DRUSOS

Introducción

Los drusos constituyen una de las comunidades religiosas más singulares del mundo islámico y, al mismo tiempo, uno de los grupos minoritarios más enigmáticos del Oriente Medio contemporáneo. Surgidos a comienzos del siglo XI a partir de una escisión del islam ismailí durante el califato fatimí, los drusos han desarrollado una doctrina cerrada, esotérica y profundamente sincrética, cuya teología se ha mantenido deliberadamente velada a lo largo de los siglos. Este hermetismo doctrinal, combinado con una fuerte cohesión social interna, una estructura comunitaria dualista y una notable capacidad de adaptación política, ha permitido su supervivencia en entornos hostiles y cambiantes.

Distribuidos principalmente en el Líbano, Siria e Israel —y, más recientemente, en diásporas transnacionales—, los drusos han adoptado estrategias de integración y disimulación que les han valido el reconocimiento como “minoría leal” o incluso “modelo” en algunos contextos estatales. Sin embargo, esta posición también ha suscitado sospechas, ambigüedades identitarias y, en ocasiones, graves dilemas ético-políticos. Su historia reciente ilustra cómo una comunidad religiosa de tamaño reducido puede ejercer una influencia desproporcionada en el tablero político regional mediante una mezcla de pragmatismo, discreción y organización interna.

A pesar de su origen islámico, muchos estudiosos contemporáneos debaten si el druzismo puede seguir siendo clasificado como una escuela dentro del islam, o si ha evolucionado hacia una religión autónoma, con fundamentos teológicos propios, prácticas exclusivas y un corpus doctrinal inaccesible para la mayoría de sus propios fieles (juhhal). La doctrina de la reencarnación, el monoteísmo absoluto (tawhid), la figura divina de Al-Hákim bi-Amrillah y la transmisión esotérica del conocimiento a través de la élite iniciada ('uqqal) son algunos de los elementos que han consolidado esa singularidad.

Este trabajo propone un análisis crítico e integral de la comunidad drusa a través de seis ejes temáticos: su evolución teológica, los mecanismos de disimulación religiosa (taqiyya), la estructura interna de poder, su papel en los estados del Levante, los dilemas de identidad en Israel y los retos de su diáspora global. A través de estos apartados, se buscará no solo describir, sino también interpretar las claves de su resistencia histórica, sus contradicciones actuales y su proyección futura en un mundo en constante transformación.

1. Teología y Evolución Doctrinal: Del islam Ismailí a una Religión Distinta

La teología drusa constituye uno de los desarrollos doctrinales más singulares dentro del universo de religiones surgidas del tronco abrahámico. Aunque formalmente emergió del islam ismailí chií, el druzismo evolucionó muy pronto hacia una cosmovisión esotérica, cerrada y fuertemente sincrética que ha llevado a múltiples debates sobre su clasificación: ¿heterodoxia islámica o religión autónoma? Para responder a esta cuestión, es necesario examinar tanto su origen histórico como los pilares teológicos que lo configuran, prestando especial atención a la figura de Al-Hákim bi-Amrillah, el concepto de Tawhid (monoteísmo absoluto), la taqamus (reencarnación) y la doctrina de los ciclos proféticos.

Origen histórico: del islam fatimí al surgimiento del druzismo

La doctrina drusa nació en el contexto del califato fatimí, una dinastía ismailí chií que gobernó desde El Cairo a partir del siglo X. Durante el reinado de Al-Hákim bi-Amrillah (996–1021), noveno califa fatimí, surgió una corriente mística radicalizada que interpretó su figura no como un simple gobernante, sino como la manifestación de la divinidad en la tierra. Este culto —promovido por pensadores como Hamza ibn Ali y al-Darazī— dio lugar a una nueva doctrina que sería posteriormente conocida como druzismo (nombre derivado precisamente de al-Darazī, aunque este fue más tarde considerado hereje por los propios drusos).

Entre 1017 y 1043, se redactaron y recopilaron los Epístolas de la Sabiduría (Rasa'il al-Hikma), el corpus doctrinal sagrado de los drusos, cuya interpretación está reservada exclusivamente a los iniciados ('Uqqal). Con la desaparición de Al-Hákim en 1021 (considerada por los drusos como una ocultación, no una muerte), cesó la predicación abierta, y la nueva comunidad se replegó sobre sí misma, cerrando el ingreso a nuevos conversos y adoptando una política de estricta endogamia.

Principios teológicos centrales

  1. El Tawhid druso: monoteísmo absoluto y metafísico

A diferencia del islam tradicional, el Tawhid en el druzismo no se refiere solo a la unicidad de Dios, sino a su trascendencia total y su inaccesibilidad esencial. Dios no puede ser definido ni conceptualizado, ni siquiera con los atributos tradicionales islámicos (misericordioso, creador, justo, etc.). Todo lenguaje sobre Él es simbólico o provisional. Este enfoque lo acerca más al neoplatonismo y al gnosticismo que a la teología islámica clásica. La divinidad se manifiesta en el mundo a través de ciclos epifánicos, siendo Al-Hákim la última manifestación visible.

