EL
UNIVERSO COMO SISTEMA DE INFORMACIÓN
Introducción
El universo como texto que se escribe a sí
mismo
Hay hipótesis
que no nacen para describir el mundo, sino para despertarlo.
La idea de que el universo es, en su esencia más profunda, información
organizada en dinámica —y que la materia, la energía y el espacio-tiempo no
son más que manifestaciones de ella— es una de esas hipótesis limítrofes.
No pretende contarnos qué vemos, sino qué significa que algo sea visto.
Desde John
Wheeler y su ya icónica intuición —«It from Bit», lo físico surgiendo de
la información— hasta las teorías más recientes donde la geometría misma emerge
del entrelazamiento cuántico, la física moderna ha comenzado a rozar un
territorio filosófico antiguo:
el mundo podría no estar hecho de cosas, sino de distinciones;
no de ladrillos ontológicos, sino de relaciones que adquieren forma.
Lo real sería
entonces una gramática, no un objeto;
una topología de datos, no un escenario pasivo;
un proceso que se calcula a sí mismo, no un teatro inerte donde la materia se
desplaza.
Pero este
impulso —esta ambición de leer el universo como un sistema de información—
exige rigor.
Porque donde hay profundidad, siempre hay riesgo:
la sed de explicación puede confundirse con metáfora, y el brillo conceptual
puede esconder imprecisiones.
Así, nuestro trabajo aquí no será repetir slogans cosmológicos —sino afinar
la intuición y la razón, caminando entre la física dura y la filosofía
disciplinada.
Este texto está
estructurado en seis movimientos, como un mapa para navegar un territorio que
se rehace a cada pregunta:
- It from Bit — ¿Hipótesis física, programa
epistemológico o principio metafísico?
- Agujeros negros y holografía — donde la información revela que
el espacio puede tener menos dimensiones de las que aparenta.
- Bekenstein-Hawking y Shannon — el área como contabilidad de
bits, y la geometría como memoria.
- El universo computante — operaciones, límites, y la
pregunta incómoda: ¿computación sin computista?
- Decoherencia como flujo de
información — cómo
lo cuántico se vuelve mundo, no por colapso místico sino por interacción
y pérdida de acceso.
- ER = EPR — entrelazamiento convertido en
puente geométrico; el espacio-tiempo como condensación de correlaciones.
Porque, si el
universo es información, no basta con decirlo —hay que mostrarlo.
Y si no lo es, el fracaso de esta hipótesis será igualmente fértil, pues nos
obligará a redefinir lo que entendemos por realidad, observación y
existencia.
En cualquier
caso, no podremos salir indemnes:
pensar al cosmos como sistema informacional no solo transforma la física
—transforma lo que creemos ser como observadores dentro de él.
Tal vez seamos nodos en una red de significado mayor.
Tal vez el universo no espera que lo midamos:
tal vez nos necesita para completarse.
Wheeler
escribió un lema que parecía sencillo, casi poético, pero que llevaba una carga
explosiva contra la ontología clásica:
«Toda
partícula, toda fuerza, incluso el propio espacio-tiempo, surge de respuestas
binarias a preguntas: información.»
Era más que
física: era una intuición radical.
El universo no como cosa, sino como respuesta.
Lo real como registro de diferencias, no como bloque preexistente de
materia esperando ser medido.
Pero, ¿qué
estatuto tiene esta idea?
No basta con admirarla —hay que diseccionarla con bisturí filosófico.
¿Hipótesis
científica o principio metafísico?
Desde el
criterio de falsabilidad de Popper, It from Bit no es una hipótesis
empírica cerrada:
no predice fenómenos específicos que podamos medir mañana en laboratorio.
No dice qué observaremos, solo cómo deberíamos pensar lo
observado.
Sin embargo,
tampoco es mera especulación metafísica.
