CLASE POLITICA

LOS VERDADEROS RESPONSABLES DE LOS PROBLEMAS

INTRODUCCIÓN

La erosión silenciosa: comprender un país que se acostumbra al deterioro

Hay momentos en la vida de una sociedad en los que los acontecimientos dejan de sorprender, y ese cese de la sorpresa —esa capacidad perdida de reaccionar— se convierte en un síntoma más grave que los hechos mismos. España atraviesa uno de esos momentos. No porque haya un único escándalo, ni una sola conducta impropia, ni una figura individual que lo resuma todo, sino porque la acumulación, la recurrencia y la trivialización de ciertos comportamientos públicos han empezado a formar un patrón que ya no puede explicarse desde la anécdota.

Este ensayo no nace del deseo de atacar a nadie, ni de sostener una posición ideológica, ni de ofrecer soluciones simples a problemas complejos. Nace de algo mucho más elemental y humano:
el desconcierto creciente ante un deterioro institucional y social que avanza sin encontrar resistencia proporcional.

La realidad española de los últimos años —con independencia de gobiernos, partidos o ciclos electorales— muestra un escenario donde:

  • la aparición constante de escándalos éticos, administrativos o personales en responsables públicos,
  • la polarización permanente que divide incluso a familias,
  • el aumento de la pobreza y la precariedad,
  • la saturación de relatos que sustituyen a los hechos,
  • y la pérdida de libertad interior en la ciudadanía,

se combinan para crear un clima de normalización de lo anormal, una especie de anestesia colectiva ante la degradación del debate, la convivencia y la responsabilidad pública.

No es un fenómeno exclusivamente español: se observa en democracias de todo el mundo. Pero en España adopta características particulares derivadas de su cultura política, su sistema mediático, su historia institucional y sus tensiones sociales.

Lo que este ensayo pretende es comprender, no condenar.
Explorar qué está pasando, por qué pasa, qué finalidad práctica cumple dentro del sistema, y sobre todo por qué la sociedad española —que tantas veces reaccionó con fuerza a injusticias— hoy parece incapaz de castigar políticamente comportamientos que antes habrían sido intolerables.

No se hablará de personas concretas, ni de casos judiciales específicos, ni de partidos políticos.
Este texto no trata de individuos, sino de dinámicas.
No analiza culpabilidades, sino estructuras.
No busca alimentar la polarización, sino explicar cómo la polarización es utilizada como herramienta que favorece la impunidad y la indiferencia.

El deterioro institucional nunca ocurre de golpe.
No es un terremoto, sino una erosión.
Una pérdida lenta, casi imperceptible, del sentido de responsabilidad, del valor de la verdad, del respeto a las instituciones, de la obligación ética del que ejerce poder.
Una erosión que se hace más profunda cuando la ciudadanía, fatigada, precarizada o confundida, deja de exigir el nivel de transparencia, ejemplaridad y rigor que debería ser inherente a cualquier democracia madura.

La finalidad de este ensayo no es alimentar la desesperanza, sino recuperar claridad:
entender los mecanismos psicológicos y sociales que permiten que una sociedad acepte niveles crecientes de degradación ética;
identificar los incentivos institucionales que generan comportamientos que parecen repetirse siempre, independientemente de quién gobierne;
analizar cómo la maquinaria mediática y política moldea percepciones hasta dividir incluso a los entornos íntimos;
y reflexionar sobre el precio que paga un país cuando normaliza la anormalidad.

Comprender lo que ocurre no lo soluciona de inmediato, pero sí es el primer paso para recuperar el criterio propio, la independencia interior y la capacidad de exigir a las instituciones lo que la democracia les debe exigir:
transparencia, responsabilidad y respeto por la verdad.

Con esta intención —serena, objetiva, sin ira, sin banderas— comienza el análisis.

II. QUÉ ESTÁ PASANDO

La normalización de la anomalía en la vida pública española

Una democracia sana se reconoce no por la ausencia de escándalos, sino por la capacidad de sus instituciones y de su ciudadanía para reaccionar ante ellos.
Lo que está ocurriendo en España —como en otras democracias sometidas a tensiones similares— no es un aumento puntual de comportamientos impropios, sino un cambio profundo en el modo en que se perciben, se procesan y se integran en la vida pública.