  1. La reencarnación (taqamus) como principio ontológico

El druzismo cree en la transmigración del alma como mecanismo de justicia cósmica. No existe infierno ni paraíso en sentido físico: el alma pasa de un cuerpo a otro, perfeccionándose o degradándose, en función de su comportamiento en vidas pasadas. Este ciclo es finito y culminará cuando todas las almas hayan alcanzado su realización espiritual. Este principio introduce una noción de responsabilidad individual continua y explica, en parte, la cohesión moral interna de la comunidad.

  1. Los cinco principios y los mentores espirituales

El druzismo enseña cinco principios fundamentales, representados simbólicamente por cinco colores: inteligencia, alma, palabra, precedente y sucesor (inspirados en la cosmología ismailí). Cada uno está asociado a una figura arquetípica, reinterpretada en los diferentes ciclos proféticos (por ejemplo, Jethro, Moisés, Jesús, Mahoma, y finalmente Al-Hákim). Esta estructura teológica da coherencia a la historia como proceso cíclico de revelación y ocultamiento, donde los iniciados pueden acceder al verdadero conocimiento mediante estudio, disciplina y guía espiritual.

  1. El esoterismo radical: una religión sin culto público

A diferencia de las religiones monoteístas más conocidas, el druzismo no posee rituales públicos visibles ni obligaciones externas universales (como la oración diaria, el ayuno del Ramadán o la peregrinación). Solo los 'Uqqal —la minoría iniciada— accede al conocimiento doctrinal completo y participa en la vida religiosa activa. Esta forma extrema de esoterismo tiene como fin preservar la pureza doctrinal y evitar desviaciones o infiltraciones externas.

¿Religión autónoma o islam heterodoxo?

El estatus religioso del druzismo ha sido ampliamente debatido:

  • Quienes lo consideran una rama del islam ismailí, argumentan que comparte la teología de la ocultación, la cadena de revelación y una fuerte tradición gnóstica.
  • En cambio, los defensores de su autonomía religiosa destacan sus doctrinas exclusivas (como la reencarnación), su ruptura con la sharía, el rechazo del Corán como texto suficiente, y su sistema cerrado de iniciación, que rompe con los principios islámicos de universalidad y acceso al conocimiento.

Desde un punto de vista académico contemporáneo, hay consenso creciente en que el druzismo, aunque históricamente surgido del islam, ha desarrollado con el tiempo una identidad teológica y ritual tan diferenciada que justifica su clasificación como religión aparte, al igual que el yazidismo respecto al zoroastrismo o el sijismo respecto al hinduismo.

Conclusión

El druzismo representa un ejemplo único de evolución religiosa: una comunidad surgida dentro del islam que, a través de un proceso de reinterpretación esotérica, se convirtió en una religión cerrada, elitista y profundamente simbólica, con estructuras teológicas propias y una visión del mundo radicalmente distinta del islam ortodoxo. Su teología —centrada en la unicidad absoluta, la transmigración del alma y la revelación cíclica— es tan compleja como inaccesible, y constituye uno de los sistemas doctrinales más fascinantes y menos comprendidos del Próximo Oriente.

2. La Doctrina de la Taqiyya (Disimulación) y su Impacto en la Supervivencia Comunitaria

La taqiyya, entendida como el principio religioso que permite a los creyentes ocultar o disimular su fe en situaciones de amenaza, constituye uno de los pilares fundamentales en la historia de supervivencia de la comunidad drusa. Si bien la taqiyya tiene precedentes en el chiismo islámico más amplio —como mecanismo de protección en contextos de persecución suní—, en el caso druso ha sido elevada a una estrategia identitaria central, más allá de una simple práctica defensiva. Este principio no solo ha moldeado la forma en que los drusos se han relacionado con sus entornos mayoritarios a lo largo de la historia, sino que ha influido en su estructura interna, en su pragmatismo político moderno y en las percepciones que otros grupos han desarrollado sobre ellos.

Orígenes doctrinales de la taqiyya en el druzismo

En el contexto de su fundación, el druzismo surgió como una corriente altamente minoritaria, considerada herética por las autoridades musulmanas tanto suníes como chiíes. Tras la desaparición de Al-Hákim bi-Amrillah y el cierre del proselitismo abierto (1043), la comunidad drusa se vio obligada a esconder su doctrina y su identidad religiosa para evitar persecuciones y exterminios. La taqiyya fue entonces formalizada como obligación ética y teológica, permitiendo a los drusos adaptarse externamente a los ritos y normas del entorno dominante (ya fuera musulmán o cristiano), sin abandonar su fe secreta.

En este sentido, la taqiyya drusa no es una excepción puntual, sino un componente estructural de su relación con el mundo exterior. Su práctica está legitimada no solo por razones de supervivencia, sino también como expresión de sabiduría espiritual: el verdadero creyente debe saber cuándo hablar y cuándo callar, cuándo revelarse y cuándo retirarse.

