UCRANIA
Introducción
Ucrania,
situada entre el corazón de Europa y las vastas llanuras euroasiáticas, ha sido
históricamente mucho más que un simple punto en el mapa: ha sido frontera,
cruce de caminos, escenario de imperios y espacio de disputa geopolítica. Desde
las antiguas rutas comerciales de los eslavos orientales hasta las tensiones
contemporáneas entre Occidente y Rusia, la historia ucraniana refleja una
constante pugna por la soberanía, la identidad y la libertad colectiva.
El siglo XXI ha
colocado a Ucrania en el centro de un conflicto que no es sólo territorial o
militar, sino profundamente simbólico y civilizacional. El colapso de la Unión
Soviética abrió una etapa de transición marcada por desafíos económicos, luchas
internas por el poder y la construcción de una identidad nacional que no puede
entenderse sin considerar su diversidad étnica, lingüística y cultural. Esta
identidad, sin embargo, ha sido reforzada y reconfigurada a través de la
resistencia frente a la agresión externa, especialmente tras la anexión de
Crimea en 2014 y la invasión rusa de 2022.
Comprender
Ucrania hoy exige un enfoque multidimensional: histórico, geopolítico,
jurídico, cultural y filosófico. Cada dimensión revela tensiones profundas
entre memoria y olvido, entre autodeterminación y dependencia, entre libertad
simbólica y opresión material. Este documento propone un recorrido por esas
dimensiones a través de seis preguntas clave que iluminan la complejidad de la
experiencia ucraniana, no solo como nación agredida, sino como sujeto histórico
que reivindica su lugar en el mundo.
¿Cómo
influyó su posición entre Europa y Eurasia en la formación de su identidad
nacional y en los conflictos que la han marcado?
La historia de
Ucrania está profundamente marcada por su localización estratégica como espacio
intermedio entre Europa Central, los Balcanes y la estepa euroasiática. Esta
posición la convirtió en un punto clave de encuentro —y choque— de culturas,
religiones, imperios y visiones del mundo. Desde los tiempos de la Rus de Kiev
(siglo IX), considerada por muchos como el embrión de las identidades rusa,
bielorrusa y ucraniana, Ucrania ha sido a la vez centro de irradiación cultural
y objeto de disputa por su valor territorial, económico y simbólico.
Durante la Edad
Media y Moderna, el territorio ucraniano fue fragmentado entre múltiples
poderes: el Gran Ducado de Lituania, el Reino de Polonia, el Imperio Otomano y,
más tarde, el Imperio Ruso y el Austrohúngaro. Esta multiplicidad de dominios
no solo afectó a su estructura política, sino que también moldeó una identidad
nacional heterogénea, con fuertes influencias católicas en el oeste, ortodoxas
en el este, y una tradición cosaca en el sur que representó una forma temprana
de autonomía guerrera y cultural.
El siglo XIX,
con el auge de los nacionalismos en Europa, encontró en Ucrania una nación sin
Estado que comenzó a construir su relato histórico propio en medio de la
censura imperial rusa y la germanización austrohúngara. Intelectuales como
Tarás Shevchenko comenzaron a articular una identidad ucraniana basada en la
lengua, la historia y la resistencia campesina. Sin embargo, esta afirmación
identitaria chocó constantemente con los intentos de asimilación cultural por
parte de potencias dominantes, particularmente Rusia, que negó sistemáticamente
la existencia de una Ucrania diferenciada.
El siglo XX
agravó esta tensión estructural. La breve independencia tras la Revolución Rusa
fue rápidamente aplastada por los bolcheviques, y la inclusión de Ucrania en la
Unión Soviética trajo consigo una nueva forma de dominación: colectivización
forzosa, represión de la élite cultural (la “Ejecutada Renacimiento”) y el
Holodomor, una hambruna artificial que mató a millones de ucranianos y que hoy
muchos consideran un genocidio.