Tiene la estructura de un programa de investigación en sentido lakatosiano:
- Núcleo duro:
la información es más fundamental que la materia/energía. - Cinturón protector de hipótesis
auxiliares:
gravedad como termodinámica, entrelazamiento como geometría, universo computante. - Progresividad heurística:
genera predicciones conceptuales fructíferas (Bekenstein–Hawking, ER=EPR, AdS/CFT). - Acepta ser reemplazado o refinado
si aparece un marco más fuerte.
Su fuerza, por
tanto, no es dogmática sino heurística: abre caminos.
Tensión con
el realismo físico tradicional
Para el
realismo científico clásico:
- El universo existe
independientemente del observador.
- La materia es primaria; la
información describe su estado.
Wheeler
revierte el orden:
- La información no describe
la realidad: la constituye.
- La materia es un fenómeno derivado.
Es una
inversión parecida a la que hizo Platón con las Ideas, pero ahora expresada con
bits y operadores cuánticos.
El fisicalismo
duro objetará:
“La información
es una abstracción. No existe sin un soporte físico.”
Respuesta
moderna (Landauer):
la información es física, y cada bit requiere energía, tiempo y espacio
para procesarse.
De pronto, la
frontera ontológica se difumina:
¿es la información inseparable del soporte, o es el soporte una
manifestación de la información?
La cuestión
queda abierta.
¿Es la
información un concepto suficientemente definido aquí?
Este es el
punto crítico.
- En teoría de Shannon, información =
reducción de incertidumbre.
- En física cuántica, información =
estructura de estados accesibles / amplitudes / entrelazamiento.
- En termodinámica, información =
negativo de entropía accesible.
Pero Wheeler
usa el término como símbolo ontológico primario, sin un formalismo
único.
Esa vaguedad es
su debilidad —y su fuerza.
Aún no tenemos un único concepto de “información” lo bastante afilado para
tallar toda la realidad.
Estamos en transición entre metáfora y teoría formal.
La pregunta no
es si It from Bit es hoy una teoría completa.
No lo es.
La pregunta es si está generando el lenguaje que hará posible la siguiente
física.
Y eso, ya lo
está haciendo.
Aquí no
concluimos —abrimos.
El universo
quizá no sea un conjunto de cosas, sino un acto continuo de distinción,
y el observador, una función que hace real lo que, sin él, sería solo potencial
informe.
II. Agujeros
negros, holografía y la información que se niega a desaparecer
En el corazón
de la relatividad general, un agujero negro es una región de la que nada, ni
siquiera la luz, puede escapar.
En el corazón de la mecánica cuántica, toda evolución física es unitaria,
lo que significa que la información jamás se destruye, solo cambia de forma.
Cuando ambas teorías se cruzan en la frontera del horizonte de sucesos, surge
una paradoja que ha desafiado a generaciones enteras:
¿Dónde va la información cuando algo cae en un agujero negro?
El teorema
del no-hair y la pérdida aparente de información
Según el
teorema del no-hair, un agujero negro está completamente descrito por
tres parámetros: masa, carga y momento angular.
Todo lo demás —forma, composición, historia— desaparece.
Una estrella y un montón de piedras con la misma masa, carga y spin producen el
mismo agujero negro.
La información que diferenciaba ambos estados parece aniquilada.
En los años
setenta, Hawking introdujo su famosa radiación térmica:
los agujeros negros no son eternos, sino que emiten radiación cuántica por
efectos de pares de partículas cerca del horizonte.
El problema: esa radiación es puramente térmica, sin huellas del
material original.
Cuando el agujero se evapora por completo, el universo pierde información.
Una violación directa del principio de unitariedad cuántica.
La física no
tolera ese tipo de desapariciones.
Algo tenía que estar mal.
El giro
informacional: el Principio Holográfico
En los años
noventa, Gerard ’t Hooft y Leonard Susskind propusieron un cambio radical:
quizá la información no se pierde, sino que se codifica en la
superficie del horizonte de sucesos.
