CLASE
POLITICA
LOS
VERDADEROS RESPONSABLES DE LOS PROBLEMAS
INTRODUCCIÓN
La erosión
silenciosa: comprender un país que se acostumbra al deterioro
Hay momentos en
la vida de una sociedad en los que los acontecimientos dejan de sorprender, y
ese cese de la sorpresa —esa capacidad perdida de reaccionar— se convierte en
un síntoma más grave que los hechos mismos. España atraviesa uno de esos
momentos. No porque haya un único escándalo, ni una sola conducta impropia, ni
una figura individual que lo resuma todo, sino porque la acumulación, la
recurrencia y la trivialización de ciertos comportamientos públicos han
empezado a formar un patrón que ya no puede explicarse desde la anécdota.
Este ensayo no
nace del deseo de atacar a nadie, ni de sostener una posición ideológica, ni de
ofrecer soluciones simples a problemas complejos. Nace de algo mucho más
elemental y humano:
el desconcierto creciente ante un deterioro institucional y social que
avanza sin encontrar resistencia proporcional.
La realidad
española de los últimos años —con independencia de gobiernos, partidos o ciclos
electorales— muestra un escenario donde:
- la aparición constante de
escándalos éticos, administrativos o personales en responsables públicos,
- la polarización permanente que
divide incluso a familias,
- el aumento de la pobreza y la
precariedad,
- la saturación de relatos que
sustituyen a los hechos,
- y la pérdida de libertad interior
en la ciudadanía,
se combinan
para crear un clima de normalización de lo anormal, una especie de
anestesia colectiva ante la degradación del debate, la convivencia y la
responsabilidad pública.
No es un
fenómeno exclusivamente español: se observa en democracias de todo el mundo.
Pero en España adopta características particulares derivadas de su cultura
política, su sistema mediático, su historia institucional y sus tensiones
sociales.
Lo que este
ensayo pretende es comprender, no condenar.
Explorar qué está pasando, por qué pasa, qué finalidad
práctica cumple dentro del sistema, y sobre todo por qué la sociedad
española —que tantas veces reaccionó con fuerza a injusticias— hoy parece
incapaz de castigar políticamente comportamientos que antes habrían sido
intolerables.
No se hablará
de personas concretas, ni de casos judiciales específicos, ni de partidos
políticos.
Este texto no trata de individuos, sino de dinámicas.
No analiza culpabilidades, sino estructuras.
No busca alimentar la polarización, sino explicar cómo la polarización es
utilizada como herramienta que favorece la impunidad y la indiferencia.
El deterioro
institucional nunca ocurre de golpe.
No es un terremoto, sino una erosión.
Una pérdida lenta, casi imperceptible, del sentido de responsabilidad, del
valor de la verdad, del respeto a las instituciones, de la obligación ética del
que ejerce poder.
Una erosión que se hace más profunda cuando la ciudadanía, fatigada,
precarizada o confundida, deja de exigir el nivel de transparencia,
ejemplaridad y rigor que debería ser inherente a cualquier democracia madura.
La finalidad de
este ensayo no es alimentar la desesperanza, sino recuperar claridad:
entender los mecanismos psicológicos y sociales que permiten que una sociedad
acepte niveles crecientes de degradación ética;
identificar los incentivos institucionales que generan comportamientos que
parecen repetirse siempre, independientemente de quién gobierne;
analizar cómo la maquinaria mediática y política moldea percepciones hasta
dividir incluso a los entornos íntimos;
y reflexionar sobre el precio que paga un país cuando normaliza la anormalidad.
Comprender lo
que ocurre no lo soluciona de inmediato, pero sí es el primer paso para
recuperar el criterio propio, la independencia interior y la capacidad de
exigir a las instituciones lo que la democracia les debe exigir:
transparencia, responsabilidad y respeto por la verdad.
Con esta
intención —serena, objetiva, sin ira, sin banderas— comienza el análisis.
La
normalización de la anomalía en la vida pública española
Una democracia
sana se reconoce no por la ausencia de escándalos, sino por la capacidad de sus
instituciones y de su ciudadanía para reaccionar ante ellos.
Lo que está ocurriendo en España —como en otras democracias sometidas a
tensiones similares— no es un aumento puntual de comportamientos impropios,
sino un cambio profundo en el modo en que se perciben, se procesan y se
integran en la vida pública.