El colapso
soviético en 1991 ofreció por fin la posibilidad de consolidar un Estado
ucraniano soberano. Sin embargo, su pasado como frontera geopolítica se tradujo
en tensiones internas: un oeste más proeuropeo frente a un este con vínculos
históricos, económicos y lingüísticos con Rusia. Estas divisiones, heredadas de
siglos de influencia cruzada, han sido explotadas por potencias externas,
especialmente Moscú, para justificar intervenciones y desestabilización
política.
En suma,
Ucrania no solo ha sido un campo de batalla entre imperios, sino también un
laboratorio de identidad nacional en condiciones extremas. Su historia como
frontera explica tanto su fragilidad institucional como la profunda resiliencia
de su pueblo. Hoy, en medio de una guerra que vuelve a ponerla en el centro del
tablero internacional, Ucrania redefine su identidad no como una nación
dividida entre Este y Oeste, sino como un puente cultural decidido a ejercer su
soberanía con voz propia.
2. Impacto
del colapso de la Unión Soviética en la transición política, económica y
cultural de Ucrania
¿Qué
desafíos enfrentó en la construcción de un Estado democrático y qué tensiones
persisten?
La disolución
de la Unión Soviética en 1991 fue, para Ucrania, un momento fundacional y
traumático a la vez. De pronto, un país que durante décadas había sido una
república socialista integrada en un sistema centralizado y autoritario se
encontraba ante el desafío de construir un Estado independiente, democrático y
funcional sin una tradición institucional propia sólida. Aunque la
independencia fue respaldada por más del 90% de la población en referéndum, el
consenso en torno al modelo de país era débil, fragmentado por diferencias
regionales, culturales y económicas.
Uno de los
primeros grandes desafíos fue la transición económica. El paso de una economía
planificada a una de mercado no fue gradual ni controlado, sino abrupto y
profundamente desigual. La liberalización mal gestionada generó una oligarquía
emergente que se apoderó de los activos estatales en procesos de privatización
opacos. Las estructuras soviéticas no desaparecieron, sino que fueron
recicladas en formas nuevas de clientelismo y corrupción. Como resultado,
amplias capas de la población vieron deteriorarse sus condiciones de vida,
mientras una élite reducida concentraba poder económico y político.
Desde el punto
de vista político, la democratización fue formal pero inestable. Se adoptó una
constitución, se realizaron elecciones plurales, pero la herencia autoritaria y
la debilidad del Estado de derecho hicieron que muchos procesos estuvieran
marcados por el fraude, la cooptación institucional y la falta de
transparencia. A lo largo de las primeras dos décadas de independencia, Ucrania
osciló entre modelos más cercanos a Moscú y orientaciones prooccidentales, con
una clase política incapaz de establecer un rumbo duradero.
Culturalmente,
la situación también fue compleja. Aunque el ucraniano fue declarado lengua
oficial, el ruso seguía siendo predominante en muchas regiones del este y el
sur. Esto generó una tensión simbólica que fue utilizada tanto por actores
internos como por Rusia para fomentar divisiones identitarias. La consolidación
de una cultura cívica común fue dificultada por la coexistencia de memorias
enfrentadas: mientras una parte del país reivindicaba la herencia cosaca o la
lucha nacionalista frente al estalinismo, otra miraba con nostalgia la
estabilidad soviética.
Estas tensiones
estructurales estallaron en varios momentos clave. La Revolución Naranja de
2004 denunció un fraude electoral masivo y mostró la voluntad de una parte
significativa de la sociedad por avanzar hacia estándares democráticos reales.
Sin embargo, el sistema resistió el cambio. En 2014, tras el rechazo del
presidente Yanukóvich a firmar un acuerdo con la Unión Europea, estalló el
Euromaidán: un movimiento masivo que reclamaba dignidad, integración europea y
lucha contra la corrupción. Su represión desencadenó una nueva fase de crisis,
con la huida del presidente, la anexión rusa de Crimea y el inicio del
conflicto armado en el Donbás.
