ISAAC
NEWTON
Introducción
La figura de
Isaac Newton (1642–1727) se erige como uno de los hitos intelectuales más
trascendentales en la historia de la humanidad. Su obra no solo marcó el inicio
formal de la física moderna, sino que también encarnó la culminación de un
proceso de transformación cultural, filosófica y científica iniciado en el
Renacimiento. Más que un mero científico, Newton fue un pensador universal que
sintetizó el legado de siglos de observación, especulación y descubrimiento, y
lo reorganizó bajo un nuevo paradigma: el del universo regido por leyes
matemáticas inmutables.
Formado en el
cruce entre la escolástica tardía y las corrientes emergentes del racionalismo
cartesiano, Newton absorbió, reinterpretó y superó las ideas de sus
predecesores —Galileo, Kepler, Descartes— para construir una visión mecanicista
del cosmos basada en principios matemáticos y experimentalmente verificables.
Su obra más influyente, los Philosophiæ Naturalis Principia Mathematica
(1687), no solo revolucionó la física, sino que ofreció una arquitectura
conceptual para comprender el movimiento de los cuerpos celestes y terrestres
como parte de un mismo tejido racional.
Sin embargo,
reducir a Newton a su legado físico-matemático sería simplificar excesivamente
su complejidad intelectual. Fue también un teólogo apasionado, un estudioso de
la alquimia y un lector obsesivo de las Escrituras, dimensiones que hoy
resultan incómodas para una imagen racionalista de la ciencia, pero que fueron
esenciales para comprender su búsqueda del orden y la verdad en todas las
esferas del conocimiento.
Este documento
propone un recorrido por los múltiples rostros de Newton: el arquitecto del
universo mecánico, el polemista en la disputa sobre el cálculo, el místico que
buscaba descifrar los secretos divinos, y el símbolo de la Revolución
Científica. A través de seis ejes temáticos, se analizará el alcance y las
tensiones de su pensamiento, así como su vigencia en el contexto contemporáneo
del saber científico.
Isaac Newton no
fue un creador ex nihilo, sino un articulador genial de una larga tradición de
pensamiento que, desde el Renacimiento, había ido socavando los pilares de la
cosmovisión aristotélica. Su principal mérito no radicó únicamente en sus
descubrimientos, sino en su capacidad para sintetizar el conocimiento
disperso de sus predecesores y transformarlo en un sistema coherente,
matemáticamente formulado y universalmente aplicable.
Las
contribuciones de Galileo Galilei, Johannes Kepler y René
Descartes fueron fundamentales para esta tarea. De Galileo heredó la idea
de que el lenguaje de la naturaleza es matemático y que las leyes del
movimiento deben formularse a partir de experimentos rigurosos. La cinemática
galileana —con su principio de inercia y el estudio de la caída libre— fue
absorbida y reformulada por Newton en su Primera Ley del Movimiento,
estableciendo un nuevo punto de partida para la dinámica.
Kepler, por su
parte, había descrito las órbitas planetarias mediante leyes empíricas
—elipses, áreas barridas iguales en tiempos iguales, relación cúbica entre los
períodos y los radios— sin poder explicar por qué el movimiento adoptaba
esas formas. Newton, al aplicar la ley de la gravitación universal, mostró que
las leyes de Kepler eran una consecuencia necesaria de una fuerza
atractiva que disminuye con el cuadrado de la distancia, unificando así la
física celeste y terrestre en un solo marco conceptual.
La influencia
de Descartes fue más ambigua. Aunque Newton criticó duramente la metafísica
cartesiana y rechazó el modelo de los vórtices etéreos como explicación del
movimiento planetario, adoptó algunos de sus ideales racionalistas,
especialmente la idea de que el universo puede ser comprendido como una
máquina gobernada por leyes matemáticas inmutables. Sin embargo, mientras
que Descartes priorizaba la deducción filosófica, Newton insistió en el primado
de la observación empírica y el método inductivo, dejando claro en los Principia
su rechazo a “hipótesis no demostradas” (hypotheses non fingo).
