgo fiscal diferido: si las pensiones privadas son
insuficientes, el Estado termina rescatando a las cohortes más afectadas.
Además, la
transición perjudica especialmente a las cohortes de mediana edad con poco
tiempo para acumular capital, generando una fractura generacional que se
convierte en un fuerte coste político.
En las
economías más avanzadas, la respuesta dominante no ha sido sustituir el
reparto, sino complementarlo:
- Pilar público de reparto: garantiza suficiencia básica y
cohesión social.
- Pilar ocupacional (de empresa): aporta estabilidad y
profesionalización en la gestión; funciona bien en países nórdicos, Reino
Unido o Países Bajos.
- Pilar individual voluntario: útil para trabajadores de ingresos
medios-altos, pero incapaz de sostener por sí solo la vejez para la
mayoría de la población.
La evidencia
empírica muestra que los sistemas más resilientes combinan reparto +
capitalización obligatoria u ocupacional, pero con regulación estricta,
comisiones bajas y mecanismos solidarios para compensar lagunas laborales.
4. ¿Es
viable una transición en España?
España enfrenta
dos límites estructurales:
- envejecimiento acelerado,
- precariedad y discontinuidad
laboral que dificultan el ahorro a largo plazo.
Estos factores
hacen inviable un paso hacia la capitalización pura, pero sí justifican reforzar
pilares complementarios: planes de empleo, incentivos para aportaciones
periódicas y un marco regulatorio que minimice comisiones y proteja al pequeño
ahorrador.
El objetivo no es sustituir el reparto, sino desconcentrar el riesgo.
Un
equilibrio delicado: diversificar sin fragmentar
El desafío de
fondo no es técnico, sino político y ético:
¿cómo repartir el riesgo de longevidad en sociedades que viven más tiempo
del previsto?
La respuesta parece converger en una idea estructural:
ningún actor —Estado, individuo o mercado— puede asumir solo la carga.
Los sistemas híbridos no son una renuncia al Estado social, sino su adaptación
a un horizonte demográfico más largo, más incierto y más plural en trayectorias
vitales.
3.
Desigualdad en la longevidad y justicia intergeneracional
La longevidad
no es un bien distribuido de manera uniforme. Aumenta en promedio, sí, pero no
aumenta igual para todos. Los estudios comparados revelan que la esperanza
de vida difiere significativamente según nivel socioeconómico, género,
ocupación, región y trayectoria laboral acumulada. Esta desigualdad
biográfica tiene un efecto directo sobre la justicia del sistema de pensiones:
quienes viven menos años tienden a financiar, mediante sus cotizaciones,
pensiones que disfrutarán más aquellos que viven más tiempo. El riesgo de
longevidad, lejos de ser neutro, está atravesado por factores estructurales.
1. La brecha
socioeconómica de la longevidad
En
prácticamente todos los países desarrollados, la diferencia en esperanza de
vida entre el quintil de ingresos más alto y el más bajo oscila entre 5 y 10
años, y en algunos casos supera los 12.
- Trabajos físicos o de alto desgaste
reducen la longevidad.
- Ingresos más bajos se correlacionan
con peor salud, alimentación y acceso a cuidados.
- Mayor precariedad laboral implica
más estrés, mayor exposición a riesgos y menor capacidad de planificar la
jubilación.
Estos factores
generan carreras laborales más fragmentadas y cotizaciones más bajas, lo
que a su vez produce pensiones más reducidas. La desigualdad se acumula en cada
etapa del ciclo vital y se materializa en la vejez como un diferencial tanto de
ingresos como de años vividos.
2.
Diferencias de género: cuidados, brechas salariales y pensiones menores
Las mujeres
viven más años, pero suelen hacerlo con pensiones menores debido a:
- interrupciones laborales por
cuidados,
- mayor prevalencia del empleo
parcial,
- brecha salarial persistente,
- menor acceso a planes
ocupacionales.
