LA INFLUENCIA DEL POPULISMO EN LAS
DEMOCRACIAS ACTUALES
Introducción
En las últimas
décadas, el populismo ha resurgido con fuerza en múltiples democracias
alrededor del mundo, adoptando formas diversas, pero compartiendo una esencia
común: la oposición entre un “pueblo puro” y una “élite corrupta”. Aunque el
fenómeno no es nuevo, su manifestación reciente ha adquirido una magnitud y un
impacto que ponen en entredicho la estabilidad de los sistemas democráticos
tradicionales. Desde América Latina hasta Europa, los líderes populistas han
capitalizado el descontento ciudadano, los efectos de la globalización, la
polarización política y el descrédito institucional para construir relatos
emocionales y simplificados que apelan directamente a la voluntad popular.
Este
resurgimiento ha generado una intensa discusión académica y política sobre la
verdadera naturaleza del populismo: ¿es una amenaza a la democracia o una forma
de revitalizarla? ¿Es una ideología en sí misma o una estrategia discursiva?
¿Qué consecuencias tiene su expansión para las instituciones, los medios de
comunicación, la participación ciudadana y el orden internacional?
Este documento
abordará estas preguntas a través de seis ejes de análisis complementarios. Se
explorará cómo el populismo ha influido en distintos contextos nacionales, su
papel en la polarización política, su relación con los medios de comunicación,
los desafíos que plantea a las instituciones democráticas, su impacto en la
participación ciudadana y su vínculo con los procesos de globalización. El
objetivo es ofrecer una visión crítica, comparativa y rigurosa sobre un
fenómeno que está redefiniendo los contornos del poder democrático en el siglo
XXI.
El populismo ha
dejado una huella profunda en diversas democracias del mundo, pero sus efectos
varían según el contexto histórico, institucional y cultural de cada país. En
esta sección se comparan los casos de Brasil y Hungría, dos
democracias que, en la última década, han sido gobernadas por líderes
populistas con enfoques distintos pero con consecuencias significativas para
sus respectivas estructuras democráticas.
Brasil: el
populismo de derechas y el discurso antipolítico
Con la elección
de Jair Bolsonaro en 2018, Brasil vivió una transformación del discurso
político hacia una narrativa populista de derecha, caracterizada por el rechazo
a las élites políticas tradicionales, a los medios de comunicación, y a las
instituciones multilaterales. Bolsonaro, exmilitar, se presentó como el
"hombre del pueblo" frente a una clase política corrupta,
especialmente tras los escándalos del caso Lava Jato.
Durante su
mandato, se vivió una erosión de la confianza en las instituciones,
especialmente en el poder judicial y en el sistema electoral. Bolsonaro
cuestionó abiertamente la legitimidad del Tribunal Supremo y del sistema de
voto electrónico, lo que generó tensiones institucionales y debilitó la
cohesión democrática. Su estilo confrontativo, el uso masivo de redes sociales
para difundir mensajes polarizantes y la promoción de teorías conspirativas
alimentaron una intensa división social.
No obstante,
las instituciones brasileñas resistieron. El poder judicial, los medios
independientes y sectores de la sociedad civil jugaron un papel clave en
contener los intentos más radicales de Bolsonaro, particularmente tras su
derrota en 2022. Aunque la democracia brasileña salió dañada, demostró una capacidad
de reacción institucional que evitó una deriva autoritaria.
Hungría:
populismo nacional-conservador y captura institucional
En el caso de Hungría,
el primer ministro Viktor Orbán ha consolidado desde 2010 un modelo
populista de carácter nacionalista y conservador, con una estrategia más
estructurada y menos explosiva que la de Bolsonaro, pero no por ello menos
preocupante para la democracia. Orbán ha promovido una visión de “democracia
iliberal”, basada en la primacía de la mayoría electoral y la subordinación de
los contrapesos institucionales.
A diferencia de
Brasil, en Hungría se ha producido una captura progresiva de las
instituciones. El gobierno de Orbán ha reformado la Constitución,
controlado el sistema judicial, debilitado la prensa independiente y modificado
el sistema electoral para favorecer a su partido. Además, ha utilizado un
discurso antimigración y antieuropeo para consolidar su base electoral,
presentando a las élites globalistas como enemigas de la nación húngara.