Lo anómalo se
ha vuelto cotidiano.
Lo grave se ha vuelto opinable.
Lo que antes exigía dimisiones inmediatas ahora exige matices, explicaciones
narrativas o directamente indiferencia social.
Este fenómeno
no tiene una sola causa; es el resultado de cinco procesos que avanzan
juntos y se refuerzan entre sí.
1.
Acumulación constante de conductas impropias y pérdida de la capacidad de
sorpresa
No hablamos de
hechos específicos, sino de un patrón estadístico visible:
- cada pocas semanas surge una nueva
controversia,
- la atención pública se desplaza
frenéticamente,
- y el ciudadano desarrolla una
especie de “piel gruesa moral” para no saturarse.
Cuando los
escándalos dejan de ser excepciones y se convierten en una rutina informativa,
la sociedad pasa de la indignación al agotamiento, y del agotamiento a la
indiferencia.
La frase “otro
más” es el síntoma más claro de esta erosión.
2.
Saturación informativa y disolución del significado
La abundancia
de información no trae claridad, sino ruido.
Escándalos, réplicas, contrarréplicas, análisis, tertulias, desmentidos,
re-desmentidos…
Todo convive en el mismo plano, sin jerarquía moral.
En este
entorno:
- un asunto grave comparte espacio
con trivialidades,
- la línea entre información y
opinión se difumina,
- la importancia de los hechos se
hunde en un mar de interpretaciones.
El resultado es
un fenómeno documentado por la psicología social:
Cuando la
información se vuelve excesiva, la capacidad de juicio se paraliza.
3.
Polarización como mecanismo de blindaje moral
En una sociedad
polarizada, cada bloque protege a los suyos de cualquier crítica interna.
El comportamiento impropio ya no se juzga por su gravedad, sino por su utilidad
dentro del conflicto político.
El razonamiento
dominante no es:
“¿Esto está bien o mal?”
Sino:
“¿A quién beneficia que esto parezca mal?”
Cuando la moral
se sustituye por la estrategia, desaparece el incentivo para corregir
conductas.
4. La
sustitución del debate racional por el relato emocional
La comunicación
política contemporánea se basa menos en hechos y más en:
- narrativas identitarias,
- apelaciones emocionales,
- victimismo estratégico,
- construcción de enemigos,
- creación de marcos que ya contienen
la conclusión.
El debate
democrático se transforma en un intercambio de relatos, cada uno
autosuficiente y blindado.
En ese entorno, incluso los comportamientos impropios se reinterpretan según el
marco ideológico, no según la realidad.
5.
Normalización mediática y reducción del coste reputacional
Antes, un
escándalo público podía significar el fin de una carrera política.
Hoy, la estructura mediática está tan fragmentada y tan alineada con
identidades políticas que:
- cada bloque amortigua los impactos
negativos de su lado,
- se reinterpreta el escándalo como
ataque externo,
- la responsabilidad individual se
diluye en un discurso de “guerra cultural”.
Este fenómeno
elimina la presión social que antes obligaba a una dimisión o rectificación.
Conclusión
del Punto II
Lo que está
pasando no es simplemente que “hay más casos”.
Lo que ocurre es que la sociedad española —como muchas otras— ha perdido los
mecanismos colectivos que permitían sancionar moralmente a quien usa o abusa
del poder público.
No porque la
gente no vea lo que ocurre, sino porque:
- ya no se sorprende,
- ya no tiene energía para
reaccionar,
- ya no cree que una reacción sirva
para algo.
Esta es la
antesala psicológica del deterioro institucional:
cuando el ciudadano deja de esperar honestidad, el sistema deja de ofrecerla.
III. POR QUÉ
PASA
Los mecanismos
que permiten y perpetúan el deterioro institucional
Lo que
observamos en España —la repetición de comportamientos impropios, la falta de
consecuencias, la polarización creciente y la impotencia social— no es producto
del azar ni de la maldad individual.
Es el resultado de un ecosistema político-mediático e institucional que
genera incentivos para que ciertas prácticas persistan, y al mismo tiempo,
desincentivos para corregirlas.
Las democracias
no se degradan porque alguien lo decida, sino porque numerosos mecanismos
comienzan a alinearse en la dirección equivocada.
Estos son los principales.
1.
