UCRANIA

Introducción

Ucrania, situada entre el corazón de Europa y las vastas llanuras euroasiáticas, ha sido históricamente mucho más que un simple punto en el mapa: ha sido frontera, cruce de caminos, escenario de imperios y espacio de disputa geopolítica. Desde las antiguas rutas comerciales de los eslavos orientales hasta las tensiones contemporáneas entre Occidente y Rusia, la historia ucraniana refleja una constante pugna por la soberanía, la identidad y la libertad colectiva.

El siglo XXI ha colocado a Ucrania en el centro de un conflicto que no es sólo territorial o militar, sino profundamente simbólico y civilizacional. El colapso de la Unión Soviética abrió una etapa de transición marcada por desafíos económicos, luchas internas por el poder y la construcción de una identidad nacional que no puede entenderse sin considerar su diversidad étnica, lingüística y cultural. Esta identidad, sin embargo, ha sido reforzada y reconfigurada a través de la resistencia frente a la agresión externa, especialmente tras la anexión de Crimea en 2014 y la invasión rusa de 2022.

Comprender Ucrania hoy exige un enfoque multidimensional: histórico, geopolítico, jurídico, cultural y filosófico. Cada dimensión revela tensiones profundas entre memoria y olvido, entre autodeterminación y dependencia, entre libertad simbólica y opresión material. Este documento propone un recorrido por esas dimensiones a través de seis preguntas clave que iluminan la complejidad de la experiencia ucraniana, no solo como nación agredida, sino como sujeto histórico que reivindica su lugar en el mundo.

1. Evolución histórica de Ucrania como cruce de civilizaciones y fronteras geopolíticas

¿Cómo influyó su posición entre Europa y Eurasia en la formación de su identidad nacional y en los conflictos que la han marcado?

La historia de Ucrania está profundamente marcada por su localización estratégica como espacio intermedio entre Europa Central, los Balcanes y la estepa euroasiática. Esta posición la convirtió en un punto clave de encuentro —y choque— de culturas, religiones, imperios y visiones del mundo. Desde los tiempos de la Rus de Kiev (siglo IX), considerada por muchos como el embrión de las identidades rusa, bielorrusa y ucraniana, Ucrania ha sido a la vez centro de irradiación cultural y objeto de disputa por su valor territorial, económico y simbólico.

Durante la Edad Media y Moderna, el territorio ucraniano fue fragmentado entre múltiples poderes: el Gran Ducado de Lituania, el Reino de Polonia, el Imperio Otomano y, más tarde, el Imperio Ruso y el Austrohúngaro. Esta multiplicidad de dominios no solo afectó a su estructura política, sino que también moldeó una identidad nacional heterogénea, con fuertes influencias católicas en el oeste, ortodoxas en el este, y una tradición cosaca en el sur que representó una forma temprana de autonomía guerrera y cultural.

El siglo XIX, con el auge de los nacionalismos en Europa, encontró en Ucrania una nación sin Estado que comenzó a construir su relato histórico propio en medio de la censura imperial rusa y la germanización austrohúngara. Intelectuales como Tarás Shevchenko comenzaron a articular una identidad ucraniana basada en la lengua, la historia y la resistencia campesina. Sin embargo, esta afirmación identitaria chocó constantemente con los intentos de asimilación cultural por parte de potencias dominantes, particularmente Rusia, que negó sistemáticamente la existencia de una Ucrania diferenciada.

El siglo XX agravó esta tensión estructural. La breve independencia tras la Revolución Rusa fue rápidamente aplastada por los bolcheviques, y la inclusión de Ucrania en la Unión Soviética trajo consigo una nueva forma de dominación: colectivización forzosa, represión de la élite cultural (la “Ejecutada Renacimiento”) y el Holodomor, una hambruna artificial que mató a millones de ucranianos y que hoy muchos consideran un genocidio.

El colapso soviético en 1991 ofreció por fin la posibilidad de consolidar un Estado ucraniano soberano. Sin embargo, su pasado como frontera geopolítica se tradujo en tensiones internas: un oeste más proeuropeo frente a un este con vínculos históricos, económicos y lingüísticos con Rusia. Estas divisiones, heredadas de siglos de influencia cruzada, han sido explotadas por potencias externas, especialmente Moscú, para justificar intervenciones y desestabilización política.

