HERNAN CORTES
Introducción:
Hernán Cortés y el inicio de un nuevo orden en Mesoamérica
La figura de
Hernán Cortés representa uno de los episodios más decisivos y polémicos de la
historia universal: la conquista del Imperio mexica y el inicio de la
colonización de América. En 1519, al mando de una expedición relativamente
pequeña, Cortés desembarcó en las costas del golfo de México y emprendió una
campaña que culminaría en la caída de Tenochtitlán en 1521, marcando el fin de
una civilización y el comienzo de una nueva era en el continente.
Más allá de los
hechos militares, la empresa de Cortés estuvo marcada por una compleja red de
alianzas con pueblos indígenas, tensiones con la Corona española, objetivos
religiosos y ambiciones personales. Su figura ha sido objeto de
interpretaciones encontradas: para algunos, un genio militar y hábil
diplomático; para otros, símbolo de opresión, violencia y destrucción cultural.
Este documento
propone analizar a Hernán Cortés desde seis perspectivas que permiten
comprender la profundidad y ambigüedad de su legado: su estrategia de conquista
y uso de alianzas indígenas, su relación ambivalente con la monarquía española,
la evolución de su imagen a lo largo de los siglos, su papel en la
evangelización de Mesoamérica, las implicaciones éticas de su accionar, y su
participación en el surgimiento de una nueva identidad mestiza.
Al explorar
estos seis ángulos, se busca ofrecer una visión crítica, documentada y plural
de un personaje que, aún hoy, sigue suscitando debates intensos sobre el poder,
la identidad, la memoria histórica y la legitimidad de la conquista.
La conquista
del Imperio mexica no puede entenderse únicamente como una gesta militar
europea impuesta por la fuerza. El éxito de Hernán Cortés se debió en gran
medida a su capacidad para interpretar el complejo mapa político de Mesoamérica
y establecer alianzas estratégicas con pueblos indígenas que resentían el
dominio mexica. Más que una simple campaña bélica, la conquista fue una
operación política, diplomática y militar cuidadosamente ejecutada.
Tácticas
militares y adaptación al entorno
Hernán Cortés
llegó a las costas de Veracruz en 1519 con apenas unos pocos centenares de
soldados, una pequeña artillería y unos cuantos caballos. Consciente de su
desventaja numérica frente al poderoso Imperio mexica, desplegó una serie de
tácticas innovadoras:
- Superioridad tecnológica relativa: los arcabuces, la artillería y
los caballos causaron un gran impacto psicológico, aunque su eficacia
práctica fue limitada por el entorno.
- Movilidad y sorpresa: Cortés usó el conocimiento del
terreno y la movilidad de su ejército para atacar por sorpresa y evitar
combates prolongados.
- Uso del terror simbólico: las ejecuciones ejemplares y los
castigos públicos se utilizaron para sembrar miedo y consolidar autoridad.
- Toma de rehenes estratégicos, como ocurrió con Moctezuma, para
controlar la capital sin destruirla de inmediato.
Sin embargo,
estas tácticas habrían sido insuficientes sin el apoyo de los pueblos
indígenas.
Alianzas
indígenas: clave del éxito
El Imperio
mexica no era una unidad homogénea, sino un sistema tributario coercitivo que
generaba tensiones con muchas comunidades sometidas. Cortés supo aprovechar
estas divisiones:
- Los totonacas de Cempoala fueron los primeros aliados
importantes, resentidos por los tributos exigidos por Tenochtitlán.
- Los tlaxcaltecas, enemigos acérrimos de los
mexicas, fueron decisivos: aportaron miles de guerreros, conocimientos del
terreno y legitimidad local a la expedición.
- Otros grupos, como los texcocanos, también se
unieron a la causa, motivados por intereses políticos o deseos de
autonomía.
Estas alianzas
no fueron simplemente impuestas, sino negociadas. Cortés actuó como un
diplomático hábil, ofreciendo protección, promesas de respeto religioso e
incluso matrimonios políticos. La figura de Malinche, intérprete y
consejera, fue fundamental para facilitar estas negociaciones.
La caída de
Tenochtitlán
El asedio final
de Tenochtitlán en 1521 fue una operación militar compleja, con un ejército
compuesto en su mayoría por aliados indígenas. Las canoas, los puentes
destruidos y reconstruidos, y la táctica del cerco prolongado con cortes en
el suministro de agua y alimentos, muestran un conocimiento adaptativo del
entorno lacustre.