Lo anómalo se ha vuelto cotidiano.
Lo grave se ha vuelto opinable.
Lo que antes exigía dimisiones inmediatas ahora exige matices, explicaciones narrativas o directamente indiferencia social.

Este fenómeno no tiene una sola causa; es el resultado de cinco procesos que avanzan juntos y se refuerzan entre sí.

1. Acumulación constante de conductas impropias y pérdida de la capacidad de sorpresa

No hablamos de hechos específicos, sino de un patrón estadístico visible:

  • cada pocas semanas surge una nueva controversia,
  • la atención pública se desplaza frenéticamente,
  • y el ciudadano desarrolla una especie de “piel gruesa moral” para no saturarse.

Cuando los escándalos dejan de ser excepciones y se convierten en una rutina informativa, la sociedad pasa de la indignación al agotamiento, y del agotamiento a la indiferencia.

La frase “otro más” es el síntoma más claro de esta erosión.

2. Saturación informativa y disolución del significado

La abundancia de información no trae claridad, sino ruido.
Escándalos, réplicas, contrarréplicas, análisis, tertulias, desmentidos, re-desmentidos…
Todo convive en el mismo plano, sin jerarquía moral.

En este entorno:

  • un asunto grave comparte espacio con trivialidades,
  • la línea entre información y opinión se difumina,
  • la importancia de los hechos se hunde en un mar de interpretaciones.

El resultado es un fenómeno documentado por la psicología social:

Cuando la información se vuelve excesiva, la capacidad de juicio se paraliza.

3. Polarización como mecanismo de blindaje moral

En una sociedad polarizada, cada bloque protege a los suyos de cualquier crítica interna.
El comportamiento impropio ya no se juzga por su gravedad, sino por su utilidad dentro del conflicto político.

El razonamiento dominante no es:
“¿Esto está bien o mal?”

Sino:
“¿A quién beneficia que esto parezca mal?”

Cuando la moral se sustituye por la estrategia, desaparece el incentivo para corregir conductas.

4. La sustitución del debate racional por el relato emocional

La comunicación política contemporánea se basa menos en hechos y más en:

  • narrativas identitarias,
  • apelaciones emocionales,
  • victimismo estratégico,
  • construcción de enemigos,
  • creación de marcos que ya contienen la conclusión.

El debate democrático se transforma en un intercambio de relatos, cada uno autosuficiente y blindado.
En ese entorno, incluso los comportamientos impropios se reinterpretan según el marco ideológico, no según la realidad.

5. Normalización mediática y reducción del coste reputacional

Antes, un escándalo público podía significar el fin de una carrera política.
Hoy, la estructura mediática está tan fragmentada y tan alineada con identidades políticas que:

  • cada bloque amortigua los impactos negativos de su lado,
  • se reinterpreta el escándalo como ataque externo,
  • la responsabilidad individual se diluye en un discurso de “guerra cultural”.

Este fenómeno elimina la presión social que antes obligaba a una dimisión o rectificación.

Conclusión del Punto II

Lo que está pasando no es simplemente que “hay más casos”.
Lo que ocurre es que la sociedad española —como muchas otras— ha perdido los mecanismos colectivos que permitían sancionar moralmente a quien usa o abusa del poder público.

No porque la gente no vea lo que ocurre, sino porque:

  • ya no se sorprende,
  • ya no tiene energía para reaccionar,
  • ya no cree que una reacción sirva para algo.

Esta es la antesala psicológica del deterioro institucional:
cuando el ciudadano deja de esperar honestidad, el sistema deja de ofrecerla.

III. POR QUÉ PASA

Los mecanismos que permiten y perpetúan el deterioro institucional

Lo que observamos en España —la repetición de comportamientos impropios, la falta de consecuencias, la polarización creciente y la impotencia social— no es producto del azar ni de la maldad individual.
Es el resultado de un ecosistema político-mediático e institucional que genera incentivos para que ciertas prácticas persistan, y al mismo tiempo, desincentivos para corregirlas.

Las democracias no se degradan porque alguien lo decida, sino porque numerosos mecanismos comienzan a alinearse en la dirección equivocada.
Estos son los principales.