En suma, Ucrania no solo ha sido un campo de batalla entre imperios, sino también un laboratorio de identidad nacional en condiciones extremas. Su historia como frontera explica tanto su fragilidad institucional como la profunda resiliencia de su pueblo. Hoy, en medio de una guerra que vuelve a ponerla en el centro del tablero internacional, Ucrania redefine su identidad no como una nación dividida entre Este y Oeste, sino como un puente cultural decidido a ejercer su soberanía con voz propia.

2. Impacto del colapso de la Unión Soviética en la transición política, económica y cultural de Ucrania

¿Qué desafíos enfrentó en la construcción de un Estado democrático y qué tensiones persisten?

La disolución de la Unión Soviética en 1991 fue, para Ucrania, un momento fundacional y traumático a la vez. De pronto, un país que durante décadas había sido una república socialista integrada en un sistema centralizado y autoritario se encontraba ante el desafío de construir un Estado independiente, democrático y funcional sin una tradición institucional propia sólida. Aunque la independencia fue respaldada por más del 90% de la población en referéndum, el consenso en torno al modelo de país era débil, fragmentado por diferencias regionales, culturales y económicas.

Uno de los primeros grandes desafíos fue la transición económica. El paso de una economía planificada a una de mercado no fue gradual ni controlado, sino abrupto y profundamente desigual. La liberalización mal gestionada generó una oligarquía emergente que se apoderó de los activos estatales en procesos de privatización opacos. Las estructuras soviéticas no desaparecieron, sino que fueron recicladas en formas nuevas de clientelismo y corrupción. Como resultado, amplias capas de la población vieron deteriorarse sus condiciones de vida, mientras una élite reducida concentraba poder económico y político.

Desde el punto de vista político, la democratización fue formal pero inestable. Se adoptó una constitución, se realizaron elecciones plurales, pero la herencia autoritaria y la debilidad del Estado de derecho hicieron que muchos procesos estuvieran marcados por el fraude, la cooptación institucional y la falta de transparencia. A lo largo de las primeras dos décadas de independencia, Ucrania osciló entre modelos más cercanos a Moscú y orientaciones prooccidentales, con una clase política incapaz de establecer un rumbo duradero.

Culturalmente, la situación también fue compleja. Aunque el ucraniano fue declarado lengua oficial, el ruso seguía siendo predominante en muchas regiones del este y el sur. Esto generó una tensión simbólica que fue utilizada tanto por actores internos como por Rusia para fomentar divisiones identitarias. La consolidación de una cultura cívica común fue dificultada por la coexistencia de memorias enfrentadas: mientras una parte del país reivindicaba la herencia cosaca o la lucha nacionalista frente al estalinismo, otra miraba con nostalgia la estabilidad soviética.

Estas tensiones estructurales estallaron en varios momentos clave. La Revolución Naranja de 2004 denunció un fraude electoral masivo y mostró la voluntad de una parte significativa de la sociedad por avanzar hacia estándares democráticos reales. Sin embargo, el sistema resistió el cambio. En 2014, tras el rechazo del presidente Yanukóvich a firmar un acuerdo con la Unión Europea, estalló el Euromaidán: un movimiento masivo que reclamaba dignidad, integración europea y lucha contra la corrupción. Su represión desencadenó una nueva fase de crisis, con la huida del presidente, la anexión rusa de Crimea y el inicio del conflicto armado en el Donbás.

A día de hoy, Ucrania sigue enfrentando tensiones persistentes: la lucha contra la corrupción no ha sido completamente efectiva, las reformas institucionales avanzan con dificultad, y el conflicto con Rusia ha radicalizado las posturas internas. Sin embargo, también ha generado un fortalecimiento notable de la conciencia nacional, un avance sostenido en la cooperación con Occidente y una creciente resiliencia democrática.

El colapso soviético fue, en definitiva, un punto de partida difícil para Ucrania. Pero también ha sido, paradójicamente, el motor de una transformación constante en la que el país ha tenido que aprender, a través del conflicto y la crisis, a ejercer su soberanía y construir su identidad política con sus propias herramientas.

3. El papel de Ucrania en las dinámicas de poder global desde el siglo XXI

¿Por qué se ha convertido en un punto clave en las tensiones entre Occidente y Rusia, y qué intereses estratégicos están en juego?