La ruptura con
la filosofía natural aristotélica fue radical. En el sistema
aristotélico, los movimientos naturales y violentos se explicaban por la
tendencia de los cuerpos a alcanzar su “lugar natural”, en un universo
geocéntrico y jerárquico. Newton desmanteló esa visión al mostrar que todos
los cuerpos, desde una manzana hasta los planetas, obedecen las mismas leyes
dinámicas, despojando así al cosmos de su división metafísica y
estableciendo una nueva ontología basada en masa, fuerza, espacio y tiempo
absolutos.
Esta síntesis
newtoniana marcó el nacimiento de una nueva concepción del mundo: un
universo unificado, inteligible, predecible y regido por leyes matemáticas
universales, donde el orden podía ser descrito sin necesidad de recurrir a
causas finales ni esencias ocultas. Fue, en última instancia, una reescritura
total de la filosofía natural clásica, y el comienzo de una ciencia moderna que
aspiraba no solo a describir el mundo, sino a dominarlo mediante la razón y el
cálculo.
2. Los Principia
y el nacimiento de la física moderna
La publicación
de los Philosophiæ Naturalis Principia Mathematica en 1687 marcó un
punto de inflexión en la historia de la ciencia. Con esta obra, Isaac Newton no
solo dio forma definitiva a la física clásica, sino que estableció el marco
metodológico y conceptual que dominaría la investigación científica durante más
de dos siglos. Los Principia no eran simplemente una recopilación de
resultados empíricos o teoremas matemáticos: constituían una nueva forma de
pensar la naturaleza.
El núcleo de la
obra descansa en tres pilares fundamentales:
- Las leyes del movimiento (Primera, Segunda y Tercera Ley),
que definen las condiciones del cambio físico de los cuerpos en términos
de fuerzas y aceleraciones.
- La ley de la gravitación universal, según la cual toda partícula del
universo atrae a cualquier otra con una fuerza proporcional al producto de
sus masas e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que las
separa.
- La derivación matemática de múltiples fenómenos observables
—como las órbitas planetarias, las mareas, la caída de cuerpos, el
movimiento de proyectiles o la precesión de los equinoccios— a partir de
estas leyes generales.
Este enfoque
constituyó una revolución metodológica. Por primera vez, los fenómenos
físicos eran explicados no por analogías cualitativas o causas finales, sino
mediante modelos matemáticos deductivos, anclados en la experiencia y
verificables por observación. Newton empleó el cálculo geométrico —precursor de
su cálculo infinitesimal— para demostrar que los movimientos de los planetas
descritos por Kepler eran una consecuencia natural de una fuerza central que
obedecía una ley cuadrática inversa. De este modo, logró lo que hasta entonces
había sido solo una aspiración renacentista: unificar la física celeste y la
terrestre bajo un mismo conjunto de principios matemáticos.
Pero el impacto
de los Principia fue más allá del contenido físico. Estableció un nuevo
estándar para la ciencia: la formulación de leyes universales expresadas
matemáticamente, susceptibles de ser aplicadas a casos concretos, con capacidad
predictiva. La idea de que el universo entero podía ser descrito como un sistema
dinámico gobernado por leyes precisas cambió radicalmente la forma en que
se concebía la naturaleza. A partir de Newton, el mundo dejó de ser una
colección de fenómenos independientes y caprichosos, para convertirse en un cosmos
ordenado, inteligible y determinista.
Esta
cosmovisión también reconfiguró la relación entre filosofía y ciencia. La
física dejó de ser una rama subordinada de la “filosofía natural” para
convertirse en una disciplina autónoma, con su propio lenguaje, métodos y
criterios de verdad. La figura del físico-teórico emergió como la de un nuevo
tipo de pensador: no un mero observador del mundo, sino un arquitecto del
conocimiento que lo explica, predice y, eventualmente, lo transforma.
En ese sentido,
los Principia no fueron solo el acta de nacimiento de la física moderna,
sino también el punto de partida de la ciencia contemporánea en su conjunto. Su
influencia puede rastrearse hasta la mecánica celeste del siglo XIX, la
ingeniería clásica, la teoría del potencial, y aún hoy, en las formulaciones
modernas de la mecánica newtoniana en contextos relativistas o cuánticos.
En suma, los Principia
inauguraron una nueva era intelectual: la era de la naturaleza matematizada,
de la ley universal, y del método deductivo aplicado al mundo físico.
En ellos se gestó no solo una teoría física, sino toda una epistemología de
la ciencia moderna.