Esta
combinación produce un fenómeno paradójico: más longevidad, pero menos renta
durante más tiempo, lo que aumenta la vulnerabilidad económica en la vejez.
Los sistemas de pensiones se ven obligados a corregir —o a ignorar— estas
brechas estructurales, pero cada corrección tiene un coste fiscal y un efecto
distributivo.
3.
Desigualdad territorial: Norte–Sur, capital–periferia
Regiones con
menor desarrollo económico presentan:
- mayor mortalidad temprana,
- mayores tasas de incapacidad
laboral,
- menor densidad de empleo estable,
- menor acceso a servicios sanitarios
avanzados.
En España,
existe una brecha notable entre comunidades autónomas: territorios como Madrid
o Navarra presentan esperanzas de vida más elevadas que Andalucía o
Extremadura.
En el plano europeo, países nórdicos y mediterráneos muestran diferencias
persistentes. Estas brechas implican que la redistribución geográfica
forma parte inevitable del diseño pensional.
4. ¿Debe el
sistema corregir estas desigualdades?
Aquí emerge el
núcleo del debate:
¿es un sistema de pensiones un mecanismo actuarial estrictamente
contributivo o una institución de justicia social?
Las posiciones
se dividen en dos enfoques:
a) Enfoque
actuarial puro
Cada individuo
asume su riesgo de longevidad.
La fórmula sería: cotizaciones proporcionales + pensión proporcional; sin
ajustes por situación social.
Este enfoque maximiza la solvencia, pero profundiza desigualdades
acumuladas.
b) Enfoque
solidario
El sistema
reconoce que la longevidad desigual es un fenómeno estructural, no una
“decisión individual”. Por tanto, introduce:
- complementos a mínimos,
- pensiones no contributivas,
- factores de corrección por lagunas
de cotización,
- beneficios por cuidado familiar,
- mecanismos de redistribución
territorial.
Este enfoque
mejora la equidad, pero aumenta los costes del sistema y exige financiar
la solidaridad mediante impuestos generales, no solo cotizaciones.
5.
Desigualdad acumulativa: el mecanismo silencioso
Tal como
sugerimos en la evaluación de prompts, la literatura subraya un concepto clave:
la desigualdad no aparece en la jubilación; llega allí después de años de
acumulación diferencial.
- Trayectorias laborales discontinuas
→ bases de cotización bajas.
- Empleos de bajo valor añadido →
salarios crónicamente reducidos.
- Sectores con alta rotación → poca
posibilidad de ahorrar.
- Precariedad en la juventud →
impacto que persiste décadas después.
La jubilación
no corrige estas asimetrías: las refleja. Y, en muchos casos, las
amplifica.
6. Justicia
intergeneracional: el equilibrio difícil
El reto
consiste en equilibrar tres exigencias que tiran en direcciones opuestas:
- Sostenibilidad financiera: evitar que un exceso de
solidaridad quiebre el sistema.
- Equidad horizontal: tratar de forma comparable a
quienes han contribuido de forma similar.
- Equidad vertical: redistribuir para proteger a
quienes han acumulado desventajas estructurales.
La economía de
la longevidad obliga a pensar la jubilación como una fractura donde convergen
trayectoria vital, estructura económica y diseño institucional. No se trata
solo de cuánto vivimos, sino de quién puede vivir más, cómo y con qué
recursos.
4.
Innovación financiera: bonos de longevidad y anualidades
La prolongación
de la vida no solo transforma la demografía: altera los cimientos actuariales y
financieros sobre los que se construyen los sistemas de pensiones. La
longevidad se convierte en un riesgo económico cuantificable, pero
difícil de gestionar: si la población vive más de lo previsto, los pagos de
pensiones se extienden y los sistemas —públicos y privados— acumulan tensiones
que no habían sido incorporadas en sus proyecciones iniciales.