1. Debilitamiento de los contrapesos institucionales

Una democracia madura depende de:

  • una justicia independiente,
  • organismos de control profesionales,
  • transparencia real,
  • auditorías públicas sólidas,
  • separación efectiva de poderes.

Cuando alguno de estos contrapesos se erosiona —por politización, falta de recursos, lentitud o desconfianza social—, los comportamientos impropios encuentran más espacio para aparecer y menos presión para corregirse.

No hace falta corrupción masiva:
basta un clima de falta de consecuencias para que la ética deje de ser un límite operativo.

2. Incentivos políticos que premian la polarización

La ciencia política lo ha descrito con claridad:
los partidos polarizados tienden a proteger internamente cualquier conducta impropia, porque el verdadero riesgo no es la ética sino “dar una victoria al adversario”.

En este marco, un comportamiento cuestionable se interpreta como:

  • un ataque externo,
  • una excusa para cerrar filas,
  • una oportunidad para reforzar la identidad de grupo.

El resultado es un blindaje moral que hace casi imposible responsabilizar a nadie.

3. Estrategias de saturación informativa

El exceso de información —no su ausencia— genera confusión.

Cuando cada semana surge un caso nuevo, el anterior desaparece sin ser resuelto.
Este ciclo constante produce dos efectos:

  • Fatiga moral: la sociedad se acostumbra.
  • Desjerarquización del escándalo: todo parece igual de grave o igual de irrelevante.

La saturación no oculta la realidad:
la diluye.

4. La economía de la atención fomenta la indignación, no la claridad

Los medios y las plataformas viven de clics, no de profundidad.
La indignación rápida da más beneficios que el análisis lento.

Por eso:

  • los escándalos se convierten en espectáculo,
  • la profundidad desaparece,
  • las emociones sustituyen a los datos.

Un ciudadano emocionalmente agotado pierde criterio, y ese vacío es el ambiente perfecto para que el deterioro avance.

5. Cultura política de baja responsabilidad individual

España —como otros países europeos del sur— tiene una tradición política donde:

  • la lealtad al grupo pesa más que la responsabilidad personal,
  • se perdonan los errores propios si el “otro lado” parece peor,
  • se espera que el líder sea defensor de la tribu, no garante de principios.

Esto reduce enormemente la presión interna para depurar conductas.

6. Desinstitucionalización del debate: el relato sustituye al hecho

En un contexto donde cada actor político construye su propia narrativa:

  • la verdad se vuelve negociable,
  • la mentira se normaliza,
  • los hechos importan menos que el marco en el que se insertan.

Cuando la verdad deja de tener autoridad moral, la ética pública pierde su anclaje.

7. Precariedad económica y desmovilización ciudadana

La pobreza, el desempleo, la incertidumbre y la precariedad no solo afectan al bolsillo.
Afectan al tiempo, la energía y la capacidad de exigir responsabilidad.

Un ciudadano que lucha por llegar a fin de mes no tiene recursos emocionales para exigir integridad política.
El deterioro institucional se acelera cuando la sociedad está debilitada.

Conclusión del Punto III

El deterioro que vemos no es un accidente ni una conspiración.
Es un producto sistémico:

  • instituciones debilitadas,
  • incentivos políticos perversos,
  • medios que exaltan la emoción,
  • polarización identitaria,
  • precariedad social,
  • saturación informativa,
  • y pérdida del valor público de la verdad.

Cuando todos estos factores convergen, los comportamientos impropios ya no son desviaciones: se convierten en consecuencias lógicas del sistema tal como está configurado.

 

 

 

V. POR QUÉ LA SOCIEDAD NO CASTIGA ESTOS COMPORTAMIENTOS

(El silencio colectivo como síntoma de un país agotado)

Cuando conductas impropias se repiten en la vida pública sin consecuencias significativas, la pregunta ya no es qué hicieron los responsables, sino qué ha pasado en la sociedad para que el límite desaparezca.

No es apatía.
No es indiferencia moral.
No es falta de principios.

Es algo más complejo y más humano:
una combinación de fatiga, miedo, polarización, precariedad, desorientación y pérdida de expectativas que ha ido apagando la capacidad colectiva de reacción.

Este punto analiza los factores que explican por qué una parte importante de la ciudadanía no castiga —o no puede castigar— lo que antes habría considerado intolerable.