El resultado ha
sido una reducción significativa del pluralismo democrático. Aunque
formalmente Hungría sigue siendo una democracia, la concentración del poder en
manos del ejecutivo y el debilitamiento de los controles institucionales han
llevado a varios organismos internacionales a clasificarla como un régimen
híbrido o parcialmente libre.
Similitudes
y diferencias
Similitudes:
- Ambos líderes utilizaron discursos
polarizantes y una fuerte narrativa contra las élites.
- Se apoyaron intensamente en los
medios digitales para movilizar a sus bases y atacar a sus oponentes.
- Cuestionaron instituciones
fundamentales como el poder judicial o los medios, erosionando la
confianza pública.
Diferencias:
- En Brasil, las instituciones
democráticas resistieron con mayor eficacia; en Hungría, fueron
progresivamente cooptadas.
- Bolsonaro se enfrentó a una
sociedad civil y a medios más activos; Orbán logró desarticular muchas
voces críticas.
- Mientras Bolsonaro apelaba al caos
para movilizar a sus seguidores, Orbán diseñó un sistema legal e
institucional para perpetuarse en el poder.
2.
Polarización y populismo: La fragmentación social y sus efectos en la
gobernabilidad democrática
El populismo
contemporáneo no solo plantea una dicotomía entre “pueblo” y “élite”, sino que
exacerba esa tensión hasta convertirla en una herramienta de poder político. En
este contexto, la polarización no es un subproducto accidental del
populismo, sino muchas veces una estrategia deliberada para consolidar
identidades políticas enfrentadas, movilizar emociones y deslegitimar al
adversario. Esta lógica ha fragmentado el espacio político y social en muchas
democracias, dificultando la construcción de consensos y debilitando la
capacidad de los gobiernos para implementar políticas públicas efectivas.
El discurso
populista como generador de antagonismo
Los líderes
populistas tienden a presentar los conflictos políticos como una lucha
existencial entre “el pueblo puro” y “la élite corrupta”, sin espacio para
posiciones intermedias o grises. Esta narrativa binaria convierte al opositor
no solo en un adversario político, sino en un enemigo moral, al que se
le niega la legitimidad para participar del juego democrático.
Esta
construcción discursiva ha provocado una radicalización de las posiciones
políticas, especialmente en temas sensibles como inmigración, identidad
nacional, redistribución económica, cambio climático o derechos sociales. Al
reducir la complejidad de los debates a consignas emocionales, el populismo
favorece respuestas simplistas que generan apoyo inmediato, pero a costa del
diálogo racional y la deliberación pública.
Consecuencias
para la cohesión y la gobernabilidad
La polarización
inducida por el populismo tiene efectos directos en la cohesión social.
En sociedades con alta fragmentación ideológica, disminuye la confianza
interpersonal y se acentúan las divisiones geográficas, generacionales o
económicas. Además, se crean burbujas informativas, donde distintos
grupos consumen solo los contenidos que refuerzan sus creencias, lo cual impide
la construcción de una narrativa común o un proyecto compartido de país.
En términos
institucionales, esta fragmentación se traduce en ingobernabilidad. Los
gobiernos polarizados encuentran enormes dificultades para aprobar reformas
estructurales, construir pactos duraderos o mantener la estabilidad
administrativa. Las oposiciones tienden a adoptar posturas obstruccionistas, y
la lógica de la confrontación reemplaza a la cooperación interpartidaria.
Ejemplos como
Estados Unidos, con el mandato de Donald Trump, o España, con el
creciente enfrentamiento entre bloques ideológicos, muestran cómo el populismo
ha llevado a niveles extremos de antagonismo político, deteriorando el debate
público y provocando una parálisis institucional.
El populismo
como reflejo y causa de la polarización
Es importante
señalar que el populismo no solo genera polarización, sino que también se
alimenta de ella. En contextos donde la confianza en los partidos
tradicionales, los medios o las instituciones está erosionada, el discurso
populista encuentra un terreno fértil para crecer. Esta retroalimentación entre
populismo y polarización crea un círculo vicioso difícil de romper:
cuanto más polarizada está una sociedad, más atractiva se vuelve la promesa
populista de orden y simplicidad.