En el siglo XXI, Ucrania ha dejado de ser un actor periférico para convertirse en uno de los epicentros de la política internacional. Este giro no se explica únicamente por su ubicación geográfica, sino por su valor simbólico, energético, militar y geoestratégico en el tablero de poder global. Su situación como “frontera viva” entre dos bloques civilizacionales —el liberal-occidental y el autoritario-eurasiático— la ha convertido en un espacio clave para el choque de visiones sobre el orden mundial.

Desde la perspectiva de Rusia, Ucrania no es solo un vecino: es el núcleo emocional e histórico de su proyecto imperial. La narrativa rusa —particularmente bajo el liderazgo de Vladímir Putin— considera a Ucrania como parte inseparable del “mundo ruso” (Russkiy Mir), una comunidad cultural, religiosa y lingüística que, según el Kremlin, debería permanecer bajo su influencia. La pérdida de Ucrania, especialmente tras la Revolución Naranja (2004) y el Euromaidán (2014), fue percibida como una amenaza directa al sueño de restaurar la esfera de influencia postsoviética y a la propia estabilidad interna del régimen ruso.

Por otro lado, para la Unión Europea y Estados Unidos, Ucrania representa una oportunidad geopolítica pero también un desafío ético. Su acercamiento a las instituciones occidentales —como la Asociación Oriental de la UE o los programas de cooperación con la OTAN— ha sido interpretado como una afirmación soberana de voluntad democrática, pero también como un movimiento que desestabiliza el equilibrio con Moscú. La expansión de la OTAN hacia el este, aunque formalmente defensiva, ha sido usada por Rusia como justificación para su agresividad, señalando que la seguridad occidental se ha construido a expensas de su propio espacio estratégico.

El interés por Ucrania, sin embargo, no es solo político. El país es un importante productor agrícola —especialmente de trigo, maíz y aceite de girasol— y sus recursos naturales (como el carbón o el gas) y su infraestructura energética (gaseoductos que conectan Rusia con Europa) tienen un peso económico considerable. Además, el control del Mar Negro y de puertos como Odesa tiene implicaciones militares, comerciales y logísticas de primer orden.

A todo esto se suma una dimensión tecnológica y de seguridad: Ucrania heredó de la URSS capacidades industriales y científicas avanzadas, incluidos sectores estratégicos como la aviación, la ciberseguridad y la energía nuclear. Su cooperación con Occidente en estos ámbitos ha despertado recelos en Moscú, que teme una pérdida definitiva de influencia sobre una nación que en el pasado formaba parte integral del complejo militar-industrial soviético.

La guerra iniciada por Rusia en 2022 ha cristalizado todas estas tensiones. Para algunos, el conflicto representa el intento de Rusia por reconfigurar el orden internacional y recuperar su rol como potencia global. Para otros, Ucrania se ha transformado en el símbolo de la lucha por un orden internacional basado en normas, soberanía y derechos humanos. En esta pugna, los apoyos militares, financieros y diplomáticos de Occidente a Kiev se interpretan como una defensa del sistema liberal global, mientras que el bloque ruso (con apoyos como Irán, China o Corea del Norte) postula una alternativa autoritaria, centrada en la fuerza y la negación de los valores universales.

En suma, Ucrania se ha convertido en mucho más que un conflicto regional. Es el terreno donde se define el sentido del poder en el siglo XXI: si este se basará en reglas consensuadas o en la imposición por la fuerza; si la soberanía de los Estados medianos tiene validez real o es sacrificable frente a los intereses de las grandes potencias. Ucrania, sin buscarlo, se ha convertido en el espejo donde el mundo observa qué clase de futuro está construyendo.

4. El conflicto armado en el este de Ucrania y la anexión de Crimea desde una perspectiva de derecho internacional

¿Qué debates jurídicos existen sobre soberanía, intervención y legitimidad?

Desde el punto de vista del derecho internacional, la anexión de Crimea por parte de la Federación Rusa en 2014 y el posterior conflicto armado en el Donbás representan uno de los mayores desafíos contemporáneos al principio de soberanía nacional consagrado en la Carta de las Naciones Unidas. Ambos acontecimientos han generado intensos debates jurídicos sobre la validez de las intervenciones, el uso de la fuerza, el derecho de autodeterminación y la legitimidad de los referendos celebrados bajo ocupación militar.