Debilitamiento de los contrapesos institucionales
Una democracia
madura depende de:
- una justicia independiente,
- organismos de control
profesionales,
- transparencia real,
- auditorías públicas sólidas,
- separación efectiva de poderes.
Cuando alguno
de estos contrapesos se erosiona —por politización, falta de recursos, lentitud
o desconfianza social—, los comportamientos impropios encuentran más espacio
para aparecer y menos presión para corregirse.
No hace falta
corrupción masiva:
basta un clima de falta de consecuencias para que la ética deje de ser
un límite operativo.
2.
Incentivos políticos que premian la polarización
La ciencia
política lo ha descrito con claridad:
los partidos polarizados tienden a proteger internamente cualquier conducta
impropia, porque el verdadero riesgo no es la ética sino “dar una victoria
al adversario”.
En este marco,
un comportamiento cuestionable se interpreta como:
- un ataque externo,
- una excusa para cerrar filas,
- una oportunidad para reforzar la
identidad de grupo.
El resultado es
un blindaje moral que hace casi imposible responsabilizar a nadie.
3.
Estrategias de saturación informativa
El exceso de
información —no su ausencia— genera confusión.
Cuando cada
semana surge un caso nuevo, el anterior desaparece sin ser resuelto.
Este ciclo constante produce dos efectos:
- Fatiga moral: la sociedad se acostumbra.
- Desjerarquización del escándalo: todo parece igual de grave o
igual de irrelevante.
La saturación
no oculta la realidad:
la diluye.
4. La
economía de la atención fomenta la indignación, no la claridad
Los medios y
las plataformas viven de clics, no de profundidad.
La indignación rápida da más beneficios que el análisis lento.
Por eso:
- los escándalos se convierten en
espectáculo,
- la profundidad desaparece,
- las emociones sustituyen a los
datos.
Un ciudadano
emocionalmente agotado pierde criterio, y ese vacío es el ambiente
perfecto para que el deterioro avance.
5. Cultura
política de baja responsabilidad individual
España —como
otros países europeos del sur— tiene una tradición política donde:
- la lealtad al grupo pesa más que la
responsabilidad personal,
- se perdonan los errores propios si
el “otro lado” parece peor,
- se espera que el líder sea defensor
de la tribu, no garante de principios.
Esto reduce
enormemente la presión interna para depurar conductas.
6.
Desinstitucionalización del debate: el relato sustituye al hecho
En un contexto
donde cada actor político construye su propia narrativa:
- la verdad se vuelve negociable,
- la mentira se normaliza,
- los hechos importan menos que el
marco en el que se insertan.
Cuando la
verdad deja de tener autoridad moral, la ética pública pierde su anclaje.
7.
Precariedad económica y desmovilización ciudadana
La pobreza, el
desempleo, la incertidumbre y la precariedad no solo afectan al bolsillo.
Afectan al tiempo, la energía y la capacidad de exigir responsabilidad.
Un ciudadano
que lucha por llegar a fin de mes no tiene recursos emocionales para exigir
integridad política.
El deterioro institucional se acelera cuando la sociedad está debilitada.
Conclusión
del Punto III
El deterioro
que vemos no es un accidente ni una conspiración.
Es un producto sistémico:
- instituciones debilitadas,
- incentivos políticos perversos,
- medios que exaltan la emoción,
- polarización identitaria,
- precariedad social,
- saturación informativa,
- y pérdida del valor público de la
verdad.
Cuando todos
estos factores convergen, los comportamientos impropios ya no son desviaciones:
se convierten en consecuencias lógicas del sistema tal como está
configurado.
V. POR QUÉ
LA SOCIEDAD NO CASTIGA ESTOS COMPORTAMIENTOS
(El silencio
colectivo como síntoma de un país agotado)
Cuando
conductas impropias se repiten en la vida pública sin consecuencias
significativas, la pregunta ya no es qué hicieron los responsables, sino qué
ha pasado en la sociedad para que el límite desaparezca.
No es apatía.
No es indiferencia moral.
No es falta de principios.
Es algo más
complejo y más humano:
una combinación de fatiga, miedo, polarización, precariedad, desorientación
y pérdida de expectativas que ha ido apagando la capacidad colectiva de
reacción.
Este punto
analiza los factores que explican por qué una parte importante de la ciudadanía
no castiga —o no puede castigar— lo que antes habría considerado intolerable.