Efectos históricos: supervivencia y cohesión

La aplicación sistemática de la taqiyya permitió a los drusos sobrevivir durante siglos en contextos hostiles. A diferencia de otras minorías que fueron asimiladas o exterminadas, los drusos lograron mantener su identidad religiosa mediante una doble vida pública-privada. Exteriormente podían presentarse como musulmanes (e incluso, en ciertos contextos, como cristianos), mientras que internamente mantenían intactas sus creencias, ritos, genealogías y centros de reunión (khalwat).

Este comportamiento reforzó una cultura del secreto, que consolidó la cohesión interna y dio lugar a una fuerte conciencia de pertenencia: el druso sabe que forma parte de una comunidad especial, distinta, cuya supervivencia depende de la discreción, la disciplina y la solidaridad.

La taqiyya también tuvo consecuencias en la organización social: sólo los iniciados ('uqqal) tenían acceso al conocimiento doctrinal, lo cual limitaba las posibilidades de filtración o delación. Esta élite ejercía, además, un rol de guía moral y político, controlando tanto la transmisión del saber como la adaptación estratégica a los cambios del entorno.

Manifestaciones modernas: pragmatismo político y percepción externa

En el mundo contemporáneo, la taqiyya ha adquirido nuevas formas. Aunque ya no se trata estrictamente de disimular creencias religiosas para evitar la persecución, los drusos han mantenido una estrategia de adaptación pragmática frente a los Estados en los que habitan, adoptando discursos públicos de lealtad, integración y cooperación.

  • En Israel, por ejemplo, los drusos son una de las pocas comunidades árabes que aceptaron el servicio militar obligatorio en las Fuerzas de Defensa Israelíes (IDF), lo que les ha valido la etiqueta de "minoría leal" o "modelo".
  • En Líbano, han negociado una cuota de poder político reconocida dentro del sistema confesional (el líder del Partido Progresista Socialista, Walid Jumblatt, ha sido clave en ese equilibrio).
  • En Siria, apoyaron durante décadas al régimen baasista de los Assad, aunque algunos sectores se han distanciado tras la guerra civil.

Estas posturas han sido interpretadas por algunos analistas como una continuación moderna de la taqiyya: no tanto como ocultamiento de la fe, sino como flexibilidad táctica, lealtad condicional y capacidad para proteger la comunidad ante circunstancias inestables.

Sin embargo, esta misma flexibilidad ha generado ambigüedad en la percepción externa. Algunos sectores árabes nacionalistas y musulmanes han acusado a los drusos de oportunismo, traición o falta de compromiso con causas colectivas, especialmente en el contexto del conflicto palestino-israelí. Esta desconfianza estructural forma parte del precio que paga una comunidad que prioriza su supervivencia sobre la visibilidad o la militancia ideológica.

¿Pragmatismo o disimulo estructural?

El debate sobre la taqiyya drusa en el presente gira en torno a una pregunta fundamental: ¿su comportamiento político es una expresión de realismo adaptativo, fruto de siglos de persecución, o una forma permanente de disimulo estratégico, difícil de integrar en sistemas transparentes y democráticos?

Desde la perspectiva interna, la taqiyya es entendida como una virtud ética y una estrategia legítima de preservación. Desde la externa, puede ser vista con suspicacia o como una barrera para la confianza plena. Esta tensión entre prudencia comunitaria y sospecha social constituye uno de los desafíos más persistentes en la integración política de los drusos.

Conclusión

La taqiyya, lejos de ser un mero recurso religioso, ha sido una columna vertebral del ser druso: un mecanismo de resistencia, una forma de inteligencia adaptativa y un marco mental que ha condicionado profundamente su historia. En un mundo donde las minorías son frecuentemente obligadas a elegir entre visibilidad y seguridad, el caso druso muestra cómo el silencio puede ser tan político como el discurso, y cómo la identidad se puede conservar en la sombra sin perder su fuerza.

3. Estructura Social y el Rol de la Elite Religiosa (los 'Uqqal)

Una de las características más distintivas del pueblo druso es su estructura social dualista, dividida entre los 'Uqqal ("los sabios" o iniciados) y los Juhhal ("los ignorantes" o profanos). Esta división no responde a criterios de clase económica ni de linaje, sino a un umbral de acceso espiritual y disciplinario que define el lugar de cada individuo dentro de la comunidad. Lejos de ser una forma de elitismo arbitrario, esta organización ha sido clave para la preservación doctrinal, la cohesión interna y la resistencia a la asimilación durante siglos de existencia en contextos hostiles. Este apartado examina en profundidad el rol de los 'Uqqal, el funcionamiento de los Khalwat (lugares de reunión) y el impacto de esta estructura en la vida comunitaria drusa.

La división fundamental: 'Uqqal y Juhhal

En el druzismo, todos los miembros de la comunidad nacen como Juhhal —es decir, personas que forman parte del grupo, pero que no tienen acceso al contenido esotérico de la doctrina. No se trata de "ignorancia" en sentido peyorativo, sino de una posición espiritual legítima dentro de la vida común. Los Juhhal son creyentes sinceros que observan las normas morales generales, respetan los principios drusos y participan en los valores comunitarios, pero no estudian ni conocen los textos sagrados, que permanecen reservados.