El volumen
tridimensional del agujero negro sería, en realidad, una proyección de la
información grabada en su frontera bidimensional.
La ecuación de
Bekenstein-Hawking, que relaciona la entropía ( S ) con el área ( A ) del
horizonte, dio el respaldo físico:
la cantidad máxima de información que puede contener un volumen no crece con el
volumen, sino con el área.
El universo, en cierto modo, escribe su memoria sobre las superficies.
Más tarde, la
correspondencia AdS/CFT de Maldacena (1997) dio cuerpo matemático a la
intuición:
una teoría cuántica sin gravedad definida en una superficie (CFT) puede
describir completamente un espacio-tiempo con gravedad en el volumen (AdS).
El principio holográfico se volvió el esqueleto de una nueva ontología:
la realidad podría ser un holograma en el sentido más literal.
La
información como geometría
Si la
información está en el borde, la geometría del espacio-tiempo surge de
la estructura del entrelazamiento de esa información.
Los puentes gravitacionales, las curvaturas y las dimensiones no serían cosas
en sí, sino manifestaciones de correlaciones cuánticas.
Donde hay entrelazamiento, hay continuidad del espacio.
Donde se rompe, aparece el vacío.
Límites y
paradojas persistentes
El holograma no
resuelve todo.
Persisten dilemas como:
- El firewall paradox
(Almheiri-Marolf-Polchinski-Sully): ¿puede el horizonte ser
simultáneamente suave para el observador y contener la información?
- La noción de soft hair
(Hawking-Perry-Strominger): pequeños grados de libertad cuánticos en el
horizonte podrían almacenar los datos perdidos, pero su capacidad
informacional aún es incierta.
- La compatibilidad con observadores
dentro y fuera del agujero negro sigue sin formalización completa.
La paradoja de
la información no ha sido erradicada; ha sido reformulada.
Pero en ese proceso ha revelado algo esencial:
el universo no destruye la información —la esconde, la redistribuye,
la codifica en formas que apenas empezamos a leer.
En última
instancia, lo que llamamos “espacio” podría ser el modo en que el cosmos organiza
sus datos.
Y el horizonte de sucesos, el límite físico donde la realidad nos recuerda que
toda observación tiene un precio:
la traducción de volumen en superficie, de fenómeno en signo, de ser en bit.
III. La
ecuación de Bekenstein–Hawking y la geometría informacional del espacio-tiempo
En física, hay
ecuaciones que describen; y hay ecuaciones que revelan.
La de Bekenstein-Hawking pertenece a la segunda clase —una grieta en la cortina
que deja entrever que la realidad no está hecha de materia, sino de información
densamente organizada.
[S = \frac{k
A}{4 l_p^2}]
Donde:
- ( S ) es la entropía del agujero
negro
- ( k ) es la constante de Boltzmann
- ( A ) es el área del horizonte de
sucesos
- ( l_p ) es la longitud de Planck
Sorprende lo
esencial:
la entropía no es proporcional al volumen del agujero negro, sino a su área
superficial.
El universo usa sus fronteras como pizarras para almacenar información.
Esta ecuación
transforma la noción clásica de espacio:
- Si la entropía mide la cantidad de
microestados posibles,
- y si la entropía se cuenta en bits
de información,
- entonces la información
fundamental del cosmos vive en superficies, no en el interior del volumen.
El eco de
Shannon en la curvatura del espacio
Shannon definió
información como reducción de incertidumbre.
Bekenstein y Hawking mostraron que el horizonte de un agujero negro no es solo
una frontera física —es un dispositivo de almacenamiento máximo,
saturado hasta el límite del cosmos.
La entropía de
un agujero negro es la información que puede contener acerca de todo lo que
cayó en él, comprimida a su límite físico absoluto.
[\text{Información} \sim \frac{A}{4 l_p^2}]
El cuanto
mínimo de superficie —un “píxel” del universo— es un área ( \sim l_p^2 ).