1. Fatiga
moral: cuando la indignación se convierte en agotamiento
Una sociedad
puede enfadarse durante un tiempo.
Pero cuando:
- los escándalos son constantes,
- los relatos cambian cada día,
- los medios amplifican el ruido,
- nada parece resolverse,
- nadie parece asumir
responsabilidades,
la indignación
se agota.
El ciudadano
deja de reaccionar no porque no vea la gravedad, sino porque su energía
emocional se ha consumido.
Este es un
fenómeno estudiado:
la
repetición de lo inaceptable produce adaptación psicológica.
2.
Polarización afectiva: el juicio se sustituye por la identidad
En una sociedad
polarizada, las personas ya no evalúan los hechos según criterios morales, sino
según “mi grupo” y “su grupo”.
Esto genera dos
efectos:
a) Se
perdonan los errores propios:
“No es tan
grave”,
“los otros hicieron lo mismo”,
“esto es una campaña”.
b) Se
condenan exageradamente los errores del otro:
“Es
intolerable”,
“esto demuestra su naturaleza”,
“son una amenaza”.
La polarización
protege a los responsables y divide a los ciudadanos.
3.
Precariedad económica: un país bajo estrés pierde capacidad de exigir
La pobreza y la
incertidumbre consumen energía psicológica.
Cuando una
persona:
- lucha por llegar a fin de mes,
- vive en inseguridad laboral,
- no puede planificar su futuro,
- siente que trabaja más y vive peor,
es natural que
no tenga fuerzas para indignarse por escándalos políticos.
La precariedad desmoviliza,
no por falta de ética, sino por falta de recursos internos.
4.
Normalización mediática: la gravedad se convierte en entretenimiento
La cobertura
mediática ha convertido los escándalos en:
- tertulias,
- memes,
- debates superficiales,
- ruido constante.
El resultado es
devastador:
lo grave pierde solemnidad.
Todo parece parte del mismo espectáculo diario.
Cuando el
espectáculo domina la información, la ciudadanía pierde la referencia de lo
que es verdaderamente inaceptable.
5.
Desconfianza previa: la idea de que “todos son iguales” paraliza cualquier
reacción
Cuando una
sociedad cree —con razón o sin ella— que:
- la corrupción es estructural,
- nadie dimite,
- todos mienten,
- la justicia no es eficaz ni rápida,
- el poder siempre cae de pie,
entonces deja
de reaccionar.
La frase “todos
son iguales” es peligrosa porque:
si todos son iguales, nadie tiene por qué ser mejor.
Y si nadie
tiene por qué ser mejor, el ciudadano deja de exigir excelencia moral.
6. Miedo a
discrepar: el clima social castiga al que piensa distinto
En entornos
polarizados:
- expresar una opinión distinta puede
generar conflicto,
- criticar a “los tuyos” se
interpreta como traición,
- debatir racionalmente se vuelve
imposible,
- familia y amigos pueden romper
relaciones por política,
- la sociedad adopta silencios
defensivos.
El precio
social de opinar se vuelve demasiado alto.
La autocensura
es el síntoma más claro de que la libertad interior se está erosionando,
incluso aunque la libertad formal siga intacta.
7. El ciclo
psicológico más profundo: resignación
Este es el
punto central.
Cuando una
persona:
- ve repetidamente comportamientos
impropios,
- observa que no pasa nada,
- no encuentra alternativas que le
inspiren confianza,
- se siente manipulada por discursos
contradictorios,
- percibe que su voz individual no
cambia nada,
entonces
aparece la emoción más peligrosa para una democracia:
La
resignación.
La resignación
no grita.
No protesta.
No exige.
La resignación acepta
el deterioro como normalidad.
Y cuando una
sociedad se resigna,
el poder deja de tener freno.
Conclusión
del Punto V
La sociedad
española no castiga ciertos comportamientos no porque sea inmoral, ni
ignorante, ni cómplice, sino porque está agotada, dividida, precarizada,
desorientada y saturada.
En ese estado, cualquier reacción moral se vuelve inviable.
Cuando una
democracia pierde la energía para indignarse,
entra en una fase de erosión silenciosa donde lo preocupante ya no es lo que
ocurre,
sino lo que la sociedad deja de hacer cuando ocurre.
VI.