La anexión de Crimea se produjo tras la huida del presidente Víktor Yanukóvich, el despliegue de tropas rusas sin insignias ("hombrecillos verdes") y un referéndum celebrado en condiciones de ocupación militar. Rusia justificó la intervención apelando a la necesidad de proteger a la población rusoparlante y a su supuesto derecho histórico sobre la península, además de invocar el principio de autodeterminación. Sin embargo, el referéndum fue considerado ilegítimo por la comunidad internacional debido a la ausencia de garantías democráticas, la presencia de fuerzas armadas extranjeras y la falta de supervisión internacional. La Asamblea General de la ONU aprobó la Resolución 68/262, que reafirmó la integridad territorial de Ucrania y declaró inválido el referéndum.

Desde el marco jurídico internacional, esta acción viola varios principios fundamentales:

  • El principio de integridad territorial (artículo 2.4 de la Carta de la ONU), que prohíbe el uso de la fuerza contra la soberanía de otro Estado.
  • La prohibición de la adquisición de territorio por la fuerza, reafirmada en múltiples resoluciones de la ONU y en la doctrina internacional desde la Segunda Guerra Mundial.
  • El principio de no intervención, vulnerado por la injerencia directa de Moscú en los asuntos internos de un Estado soberano.

El caso de Crimea ha sido comparado por juristas con otras situaciones internacionales, como Kosovo o el conflicto de Georgia en 2008, aunque las diferencias son sustanciales en términos de contexto, actores implicados y procedimiento. La mayoría de expertos consideran que el derecho a la autodeterminación no puede invocarse legítimamente cuando se ejerce bajo la ocupación de una potencia extranjera y sin respeto al orden constitucional del Estado afectado.

En cuanto al conflicto en el este de Ucrania, el apoyo militar, logístico y político de Rusia a los grupos separatistas de Donetsk y Lugansk ha sido documentado ampliamente por observadores internacionales. Aunque el Kremlin ha negado oficialmente la intervención directa, existen pruebas contundentes —incluyendo la presencia de tropas, armamento avanzado y estructuras de mando— que indican una intervención encubierta, lo que según el derecho internacional puede constituir una forma de agresión indirecta.

Los Acuerdos de Minsk, firmados entre Ucrania, Rusia y representantes de los territorios ocupados con mediación europea, intentaron establecer un marco legal de alto el fuego y solución política. No obstante, su ambigüedad y la falta de implementación han generado nuevas tensiones legales. Para Ucrania, aceptar la “autonomía especial” de las regiones rebeldes bajo presión militar significaría ceder a una imposición externa, mientras que para Rusia es una condición previa para la paz.

Uno de los elementos más debatidos en este conflicto es el concepto de guerra híbrida: una combinación de desinformación, intervención encubierta, guerra por delegación (proxy war) y presión diplomática. Esto ha llevado a los juristas a revisar las definiciones clásicas de agresión y ocupación, pues la ambigüedad deliberada dificulta la aplicación clara del derecho internacional tradicional.

En resumen, tanto la anexión de Crimea como el conflicto en el este de Ucrania han puesto a prueba los fundamentos del orden jurídico internacional. La persistencia de estos actos sin consecuencias efectivas para el agresor genera un riesgo de precedentes peligrosos, debilitando las normas que han regido la convivencia internacional desde 1945. Al mismo tiempo, plantea una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto el derecho internacional es aplicable cuando los actores poderosos lo desobedecen sin consecuencias reales?

5. El papel de la cultura ucraniana —lengua, literatura, arte— como resistencia simbólica frente a la agresión externa

¿Cómo se ha expresado la identidad nacional en momentos de crisis y ocupación?

La cultura ucraniana ha sido históricamente mucho más que una expresión artística: ha funcionado como un eje de resistencia simbólica, una herramienta de afirmación nacional y un refugio frente a las sucesivas imposiciones externas. En momentos de ocupación, represión o crisis, la lengua, la literatura, el arte y la memoria han desempeñado un papel crucial en la preservación de la identidad ucraniana, actuando como antídoto frente a los intentos de rusificación, estandarización soviética o negación de su existencia como nación diferenciada.