El universo no es continuo: es discretizado en unidades de información.
El espacio deja
de ser un fondo vacío:
se convierte en un registro digital, un libro hecho de bits geométricos.
Ryu–Takayanagi:
el puente que faltaba
Décadas
después, esta ecuación reapareció en otro lugar:
la fórmula de Ryu-Takayanagi en la correspondencia AdS/CFT:
[S_{\text{entrelazamiento}}
= \frac{\text{Área mínima de la superficie}}{4 l_p^2}]
La entropía del
entrelazamiento —no la materia, no la energía— determina la geometría
del espacio-tiempo.
La gravedad no
“curva” el espacio —la información lo teje.
Donde hay
entrelazamiento, el espacio se cohesiona.
Cuando el entrelazamiento desaparece, el espacio se descompone.
El espacio es
el dibujo;
el entrelazamiento, la tinta;
la ecuación de Bekenstein-Hawking, la regla métrica que cuantifica el trazo.
Implicación
radical
El universo no
“contiene” información.
El universo es información que adopta forma geométrica y dinámica.
La ecuación no
solo cuantifica la entropía del agujero negro; anuncia un nuevo principio:
La realidad
física es una superficie de significado comprimido.
Y si el espacio
surge de patrones de entrelazamiento…
entonces el tiempo —lo que llamamos evolución— podría ser solo la
actualización de ese tejido informacional.
Un
cosmos-procesador, no un cosmos-máquina.
Un poema
codificado, que se despliega bit a bit.
IV. El
universo como computadora cuántica .Límites, algoritmos y la pregunta del
programador
En 2002, el
físico Seth Lloyd publicó un cálculo tan provocador como elegante:
si el universo fuese una computadora cuántica, habría realizado desde el Big
Bang alrededor de
[10^{120} \text{ operaciones lógicas}]
y contendría aproximadamente
[10^{90} \text{ bits de información}.]
No era una metáfora poética; era una estimación física, derivada de la
energía total del cosmos, la constante de Planck y la velocidad de la luz.
El universo, decía Lloyd, no solo contiene información, la procesa.
El algoritmo
cósmico
Toda partícula
que interactúa, cada colisión, cada oscilación cuántica, puede verse como una
operación lógica elemental:
una entrada, una transición, una salida.
El universo computa su propio devenir sin instrucciones externas.
No hay software cargado desde fuera; el hardware y el código son lo mismo.
La evolución física es un cálculo que se reescribe a sí mismo, donde las leyes
no son comandos, sino regularidades emergentes.
Pero ¿qué
“algoritmo” ejecuta el cosmos?
La respuesta, si la hay, no parece ser determinista.
La física cuántica muestra que el universo no sigue un guion fijo, sino un
conjunto de probabilidades que se actualizan con cada interacción.
Su programa es estocástico, y su resultado, evolutivo.
En ese sentido,
el universo no sería una computadora digital en sentido clásico, sino un procesador
cuántico universal, donde cada evento físico corresponde a una operación de
interferencia o decoherencia entre qubits cósmicos.
Límites de
resolución: la constante de Planck como píxel del ser
Si el universo
es información, debe tener una resolución mínima.
Esa resolución es el límite de Planck:
- Longitud de Planck ( l_p ≈ 1.6
\times 10^{-35} ) m
- Tiempo de Planck ( t_p ≈ 5.4 \times
10^{-44} ) s
Más allá de
esas escalas, el espacio-tiempo deja de comportarse como continuo.
Cada “píxel” de área ( l_p^2 ) puede codificar, según la ecuación de
Bekenstein-Hawking, un bit de información fundamental.
El universo sería entonces un campo de datos cuánticos granular, en el
que la geometría es la interfaz visible de un proceso subyacente de cómputo.