Por el contrario, los 'Uqqal constituyen la élite religiosa iniciada. Para convertirse en 'Aqil (singular), se requiere vocación espiritual, madurez personal, recomendación de otros iniciados y una vida austera, ejemplar y dedicada al estudio. Esta transición no es automática ni hereditaria. Mujeres también pueden ser 'Uqqal, lo que constituye una notable excepción en religiones tradicionales de raíz abrahámica. Una vez iniciado, el 'Aqil adquiere acceso gradual al contenido de las Epístolas de la Sabiduría (Rasa’il al-Hikma) y se convierte en guía moral para los demás.

Este sistema ha permitido conservar la ortodoxia doctrinal del druzismo sin necesidad de un clero institucionalizado ni de una jerarquía piramidal. Es una forma de autoridad descentralizada pero cohesionada, basada en el prestigio, la antigüedad y la ejemplaridad, no en cargos burocráticos.

Funciones sociales y espirituales de los 'Uqqal

Los 'Uqqal cumplen múltiples funciones dentro de la comunidad:

  1. Preservación doctrinal: Son los únicos autorizados a estudiar, interpretar y transmitir los contenidos esotéricos de la fe. Se encargan de evitar desviaciones, herejías o malentendidos. Son, en esencia, guardianes del conocimiento revelado.
  2. Liderazgo moral y arbitración de conflictos: Aunque no ostentan poder político formal, los 'Uqqal gozan de una gran autoridad moral. Su intervención es decisiva en casos de conflicto, disputas familiares, decisiones matrimoniales o dilemas éticos.
  3. Educación espiritual progresiva: Acompañan a los creyentes que manifiestan deseos de iniciación, evaluando su preparación, sinceridad y compromiso. La transmisión del conocimiento es gradual, oral y siempre personalizada.
  4. Control del acceso a los Khalwat: Estos son los lugares sagrados de reunión y estudio, generalmente espacios sencillos, sin ornamentos, donde los 'Uqqal se congregan para la lectura, la meditación y el debate doctrinal. La entrada está vetada a los Juhhal, lo que refuerza la separación simbólica entre niveles de conocimiento.

Los Khalwat: centros de espiritualidad sin culto público

A diferencia de las mezquitas o iglesias, los Khalwat no son espacios de culto masivo, sino centros de retiro espiritual, estudio doctrinal y deliberación interna. En ellos no se realizan oraciones colectivas visibles ni ceremonias públicas. Son, en cierto modo, núcleos silenciosos de la vida religiosa, donde el conocimiento circula bajo juramento de confidencialidad.

El acceso al Khalwat no implica solo un lugar físico, sino una transformación del estatus espiritual del individuo. Quien cruza esa puerta como 'Uqil se compromete a una vida de humildad, autocontrol, discreción y servicio comunitario.

Impacto en la cohesión interna

Este modelo dualista ha sido extraordinariamente eficaz para garantizar la estabilidad doctrinal del druzismo:

  • Por un lado, permite que la mayoría de la comunidad (Juhhal) viva su fe de manera ética y cultural, sin necesidad de dominar contenidos teológicos complejos.
  • Por otro, asegura que los núcleos de conocimiento y liderazgo permanezcan unificados, disciplinados y resilientes, especialmente en contextos de persecución o diáspora.

A diferencia de religiones con acceso abierto a sus textos sagrados, el druzismo ha optado por una restricción voluntaria del conocimiento, como forma de protección. Esto ha generado una fuerte identidad colectiva, basada en la confianza interna y en la distancia hacia lo externo.

Conclusión

La división entre 'Uqqal y Juhhal no debe entenderse como jerarquía opresiva, sino como una arquitectura espiritual diseñada para preservar una religión minoritaria y perseguida. Lejos de debilitar la comunidad, esta estructura ha permitido al druzismo perdurar, transmitir su mensaje de forma controlada y mantener su unidad interna durante siglos. En un mundo donde las religiones tienden a expandirse mediante la apertura, el druzismo ha optado por la contención, el secreto y la formación lenta del espíritu como su camino de continuidad.

4. Los Drusos en el Levante: ¿Una Minoría Modelo o una Comunidad Atrapada?

La presencia drusa en el Levante —principalmente en Israel, Líbano y Siria— ha estado marcada por un complejo equilibrio entre lealtad estatal, autonomía comunitaria y adaptación pragmática a contextos políticos dispares. A pesar de compartir lengua, religión, símbolos y genealogía, los drusos han desarrollado estrategias muy diferentes según el país en el que residen. Esta diversidad de posicionamientos ha llevado a caracterizarlos en algunos entornos como una “minoría modelo”, mientras que en otros se les ha percibido como una comunidad ambigua, atrapada entre la preservación de su identidad y las exigencias de sistemas políticos inestables o represivos.