3. Populismo
y medios de comunicación: Entre la confrontación, la manipulación y la
viralización
En el auge del
populismo moderno, los medios de comunicación —tanto tradicionales como
digitales— han desempeñado un papel central. Lejos de ser simples canales de
información, se han convertido en espacios de disputa política y simbólica,
donde los líderes populistas combaten narrativas, construyen enemigos y
movilizan a sus seguidores. Esta relación ambivalente entre populismo y medios
revela tanto el uso estratégico de las plataformas como la transformación
profunda de la esfera pública en las democracias contemporáneas.
El populismo
frente a los medios tradicionales: del ataque a la instrumentalización
Muchos líderes
populistas adoptan una postura combativa hacia la prensa tradicional, a
la que acusan de representar a las élites, manipular la información o conspirar
contra la voluntad del pueblo. Esta narrativa de “medios enemigos del pueblo”
ha sido recurrente en figuras como Donald Trump, Jair Bolsonaro o
Andrés Manuel López Obrador, quienes han deslegitimado públicamente a
periodistas, programas y cadenas enteras.
Esta
confrontación tiene un doble objetivo: por un lado, debilitar el rol
fiscalizador de los medios y, por otro, reforzar la lealtad de sus seguidores,
presentándose como víctimas de un sistema informativo corrupto. En muchos
casos, se recurre a estrategias de control indirecto, como la presión
económica (retiro de publicidad institucional), el acoso judicial o el uso de
medios afines para difundir propaganda.
La
revolución digital: redes sociales como herramienta de poder
El verdadero
cambio, sin embargo, ha venido con la revolución digital. Plataformas
como Facebook, Twitter (ahora X), YouTube, TikTok o WhatsApp han sido
aprovechadas por líderes populistas para comunicar sin intermediarios,
difundir mensajes emocionales y reforzar narrativas simplificadas. A través de
ellas, logran un contacto directo con sus bases, rompen la mediación
periodística tradicional y crean comunidades digitales cerradas que
replican sus mensajes sin filtro.
El uso
intensivo de algoritmos, bots, microsegmentación y fake news ha
permitido construir ecosistemas paralelos de información, donde lo que
importa no es la veracidad del contenido, sino su capacidad de generar adhesión
emocional. La viralización reemplaza a la verificación, y los líderes
populistas se convierten en influencers políticos.
Impacto en
la confianza pública hacia los medios
Esta
transformación ha tenido un efecto corrosivo sobre la confianza ciudadana en
los medios de comunicación. En muchos países, las encuestas muestran un
descenso sostenido en la credibilidad de la prensa, especialmente entre los
sectores que siguen a líderes populistas. La percepción de parcialidad,
manipulación o elitismo ha alimentado la idea de que “todos los medios
mienten”, lo cual debilita uno de los pilares de la democracia liberal: una
opinión pública bien informada.
Al mismo
tiempo, la aparición de medios alternativos —algunos financiados por los
propios gobiernos populistas— ha fragmentado aún más el panorama informativo.
Esta pluralidad, aunque saludable en teoría, muchas veces se traduce en una sobrecarga
de desinformación, donde es difícil distinguir entre hechos y narrativas
fabricadas.
4.
Instituciones democráticas bajo presión: Estrategias del populismo para socavar
los contrapesos del poder
Uno de los
rasgos más preocupantes del populismo contemporáneo es su tendencia a deslegitimar
y debilitar las instituciones democráticas que garantizan el equilibrio de
poderes, la transparencia y la protección de derechos. Aunque en la superficie
los líderes populistas afirman actuar en nombre del pueblo, sus acciones suelen
dirigirse a concentrar el poder y limitar los mecanismos de control, en
una deriva que puede desembocar en regímenes autoritarios o híbridos.
A continuación,
se analiza el caso específico de El Salvador, donde el presidente Nayib
Bukele ha ejemplificado esta tensión entre populismo y Estado de derecho.