La lengua ucraniana ha sido uno de los pilares fundamentales de esta resistencia cultural. Durante siglos, fue marginada por imperios que buscaron imponer el ruso como lengua de prestigio y administración. Ya en el siglo XIX, el Imperio ruso prohibió su uso en publicaciones y educación mediante decretos como el Edicto de Valuyév (1863) y el Decreto de Ems (1876), que consideraban al ucraniano un simple dialecto sin valor literario. Sin embargo, esta represión solo fortaleció su carga simbólica. Tras la independencia de 1991, el ucraniano se convirtió en un elemento central del renacimiento nacional, y desde 2014, ha experimentado un notable fortalecimiento institucional y social, especialmente como forma de distanciamiento respecto a la influencia rusa.

La literatura también ha jugado un papel esencial en la construcción de la conciencia nacional. Figuras como Tarás Shevchenko, considerado el poeta nacional de Ucrania, supieron elevar el idioma vernáculo a una expresión estética poderosa, cargada de denuncia social y anhelo de libertad. En el siglo XX, escritores como Vasyl Stus, disidente y víctima del régimen soviético, ofrecieron una voz moral frente a la represión política, mientras que la generación contemporánea —como Serhiy Zhadan o Oksana Zabuzhko— ha retomado el conflicto actual como material literario para repensar el dolor, la dignidad y la historia.

El arte y el cine han seguido el mismo camino. En medio de la guerra, artistas ucranianos han transformado la destrucción y el trauma en expresiones de denuncia y afirmación. Las imágenes de iglesias bombardeadas, teatros destruidos o murales callejeros en ciudades ocupadas no son solo documentos gráficos: son formas de resistencia visual. La cultura popular también ha sido permeada por este espíritu, desde canciones patrióticas rescatadas del folclore hasta memes y sátiras que ridiculizan la propaganda rusa, generando cohesión simbólica incluso en las redes sociales.

En momentos críticos como la Revolución Naranja (2004), el Euromaidán (2013-14) o la actual guerra, la cultura ha actuado como catalizador de unidad. Las manifestaciones callejeras no solo fueron políticas, sino también estéticas: se llenaron de poesía, performance, música coral y símbolos históricos. La bandera azul y amarilla, el tridente (Tryzub), los bordados tradicionales (vyshyvanka) y la figura de la madre patria cobraron nuevas significaciones. Esta dimensión simbólica permitió construir una narrativa de lucha no solo contra la ocupación militar, sino también contra la negación de la dignidad cultural.

Además, la lucha cultural se ha internacionalizado. Escritores, artistas y cineastas ucranianos han encontrado eco en festivales, medios y universidades de todo el mundo, dando a conocer la riqueza de una tradición que durante mucho tiempo estuvo oculta o fue reducida al marco ruso. Esta visibilidad ha contribuido no solo a generar solidaridad, sino a reforzar internamente el orgullo nacional.

En suma, la cultura ucraniana ha funcionado como una forma de autodefensa no armada. En un contexto donde se disputa no solo el control del territorio sino también el relato de la historia y la legitimidad de la existencia nacional, el arte, la lengua y la literatura han demostrado ser instrumentos esenciales de resistencia. Defender la cultura es, en Ucrania, una forma directa de defender la libertad.

6. Análisis filosófico sobre el concepto de libertad colectiva en la experiencia reciente de Ucrania

¿Qué significa la autodeterminación en un contexto de guerra híbrida, desinformación y lucha por la memoria histórica?

La libertad colectiva, entendida como la capacidad de un pueblo para determinar su propio destino, se ha convertido en Ucrania en una noción existencial. No se trata solo de un principio político o un derecho inscrito en tratados internacionales, sino de una experiencia concreta, profundamente encarnada en la vida cotidiana, en la historia compartida y en el sufrimiento colectivo. La autodeterminación, en este contexto, es más que una aspiración teórica: es un acto de afirmación frente a las múltiples formas de negación —militar, cultural, informativa, simbólica— que el país ha enfrentado.

Desde la perspectiva filosófica, la libertad colectiva ucraniana puede pensarse en tres dimensiones: la ontológica, la histórica y la ética.