La viruela,
introducida por los europeos, también jugó un papel devastador, diezmando la
población mexica y debilitando su resistencia.
Conclusión
La conquista de
México no fue una lucha entre dos civilizaciones, sino una reconfiguración
política interna impulsada por un actor externo que supo leer, manipular y
aprovechar las fracturas del sistema mexica. Hernán Cortés no venció solo con
acero y pólvora, sino con inteligencia estratégica y la construcción de un
ejército multicultural que transformó para siempre el destino de Mesoamérica.
2. Cortés
ante la Corona española: ambición vs. lealtad
La relación de
Hernán Cortés con la monarquía española fue tan ambigua como compleja. Aunque
formalmente actuaba en nombre de los Reyes Católicos y, luego, de Carlos I,
muchas de sus decisiones revelan un grado significativo de autonomía, ambición
personal y cálculo político. La tensión entre ser un vasallo fiel y actuar
como un caudillo independiente define gran parte de su trayectoria.
El inicio:
desobediencia calculada
Cortés partió
hacia México desde Cuba en 1519, pese a que el gobernador Diego Velázquez,
inicialmente su patrocinador, había intentado revocar la expedición. En lugar
de regresar, Cortés rompió con la autoridad de Velázquez, fundó la Villa
Rica de la Vera Cruz y creó un cabildo que lo nombró capitán general,
una maniobra legal para actuar en nombre del rey sin intermediarios.
Este acto fue
esencialmente una usurpación de autoridad, aunque presentada como lealtad
directa a la Corona. Desde el inicio, Cortés caminó en el filo de la legalidad,
combinando ambición con una retórica de fidelidad.
Las Cartas
de Relación: justificación ante el rey
Durante la
conquista, Cortés envió al rey Carlos I una serie de documentos conocidos como Cartas
de Relación, donde detallaba sus avances, justificaciones morales y
políticas, y la necesidad de continuar la empresa. En estos textos:
- Presentaba la conquista como una misión
cristiana, legitimada por la necesidad de evangelizar.
- Destacaba su propia labor como
servidor de la Corona, minimizando su desobediencia inicial.
- Solicitaba reconocimiento y
protección frente a sus enemigos políticos.
Estas cartas no
solo buscaban informar, sino construir un relato favorable que le
asegurara recompensas y el perdón real.
Reconocimiento
y caída en desgracia
Inicialmente,
la Corona recompensó a Cortés: fue nombrado gobernador y capitán general de
la Nueva España en 1522. Sin embargo, su poder excesivo generó sospechas en
la corte. Pronto se enviaron visitadores y oidores para vigilar su
gestión, y se le retiraron poderes políticos en favor de funcionarios
designados desde Castilla.
Cortés viajó a
España en 1528 para defenderse. Fue recibido con honores, incluso por el propio
Carlos I, quien le concedió el título de Marqués del Valle de Oaxaca,
pero no volvió a otorgarle el gobierno directo de la Nueva España.
A partir de
entonces, Cortés mantuvo un papel más secundario, aunque participó en nuevas
expediciones en el Pacífico y conservó importantes propiedades en América.
Lealtad
retórica, ambición efectiva
Aunque Cortés
usó constantemente el lenguaje de la obediencia, su comportamiento revela una
voluntad de poder personal. Creó estructuras administrativas, acuñó moneda,
nombró autoridades, y actuó como soberano en un territorio distante. Su lealtad
fue más táctica que sincera, una herramienta para legitimar su autonomía
sin romper formalmente con la Corona.
Conclusión
Cortés fue
tanto un servidor del Imperio como un actor autónomo que moldeó la historia de
América por iniciativa propia. Su relación con la Corona osciló entre la
sumisión formal y la independencia de facto, en un juego político que reflejaba
la ambigüedad de un mundo en expansión, donde la conquista se movía entre la
autoridad real y la voluntad personal de los conquistadores.
3.
Representaciones históricas de Hernán Cortés: del siglo XVI al presente
La figura de
Hernán Cortés ha sido objeto de múltiples reinterpretaciones a lo largo del
tiempo, desde las crónicas del siglo XVI hasta las narrativas del siglo XXI.