El Salvador:
un caso de captura acelerada del Estado
Nayib Bukele
llegó al poder en 2019 con una narrativa de ruptura: joven, carismático, ajeno
a los partidos tradicionales y con un fuerte respaldo popular. Desde entonces,
ha usado su popularidad para promover una transformación institucional sin
precedentes en la democracia salvadoreña.
Su primer gran
paso se dio en mayo de 2021, cuando la Asamblea Legislativa —controlada por su
partido Nuevas Ideas— destituyó a los magistrados de la Sala Constitucional
de la Corte Suprema y al fiscal general, una medida criticada como un
ataque directo a la independencia judicial. Posteriormente, se promovió una reforma
judicial que jubiló a decenas de jueces, permitiendo el nombramiento de
figuras afines al oficialismo.
Además, Bukele concentró
el poder legislativo mediante reformas que eliminaron barreras para la
reelección presidencial (anteriormente prohibida por la Constitución),
permitiendo su candidatura para un segundo mandato en 2024. En paralelo, ha
usado un discurso sistemático contra los medios críticos, tildándolos de
mentirosos y financiados por intereses extranjeros, y ha impulsado una militarización
creciente de la seguridad pública, con estado de excepción prolongado que
restringe derechos fundamentales.
Estrategias
comunes del populismo contra las instituciones
El caso
salvadoreño refleja varias estrategias recurrentes en los gobiernos populistas
para erosionar los pesos y contrapesos democráticos:
- Cooptación del poder judicial: mediante reformas legales,
jubilaciones forzadas o nombramientos directos, se reduce la capacidad de
los tribunales para fiscalizar al ejecutivo.
- Reformas constitucionales o legales
ad hoc: se
modifica el marco jurídico para permitir la concentración de poder o la
reelección, debilitando principios como la alternancia o la independencia
institucional.
- Estigmatización de la prensa libre: se crea un relato en el que los
medios independientes son enemigos del pueblo, reduciendo su influencia y
justificando la censura o el hostigamiento.
- Uso del aparato estatal como
maquinaria electoral:
mediante propaganda institucional, subsidios selectivos o programas
clientelares, se desdibuja la frontera entre Estado y partido.
- Emergencias permanentes: se declaran estados de excepción
o se invocan crisis constantes para justificar la suspensión de garantías,
bajo el pretexto de proteger al pueblo.
Respuestas y
resistencias
En algunos
casos, los contrapesos institucionales han ofrecido resistencia.
Tribunales constitucionales, organismos internacionales, prensa independiente y
movilización ciudadana han actuado como frenos a las aspiraciones autoritarias.
Sin embargo, su efectividad depende de la fortaleza institucional previa, la
cohesión social y el grado de autonomía de los actores clave.
En El Salvador,
aunque hay críticas internas y externas, la alta popularidad de Bukele y
la debilidad histórica de las instituciones han dificultado una oposición
efectiva, mostrando cómo el populismo puede prosperar incluso en contextos
democráticos formales.
5. Populismo
y participación ciudadana: Entre la movilización y la manipulación
Una de las
paradojas del populismo es que, si bien se presenta como un movimiento
democratizador que da voz a sectores olvidados por las élites tradicionales,
sus efectos sobre la participación ciudadana son ambivalentes. En muchos
casos, los líderes populistas logran activar políticamente a grupos
marginados o descontentos, pero a la vez utilizan herramientas de manipulación
emocional, desinformación y concentración del discurso que pueden socavar
una participación libre, informada y crítica.
La
movilización de sectores olvidados
El populismo
suele emerger en contextos de crisis de representación, donde los
partidos tradicionales son percibidos como lejanos, corruptos o incapaces de
responder a las necesidades reales de la población. Frente a este vacío, los
discursos populistas prometen devolver el poder al “pueblo” y romper con las
estructuras excluyentes. En este sentido, han logrado movilizar electoral y
políticamente a sectores históricamente apartados, como:
- Zonas rurales olvidadas por las
políticas públicas (caso de Trump en EE.UU. o Le Pen en Francia).
- Jóvenes sin expectativas laborales,
atraídos por promesas de cambio radical (caso de Bukele).