  • Ontológicamente, Ucrania ha debido reafirmar su existencia como sujeto colectivo frente a quienes la consideran una entidad artificial o subordinada. La narrativa promovida por el Kremlin, que niega la existencia de una nación ucraniana separada de Rusia, representa una forma de negación ontológica del otro. La autodeterminación, entonces, se convierte en un grito por el derecho a existir como uno mismo, con historia, lengua, memoria y proyecto propio. Es la resistencia a ser reducido al “otro” del imperio.
  • Históricamente, la autodeterminación se ve atravesada por la lucha por la memoria. En Ucrania, el pasado es un campo de batalla: el Holodomor, la Segunda Guerra Mundial, el periodo soviético, las figuras nacionales, los mitos fundacionales. El relato que un pueblo construye sobre sí mismo es parte esencial de su libertad. La guerra híbrida, en este sentido, no se libra solo en los campos de batalla, sino también en los archivos, los libros de texto, las estatuas y los mapas. Elegir qué recordar, cómo contarlo y desde qué perspectiva, es parte del ejercicio de la soberanía.
  • Éticamente, la libertad colectiva plantea preguntas sobre el sacrificio, la responsabilidad y la solidaridad. ¿Qué significa ser libre cuando esa libertad exige morir por ella? ¿Qué clase de vínculo une a una sociedad dispuesta a defender su independencia frente a un agresor que la niega? ¿Es la libertad un derecho dado o una conquista permanente que se renueva a través del sufrimiento compartido y la acción colectiva?

La guerra híbrida que enfrenta Ucrania —combinación de ataques militares, campañas de desinformación, sabotaje político y manipulación simbólica— ha puesto a prueba los límites del concepto tradicional de soberanía. En un mundo donde los Estados pueden ser desestabilizados sin una invasión formal, la autodeterminación no solo depende de mantener el control del territorio, sino también de defender la verdad, la cohesión social y la legitimidad moral.

En este contexto, la libertad colectiva no puede desvincularse del pensamiento de filósofos como Isaiah Berlin, que distinguía entre libertad negativa (ausencia de coacción) y libertad positiva (capacidad de autodeterminación). Ucrania exige ambas: liberarse de la coacción externa y construir positivamente un proyecto nacional inclusivo, justo y democrático. Es una libertad relacional, no abstracta; concreta, histórica, trágica.

El caso ucraniano nos recuerda que la libertad no es un estado natural ni un regalo de los tratados internacionales. Es una práctica social que se construye en comunidad, bajo presión, y que exige conciencia histórica, integridad cultural y valentía política. La autodeterminación, en tiempos de guerra híbrida, es tanto un derecho como una tarea interminable.

Conclusión

Ucrania, lejos de ser un simple escenario geopolítico, es hoy uno de los grandes espejos donde se reflejan las tensiones fundamentales del siglo XXI: soberanía frente a imperialismo, verdad frente a propaganda, memoria frente a olvido, y libertad frente a dominación. Su historia, marcada por la convivencia forzada con imperios, la fragmentación territorial y la represión cultural, ha dado lugar a una identidad nacional resiliente, forjada tanto en la afirmación como en la resistencia.

El colapso de la Unión Soviética no trajo una transición fácil ni lineal. Ucrania heredó estructuras corroídas, una economía vulnerable y un sistema político frágil, pero también la oportunidad de reinventarse como nación. Esa reconstrucción no ha estado exenta de conflictos internos, manipulaciones externas ni heridas abiertas. Sin embargo, ante cada intento de sometimiento —ya sea por medios armados, lingüísticos o simbólicos—, el pueblo ucraniano ha respondido reafirmando su derecho a decidir su destino.

En el actual conflicto, Ucrania no solo defiende su territorio, sino también un concepto de libertad que trasciende las fronteras físicas: la libertad de existir como sujeto colectivo, de hablar su lengua, de narrar su historia, de elegir sus alianzas y de imaginar su futuro. Esta lucha, aunque profundamente ucraniana, interpela a toda la comunidad internacional, pues pone en juego los principios sobre los que se construyó el orden mundial tras 1945.

En última instancia, la experiencia de Ucrania no es solo una tragedia, sino también una lección de dignidad. Nos recuerda que la autodeterminación no es un concepto abstracto, sino una vivencia concreta, a menudo dolorosa, que exige claridad moral, cohesión social y firmeza frente a la adversidad. En ella se condensa la gran pregunta de nuestro tiempo: ¿puede aún sostenerse un mundo donde las naciones medianas con voluntad democrática sobrevivan a la presión de los imperios?

 


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