1. Fatiga moral: cuando la indignación se convierte en agotamiento

Una sociedad puede enfadarse durante un tiempo.
Pero cuando:

  • los escándalos son constantes,
  • los relatos cambian cada día,
  • los medios amplifican el ruido,
  • nada parece resolverse,
  • nadie parece asumir responsabilidades,

la indignación se agota.

El ciudadano deja de reaccionar no porque no vea la gravedad, sino porque su energía emocional se ha consumido.

Este es un fenómeno estudiado:

la repetición de lo inaceptable produce adaptación psicológica.

2. Polarización afectiva: el juicio se sustituye por la identidad

En una sociedad polarizada, las personas ya no evalúan los hechos según criterios morales, sino según “mi grupo” y “su grupo”.

Esto genera dos efectos:

 

a) Se perdonan los errores propios:

“No es tan grave”,
“los otros hicieron lo mismo”,
“esto es una campaña”.

b) Se condenan exageradamente los errores del otro:

“Es intolerable”,
“esto demuestra su naturaleza”,
“son una amenaza”.

La polarización protege a los responsables y divide a los ciudadanos.

3. Precariedad económica: un país bajo estrés pierde capacidad de exigir

La pobreza y la incertidumbre consumen energía psicológica.

Cuando una persona:

  • lucha por llegar a fin de mes,
  • vive en inseguridad laboral,
  • no puede planificar su futuro,
  • siente que trabaja más y vive peor,

es natural que no tenga fuerzas para indignarse por escándalos políticos.

La precariedad desmoviliza, no por falta de ética, sino por falta de recursos internos.

4. Normalización mediática: la gravedad se convierte en entretenimiento

La cobertura mediática ha convertido los escándalos en:

  • tertulias,
  • memes,
  • debates superficiales,
  • ruido constante.

El resultado es devastador:
lo grave pierde solemnidad.
Todo parece parte del mismo espectáculo diario.

Cuando el espectáculo domina la información, la ciudadanía pierde la referencia de lo que es verdaderamente inaceptable.

 

5. Desconfianza previa: la idea de que “todos son iguales” paraliza cualquier reacción

Cuando una sociedad cree —con razón o sin ella— que:

  • la corrupción es estructural,
  • nadie dimite,
  • todos mienten,
  • la justicia no es eficaz ni rápida,
  • el poder siempre cae de pie,

entonces deja de reaccionar.

La frase “todos son iguales” es peligrosa porque:
si todos son iguales, nadie tiene por qué ser mejor.

Y si nadie tiene por qué ser mejor, el ciudadano deja de exigir excelencia moral.

6. Miedo a discrepar: el clima social castiga al que piensa distinto

En entornos polarizados:

  • expresar una opinión distinta puede generar conflicto,
  • criticar a “los tuyos” se interpreta como traición,
  • debatir racionalmente se vuelve imposible,
  • familia y amigos pueden romper relaciones por política,
  • la sociedad adopta silencios defensivos.

El precio social de opinar se vuelve demasiado alto.

La autocensura es el síntoma más claro de que la libertad interior se está erosionando, incluso aunque la libertad formal siga intacta.

7. El ciclo psicológico más profundo: resignación

Este es el punto central.

Cuando una persona:

  • ve repetidamente comportamientos impropios,
  • observa que no pasa nada,
  • no encuentra alternativas que le inspiren confianza,
  • se siente manipulada por discursos contradictorios,
  • percibe que su voz individual no cambia nada,

entonces aparece la emoción más peligrosa para una democracia:

La resignación.

La resignación no grita.
No protesta.
No exige.

La resignación acepta el deterioro como normalidad.

Y cuando una sociedad se resigna,
el poder deja de tener freno.

Conclusión del Punto V

La sociedad española no castiga ciertos comportamientos no porque sea inmoral, ni ignorante, ni cómplice, sino porque está agotada, dividida, precarizada, desorientada y saturada.
En ese estado, cualquier reacción moral se vuelve inviable.

Cuando una democracia pierde la energía para indignarse,
entra en una fase de erosión silenciosa donde lo preocupante ya no es lo que ocurre,
sino lo que la sociedad deja de hacer cuando ocurre.