Aquí es donde emergen los instrumentos de innovación financiera
diseñados para absorber, transferir o mutualizar el riesgo: bonos de
longevidad, anualidades vitalicias, seguros de dependencia y
otros productos actuariales. Su lógica es clara: crear un puente entre mercados
financieros y riesgo demográfico real. Su adopción, sin embargo, avanza con
lentitud.
Los bonos de
longevidad son instrumentos cuya rentabilidad depende de la supervivencia
futura de una población determinada.
Su función es permitir que gobiernos, aseguradoras y fondos de pensiones trasladen
parte del riesgo de longevidad a inversores financieros dispuestos a
asumirlo a cambio de una rentabilidad potencialmente mayor.
La idea surgió
en la década de 2000 como respuesta a las crecientes desviaciones entre la
longevidad esperada y la observada. Si la población vive más años de lo
proyectado, los sistemas de pensiones sufren un déficit; pero con estos bonos,
parte de ese impacto lo absorbe el mercado.
Sin embargo, los bonos de longevidad enfrentan limitaciones importantes:
- Falta de datos homogéneos y fiables para modelar correctamente la
longevidad futura.
- Escasez de liquidez: sin un mercado secundario
robusto, los inversores son reticentes a participar.
- Complejidad técnica: requieren modelos estocásticos
avanzados (Lee-Carter, Cairns-Blake-Dowd) poco accesibles para inversores
no especializados.
Los
experimentos pioneros (como el bono emitido por BNP Paribas con el fondo de
pensiones británico EIB en 2010) mostraron potencial, pero no consolidaron un
mercado global.
La paradoja es evidente: el riesgo de longevidad existe y es enorme, pero aún
no hemos logrado crear un mercado suficientemente profundo para absorberlo.
2.
Anualidades vitalicias: asegurar ingresos de por vida en un horizonte incierto
Las anualidades
vitalicias son quizá el instrumento clásico para combatir la incertidumbre
de la longevidad. Permiten convertir un capital acumulado en un flujo de
ingresos garantizado hasta el fallecimiento.
Su función es
crítica:
- protegen a quienes temen agotar
sus ahorros,
- estabilizan ingresos en entornos de
volatilidad,
- facilitan planificación personal en
edades avanzadas.
Pero su
adopción masiva es baja, incluso en países con mercados financieros muy
desarrollados. ¿Por qué?
Tres factores explican esta resistencia:
a) Barreras
psicológicas (behavioral economics)
Las personas
perciben la compra de una anualidad como “perder el control del capital”.
Además, la posibilidad de “morir pronto y no aprovecharla” genera rechazo
emocional.
b) Tipos de
interés persistentemente bajos
Décadas de
tipos bajos han reducido el atractivo de las anualidades, al bajar las rentas
que ofrecen.
c) Falta de
confianza en aseguradoras y gestores
Sectores que no
siempre han operado con transparencia plena.
Aun así, en
países como Canadá, EE.UU. o Países Bajos, las anualidades constituyen un pilar
fundamental del sistema, especialmente dentro de los planes de empleo.
3. Seguros
de dependencia: el riesgo que la demografía vuelve estructural
La longevidad
aumenta la probabilidad de necesitar cuidados de larga duración
(Long-Term Care, LTC).
El riesgo, antes marginal, se ha convertido en estructural. En muchos países,
el coste de la dependencia supera la pensión media, erosionando la estabilidad
económica del hogar.
Los seguros
de dependencia surgieron como un instrumento para financiar cuidados en
fases avanzadas de la vida. Sin embargo, su desarrollo ha sido desigual:
- en EE.UU. el mercado ha colapsado
parcialmente por errores de cálculo actuarial,
- en Japón y Alemania se han
institucionalizado como pilares públicos obligatorios,
- en España, la dependencia se
gestiona sobre todo vía sistema público, con financiación insuficiente.
La clave reside
en una transformación conceptual: la dependencia ya no puede ser tratada como
un riesgo marginal, sino como una parte intrínseca de la longevidad.
Existen tres
grandes barreras sistémicas:
1.