Complejidad
y ausencia de programador
Desde la teoría
de la complejidad, surge una crítica inevitable:
una computadora requiere definición de entrada, reglas y salida.
¿Dónde están en el cosmos?
- Entrada: el estado inicial del Big Bang, un
mar de energía máxima y mínima entropía.
- Reglas: las leyes físicas, que parecen
actuar como algoritmos de actualización.
- Salida: la estructura observable del
universo actual.
Sin embargo,
falta algo esencial: el programador.
No hay entidad externa que ejecute el código.
El universo es, en todo caso, autoejecutable: un sistema cerrado que
simula su propio futuro a partir de su propio pasado.
En esa visión, “programar” equivale a “existir”.
Y surge el
dilema filosófico:
si el universo es simulación, ¿qué simula?
Si hay un nivel superior —un universo padre—, ¿quién simula a ese universo?
La regresión se vuelve infinita, y el concepto se deshace en su propio espejo.
Quizá la clave
no sea imaginar un universo como computadora, sino una computadora
que se descubre como universo.
En otras palabras, la computación es una forma de ontología, no una
metáfora tecnológica.
El cosmos no
obedece un propósito externo;
simplemente procesa ser, actualizando su estado de información en cada
instante.
Cada galaxia, cada electrón, cada pensamiento humano es un bit de esa inmensa
operación, un pulso en el cálculo de la existencia.
V.
Decoherencia cuántica como flujo y pérdida de información
Si el universo
es un sistema de información, la decoherencia es su gramática de transición:
el proceso mediante el cual la posibilidad se convierte en hecho, lo potencial
en acontecimiento, la superposición en realidad.
En la física
cuántica, todo sistema aislado puede existir en una superposición de estados
—una nube de probabilidades coherente, donde las amplitudes de todos los
posibles resultados interfieren entre sí.
Pero el universo no tiene sistemas verdaderamente aislados.
Cada partícula, cada átomo, cada pensamiento está inmerso en un océano de
interacciones.
Y esas interacciones son flujos de información.
La
decoherencia como comunicación
Cuando un
sistema cuántico interactúa con su entorno, se produce una correlación: el
entorno "aprende" algo sobre el estado del sistema.
Ese aprendizaje no es gratuito; es transferencia de información.
Los estados del sistema quedan entrelazados con los del ambiente, y la
superposición cuántica se dispersa en un número astronómico de grados de
libertad inaccesibles.
El resultado observable: el sistema parece haber colapsado en un estado
definido.
Pero en realidad, no colapsa: simplemente pierde coherencia.
El universo se ha enterado de algo, y en ese acto, la posibilidad se vuelve
historia.
En este
sentido, cada medición es un proceso informacional, no un acto místico.
El observador —humano o no— es un nodo en la red de correlaciones.
No “crea” la realidad, sino que la estabiliza al participar en el
intercambio de información.
La decoherencia no destruye la información cuántica; la redistribuye en
grados de libertad que, para nosotros, son invisibles.
Quantum
Darwinism: la selección natural de la información
El físico
Wojciech Zurek propuso una extensión esclarecedora: el Darwinismo Cuántico.
El entorno no solo registra la información, sino que replica los estados
más estables, seleccionando aquellos que pueden sobrevivir a la interacción
continua con el medio.
Solo esas copias redundantes son accesibles a múltiples observadores y
constituyen el consenso de la realidad clásica.
La objetividad, entonces, no es un punto de partida, sino el resultado de un
proceso evolutivo de la información.
La
decoherencia cósmica
Si ampliamos la
escala, podemos imaginar el universo primitivo —denso, caliente, turbulento—
como un vasto sistema cuántico en superposición.
A medida que se expande y enfría, los campos de energía interactúan, los grados
de libertad se multiplican, y las correlaciones se distribuyen.
Esa gigantesca transferencia de información podría entenderse como una decoherencia
cósmica, el momento en que el universo dejó de ser un conjunto de
potenciales cuánticos para transformarse en una historia definida.