Estas representaciones han oscilado entre la admiración heroica y la condena
moral, reflejando no solo el juicio sobre sus actos, sino también los cambios
en los valores históricos, culturales y políticos de quienes lo han
narrado.
Siglo XVI:
el héroe cristiano
En las primeras
décadas posteriores a la conquista, la figura de Cortés fue exaltada por muchos
cronistas como un instrumento de la Providencia y un símbolo del poder
del Imperio español. Ejemplos clave son:
- Las Cartas de Relación (1519–1526), escritas por el
propio Cortés, donde se presenta como un fiel servidor del rey y un
conquistador legítimo.
- Francisco López de Gómara, su capellán, en Historia
general de las Indias, lo ensalza como un genio militar y civilizador.
- En contraste, Bernal Díaz del
Castillo, en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva
España, ofrece una visión más matizada, destacando la participación de
los soldados y criticando el protagonismo excesivo que Gómara da a Cortés.
En esta etapa,
Cortés fue representado mayormente como un héroe cristiano, legitimado
por el éxito militar y la evangelización de los pueblos indígenas.
Siglo XIX:
el civilizador y el traidor
Durante el
siglo XIX, en plena construcción de los nacionalismos latinoamericanos,
la figura de Cortés adquirió una ambivalencia significativa:
- En España, fue reivindicado
como símbolo del poder imperial, modelo de valor y expansión civilizadora.
- En México, emergieron dos
visiones opuestas:
- Para algunos liberales ilustrados,
como Lucas Alamán, Cortés fue un portador del progreso y del orden
moderno.
- Para los nacionalistas e
indigenistas, fue un traidor a los pueblos originarios,
responsable de una brutal destrucción cultural.
La
independencia mexicana reactivó la figura de Malinche como símbolo del
mestizaje forzado, y de Cortés como el arquetipo del conquistador traidor.
Siglo XX:
del revisionismo a la demonización
Durante el
siglo XX, especialmente a partir de los procesos de descolonización global y la
expansión del pensamiento crítico, la figura de Cortés fue cada vez más
cuestionada:
- En la historiografía crítica,
se estudió su rol en el genocidio indígena, la imposición cultural y la
esclavización de pueblos originarios.
- En el pensamiento marxista o
poscolonial, se le asoció con la lógica del imperialismo, el saqueo
económico y la opresión de clases subordinadas.
- En la cultura popular, se
multiplicaron representaciones literarias, cinematográficas y artísticas
que retratan a Cortés como una figura ambigua, cruel o manipuladora,
especialmente en México.
No obstante,
también surgieron intentos de revisión neutral o matizada, reconociendo
sus capacidades estratégicas sin idealizar ni condenar de forma absoluta.
Siglo XXI:
polarización y resignificación
En la
actualidad, la figura de Cortés sigue generando controversia. Ha sido objeto
de:
- Rechazo público y protestas contra estatuas o monumentos en su
honor.
- Ficción literaria y dramatizaciones, como novelas históricas, series o
películas que lo presentan como personaje complejo, ni totalmente héroe ni
completamente villano.
- Debates académicos sobre cómo enseñar la conquista en
las escuelas, reflejando tensiones entre memoria histórica, identidad
nacional y reconciliación cultural.
En ciertos
sectores, se reivindica un enfoque más desmitificador, que permita
analizar su figura dentro de las lógicas de su tiempo sin caer en juicios
simplistas.
Conclusión
La imagen de
Hernán Cortés no es fija, sino un espejo en el que cada época proyecta sus
propias ideas sobre el poder, la identidad, la civilización y la violencia. Su
figura ha pasado de héroe imperial a símbolo de la colonización, de estratega
brillante a criminal de guerra, dependiendo del relato dominante. Comprender
sus múltiples representaciones es, por tanto, un ejercicio de historiografía
crítica que revela tanto sobre Cortés como sobre nosotros mismos.
4. Cortés y
la evangelización: ¿imposición o sincretismo?
Uno de los
aspectos más controvertidos del proceso de conquista fue la evangelización
de los pueblos indígenas, y Hernán Cortés jugó un papel clave en su inicio.