Regulatorias
La prudencia
regulatoria limita la creación de mercados de riesgo nuevos, especialmente
después de la crisis financiera de 2008.
Las autoridades temen que la financiarización del riesgo de longevidad genere
vulnerabilidades sistémicas.
2. De
mercado
Sin liquidez,
sin estandarización internacional y con una base de inversores pequeña, los
productos no escalan.
3. De
comportamiento
La población
subestima el riesgo de longevidad y sobreestima su capacidad de ahorro.
El resultado es que los productos actuarialmente útiles no encuentran demanda
suficiente.
5. El fondo
del asunto: la longevidad no es solo un riesgo individual, sino un riesgo
sistémico
La economía de
la longevidad exige innovación financiera, pero también un rediseño
institucional que:
- combine reparto y mercado,
- ofrezca protección mínima
universal,
- permita transferir parte del
riesgo,
- y preserve la confianza pública.
Porque lo que
está en juego no es únicamente la solvencia técnica de los sistemas, sino la
posibilidad de vivir más años sin convertir el tiempo extra en
vulnerabilidad económica.
5. Fomento
del envejecimiento activo y prolongación de la vida laboral
La economía de
la longevidad no puede sostenerse únicamente con ajustes financieros o
innovaciones actuariales; necesita transformar el modo en que concebimos el
trabajo a lo largo del ciclo vital. Extender la vida laboral no es solo una
medida fiscal, sino una reconfiguración profunda de las trayectorias
profesionales, de la empleabilidad de los mayores y de la cultura del trabajo
en sociedades que durante décadas asociaron la jubilación con un “punto final”
fijo y precoz.
El envejecimiento activo se convierte así en un pilar estructural de la
sostenibilidad de las pensiones, pero también en un elemento clave de la
calidad de vida, la autonomía personal y la integración social de las personas
mayores.
1. Formación
continua: del modelo lineal al modelo circular de aprendizaje
La longevidad
destruye la idea clásica de “estudio → trabajo → jubilación”.
Exige un modelo de aprendizaje continuo que permita a los trabajadores
reinventarse varias veces en su vida profesional.
La evidencia demuestra que la probabilidad de mantener empleo de calidad a
partir de los 55 años depende fuertemente de:
- acceso a reskilling y upskilling,
- programas de reciclaje tecnológico,
- cursos modulables adaptados al
ritmo adulto,
- certificación flexible de
competencias.
Los países
nórdicos —especialmente Finlandia y Dinamarca— han consolidado ecosistemas de
aprendizaje permanente que reducen significativamente el riesgo de
obsolescencia laboral en edades avanzadas.
2.
Adaptación de puestos de trabajo: ergonomía, salud laboral y rediseño
organizacional
Extender la
vida laboral solo es posible si las condiciones de trabajo lo permiten.
En Europa, cerca del 30% de los trabajadores entre 55 y 69 años declaran
limitaciones de salud vinculadas a su puesto.
La adaptación es un imperativo económico y moral:
- rediseño ergonómico,
- flexibilización de ritmos
productivos,
- rotación de tareas para reducir
desgaste,
- teletrabajo parcial para quienes lo
requieran,
- apoyo psicológico y programas de
bienestar.
Alemania y los
Países Bajos han demostrado que invertir en ergonomía y salud laboral incrementa
la participación laboral de mayores y reduce las jubilaciones anticipadas.
5. Muchos sistemas están abandonando la
idea de una edad de jubilación rígida.
La jubilación gradual permite combinar empleo parcial y pensión parcial,
facilitando una transición suave que:
- prolonga años cotizados,
- reduce gasto público en el corto
plazo,
- mantiene la identidad profesional y
el vínculo social,
- da flexibilidad a quienes desean
seguir activos.
Los incentivos
fiscales —bonificaciones por retraso de jubilación, exenciones parciales de
cotizaciones, complementos en la pensión final— han demostrado efectos
positivos moderados, pero consistentes.