CONSECUENCIAS
El daño
invisible: libertad erosionada, familias divididas y una convivencia en
retroceso
El deterioro
institucional no se mide solo en escándalos o titulares.
Se mide en algo mucho más profundo:
cómo afecta a la vida cotidiana de las personas, a su libertad interior y a
la salud emocional de una sociedad entera.
España está
experimentando consecuencias visibles —pobreza, polarización, enfrentamiento—,
pero también otras silenciosas, soterradas, que se infiltran en las relaciones
personales, en la forma de pensar y en la capacidad de confiar.
Este apartado
analiza esas consecuencias sin exageración, sin dramatismos, solo desde la
lógica de lo que ocurre cuando una sociedad se acostumbra a la degradación
ética y política.
1. Ruptura
del tejido familiar: la política invade el espacio íntimo
Cuando la
polarización sustituye a la conversación racional:
- padres e hijos dejan de hablar,
- hermanos se bloquean,
- parejas discuten por lealtades
partidistas,
- amistades se rompen por
interpretaciones mediáticas.
La política
deja de ser un conjunto de ideas para convertirse en identidades enfrentadas.
Y cuando la identidad se siente amenazada, la reacción emocional es inmediata.
Ninguna
democracia se sostiene cuando la política destruye la vida privada.
2. Erosión
de la libertad interior: miedo a pensar y a decir
La libertad no
se pierde solo cuando se prohíbe.
Se pierde cuando expresar una opinión tiene un coste social demasiado alto.
Hoy muchos
ciudadanos:
- evitan decir lo que piensan,
- se esconden en el silencio para no
ser señalados,
- moldean su discurso a lo que “su
grupo” considera aceptable,
- confunden prudencia con miedo,
- dejan de cuestionar por temor a ser
excluidos.
La verdadera
pérdida no es de libertad externa, sino de libertad mental.
Cuando la persona deja de ser dueña de su pensamiento, la sociedad deja de ser
libre.
3.
Empobrecimiento emocional y material: el ciudadano bajo presión constante
El deterioro
institucional produce efectos económicos:
- inflación persistente,
- inseguridad laboral,
- pérdida de capacidad adquisitiva,
- desigualdad creciente.
Y estos efectos
llevan a otros:
- ansiedad,
- frustración,
- desconfianza,
- sensación de que el esfuerzo no
basta.
La precariedad
no solo roba dinero:
roba energía mental.
Y sin energía mental no hay participación cívica, ni resistencia democrática.
4.
Normalización de la agresividad: el conflicto se vuelve cotidiano
El clima
mediático y político ha habituado a la sociedad a:
- insultos,
- simplificaciones,
- ataques personales,
- descalificaciones constantes.
Los jóvenes
aprenden que el debate es un combate.
Los adultos se vuelven susceptibles.
Las redes amplifican cada emoción negativa.
Una sociedad
agresiva no puede cooperar,
y una sociedad que no coopera retrocede.
5. Pérdida
de confianza: sin confianza no hay comunidad
Las
instituciones necesitan confianza para funcionar.
Pero las personas también.
Cuando el
ciudadano:
- no confía en sus gobernantes,
- no confía en la justicia,
- no confía en los medios,
- no confía en el vecino que piensa
distinto,
- no se confía ni a sí mismo para
opinar,
entonces
aparece el peor estado psicológico posible:
la
desorientación moral.
Sin un marco
común de verdad,
la sociedad no sabe cómo juzgar nada.
6. La
convivencia se hace frágil: el país se divide en microtribus
España siempre
ha sido diversa.
Pero ahora, esa diversidad se ha convertido en división.
Las personas ya
no pertenecen a una comunidad nacional, sino a:
- burbujas informativas,
- identidades políticas rígidas,
- grupos de afinidad ideológica,
- entornos digitales cerrados.
Esto genera:
- aislamiento,
- radicalización,
- intolerancia creciente,
- desaparición del “término medio”.
Una sociedad
sin espacio común no puede resolver problemas comunes.
7. La
consecuencia final: la resignación como estado emocional colectivo
No es ira.
No es lucha.
No es revolución.
Es resignación.
La sensación
de:
- “da igual”,
- “nada cambia”,
- “todos hacen lo mismo”,
- “no merece la pena pelear”.
Una sociedad
resignada no exige,
y una clase política no exigida deja de mejorar.