Si bien su expedición fue militar y política en esencia, estuvo desde el
principio imbuida de un discurso religioso legitimador. La pregunta fundamental
es si Cortés actuó como un mero instrumento de imposición doctrinal, o
si favoreció —intencionalmente o no— un proceso de sincretismo cultural
que dio lugar a una nueva religiosidad en Mesoamérica.
El
cristianismo como justificación de la conquista
En sus Cartas
de Relación, Cortés insiste repetidamente en su deseo de “sacar las almas
de la perdición” y “llevar la santa fe católica a estas tierras”. Esta retórica
religiosa tenía varias funciones:
- Justificar moralmente la guerra de conquista.
- Ganar el apoyo de la Corona
española y del clero.
- Presentar la evangelización como
parte integral de su empresa.
Desde el inicio
de su avance por territorio mesoamericano, Cortés llevó consigo frailes,
celebró misas públicas, y destruyó templos y altares indígenas
para colocar cruces y erigir iglesias rudimentarias.
Imposición
religiosa y destrucción de símbolos
El proceso fue,
en sus primeras fases, abiertamente impositivo y violento:
- En la ciudad de Cholula,
tras una matanza ejemplar, se destruyeron templos y se levantaron signos
cristianos como afirmación de superioridad.
- En Tenochtitlán, tras la
captura de Moctezuma, se instalaron altares cristianos en el Templo Mayor,
provocando escándalo y resistencia.
- La idolatría fue perseguida como
“herejía”, y los dioses indígenas demonizados.
Esta política,
muchas veces respaldada por autoridades eclesiásticas posteriores,
estableció una violencia simbólica que acompañó la militar.
Primeros
signos de sincretismo
Sin embargo, el
proceso no fue completamente homogéneo ni lineal. Incluso en tiempos de Cortés
comenzaron a darse fenómenos de adaptación mutua entre las creencias
indígenas y el cristianismo:
- Muchos pueblos aceptaron los nuevos
ritos como estrategia de supervivencia o negociación.
- Elementos indígenas se reconfiguraron
bajo formas cristianas: la Virgen como figura maternal cercana a ciertas
diosas locales, santos asociados a deidades protectoras, cruces vinculadas
a símbolos solares.
- Malinche, como mediadora cultural y
lingüística, tuvo un papel clave en facilitar esta transición simbólica.
Aunque Cortés
no fomentó el sincretismo de forma deliberada, su presencia y sus métodos precipitaron
un proceso complejo que no se limitó a la destrucción, sino que incluyó
adaptación, hibridación y resistencia cultural.
Cortés como
precursor del orden colonial religioso
Después de la
caída de Tenochtitlán, Cortés impulsó la construcción de iglesias, la fundación
de pueblos cristianos, y facilitó la llegada de órdenes religiosas como los franciscanos.
Aunque no fue un misionero, actuó como organizador del marco estructural
que permitió la implantación del cristianismo colonial.
Este modelo
inicial de evangelización fue luego asumido por las autoridades virreinales y
perfeccionado por las órdenes religiosas, que desarrollaron una pastoral más
sistemática, pero también más paternalista y controladora.
Conclusión
Hernán Cortés
fue, sin duda, un agente de imposición religiosa, alineado con la
ideología imperial que vinculaba conquista y cristianización. Sin embargo, su
acción también abrió el camino a un proceso más profundo y duradero: el sincretismo
religioso, fruto de la interacción, la negociación y la reinterpretación
cultural. Así, la evangelización en Mesoamérica no fue solo una campaña de
conversión, sino el inicio de una nueva religiosidad híbrida, donde tanto
vencedores como vencidos resignificaron sus creencias en un terreno común.
5. Ética de
la conquista: una revisión crítica
Evaluar
éticamente la conquista encabezada por Hernán Cortés supone enfrentarse a un
doble desafío: por un lado, comprender los marcos morales y jurídicos de la
época; por otro, aplicar una mirada crítica desde los valores
contemporáneos, sin caer en anacronismos simplistas. La figura de Cortés,
en este sentido, encarna tanto la lógica de su tiempo como las contradicciones
de un proceso profundamente violento y transformador.
La
justificación moral en el siglo XVI
En el contexto
del siglo XVI, la conquista era entendida dentro de una cosmovisión
teológica-jurídica en la que la expansión del cristianismo y del imperio
eran considerados fines legítimos. Varios elementos sirvieron como
justificación:
- La evangelización: llevar la
“verdadera fe” a pueblos considerados idólatras o “bárbaros”.