Suecia, Dinamarca y Noruega muestran que el diseño importa más que la
cuantía: los incentivos funcionan mejor cuando son claros, automáticos y
predecibles.
4. Combate
del edadismo: el obstáculo cultural invisible
El edadismo es
probablemente el mayor freno al envejecimiento activo.
No es un fenómeno anecdótico: es estructural, transversal y profundamente
económico.
Se manifiesta en:
- percepciones de baja productividad
asociadas a la edad,
- sesgos en selección de personal,
- menor acceso a formación,
- estereotipos sobre resistencia al
cambio,
- preferencia empresarial por
perfiles “más jóvenes y moldeables”.
El resultado es
que muchos trabajadores mayores están fuera del mercado no por falta de
capacidad, sino por barreras culturales.
Los países que han avanzado en este campo —Reino Unido, Japón, Australia— han
implementado campañas nacionales, auditorías de edad en empresas y legislación
antidiscriminación específica.
5. Impacto
real en la sostenibilidad de las pensiones y en la calidad de vida
Las políticas
de envejecimiento activo no actúan en el vacío: inciden directamente en tres
dimensiones estructurales del sistema de pensiones:
a)
Sostenibilidad financiera
Más años
trabajados → más cotizantes durante más tiempo → menor presión sobre el gasto
público.
Los estudios muestran que aumentar la edad efectiva de jubilación en un solo
año puede reducir entre 0,2 y 0,4 puntos del PIB en gasto pensional.
b) Equidad
intergeneracional
Mantener en
empleo a trabajadores mayores reduce la carga fiscal sobre las cohortes
jóvenes, evitando que perciban el sistema como un mecanismo injusto.
c) Bienestar
y salud
Las personas
que permanecen activas de manera voluntaria presentan mejores indicadores de
salud física y cognitiva, menor riesgo de aislamiento y mejor calidad de vida
subjetiva.
El eje
profundo: transformar el significado del tiempo laboral
En última
instancia, el envejecimiento activo es un cambio civilizatorio:
no se trata de “retrasar la jubilación”, sino de redefinir la relación entre
edad, trabajo y valor social.
La longevidad obliga a pensar el tiempo no como una línea recta que se agota,
sino como un ciclo ampliado que permite nuevas fases de actividad, aprendizaje
y contribución.
Es en ese
horizonte donde el sistema de pensiones puede encontrar su estabilidad: no solo
ajustando números, sino ampliando posibilidades vitales.
6.
Escenarios futuros y pensiones en la era de la automatización
La longevidad y
la automatización no son fuerzas separadas: avanzan en paralelo y se
retroalimentan. Mientras la población vive más años y demanda sistemas de
protección más prolongados, la tecnología reconfigura el mercado laboral,
reduce ciertas fuentes de empleo tradicional y crea otras que requieren
competencias más dinámicas y menos lineales. Esta interacción transforma la
base misma sobre la que descansan los sistemas de pensiones: la capacidad de
los trabajadores para generar cotizaciones suficientes en un mercado cada vez
más discontinuo, digital y automatizado.
1.
Automatización, IA y la erosión del empleo tradicional
La
automatización no elimina “empleo” en abstracto, sino tareas específicas,
muchas de ellas rutinarias y previsibles. Esto afecta sobre todo a:
- puestos de baja cualificación,
- empleos administrativos
repetitivos,
- trabajos industriales mecanizables,
- servicios susceptibles de
digitalización.
El resultado es
un mercado laboral más polarizado:
alta demanda de competencias tecnológicas y creativas y,
simultáneamente, sustitución de tareas que sostenían el empleo de amplias capas
de población.
Si la base
salarial se estrecha, también se estrecha la base de cotización.
Este es el punto crítico para las pensiones: menos cotizantes, menos
ingresos; mayor longevidad, más gastos.
2.