- Clases trabajadoras golpeadas por
la globalización o las políticas de austeridad (caso de Syriza en Grecia o
Podemos en España).
En este
aspecto, el populismo puede ser visto como revitalizador de la participación,
al ofrecer canales nuevos para expresar demandas y articular identidades
políticas.
La otra
cara: manipulación emocional y desinformación
No obstante, la
participación que promueve el populismo no siempre es deliberativa ni plural. A
menudo está mediada por emociones intensas —como el miedo, la ira o la
frustración— que se canalizan contra enemigos definidos (la élite, los
inmigrantes, los medios, los jueces). Esto facilita una adhesión acrítica,
basada más en la fidelidad al líder que en el debate democrático.
Además, los
populismos contemporáneos han hecho uso intensivo de estrategias de
desinformación, noticias falsas, teorías conspirativas y narrativas
simplificadas para influir en la opinión pública. La participación ciudadana se
convierte así en un campo de batalla donde los datos son secundarios frente al
impacto emocional del mensaje.
Participación
sí, pero bajo control
En algunos
casos, los regímenes populistas promueven formas de participación
subordinada, como consultas populares, encuestas manipuladas o plataformas
digitales controladas, que simulan dar voz al pueblo pero en realidad refuerzan
el poder del líder. Estas prácticas alimentan la ilusión de empoderamiento,
pero debilitan los canales institucionales y pluralistas de participación.
Por ejemplo, en
Venezuela bajo Hugo Chávez y luego Nicolás Maduro, se promovieron mecanismos
como los “consejos comunales” o los “comités locales de abastecimiento” que,
aunque participativos en apariencia, funcionaban como estructuras de control
político y clientelismo.
Conclusión
intermedia
En suma, el
populismo ha ampliado el mapa de la participación política al integrar a
sectores marginados y al desafiar a sistemas políticos cerrados. Pero lo ha
hecho muchas veces bajo lógicas verticales, emocional izadas y manipuladoras,
que erosionan la calidad democrática de esa participación. La pregunta clave no
es solo cuánta participación genera el populismo, sino qué tipo de
participación promueve y con qué efectos a largo plazo.
6. Populismo
y globalización: Una reacción contra las élites transnacionales y los efectos
del mundo interconectado
El auge del
populismo en muchas democracias contemporáneas no puede entenderse sin examinar
el contexto de la globalización, un proceso que ha transformado
radicalmente las economías, las culturas y las formas de gobierno en las
últimas décadas. Aunque la globalización ha traído beneficios indudables, como
el acceso a nuevos mercados, el desarrollo tecnológico y la circulación de
ideas, también ha generado desigualdades, inseguridad laboral y pérdida de
soberanía, especialmente en sectores vulnerables. El populismo ha sabido canalizar
este malestar, convirtiéndose en una reacción política contra las
consecuencias reales o percibidas de la globalización.
La narrativa
populista contra la globalización
Los líderes
populistas construyen una narrativa donde la globalización aparece como una
fuerza destructiva impuesta por élites financieras, organismos internacionales
y tecnócratas lejanos. Esta narrativa se apoya en varios elementos:
- Pérdida de empleos industriales por la deslocalización de fábricas
hacia países con mano de obra más barata.
- Inmigración percibida como una amenaza
económica, identitaria y cultural.
- Tratados internacionales que limitan la capacidad de
decisión de los gobiernos nacionales.
- Elites globalizadas que se enriquecen mientras las
clases medias y trabajadoras pierden poder adquisitivo.
Así, el
populismo articula una defensa del “nosotros nacional” frente a un
“ellos global”, construyendo una identidad política basada en el resentimiento,
la soberanía y el cierre.
Casos
paradigmáticos: Trump, Brexit y la UE
El caso de Donald
Trump en Estados Unidos es ejemplar: su lema "America First" se
convirtió en una crítica directa a las élites globalistas, los acuerdos de
libre comercio, la inmigración y las políticas multilaterales. Su discurso
apeló a los perdedores de la globalización: trabajadores industriales, zonas
rurales empobrecidas y ciudadanos desencantados con el modelo económico
dominante.