3. Newton
como alquimista y teólogo
A pesar de ser
considerado el arquetipo del científico racionalista moderno, Isaac Newton
dedicó gran parte de su vida intelectual —y de su producción escrita— a temas
que hoy serían considerados esotéricos o teológicos. De hecho, sus manuscritos
personales revelan que escribió más sobre alquimia, teología y cronología
bíblica que sobre física o matemáticas, lo cual obliga a reconsiderar la
imagen reduccionista de Newton como simple fundador del mecanicismo científico.
En el plano
teológico, Newton fue profundamente antitrinitario, posición que en su
época podía acarrear persecución legal. Su estudio de las Escrituras fue
minucioso, no con fines devocionales, sino con la convicción de que la Biblia
contenía un código histórico-profético que podía ser desentrañado mediante
un análisis riguroso, casi científico. Estudió con intensidad los libros de
Daniel y el Apocalipsis, buscando señales de la “gran apostasía” y del
verdadero cristianismo primitivo, al que consideraba corrompido por el Concilio
de Nicea y la tradición eclesiástica posterior. Este racionalismo bíblico
no era secundario en su pensamiento: para Newton, la armonía del cosmos y la
armonía del mensaje divino respondían a una misma inteligencia ordenadora.
En cuanto a sus
investigaciones alquímicas, Newton abordó textos herméticos y tratados sobre la
transmutación de los metales con la misma seriedad meticulosa que dedicaba a la
óptica o a la dinámica. Copió y anotó centenares de recetas y procedimientos alquímicos,
buscando las "verdaderas operaciones de la naturaleza" ocultas
bajo símbolos y alegorías. Lejos de tratarse de superstición, Newton creía que
la alquimia ofrecía claves para comprender los procesos ocultos de la materia,
en un lenguaje cifrado cuya descodificación requería tanto habilidad como
iluminación espiritual. Para él, la alquimia no era incompatible con la
física, sino su complemento oculto.
Esta
coexistencia entre ciencia racional y misticismo hermético puede resultar
contradictoria desde una mirada contemporánea, pero refleja la unidad
epistemológica del siglo XVII, en la que aún no se había producido la
fractura moderna entre ciencia, religión y arte esotérico. Newton no distinguía
entre el universo físico y el universo espiritual; ambos eran reflejos del
mismo orden divino. En su concepción, las leyes naturales que describía en los Principia
no eran invenciones humanas, sino emanaciones directas de la voluntad divina:
Dios como relojero que crea un universo mecánico, pero también como legislador
moral y arquitecto esotérico del mundo.
La pregunta
sobre si es posible separar el legado racionalista de Newton de sus intereses
esotéricos no tiene una respuesta sencilla. Muchos historiadores de la ciencia
han intentado “salvar” al Newton físico del Newton teólogo, reduciendo sus
intereses alquímicos a meras excentricidades. Sin embargo, estudios más
recientes —como los de Betty Jo Teeter Dobbs, Richard Westfall o John Maynard
Keynes— han mostrado que estos aspectos formaban parte integral de su
búsqueda de una verdad unificada, una ciencia que no solo explicara el
movimiento de los planetas, sino también los designios de la providencia y las
claves ocultas del universo.
En definitiva,
Newton no fue un moderno encerrado en el paradigma mecanicista, sino un
hombre de frontera entre el mundo medieval y el mundo moderno, entre la
razón matemática y el simbolismo sagrado. Su figura encarna las tensiones —y
las fecundas ambigüedades— de una época en transición, en la que la ciencia aún
podía ser también una vía de acceso al
4. El
cálculo infinitesimal: ¿Newton o Leibniz?
La invención
del cálculo infinitesimal es uno de los logros matemáticos más profundos del
pensamiento moderno. Sin embargo, su nacimiento estuvo envuelto en una de las controversias
más amargas y duraderas de la historia de la ciencia: la disputa entre Isaac
Newton y Gottfried Wilhelm Leibniz por la prioridad en su
descubrimiento. Este conflicto no solo enfrentó a dos genios de talla
excepcional, sino que dividió durante décadas a las comunidades científicas de
Inglaterra y del continente europeo.