Drusos en Israel: ¿Minoría modelo o integración condicionada?

En Israel, la comunidad drusa —aproximadamente 150.000 personas— ha sido considerada durante décadas como una minoría leal al Estado. Desde 1956, los hombres drusos están sujetos al servicio militar obligatorio en las Fuerzas de Defensa Israelíes (IDF), a diferencia de otros ciudadanos árabes. Esta política marcó un hito: los drusos pasaron de ser un grupo árabe marginal para convertirse en socios estratégicos del Estado en materia de seguridad, obteniendo acceso preferente a empleos públicos, infraestructuras y representación política local.

Este modelo ha generado tanto elogios como críticas. Por un lado, se presenta como ejemplo de integración exitosa: los drusos israelíes participan activamente en la vida institucional, tienen acceso a educación, y gozan de cierta movilidad social. Por otro lado, muchos analistas apuntan que esta “lealtad” es funcional al aparato de seguridad israelí y no ha garantizado una igualdad plena. Existen denuncias de discriminación estructural, subdesarrollo de localidades drusas y exclusión de decisiones estratégicas.

Además, el conflicto israelí-palestino coloca a los drusos en una posición identitaria delicada. Aunque son ciudadanos árabes, han sido excluidos de las expresiones políticas del nacionalismo palestino, y con la aprobación de la Ley del Estado Nación Judío (2018) —que relega el árabe como lengua oficial secundaria y afirma la primacía del carácter judío del Estado— surgieron protestas internas drusas, que evidencian una fractura entre el discurso oficial de integración y la realidad de exclusión simbólica.

Drusos en el Líbano: poder político y guerra civil

En el Líbano, los drusos —alrededor del 5% de la población— están integrados dentro del sistema confesionalista, que distribuye el poder según cuotas religiosas. Son reconocidos oficialmente como una comunidad autónoma, con representación parlamentaria garantizada y control de ciertas alcaldías y zonas montañosas, especialmente en el Monte Líbano y el Chouf.

Históricamente, los drusos han sido protagonistas en la política libanesa. Durante la guerra civil (1975–1990), bajo el liderazgo de Kamal Jumblatt y luego su hijo Walid Jumblatt, jugaron un papel central en las alianzas de izquierda y en la resistencia frente a las milicias cristianas maronitas. Tras el conflicto, el partido druso —el Partido Socialista Progresista (PSP)— mantuvo influencia como “puente” entre facciones rivales, aunque con un discurso ambiguo entre secularismo y defensa de la identidad comunitaria.

La estrategia drusa en el Líbano ha sido la de un equilibrio fino entre autonomía política y pragmatismo electoral, con capacidad de adaptación según los vientos regionales (pro-Siria, anti-Siria, neutralidad estratégica). Esta flexibilidad ha asegurado su supervivencia, pero también ha generado acusaciones de oportunismo y cierta pérdida de cohesión interna, especialmente entre las nuevas generaciones urbanizadas.

 

 

Drusos en Siria: del apoyo al régimen a la desconfianza

En Siria, los drusos —concentrados sobre todo en la región de Jabal al-Druze o As-Suwayda— representaban antes de la guerra civil alrededor del 3% de la población. Durante décadas, mantuvieron una relación ambigua pero funcional con el régimen baasista. Aunque nunca fueron completamente integrados en el círculo de poder alauita, su comunidad fue respetada por su neutralidad política, su control territorial y su lealtad pasiva.

Con el inicio de la guerra civil en 2011, los drusos sirios adoptaron una postura prudente: evitaron alinearse abiertamente ni con la oposición ni con el régimen, aunque algunos líderes comunitarios mantuvieron lazos con el gobierno central por motivos de seguridad. Esta neutralidad fue desafiada por la creciente inseguridad en As-Suwayda, la expansión de grupos islamistas radicales y la presión del régimen para reclutar combatientes. El asesinato del líder druso Wahid al-Balous en 2015 —crítico tanto del gobierno como de los extremistas— marcó un punto de inflexión: desde entonces, la comunidad ha mostrado mayor desconfianza hacia el régimen, exigiendo más autonomía local.

En el caso sirio, los drusos pasaron de ser aliados útiles del régimen a convertirse en una comunidad vulnerable y políticamente ambivalente, atrapada entre el caos del conflicto y la necesidad de proteger su territorio y estructura social.

¿Una minoría modelo o una comunidad atrapada?

El concepto de “minoría modelo” aplicado a los drusos —especialmente en el caso israelí— debe ser analizado críticamente. Si bien han demostrado una extraordinaria capacidad de adaptación, lealtad y profesionalismo institucional, también han debido pagar el precio de silenciar sus tensiones internas, sus aspiraciones nacionales árabes y su crítica al poder central.

En todos los casos analizados, los drusos han seguido una estrategia de supervivencia política basada en el pragmatismo extremo, el control territorial local, la no confrontación abierta con el poder dominante y una cultura de disciplina interna. Esta estrategia les ha permitido preservar su identidad religiosa y social, pero también los ha colocado en posiciones precarias frente a los cambios geopolíticos.