Desde entonces,
cada estructura —galaxias, átomos, mentes— es un vestigio de ese proceso
informacional.
El Big Bang no fue solo una explosión de energía, sino una explosión de
información, una expansión de la capacidad del universo para almacenar y
transmitir significado.
El
observador como parte del sistema
Así, la
conciencia no está fuera del experimento: es parte del mecanismo de registro.
Cada percepción humana es una interacción cuántico-clásica: absorción,
codificación y almacenamiento de información.
El cerebro mismo, con sus sinapsis y sus patrones eléctricos, es una red de
decoherencia controlada que transforma lo cuántico en experiencia.
Nada se pierde
realmente.
La información que parece desvanecerse sigue existiendo, dispersa en el
entramado del cosmos.
La realidad no se destruye: se distribuye.
Y la flecha del tiempo, más que un mandato de la termodinámica, podría ser el
ritmo de esa dispersión, la danza del universo al convertir posibilidad en
memoria.
VI. ER = EPR.
La información como geometría del espacio-tiempo
En 2013, Juan
Maldacena y Leonard Susskind lanzaron una conjetura que, de confirmarse,
cambiaría para siempre la forma en que concebimos la realidad:
ER = EPR.
Una ecuación en apariencia simple que une dos conceptos que, hasta entonces,
pertenecían a mundos distintos.
- ER: los puentes de Einstein–Rosen, o
agujeros de gusano, túneles teóricos que conectan regiones distantes del
espacio-tiempo.
- EPR: el entrelazamiento cuántico de
Einstein–Podolsky–Rosen, esa conexión invisible por la cual dos partículas
comparten un mismo estado, sin importar la distancia.
La conjetura
propone que cada par de partículas entrelazadas está unido por un micro
agujero de gusano, y que la estructura del espacio-tiempo podría surgir,
literalmente, de la red de entrelazamientos cuánticos que conforman el
universo.
El tejido de
lo real
Si el
entrelazamiento crea conectividad, entonces la geometría del
cosmos no es algo previo, sino un efecto emergente.
El espacio sería el mapa de las correlaciones cuánticas.
Donde hay entrelazamiento, hay cercanía; donde no lo hay, hay distancia.
La topología del universo no sería una estructura física preexistente, sino una
cartografía informacional.
Esta idea
resuena con la ecuación de Bekenstein–Hawking y el Principio Holográfico:
la gravedad no sería una fuerza fundamental, sino un efecto termodinámico
del entrelazamiento.
El universo se mantiene coherente porque su información está entrelazada
consigo misma.
La
no-localidad como estructura, no como anomalía
Einstein
rechazaba el entrelazamiento porque le parecía una violación de la localidad.
Pero ER = EPR lo reinterpreta: la no-localidad no es un error, es la
estructura del cosmos.
Lo que parecía un intercambio instantáneo a través del vacío es, en realidad,
el reflejo de una conectividad subyacente, una continuidad escondida en
la red de información.
La paradoja EPR
no desaparece: se geometriza.
Los agujeros de gusano no son túneles por donde viaja la materia, sino
metáforas físicas de cómo la información mantiene unido al universo.
¿Podría
probarse?
Hasta ahora, la
conjetura es conceptualmente poderosa, pero experimentalmente esquiva.
En laboratorios de computación cuántica se han propuesto análogos simulados,
donde circuitos de qubits reproducen patrones de correlación equivalentes a micro
agujeros de gusano.
Algunos resultados recientes (como los experimentos de Google Quantum AI en
2022) sugieren que ciertas estructuras de entrelazamiento pueden comportarse
como puentes de información —una versión miniaturizada de ER = EPR.
No son agujeros de gusano reales, pero su formalismo matemático es el mismo.
La
implicación más profunda
Si el
espacio-tiempo emerge de la información, el universo no es un escenario —es una
red de significados interconectados.