Newton comenzó
a desarrollar su método de las "fluxiones" alrededor de 1665–1666,
durante los años en que se retiró a Woolsthorpe por la peste. Sin embargo, no
publicó sus hallazgos inmediatamente, y cuando lo hizo, en obras como De
Analysi (1669) o más tarde en los Principia (1687), lo hizo de
manera críptica y sin exponer claramente su notación ni sus fundamentos
analíticos. Su enfoque estaba profundamente arraigado en la geometría clásica,
lo que dificultaba su comprensión por parte de matemáticos no familiarizados
con su marco conceptual.
Leibniz, por su
parte, desarrolló de forma independiente su propio sistema entre 1675 y 1684, y
lo publicó primero, introduciendo una notación clara y operativa (como dxdx,
∫\int) que resultó mucho más accesible, flexible y duradera. Su método era
sistemático y orientado al análisis, lo que facilitó su adopción por
matemáticos como los hermanos Bernoulli, Euler y L’Hôpital. Así, mientras
Newton guardaba sus ideas, Leibniz estaba construyendo una comunidad
matemática moderna en torno al cálculo diferencial e integral.
La disputa
estalló formalmente en 1699, cuando miembros de la Royal Society comenzaron a
acusar a Leibniz de haber plagiado a Newton, especialmente tras la publicación
de ciertas cartas y manuscritos. En 1711, la controversia alcanzó su clímax
cuando una comisión de la Royal Society —presidida por Newton y bajo su
influencia directa— emitió un informe anónimo (redactado por el propio Newton)
que atribuía la invención del cálculo únicamente al inglés y desacreditaba a
Leibniz. El conflicto deterioró gravemente la reputación de Leibniz en
Inglaterra y afectó sus relaciones con muchos colegas, hasta su muerte en 1716.
Más allá de la
cuestión de prioridad, la controversia refleja diferencias epistemológicas
profundas entre ambos pensadores. Newton concebía el cálculo desde una
perspectiva cinemática y geométrica, ligada al cambio continuo en el
tiempo, y expresado a través de sus "fluxiones" y
"fluentes". Leibniz, en cambio, lo entendía de forma estructural y
simbólica, como una herramienta universal para analizar relaciones
matemáticas, con una notación más cercana al álgebra moderna. De hecho, la
notación de Leibniz es la que sobrevive hasta hoy, lo que muestra su superioridad
formal y pedagógica.
En términos
históricos, la disputa tuvo consecuencias significativas: aisló a la
matemática británica durante buena parte del siglo XVIII, al obstaculizar
la adopción del análisis infinitesimal desarrollado en el continente. Mientras
Europa avanzaba con figuras como Euler, d’Alembert y Lagrange, la escuela
inglesa permanecía anclada en los métodos geométricos de Newton, lo que
ralentizó su evolución.
No obstante,
hoy se reconoce que ambos desarrollaron el cálculo de manera independiente
y que sus enfoques, aunque distintos, eran complementarios. La genialidad de
Newton radicó en su intuición física y en la capacidad de aplicar el cálculo a
problemas dinámicos, mientras que Leibniz construyó un lenguaje simbólico
universal que liberó el análisis matemático de las limitaciones de la
geometría clásica.
En definitiva,
el conflicto Newton-Leibniz fue más que una querella personal: fue el reflejo
de una época de transición, en la que la ciencia moderna comenzaba a
construir sus propios mecanismos institucionales, reglas de atribución, redes
de poder y rivalidades internacionales. La disputa anticipa así los
conflictos de autoría, visibilidad y legitimidad que seguirían marcando el
desarrollo del conocimiento en los siglos posteriores.
5. La visión
mecanicista del universo
La física de
Isaac Newton no solo transformó las ciencias naturales; reconfiguró la
manera en que Occidente concibió la totalidad del universo durante más de dos
siglos. En los Principia, Newton propuso un cosmos regido por leyes
matemáticas inmutables, en el que los cuerpos interactúan mediante fuerzas
definibles, medibles y previsibles. Esta formulación fue interpretada por sus
contemporáneos y sucesores como la consagración de una visión mecanicista y
determinista del universo, en la que todos los fenómenos —desde la caída de
una manzana hasta el movimiento de los planetas— obedecían a un conjunto finito
de principios racionales.