Conclusión

Los drusos del Levante han sabido transitar entre lealtad y autonomía, integración y secreto, visibilidad y cautela. Su papel como “minoría modelo” es real en ciertos contextos, pero también esconde un alto grado de vulnerabilidad estructural. En un entorno regional marcado por la fragmentación, el sectarismo y la volatilidad, su futuro dependerá de su capacidad para renegociar su lugar dentro de los Estados sin perder su especificidad histórica. La pregunta no es si son leales o marginales, sino si podrán seguir siendo drusos en un mundo que cambia sin garantías.

5. Identidad Nacional vs. Identidad Religiosa: El Caso de los Drusos Israelíes

El caso de los drusos israelíes representa uno de los dilemas identitarios más complejos y únicos del Oriente Medio contemporáneo. Como ciudadanos árabes de religión no islámica, integrados en el aparato del Estado de Israel, pero culturalmente vinculados al mundo árabe, los drusos viven una dualidad profunda entre pertenencia nacional y fidelidad comunitaria. Su participación en el ejército, su reconocimiento como "minoría leal" por parte del Estado, y al mismo tiempo su exclusión simbólica de la identidad nacional judía, los sitúan en una posición ambivalente. Este apartado explora cómo los drusos israelíes navegan esta dualidad, especialmente tras la aprobación de la controvertida Ley del Estado Nación (2018), y analiza si está emergiendo una identidad “druso-israelí” diferenciada, o si, por el contrario, esta identidad está siendo fragmentada por tensiones internas y externas.

Servicio militar obligatorio y contrato cívico

Desde 1956, los ciudadanos drusos de Israel están sujetos al servicio militar obligatorio, una medida que los distingue del resto de los árabes israelíes, que están exentos. Esta inclusión en las Fuerzas de Defensa Israelíes (IDF) ha sido presentada por las autoridades israelíes como un símbolo de integración y patriotismo, y ha generado una relación privilegiada pero ambigua entre el Estado y la comunidad drusa.

Los drusos han respondido en gran medida con compromiso institucional: hay oficiales drusos de alto rango en el ejército, funcionarios públicos, jueces y parlamentarios. A nivel local, esta colaboración ha facilitado inversiones en infraestructuras, educación y servicios. Sin embargo, esta lealtad no se ha traducido automáticamente en igualdad plena: los municipios drusos siguen padeciendo discriminación presupuestaria, menores oportunidades económicas y exclusión en decisiones de alto nivel.

Este "contrato cívico" entre drusos y Estado israelí ha sido duramente puesto a prueba en los últimos años.

La Ley del Estado Nación Judío (2018) y la fractura simbólica

La Ley Básica del Estado Nación Judío, aprobada por la Knéset en 2018, definió a Israel como el “hogar nacional del pueblo judío” y estableció el hebreo como lengua oficial única, relegando al árabe a un estatus “especial”. Esta legislación fue percibida por muchos drusos como una traición simbólica a décadas de servicio leal.

Las protestas no se hicieron esperar: miles de drusos —incluyendo altos mandos militares retirados— organizaron manifestaciones masivas, denunciando que la ley consagra una ciudadanía de segunda clase para quienes no son judíos, a pesar de sus contribuciones al Estado. El general de brigada retirado Amal As'ad declaró públicamente: “Nosotros hemos enterrado a nuestros hijos por este país. ¿Y ahora se nos niega igualdad plena?”.

La crisis generada por esta ley abrió una grieta identitaria profunda dentro de la comunidad drusa israelí: mientras algunos reafirmaron su lealtad al Estado, otros comenzaron a cuestionar su integración en un sistema que los utiliza como fuerza militar pero no los reconoce como iguales en dignidad.

Lealtades divididas y dilemas generacionales

La juventud drusa israelí crece expuesta a un entorno contradictorio: son educados en hebreo, comparten el espacio público con judíos israelíes, sirven en el ejército y, a la vez, viven en hogares que mantienen costumbres cerradas, prácticas religiosas secretas y un fuerte sentido de pertenencia comunitaria.

Este contexto ha generado divisiones generacionales:

  • Algunos jóvenes drusos adoptan una identidad “druso-israelí” híbrida, compatible con el sionismo y la modernidad.
  • Otros, especialmente tras la Ley del Estado Nación, se reafirman como árabes y retoman vínculos con la causa palestina o con corrientes críticas del Estado.
  • Un tercer grupo opta por el repliegue comunitario, centrado en la tradición, el estudio religioso y el fortalecimiento de la estructura interna ('Uqqal-Juhhal).

Estas divergencias reflejan que la identidad drusa israelí ya no es monolítica: es un campo de tensiones dinámico, donde cada individuo negocia constantemente su lugar en un país que lo necesita militarmente pero lo excluye nacionalmente.

¿Está surgiendo una identidad druso-israelí?