VI. CONSECUENCIAS

El daño invisible: libertad erosionada, familias divididas y una convivencia en retroceso

El deterioro institucional no se mide solo en escándalos o titulares.
Se mide en algo mucho más profundo:
cómo afecta a la vida cotidiana de las personas, a su libertad interior y a la salud emocional de una sociedad entera.

España está experimentando consecuencias visibles —pobreza, polarización, enfrentamiento—, pero también otras silenciosas, soterradas, que se infiltran en las relaciones personales, en la forma de pensar y en la capacidad de confiar.

Este apartado analiza esas consecuencias sin exageración, sin dramatismos, solo desde la lógica de lo que ocurre cuando una sociedad se acostumbra a la degradación ética y política.

1. Ruptura del tejido familiar: la política invade el espacio íntimo

Cuando la polarización sustituye a la conversación racional:

  • padres e hijos dejan de hablar,
  • hermanos se bloquean,
  • parejas discuten por lealtades partidistas,
  • amistades se rompen por interpretaciones mediáticas.

La política deja de ser un conjunto de ideas para convertirse en identidades enfrentadas.
Y cuando la identidad se siente amenazada, la reacción emocional es inmediata.

Ninguna democracia se sostiene cuando la política destruye la vida privada.

2. Erosión de la libertad interior: miedo a pensar y a decir

La libertad no se pierde solo cuando se prohíbe.
Se pierde cuando expresar una opinión tiene un coste social demasiado alto.

Hoy muchos ciudadanos:

  • evitan decir lo que piensan,
  • se esconden en el silencio para no ser señalados,
  • moldean su discurso a lo que “su grupo” considera aceptable,
  • confunden prudencia con miedo,
  • dejan de cuestionar por temor a ser excluidos.

La verdadera pérdida no es de libertad externa, sino de libertad mental.
Cuando la persona deja de ser dueña de su pensamiento, la sociedad deja de ser libre.

3. Empobrecimiento emocional y material: el ciudadano bajo presión constante

El deterioro institucional produce efectos económicos:

  • inflación persistente,
  • inseguridad laboral,
  • pérdida de capacidad adquisitiva,
  • desigualdad creciente.

Y estos efectos llevan a otros:

  • ansiedad,
  • frustración,
  • desconfianza,
  • sensación de que el esfuerzo no basta.

La precariedad no solo roba dinero:
roba energía mental.
Y sin energía mental no hay participación cívica, ni resistencia democrática.

4. Normalización de la agresividad: el conflicto se vuelve cotidiano

El clima mediático y político ha habituado a la sociedad a:

  • insultos,
  • simplificaciones,
  • ataques personales,
  • descalificaciones constantes.

Los jóvenes aprenden que el debate es un combate.
Los adultos se vuelven susceptibles.
Las redes amplifican cada emoción negativa.

Una sociedad agresiva no puede cooperar,
y una sociedad que no coopera retrocede.

5. Pérdida de confianza: sin confianza no hay comunidad

Las instituciones necesitan confianza para funcionar.
Pero las personas también.

Cuando el ciudadano:

  • no confía en sus gobernantes,
  • no confía en la justicia,
  • no confía en los medios,
  • no confía en el vecino que piensa distinto,
  • no se confía ni a sí mismo para opinar,

entonces aparece el peor estado psicológico posible:

la desorientación moral.

Sin un marco común de verdad,
la sociedad no sabe cómo juzgar nada.

6. La convivencia se hace frágil: el país se divide en microtribus

España siempre ha sido diversa.
Pero ahora, esa diversidad se ha convertido en división.

Las personas ya no pertenecen a una comunidad nacional, sino a:

  • burbujas informativas,
  • identidades políticas rígidas,
  • grupos de afinidad ideológica,
  • entornos digitales cerrados.

Esto genera:

  • aislamiento,
  • radicalización,
  • intolerancia creciente,
  • desaparición del “término medio”.

Una sociedad sin espacio común no puede resolver problemas comunes.

7. La consecuencia final: la resignación como estado emocional colectivo

No es ira.
No es lucha.
No es revolución.

Es resignación.

La sensación de:

  • “da igual”,
  • “nada cambia”,
  • “todos hacen lo mismo”,
  • “no merece la pena pelear”.

Una sociedad resignada no exige,
y una clase política no exigida deja de mejorar.