Trayectorias laborales discontinuas: la ruptura del paradigma contributivo
clásico
El modelo de
pensiones del siglo XX se construyó sobre tres supuestos que la automatización
ya está erosionando:
- Carrera laboral larga y continua.
- Empleo estable a tiempo completo.
- Relación salarial como eje central
del sustento económico.
Hoy predominan
trayectorias marcadas por:
- alternancia entre empleo y
desempleo,
- freelance, trabajo por proyectos o
gig economy,
- periodos formativos intercalados,
- movilidad laboral frecuente.
El sistema
contributivo tradicional no está diseñado para estas trayectorias
fragmentadas.
Por eso, la economía de la longevidad exige nuevas formas de portabilidad de
derechos, cuentas individuales flexibles y mecanismos de
cotización adaptados a carreras no lineales.
3. ¿Deberían
los sistemas de pensiones adaptarse a un mercado laboral tecno-fragmentado? Sí,
de manera estructural
Tres líneas de
adaptación emergen con fuerza:
a) Cuentas
individuales de aprendizaje
La
automatización exige actualizaciones constantes de habilidades.
Estas cuentas financian formación continua durante toda la vida laboral,
evitando que la obsolescencia expulse prematuramente a los trabajadores
mayores.
Francia,
Singapur y algunos países nórdicos han avanzado en este modelo, donde cada
ciudadano acumula un “capital formativo” renovable.
b)
Mecanismos de cotización flexibles
La gig economy
y el trabajo autónomo requieren:
- cotizaciones proporcionales por
ingresos reales,
- incentivos a la cotización
automática,
- integración digital de bases
laborales discontinuas.
c)
Portabilidad universal de derechos
Si la
trayectoria es móvil, el derecho debe serlo también.
Los sistemas avanzan hacia modelos en los que las cotizaciones siguen a la
persona, no al empleo.
4. ¿Puede la
automatización reducir las cotizaciones hasta poner en riesgo el sistema? El
debate del “impuesto a los robots”
Algunos
economistas plantean que, si las máquinas sustituyen tareas humanas, deben
contribuir al sistema mediante un impuesto especial.
El argumento es doble:
- Compensar pérdida de cotizantes
humanos.
- Reequilibrar la productividad
creciente que se concentra en empresas con alta automatización.
Críticas a esta
idea:
- desincentivaría la innovación,
- es técnicamente difícil determinar
qué constituye un “robot” o una “sustitución”,
- podría ralentizar el crecimiento
económico a largo plazo.
Aun así, el
debate refleja una verdad profunda: la estructura fiscal actual no está
adaptada a un mundo donde el trabajo humano deja de ser la única fuente de
ingresos para financiar el Estado social.
5. ¿Renta
Básica Universal como respuesta al desempleo tecnológico?
La Renta Básica
Universal (RBU) resurge como propuesta en escenarios de automatización intensa.
Su lógica es clara: si la economía puede producir riqueza sin necesidad de
empleo pleno, entonces parte de esa riqueza debe redistribuirse para garantizar
seguridad económica básica.
- simplificación del Estado del
bienestar,
- protección frente a volatilidad
laboral,
- mayor capacidad para reconvertirse
laboralmente.
Limitaciones
estructurales:
- coste fiscal elevado,
- riesgo inflacionario en algunos
modelos,
- riesgo de desincentivo laboral si
el diseño es incorrecto,
- necesidad de reestructurar
completamente la arquitectura fiscal.
La RBU no
sustituye los sistemas de pensiones contributivas, pero podría actuar como piso
mínimo universal, especialmente en sociedades con automatización extrema.
6. Futuro
ampliado: una economía donde los años extra deben encontrar correspondencia
institucional
La longevidad y
la automatización plantean una paradoja temporal:
- vivimos más años,
- pero los años de empleo estable se
reducen.
El equilibrio
futuro exigirá sistemas de pensiones capaces de:
- absorber ingresos discontinuos,
- redistribuir riqueza generada por
tecnologías no salariales,
- garantizar dignidad en la vejez en
un mercado laboral cada vez más fluido,
- sostener trayectorias vitales donde
trabajo, formación y descanso se alternan a lo largo de décadas.