Cada partícula, cada campo, cada mente es un nodo en esa red, donde la
distancia no se mide en metros, sino en grado de correlación.
La realidad, entonces, no es un tejido material, sino una música de
coherencias:
la resonancia entre todos los fragmentos del ser.
Y si cada
entrelazamiento es un pequeño puente ER, podríamos decir que el universo entero
es un solo, inmenso agujero de gusano consigo mismo.
Un espacio que se sostiene por la información que circula, se pierde, se
recrea, se une.
El cierre
del círculo
Desde Wheeler
hasta Susskind, la intuición se ha vuelto cada vez más clara:
el universo no está hecho de cosas, sino de relaciones
informacionales que adoptan forma física.
La materia, la energía, la gravedad y el tiempo son expresiones distintas de
una misma entidad: la información que se organiza.
Así, el cosmos
se revela no como un edificio, sino como una conversación que nunca termina:
la interacción eterna entre los bits que construyen el ser y los ojos que
los contemplan.
Conclusión
El universo
como lenguaje de sí mismo
Si una ecuación
puede contener un universo, una idea puede contener una revolución.
Hemos seguido el hilo que va de Wheeler a Hawking, de Maldacena a Lloyd, de
Shannon a Zurek: un hilo que no está hecho de materia ni energía, sino de distinciones,
correlaciones, y memoria.
Lo que emerge
es una visión audaz y serena a la vez:
el universo no
es un objeto,
ni un escenario,
ni una máquina.
Es un proceso informacional que se auto-interpreta.
La materia no
es sustancia: es estado almacenado.
La energía no es movimiento puro: es actualización de transición.
El espacio es estructura de correlación.
El tiempo es flujo de decoherencia —la progresión del registro.
La gravedad es termodinámica del entrelazamiento.
Y la consciencia, lejos de ser intrusa o accidente, parece una subrutina
reflexiva del cosmos, un modo de su arquitectura de información de volverse
perceptiva de sí misma.
No hay
programador.
El universo no ejecuta un código externo:
es el código, y es la ejecución.
Auto-contenedor.
Auto-actualizable.
Auto-observado.
Y sin embargo,
esta visión no es cierre.
Es apertura.
Porque si todo lo real es información, aún ignoramos su gramática final:
¿bits clásicos?
¿qubits?
¿entrelazamiento puro?
¿estructura matemática sin soporte físico?
¿o algo que todavía no sabemos nombrar?
Lo que sí
sabemos es esto:
- Ningún punto del espacio es único;
lo que lo define es su tejido de relaciones.
- Nada se pierde; la información se
redistribuye y se transforma.
- El vacío no está vacío; es
potencial correlacional.
- Ser es distinguir.
- Conocer es correlacionarse.
- Existir es ser registrado
por el universo y registrarlo a la vez.
Así, comprender
la realidad se vuelve un acto doble:
medir y ser medido,
pensar y ser pensado,
leer y ser escrito.
Nosotros no
estamos fuera mirando el cosmos:
somos un nodo, una vibración en su red informacional, un punto donde el
universo hace un bucle y se mira desde dentro, y se reconoce.
La física más
avanzada vuelve, al final, a una intuición casi mística:
La realidad es
interacción.
Y cada interacción es información.
Y en esa danza infinita, el universo se cuenta a sí mismo su propia historia.
No somos
espectadores —somos procesos activos en la trama del ser.
Un día, puede que lleguemos a entender la sintaxis última de este código
cósmico.
Pero hasta entonces, hay una certeza profunda y simple:
Vivir, pensar,
sentir, medir, recordar, imaginar —todo ello es participar en la auto-conciencia
del universo.
Y eso, más que
una teoría, es una tarea, una vocación, un llamado:
seguir preguntando, seguir distinguiendo, seguir ampliando lo que puede ser
conocido.
Porque en cada
pregunta que formulamos,
el universo crea un poco más de sí mismo.

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