La resignación es la antesala del estancamiento.

Conclusión del Punto VI

Las consecuencias del deterioro institucional en España no se ven solo en el boletín oficial,
sino en las casas, en los trabajos, en los silencios, en los miedos, en la pobreza emocional,
en la conversación que ya no puede tenerse,
en la opinión que no se dice,
en la tristeza que se instala.

El daño es físico, emocional, moral y cívico.

Lo que está en juego no es la política.
Es la calidad de vida,
la libertad interior,
la convivencia,
y la salud psicológica de la ciudadanía.

CONCLUSIÓN

Recuperar la claridad: la responsabilidad compartida de reconstruir una convivencia dañada

El deterioro que atraviesa España no es el resultado de un solo gobierno, ni de un solo partido, ni de un solo ciclo político. Tampoco es fruto de la maldad individual ni de una debilidad moral exclusiva de la clase dirigente.
Es, ante todo, el efecto acumulado de dinámicas institucionales, mediáticas, económicas y psicológicas que han ido erosionando lentamente el tejido que sostiene una democracia: la confianza, la responsabilidad, la verdad y la convivencia.

Este ensayo ha mostrado cómo se combinan varios procesos:

  • la normalización de lo anómalo,
  • la saturación informativa que diluye la gravedad,
  • la polarización que convierte cada hecho en arma,
  • la precariedad que agota la energía ciudadana,
  • la pérdida de contrapesos institucionales,
  • la construcción de relatos que sustituyen a los hechos,
  • y la resignación que se instala cuando nada parece cambiar.

Pero si hay una verdad que emerge de todo este análisis es esta:

Una sociedad no se degrada porque existan comportamientos impropios.

Se degrada cuando deja de saber qué hacer con ellos.

El problema no es que haya escándalos —los ha habido en todas las épocas—,
sino que el sistema ya no dispone de mecanismos efectivos para corregirlos,
y la ciudadanía ya no dispone de energía moral para exigir correcciones.

El daño más profundo no es político:
es humano.

  • familias divididas,
  • amistades rotas,
  • conversaciones imposibles,
  • miedo a pensar en voz alta,
  • ciudadanos exhaustos,
  • jóvenes sin referencias éticas sólidas,
  • adultos atrapados entre el ruido y la incertidumbre.

Todo esto configura un clima emocional que ningún país puede sostener indefinidamente sin pagar un precio.

Sin embargo, esta conclusión no quiere ser pesimista.
Porque dentro de la misma realidad que analizamos está también la semilla de la recuperación.

La democracia no mejora cuando cambia un gobierno.
Mejora cuando cambia el estándar moral y cívico que la sociedad está dispuesta a tolerar.

Recuperar ese estándar exige:

  • ciudadanos que vuelvan a valorar la verdad por encima de la narrativa,
  • instituciones que vuelvan a actuar con independencia real,
  • medios capaces de jerarquizar la información y no solo amplificarla,
  • espacios de deliberación donde pensar no sea delito,
  • líderes que entiendan que la ejemplaridad es parte de su función,
  • una cultura política que premie la responsabilidad y castigue la manipulación.

Y, sobre todo, exige algo más íntimo y más difícil:

recuperar la libertad interior de pensar sin miedo.

La verdadera regeneración democrática empieza ahí:
en la mente del ciudadano que se niega a aceptar lo inaceptable,
que rechaza la resignación,
que se hace responsable de su criterio,
y que comprende que la convivencia no es un regalo del Estado,
sino una tarea compartida que se construye cada día.

España ha atravesado momentos mucho más duros que este.
Y los ha superado no por virtud política, sino por la resiliencia moral de su gente.

Quizá la tarea de este tiempo —silenciosa, modesta, profunda—
sea precisamente volver a aprender a exigir,
volver a aprender a escuchar,
volver a aprender a discrepar sin destruir,
volver a aprender a convivir.

La democracia no está en peligro porque existan tensiones.
Está en peligro cuando las tensiones dejan de conmovernos.

Este ensayo es, al final, un ejercicio de claridad.
Un recordatorio de que comprender lo que ocurre es el primer paso para cambiarlo.
Y de que ninguna degradación institucional es irreversible mientras haya ciudadanos que, como tú, José María, se niegan a mirar hacia otro lado.

 

 


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