Es un cambio de
escala temporal: las instituciones diseñadas para vidas más cortas y empleos
más estables deben reconvertirse para un mundo donde la longevidad se expande y
el trabajo se fragmenta.
La pregunta ya no es si debemos adaptar los sistemas, sino cómo
hacerlo sin erosionar cohesión social ni seguridad económica.
Conclusión
Economía de la
longevidad: reconstruir el pacto social en un tiempo que se expande
La longevidad
no es simplemente un fenómeno demográfico: es una reescritura del tiempo humano
que obliga a replantear las instituciones diseñadas para vidas más cortas,
carreras laborales lineales y mercados de trabajo previsibles.
Cuando las sociedades viven más —y viven más allá de los límites que inspiraron
el diseño original de los sistemas de pensiones— se produce una fricción
estructural entre el pasado institucional y el presente biográfico.
Este artículo ha recorrido las seis dimensiones donde esa fricción se hace más
visible: la sostenibilidad financiera, la transición hacia modelos híbridos, la
desigualdad en la longevidad, la innovación actuarial, el envejecimiento activo
y el impacto de la automatización en el futuro del trabajo.
En cada una de
ellas se revela un mismo mensaje subterráneo: la longevidad amplifica las
virtudes y las fracturas de nuestro sistema económico.
Un sistema de pensiones puede entenderse como una ecuación fiscal, sí, pero es
ante todo un pacto ético entre generaciones que promete seguridad en la vejez a
cambio de contribución durante la vida activa. Ese pacto se tensiona cuando el
tiempo se dilata, cuando el mercado laboral se fragmenta, cuando las
desigualdades acumuladas se arrastran hasta la jubilación y cuando la
automatización desplaza tareas que durante décadas sustentaron el propio
edificio contributivo.
La respuesta no
puede ser un único mecanismo, sino una arquitectura adaptativa que
combina sostenibilidad actuarial, solidaridad redistributiva y oportunidades
reales para prolongar la vida laboral en condiciones dignas.
Los modelos comparados muestran que la estabilidad emerge cuando se
diversifican riesgos: reparto + capitalización regulada; pensiones
contributivas + pisos mínimos universales; ahorro individual + mecanismos de
mutualización del riesgo de longevidad; envejecimiento activo + portabilidad de
derechos a lo largo de trayectorias discontinuas.
No se trata de elegir entre Estado o mercado, entre contributividad o
solidaridad, entre trabajo y jubilación: se trata de rediseñar el ecosistema
completo para una humanidad que ha ampliado su curva vital.
La
automatización añade un vector decisivo: exige revisar la relación entre
productividad y cotización, entre creación de valor y financiación del Estado
social.
Si la riqueza futura dependerá cada vez más del capital tecnológico y menos del
trabajo humano directo, entonces la lógica de financiación del bienestar tendrá
que expandirse más allá de las bases salariales tradicionales. Esta tensión,
lejos de ser una amenaza, puede convertirse en una oportunidad para construir
sistemas más estables, más equitativos y más alineados con la estructura
económica del siglo XXI.
En última
instancia, la economía de la longevidad no interpela solo a economistas o
actuarios.
Interpela a la sociedad entera.
Nos obliga a decidir cómo queremos vivir los años adicionales que la ciencia
nos regala, cómo queremos sostener la dignidad de quienes envejecen y qué tipo
de pacto intergeneracional queremos legar a las generaciones que vendrán.
El verdadero desafío no es financiar la longevidad, sino darle sentido
institucional: transformar el tiempo extra en una etapa de vida plena,
segura y socialmente reconocida.
Ese es el núcleo del nuevo pacto social que empieza a dibujarse: un pacto para
un mundo donde el tiempo se expande y, con él, nuestra responsabilidad
colectiva.

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