La resignación
es la antesala del estancamiento.
Conclusión
del Punto VI
Las
consecuencias del deterioro institucional en España no se ven solo en el
boletín oficial,
sino en las casas, en los trabajos, en los silencios, en los miedos, en la
pobreza emocional,
en la conversación que ya no puede tenerse,
en la opinión que no se dice,
en la tristeza que se instala.
El daño es
físico, emocional, moral y cívico.
Lo que está en
juego no es la política.
Es la calidad de vida,
la libertad interior,
la convivencia,
y la salud psicológica de la ciudadanía.
CONCLUSIÓN
Recuperar la
claridad: la responsabilidad compartida de reconstruir una convivencia dañada
El deterioro
que atraviesa España no es el resultado de un solo gobierno, ni de un solo
partido, ni de un solo ciclo político. Tampoco es fruto de la maldad individual
ni de una debilidad moral exclusiva de la clase dirigente.
Es, ante todo, el efecto acumulado de dinámicas institucionales, mediáticas,
económicas y psicológicas que han ido erosionando lentamente el tejido que
sostiene una democracia: la confianza, la responsabilidad, la verdad y la
convivencia.
Este ensayo ha
mostrado cómo se combinan varios procesos:
- la normalización de lo anómalo,
- la saturación informativa que
diluye la gravedad,
- la polarización que convierte cada
hecho en arma,
- la precariedad que agota la energía
ciudadana,
- la pérdida de contrapesos
institucionales,
- la construcción de relatos que
sustituyen a los hechos,
- y la resignación que se instala
cuando nada parece cambiar.
Pero si hay una
verdad que emerge de todo este análisis es esta:
Una sociedad
no se degrada porque existan comportamientos impropios.
Se degrada
cuando deja de saber qué hacer con ellos.
El problema no
es que haya escándalos —los ha habido en todas las épocas—,
sino que el sistema ya no dispone de mecanismos efectivos para corregirlos,
y la ciudadanía ya no dispone de energía moral para exigir correcciones.
El daño más
profundo no es político:
es humano.
- familias divididas,
- amistades rotas,
- conversaciones imposibles,
- miedo a pensar en voz alta,
- ciudadanos exhaustos,
- jóvenes sin referencias éticas
sólidas,
- adultos atrapados entre el ruido y
la incertidumbre.
Todo esto
configura un clima emocional que ningún país puede sostener indefinidamente sin
pagar un precio.
Sin embargo,
esta conclusión no quiere ser pesimista.
Porque dentro de la misma realidad que analizamos está también la semilla de
la recuperación.
La democracia
no mejora cuando cambia un gobierno.
Mejora cuando cambia el estándar moral y cívico que la sociedad está
dispuesta a tolerar.
Recuperar ese
estándar exige:
- ciudadanos que vuelvan a valorar la
verdad por encima de la narrativa,
- instituciones que vuelvan a actuar
con independencia real,
- medios capaces de jerarquizar la
información y no solo amplificarla,
- espacios de deliberación donde
pensar no sea delito,
- líderes que entiendan que la
ejemplaridad es parte de su función,
- una cultura política que premie la
responsabilidad y castigue la manipulación.
Y, sobre todo,
exige algo más íntimo y más difícil:
recuperar la
libertad interior de pensar sin miedo.
La verdadera
regeneración democrática empieza ahí:
en la mente del ciudadano que se niega a aceptar lo inaceptable,
que rechaza la resignación,
que se hace responsable de su criterio,
y que comprende que la convivencia no es un regalo del Estado,
sino una tarea compartida que se construye cada día.
España ha
atravesado momentos mucho más duros que este.
Y los ha superado no por virtud política, sino por la resiliencia moral de
su gente.
Quizá la tarea
de este tiempo —silenciosa, modesta, profunda—
sea precisamente volver a aprender a exigir,
volver a aprender a escuchar,
volver a aprender a discrepar sin destruir,
volver a aprender a convivir.
La democracia
no está en peligro porque existan tensiones.
Está en peligro cuando las tensiones dejan de conmovernos.
Este ensayo es,
al final, un ejercicio de claridad.
Un recordatorio de que comprender lo que ocurre es el primer paso para
cambiarlo.
Y de que ninguna degradación institucional es irreversible mientras haya
ciudadanos que, como tú, José María, se niegan a mirar hacia otro lado.

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