Algunos estudios sociológicos recientes apuntan a la formación de una identidad diferenciada que no se define exclusivamente como “árabe” ni como “judía”, sino como “drusa-israelí”. Esta identidad se caracteriza por:

  • Lealtad al Estado de Israel y aprecio por sus libertades cívicas.
  • Fuerte orgullo por la herencia religiosa y cultural drusa.
  • Rechazo tanto del islamismo como del nacionalismo árabe pan-palestino.
  • Sentimiento de marginalización en el sistema israelí.

Sin embargo, esta identidad emergente carece aún de institucionalidad propia, y sigue siendo vulnerable a los vaivenes del conflicto regional. La aparición de activistas y académicos drusos que exigen igualdad completa sin renunciar al servicio militar puede ser el germen de un nuevo tipo de ciudadanía no judía en Israel, pero reconocida y activa.

Conclusión

Los drusos israelíes viven una tensión constante entre la integración estatal y la singularidad religiosa. Su servicio al Estado ha sido ejemplar, pero su recompensa no ha sido plena. La Ley del Estado Nación puso en evidencia los límites estructurales de una ciudadanía basada en la utilidad más que en la igualdad. El caso druso revela cómo una comunidad puede convertirse en pieza clave de un sistema político, y al mismo tiempo sentirse excluida de su narrativa fundacional. La cuestión de si puede consolidarse una identidad “druso-israelí” robusta y autónoma sigue abierta, y dependerá de la capacidad del Estado para reconocer plenamente a sus ciudadanos no judíos como parte legítima y equitativa del proyecto nacional.

6. Los Drusos y la Diáspora: Preservación de la Identidad en un Contexto Global

La diáspora drusa, aunque menos numerosa que otras migraciones religiosas o étnicas del mundo árabe, representa un fenómeno significativo para comprender los retos contemporáneos de una comunidad cerrada, endogámica y esotérica enfrentada a contextos socioculturales abiertos, liberales y globalizados. Si bien tradicionalmente los drusos se han concentrado en el Levante (Líbano, Siria, Israel), desde mediados del siglo XX han establecido comunidades estables en países como Venezuela, Estados Unidos, Canadá y Australia, entre otros. Este nuevo mapa plantea preguntas clave: ¿cómo se transmite una religión secreta y cerrada en un entorno secular? ¿Qué estrategias de preservación se activan? ¿Está surgiendo una identidad drusa global o se acelera un proceso de asimilación inevitable?

Origen de la diáspora: migraciones por necesidad y oportunidad

Las migraciones drusas comenzaron de forma significativa en el siglo XIX, especialmente desde el Monte Líbano, como consecuencia de conflictos sectarios, crisis económicas, y más adelante, guerras civiles regionales. Muchos drusos libaneses emigraron a América del Sur, particularmente a Venezuela, Brasil y Argentina, donde se establecieron como comerciantes, empresarios y profesionales.

En el siglo XX, especialmente tras la guerra civil libanesa (1975–1990), la presión del régimen sirio y las restricciones económicas, las migraciones aumentaron hacia EE.UU., Canadá y Australia. A diferencia de otras diásporas religiosas (como los judíos, los maronitas o los armenios), los drusos partían sin clero formal, sin instituciones misioneras y sin textos públicos, lo que generó una tensión inmediata entre la necesidad de adaptarse y el deseo de conservar su identidad.

Mecanismos de preservación de la identidad drusa

Pese a estos desafíos, la comunidad drusa en la diáspora ha demostrado una capacidad notable de reorganización interna y conservación identitaria, basada en varios pilares:

  1. Matrimonio endogámico: La prohibición religiosa de casarse fuera de la comunidad drusa sigue siendo, incluso en la diáspora, una regla no escrita pero muy fuerte. Las familias ejercen una presión significativa para que los jóvenes contraigan matrimonio con otros drusos, incluso organizando encuentros comunitarios internacionales.
  2. Transmisión oral y familiar: En ausencia de textos sagrados accesibles, la tradición se transmite mediante relatos familiares, prácticas éticas y códigos de conducta. La figura del 'Uqil (iniciado) sigue siendo central, incluso en pequeñas comunidades de la diáspora.
  3. Asociaciones transnacionales: En países como EE.UU. y Australia, existen organizaciones drusas activas, que organizan encuentros, celebraciones, seminarios, traducción de textos históricos y eventos de integración comunitaria. Estas asociaciones también mantienen vínculos con los líderes religiosos del Levante, generando una red global de coordinación.
  4. Educación ética y cultural: En muchos hogares drusos de la diáspora, se transmite una ética comunitaria clara: respeto por los ancianos, discreción en la vida personal, servicio a la comunidad, y orgullo por el origen druso. La religión no siempre se enseña doctrinalmente, pero se vive como una identidad integral.
  5. Espacios digitales cerrados: En las últimas décadas, han surgido foros digitales exclusivos para drusos (muchos protegidos por invitación), donde se comparten reflexiones, genealogías, fotografías, enseñanzas morales y debates sobre identidad. Este espacio virtual se ha convertido en un nuevo “Khalwat” digital, adaptado al siglo XXI.