Esta visión no
era nueva en su raíz. El mecanicismo había sido anticipado por figuras como Galileo,
Descartes y Hobbes, quienes concebían la naturaleza como una vasta máquina
cuyos engranajes podían ser comprendidos por la razón humana. Sin embargo,
Newton ofreció por primera vez las herramientas matemáticas y experimentales
para sustentar esa metáfora, y dotó al mecanicismo de una fuerza
explicativa sin precedentes. En este modelo, el universo era un reloj perfecto,
creado por Dios pero autónomo en su funcionamiento, previsible en su evolución,
y susceptible de ser descifrado por la mente humana.
El impacto de
esta cosmovisión fue profundo y transversal. Influyó no solo en la ciencia,
sino también en la filosofía, la política y la teología. Filósofos como Laplace
llevaron la idea hasta sus últimas consecuencias, afirmando que, conociendo las
condiciones iniciales y las leyes del movimiento, una inteligencia
suficientemente poderosa —el famoso “demonio de Laplace”— podría predecir el
estado futuro del universo con total precisión. La noción de determinismo
causal absoluto se convirtió en un pilar de la epistemología moderna.
Sin embargo,
esta imagen del universo newtoniano comenzó a ser cuestionada a partir del
siglo XX, con el surgimiento de la física relativista y la mecánica
cuántica. En 1905, Albert Einstein publicó su teoría de la
relatividad especial, que invalidó el concepto de tiempo absoluto —fundamental
en la física de Newton— y mostró que las leyes del movimiento deben
reformularse para cuerpos a velocidades cercanas a la de la luz.
Posteriormente, en 1915, su teoría general de la relatividad reemplazó
la idea de gravedad como fuerza a distancia por la curvatura del
espacio-tiempo, marcando una ruptura conceptual radical con la física clásica.
Pero la crítica
más profunda al mecanicismo vino desde la mecánica cuántica,
desarrollada entre 1920 y 1930. En este marco, fenómenos fundamentales como el
comportamiento de las partículas subatómicas ya no pueden describirse mediante
trayectorias precisas y deterministas, sino solo en términos de probabilidades,
incertidumbre y superposición de estados. El célebre principio de
indeterminación de Heisenberg puso en jaque la posibilidad de conocer
simultáneamente la posición y el momento de una partícula con precisión
absoluta, desafiando la idea misma de un universo predecible en todos sus
aspectos.
Estos avances
no han invalidado la física newtoniana, sino que han delimitado su ámbito de
validez: sigue siendo extraordinariamente precisa en el mundo macroscópico y
de baja velocidad, pero deja de ser aplicable en condiciones extremas de
energía, masa o escala. El universo ya no es la máquina ideal del siglo XVII,
sino un sistema más complejo, interdependiente y, en algunos niveles,
impredecible.
A pesar de
estas críticas, el legado de Newton persiste. Su obra no fue un error, sino una
etapa estructurante del pensamiento científico, sin la cual ni Einstein
ni la mecánica cuántica habrían sido posibles. Más aún: la claridad lógica, la
sistematicidad matemática y la ambición universal de su visión siguen marcando
el horizonte de lo que entendemos por “hacer ciencia”.
6. Newton y
la revolución científica
La llamada Revolución
Científica, que se extiende aproximadamente desde mediados del siglo XVI
hasta finales del XVII, supuso una transformación sin precedentes en la manera
de comprender el mundo natural. Este proceso, que implicó el abandono
progresivo del pensamiento aristotélico y escolástico, fue protagonizado por
figuras como Copérnico, Kepler, Galileo, Bacon, Descartes y Boyle. Sin embargo,
es con Newton donde este proceso alcanza su culminación sistemática y su
consolidación epistemológica.
Isaac Newton no
fue el iniciador de la Revolución Científica, pero sí quien sintetizó sus
conquistas, resolvió sus tensiones internas y ofreció el marco conceptual que
las unificó. Mientras Copérnico propuso un nuevo modelo heliocéntrico,
Kepler reformuló la estructura geométrica de las órbitas y Galileo aplicó la
experimentación al estudio del movimiento, Newton estableció un sistema
teórico-matemático universal, en el que los diversos fenómenos naturales
podían deducirse de principios comunes, con precisión lógica y coherencia
cuantitativa.