- El derecho de gentes:
desarrollado por pensadores como Francisco de Vitoria, que trataban de
establecer principios éticos para la expansión imperial.
- Las capitulaciones reales:
documentos que autorizaban a los conquistadores a actuar en nombre del
rey, bajo ciertas condiciones.
Cortés se
presentó como instrumento de esa misión religiosa y civilizadora, aunque sus
métodos —guerras, masacres, manipulación política, esclavización— muchas veces
contradecían el espíritu de estas justificaciones.
La realidad
de la conquista: violencia y ambición
Pese a los
discursos religiosos y legales, la conquista fue profundamente violenta:
- El uso de la fuerza contra
poblaciones civiles, como en Cholula o Tenochtitlán.
- El sometimiento de pueblos
indígenas mediante pactos desiguales o coercitivos.
- La apropiación de tierras y
recursos.
- La esclavización y la explotación
laboral, incluso después de la promulgación de leyes que lo prohibían.
Muchos
contemporáneos denunciaron estos abusos. Bartolomé de las Casas, por
ejemplo, criticó duramente las acciones de los conquistadores, incluyendo a
Cortés, a quien consideraba responsable de enormes injusticias.
La
perspectiva actual: derechos humanos e historia crítica
Desde una
mirada contemporánea, centrada en los derechos humanos, la autodeterminación
de los pueblos y la justicia histórica, las acciones de Cortés serían
consideradas moralmente inaceptables:
- Se trataría de una invasión
ilegítima, carente de justificación moral válida.
- Se impusieron sistemas de
dominación, aculturación y explotación que dejaron huellas profundas.
- La conquista generó un trauma
colectivo que sigue presente en la memoria histórica de muchos pueblos.
Al mismo
tiempo, algunos autores advierten sobre el riesgo de aplicar una ética moderna
de forma anacrónica, sin analizar el contexto ideológico, político y religioso
en que Cortés actuó. La ética de la historia requiere tanto juicio como
comprensión.
Ética
ambigua: ¿liberador o destructor?
Algunos
defensores de Cortés argumentan que liberó a pueblos oprimidos por los mexicas,
y que introdujo una nueva organización política, religiosa y jurídica que, con
el tiempo, dio lugar a una sociedad mestiza. Esta visión lo presenta como un agente
del cambio histórico, no como un simple depredador.
Sin embargo,
esa transformación no fue consensuada ni pacífica: fue impuesta mediante la
fuerza, la manipulación y el control estructural, lo que obliga a repensar el
concepto mismo de “progreso” desde una perspectiva crítica.
Conclusión
La conquista
liderada por Hernán Cortés plantea una tensión irresoluble entre el contexto
histórico que la legitima parcialmente y la violencia estructural que la
define. Desde una ética crítica, sus acciones pueden entenderse, pero no
necesariamente justificarse. El juicio moral sobre Cortés nos obliga a
reflexionar no solo sobre el pasado, sino también sobre el modo en que
evaluamos el poder, la cultura y la legitimidad del cambio a lo largo del
tiempo.
6. Hernán
Cortés y el nacimiento de la identidad mestiza
Uno de los
legados más duraderos —y también más complejos— de la presencia de Hernán
Cortés en Mesoamérica es el inicio del mestizaje, no solo como fenómeno
biológico, sino como proceso cultural y simbólico que dio lugar a una
nueva identidad: la sociedad novohispana. En este proceso, la figura de Cortés
y su relación con Malinche (Malintzin o Doña Marina) ocupan un lugar
central, tanto en los hechos como en el imaginario colectivo.
La unión
Cortés–Malinche: símbolo fundacional
Malinche fue
mucho más que una intérprete. Conocía tanto el náhuatl como el maya y
rápidamente aprendió español. Fue mediadora lingüística, diplomática y
cultural, facilitando los contactos entre Cortés y los pueblos indígenas.
Su alianza con Cortés no fue solo funcional, sino también personal: tuvieron un
hijo, Martín Cortés, considerado uno de los primeros mestizos
documentados del Nuevo Mundo.
Esta relación
ha sido interpretada de múltiples formas:
- Como un acto político
fundacional, donde se selló la unión entre dos mundos.
- Como un símbolo de dominación y
traición, especialmente en el nacionalismo mexicano del siglo XX.