En el Reino
Unido, el Brexit fue otra expresión populista contra la globalización,
donde el referéndum para salir de la Unión Europea capitalizó el descontento
con la pérdida de soberanía, la inmigración del este de Europa y las decisiones
tomadas en Bruselas.
En Europa
continental, líderes como Marine Le Pen, Viktor Orbán o Matteo
Salvini han promovido visiones similares, atacando a la Unión Europea,
defendiendo el proteccionismo económico y promoviendo políticas de identidad
nacional.
Implicaciones
para la cooperación internacional
La expansión
del populismo ha tenido efectos concretos en la gobernanza global:
- Obstaculización de acuerdos
multilaterales,
como los relativos al cambio climático o al comercio internacional.
- Retirada o debilitamiento de
alianzas estratégicas,
como ocurrió con el abandono de Estados Unidos del Acuerdo Transpacífico o
del Acuerdo de París durante la era Trump.
- Crisis de legitimidad de
organizaciones internacionales
como la ONU, la OMC o el FMI, que son presentadas por el populismo como
instrumentos de dominación externa.
Este giro
nacionalista ha debilitado la cooperación internacional en un momento
crítico, justo cuando los desafíos globales —como las pandemias, la crisis
climática o las migraciones masivas— exigen respuestas coordinadas. El
populismo, al priorizar soluciones internas y discursos soberanistas, dificulta
el diálogo multilateral y fomenta el aislamiento.
Una tensión
sin resolver
El populismo no
es solo una consecuencia de la globalización, sino también un síntoma de su
fracaso para integrar social y políticamente a todos los sectores. Mientras
no se logre una globalización más equitativa, participativa y controlada
democráticamente, el populismo seguirá encontrando terreno fértil para crecer.
La solución no está en ignorar el populismo, sino en replantear los modelos
de desarrollo y gobernanza global que lo han hecho posible.
Conclusión
El populismo ha
dejado de ser un fenómeno periférico para convertirse en un actor central del
escenario político global. Su capacidad para conectar con el malestar
ciudadano, movilizar emociones colectivas y desafiar a las élites establecidas
lo ha convertido en una fuerza transformadora, pero también profundamente
ambivalente. A lo largo de este análisis, hemos visto cómo el populismo puede
tanto revitalizar como degradar la democracia, dependiendo del contexto, de las
estrategias empleadas y del grado de resiliencia de las instituciones.
Desde América
Latina hasta Europa, el populismo ha influido en la estabilidad de los sistemas
democráticos, generando nuevas formas de participación pero también
peligrosas dinámicas de polarización, debilitamiento institucional y
concentración de poder. Su relación con los medios de comunicación ha sido
instrumental: al tiempo que los combaten, los líderes populistas los utilizan
como plataformas clave para consolidar su hegemonía discursiva y emocional.
El populismo,
lejos de ser homogéneo, adopta formas diversas —de izquierda o derecha, más o
menos autoritarias—, pero comparte un mismo impulso: la promesa de redención
del “pueblo” frente a una élite distante, culpable de todos los males. En este
marco, la desconfianza hacia las instituciones, la instrumentalización de la
participación y el rechazo a los organismos internacionales se combinan para
ofrecer respuestas rápidas a problemas complejos, pero que a menudo erosionan
las bases de la democracia pluralista y deliberativa.
No obstante, el
populismo también actúa como síntoma de fallos sistémicos más profundos:
la globalización desigual, la desconexión de las élites políticas, el desgaste
de los partidos tradicionales y la creciente percepción de inseguridad
económica, cultural y existencial. Ignorar estas causas estructurales sería un
error. El reto de las democracias del siglo XXI no es solo resistir al
populismo, sino reconstruir los vínculos de representación, fortalecer sus
instituciones y hacer más inclusivos los procesos de decisión.
El populismo,
en última instancia, es una llamada de atención. Puede ser peligroso si se
convierte en poder sin frenos, pero también puede ser útil si obliga a repensar
las bases del contrato democrático. El futuro dependerá de nuestra capacidad
para distinguir entre sus advertencias legítimas y sus excesos destructivos.

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