Desde este
punto de vista, Newton debe ser comprendido como el culminador de la
Revolución Científica. En él confluyen los tres grandes pilares de la nueva
ciencia:
- la observación empírica,
cultivada por Galileo y la tradición experimental inglesa;
- el método inductivo,
promovido por Francis Bacon;
- y la matematización de la
naturaleza, que se remonta a Descartes pero alcanza su plena expresión
en los Principia Mathematica.
Además, Newton
supo integrar la filosofía natural, la astronomía, la dinámica y la matemática
en una sola estructura de conocimiento. Esta unificación no fue solo teórica: institucionalizó
una nueva forma de autoridad científica, basada en la replicabilidad, la
precisión cuantitativa y la neutralidad lógica, en contraposición a la retórica
escolástica o la argumentación por autoridad que predominaban en la tradición
medieval.
En este nuevo
paradigma, la naturaleza se convirtió en un texto legible para la razón
humana, escrita en lenguaje matemático, y cuya comprensión permitía no solo
explicar los fenómenos, sino también predecirlos y, en cierta medida,
controlarlos. La ciencia, así concebida, dejó de ser una contemplación
filosófica para convertirse en un instrumento activo de transformación del
mundo.
No obstante, la
posición de Newton en esta transición también revela sus ambigüedades
históricas. Aunque sus aportes consolidaron la nueva ciencia, él mismo
mantenía prácticas y creencias —como la alquimia o la exégesis bíblica— que hoy
parecen alejadas del canon científico. Esta dualidad es reveladora: Newton no
fue simplemente un moderno, sino un puente entre dos cosmovisiones.
Encarnó el final de un mundo dominado por la autoridad de la tradición y el
comienzo de otro regido por la autonomía de la razón y el método.
En ese sentido,
su figura representa no solo un hito científico, sino también un símbolo
cultural de la Ilustración naciente, una etapa en la que la ciencia se
emancipaba de la teología sin romper completamente con ella, y en la que el
saber comenzaba a organizarse en torno a la evidencia, el cálculo y la
experimentación como criterios de verdad.
Por todo ello,
Newton no fue simplemente un físico o un matemático. Fue, como afirmó Alexander
Pope en su célebre epigrama, “el que hizo la luz” en una época que aún
oscilaba entre la sombra medieval y la claridad racionalista. Su papel en la
Revolución Científica fue el de un arquitecto del orden moderno,
unificador del saber natural bajo una estructura matemática que aún hoy
sostiene buena parte del edificio científico.
Conclusión
La figura de
Isaac Newton se impone en la historia de la ciencia no solo por la magnitud de
sus descubrimientos, sino por la profundidad con la que reordenó el
pensamiento humano sobre la naturaleza. Con su obra, culminó una larga
transición cultural que había comenzado con las dudas al sistema aristotélico y
copernicano, y que encontró en los Principia Mathematica su síntesis más
poderosa: un universo inteligible, regido por leyes matemáticas universales,
donde el cielo y la tierra obedecen los mismos principios.
Sin embargo,
reducir a Newton a una imagen de “padre de la física” sería empobrecer su
legado. Fue también un místico, un teólogo, un alquimista, y un lector
minucioso de la tradición esotérica. En su figura convergen la razón moderna y
la búsqueda de lo sagrado, el rigor experimental y la exploración del misterio.
Esta complejidad no lo debilita: lo enriquece. Lejos de ser una contradicción,
representa la ambivalencia de un tiempo fronterizo, en el que la ciencia
aún no se había separado de la filosofía ni de la teología.
Su influencia
fue tal que definió no solo los contenidos, sino también la forma y la
ambición del conocimiento moderno. El modelo newtoniano configuró la idea
de ley científica, de método sistemático, de predictibilidad del mundo, y fue
el suelo sobre el que se erigieron tanto la mecánica clásica como,
paradójicamente, las teorías que más tarde la impugnaron.
Hoy, en un
mundo donde la física ha superado muchas de las premisas de Newton, su legado
sigue vivo. No solo en las ecuaciones, sino en el ideal de una ciencia
rigurosa, audaz y universal, capaz de conectar fenómenos diversos bajo
principios comunes. Newton fue, en definitiva, el gran unificador, no
solo de las leyes del movimiento, sino del espíritu de una época que aprendió a
mirar el mundo con los ojos de la razón.

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