- Como un espacio de ambigüedad,
donde la subordinación y la agencia femenina se entrecruzan.
Malinche ha
sido vista como madre simbólica de la nueva nación mestiza, mientras que Cortés
representa al agente externo que fecunda y transforma el territorio.
Mestizaje
como estrategia colonial
Desde los
primeros años del dominio español, el mestizaje fue tanto un hecho biológico
espontáneo como una estrategia de colonización. Se fomentaron
matrimonios o uniones entre conquistadores y mujeres indígenas, tanto por
razones prácticas como ideológicas:
- Para legitimar el dominio sobre
el territorio mediante lazos de sangre.
- Para crear una clase intermedia,
mestiza, que sirviera de puente entre los colonizadores y la población
indígena.
- Para asimilar, cristianizar y
subordinar culturalmente a las poblaciones locales.
Cortés, como
figura central del inicio de este proceso, fue también un precursor de esta
política informal de mestizaje.
La
ambivalencia del mestizaje
El mestizaje
dio origen a una identidad ambigua: ni completamente europea, ni
puramente indígena. En la Nueva España, los mestizos ocuparon un lugar
intermedio en la pirámide social, a menudo marginados por los criollos y
peninsulares, pero también diferenciados de los pueblos originarios.
Esta identidad
mestiza fue estigmatizada durante siglos, pero se transformó más tarde en seña
de identidad nacional, especialmente en el México moderno, donde se
reivindica como base del “ser mexicano”.
La figura de
Cortés, por tanto, no es solo conquistador: es también padre simbólico
de una sociedad nueva, híbrida, conflictiva y en constante renegociación de sus
orígenes.
Conclusión
Hernán Cortés
no solo transformó el mapa político de Mesoamérica, sino también su estructura
identitaria. Su relación con Malinche, su rol en la formación de una clase
mestiza, y el sistema colonial que ayudó a fundar, sentaron las bases de una
nueva cultura: mestiza, sincrética y mestizada también en su memoria. En esta
fusión —dolorosa, impuesta, pero también creativa— se encuentra una de las
claves para entender la historia y la identidad de América Latina.
Conclusión:
Hernán Cortés, entre el juicio histórico y la complejidad del legado
Hernán Cortés
es una figura que resiste toda simplificación. Fue conquistador, estratega,
diplomático, político, administrador, y también agente de un proceso violento
de transformación cultural. Su figura se halla en el cruce de múltiples
tensiones: entre la ambición personal y la lealtad imperial; entre la
imposición religiosa y el sincretismo cultural; entre el acto bélico y la
creación de una nueva sociedad mestiza.
Su conquista de
México, facilitada por una hábil combinación de fuerza militar y alianzas
indígenas, cambió de forma irreversible el curso de la historia mesoamericana.
Pero no lo hizo en solitario, ni como héroe aislado: fue parte de una red de
intereses, traiciones, pactos y resistencias que reflejan la complejidad del
proceso colonial.
En su relación
con la Corona española, Cortés actuó como un hombre entre dos mundos:
formalmente súbdito del rey, pero en la práctica un actor autónomo que tomó
decisiones de gran calado geopolítico. Esa ambigüedad entre obediencia y
autonomía marcó su ascenso y su progresiva marginación.
A lo largo de
los siglos, su imagen ha sido moldeada por los discursos dominantes: héroe,
villano, civilizador, traidor, padre del mestizaje. Estas interpretaciones no
solo revelan cómo se le ha visto a él, sino cómo cada época ha querido verse a
sí misma.
Cortés fue
también catalizador de una de las mayores transformaciones culturales de la
historia: la evangelización, en principio impuesta, derivó en un sincretismo
que dio forma a nuevas expresiones de espiritualidad. El mestizaje, en sus
formas biológicas, lingüísticas y simbólicas, emergió como una identidad nueva,
contradictoria y viva, que sigue modelando la realidad de América Latina.
Evaluar
éticamente su figura requiere equilibrio: reconocer el contexto de su tiempo
sin justificar la violencia; comprender su genio político sin glorificar el
resultado; denunciar los abusos sin negar la complejidad del proceso. Hernán
Cortés no fue solo un individuo, sino el rostro de una transformación
civilizatoria que, para bien o para mal, dio origen a un nuevo mundo.

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