Tensiones y desafíos en contextos liberales

Pese a estos esfuerzos, la comunidad drusa en la diáspora enfrenta tensiones crecientes:

  • Endogamia en entornos multiculturales: La presión por mantener la endogamia en sociedades donde la mezcla cultural es norma genera frustraciones entre los jóvenes, especialmente aquellos nacidos en la diáspora, que tienen vínculos afectivos fuera de la comunidad.
  • Falta de iniciación local: En muchos casos, no existen suficientes 'Uqqal en la diáspora para llevar a cabo los procesos de iniciación espiritual o para mantener la estructura religiosa formal. Esto debilita el vínculo con la dimensión teológica del druzismo.
  • Secularización de la segunda generación: Muchos jóvenes drusos en Venezuela, Australia o EE.UU. se sienten culturalmente drusos pero no religiosamente comprometidos. Esto genera una diferenciación interna entre “drusos culturales” y “drusos religiosos”.
  • Asimilación por éxito económico: Paradójicamente, el éxito económico en algunos sectores de la diáspora puede conducir a la asimilación completa: pérdida del idioma árabe, matrimonio mixto, abandono de la vida comunitaria y ruptura con la tradición oral.

¿Identidad global drusa o fragmentación silenciosa?

Frente a estos procesos, algunos miembros de la comunidad abogan por construir una identidad drusa global, basada en principios éticos universales, orgullo por la historia común, interconexión digital y encuentros internacionales. Este modelo intenta mantener la cohesión sin necesidad de imponer todos los elementos tradicionales.

Otros, sin embargo, advierten que esta estrategia puede diluir la esencia esotérica y religiosa del druzismo, transformándolo en una etnicidad simbólica sin contenido espiritual profundo.

El dilema central sigue siendo el mismo que en el Levante: ¿cómo preservar una religión secreta, cerrada y endogámica en un mundo abierto, plural y transnacional?

Conclusión

La diáspora drusa es tanto una oportunidad como una amenaza. Ha permitido la expansión del pueblo druso a nivel global, el fortalecimiento de redes internacionales y la modernización de ciertos aspectos comunitarios. Pero también ha generado desafíos inéditos para una religión no proselitista, estructurada en el secreto y basada en la transmisión oral. El futuro del druzismo en la diáspora dependerá de su capacidad para mantener el equilibrio entre adaptación y fidelidad, entre apertura cultural y compromiso espiritual.

 

 

Conclusión

La historia y estructura del pueblo druso constituyen un caso excepcional de persistencia minoritaria, resiliencia identitaria y equilibrio político en entornos de alta complejidad. Surgida a partir de una escisión esotérica del islam ismailí en el siglo XI, esta comunidad ha desarrollado una cosmovisión teológica singular, donde el monoteísmo absoluto, la reencarnación y la transmisión iniciática del conocimiento configuran una religión cerrada, no proselitista y altamente simbólica.

La doctrina de la taqiyya ha sido una herramienta central para su supervivencia: no solo como estrategia de ocultamiento en contextos hostiles, sino como expresión de sabiduría táctica frente al poder y la violencia. Este principio se ha proyectado en su vida política moderna, donde los drusos han sabido negociar su lugar dentro de Estados tan distintos como Israel, Líbano o Siria, adaptando su grado de visibilidad, su lealtad y su autonomía según las circunstancias.

Internamente, la división entre 'Uqqal y Juhhal, así como el uso de Khalwat como espacios de contención doctrinal, ha permitido mantener una cohesión notable sin necesidad de una jerarquía clerical formal. Esta estructura ha preservado la integridad del pensamiento druso a través de los siglos, incluso en condiciones de fragmentación territorial o migración masiva.

En el plano político, los drusos han oscilado entre el reconocimiento como “minoría modelo” y el riesgo de convertirse en comunidad instrumentalizada o atrapada. Su participación en las instituciones estatales, especialmente en Israel, ha generado beneficios concretos, pero también ha expuesto contradicciones profundas entre identidad religiosa, ciudadanía política y pertenencia nacional.

El caso de los drusos en la diáspora añade una nueva dimensión al análisis: ¿cómo preservar una identidad secreta, cerrada y endogámica en un mundo globalizado y secular? La comunidad ha demostrado creatividad institucional y cohesión transnacional, pero también enfrenta desafíos graves en materia de asimilación, pérdida de lengua, matrimonio mixto y fragmentación intergeneracional.

En conjunto, el pueblo druso ofrece una lección de equilibrio entre tradición y adaptación, entre discreción y compromiso, entre comunidad cerrada y mundo abierto. Su historia no es solo la de una religión minoritaria, sino la de una forma de habitar el tiempo —resistiendo sin imponerse, dialogando sin disolverse, recordando sin exhibirse—. En un mundo que tiende a la homogeneización o al conflicto identitario, los drusos representan una vía alternativa: la del secreto como fuerza, la lealtad como estrategia y la sabiduría como forma de existencia.


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