A día de hoy,
Ucrania sigue enfrentando tensiones persistentes: la lucha contra la corrupción
no ha sido completamente efectiva, las reformas institucionales avanzan con
dificultad, y el conflicto con Rusia ha radicalizado las posturas internas. Sin
embargo, también ha generado un fortalecimiento notable de la conciencia
nacional, un avance sostenido en la cooperación con Occidente y una creciente
resiliencia democrática.
El colapso
soviético fue, en definitiva, un punto de partida difícil para Ucrania. Pero
también ha sido, paradójicamente, el motor de una transformación constante en
la que el país ha tenido que aprender, a través del conflicto y la crisis, a
ejercer su soberanía y construir su identidad política con sus propias
herramientas.
3. El papel
de Ucrania en las dinámicas de poder global desde el siglo XXI
¿Por qué se
ha convertido en un punto clave en las tensiones entre Occidente y Rusia, y qué
intereses estratégicos están en juego?
En el siglo
XXI, Ucrania ha dejado de ser un actor periférico para convertirse en uno de
los epicentros de la política internacional. Este giro no se explica únicamente
por su ubicación geográfica, sino por su valor simbólico, energético, militar y
geoestratégico en el tablero de poder global. Su situación como “frontera viva”
entre dos bloques civilizacionales —el liberal-occidental y el
autoritario-eurasiático— la ha convertido en un espacio clave para el choque de
visiones sobre el orden mundial.
Desde la
perspectiva de Rusia, Ucrania no es solo un vecino: es el núcleo emocional e
histórico de su proyecto imperial. La narrativa rusa —particularmente bajo el
liderazgo de Vladímir Putin— considera a Ucrania como parte inseparable del
“mundo ruso” (Russkiy Mir), una comunidad cultural, religiosa y lingüística
que, según el Kremlin, debería permanecer bajo su influencia. La pérdida de
Ucrania, especialmente tras la Revolución Naranja (2004) y el Euromaidán
(2014), fue percibida como una amenaza directa al sueño de restaurar la esfera
de influencia postsoviética y a la propia estabilidad interna del régimen ruso.
Por otro lado,
para la Unión Europea y Estados Unidos, Ucrania representa una oportunidad
geopolítica pero también un desafío ético. Su acercamiento a las instituciones
occidentales —como la Asociación Oriental de la UE o los programas de
cooperación con la OTAN— ha sido interpretado como una afirmación soberana de
voluntad democrática, pero también como un movimiento que desestabiliza el
equilibrio con Moscú. La expansión de la OTAN hacia el este, aunque formalmente
defensiva, ha sido usada por Rusia como justificación para su agresividad,
señalando que la seguridad occidental se ha construido a expensas de su propio
espacio estratégico.
El interés por
Ucrania, sin embargo, no es solo político. El país es un importante productor
agrícola —especialmente de trigo, maíz y aceite de girasol— y sus recursos
naturales (como el carbón o el gas) y su infraestructura energética
(gaseoductos que conectan Rusia con Europa) tienen un peso económico
considerable. Además, el control del Mar Negro y de puertos como Odesa tiene
implicaciones militares, comerciales y logísticas de primer orden.
A todo esto se
suma una dimensión tecnológica y de seguridad: Ucrania heredó de la URSS
capacidades industriales y científicas avanzadas, incluidos sectores
estratégicos como la aviación, la ciberseguridad y la energía nuclear. Su
cooperación con Occidente en estos ámbitos ha despertado recelos en Moscú, que
teme una pérdida definitiva de influencia sobre una nación que en el pasado
formaba parte integral del complejo militar-industrial soviético.
La guerra
iniciada por Rusia en 2022 ha cristalizado todas estas tensiones. Para algunos,
el conflicto representa el intento de Rusia por reconfigurar el orden
internacional y recuperar su rol como potencia global. Para otros, Ucrania se
ha transformado en el símbolo de la lucha por un orden internacional basado en
normas, soberanía y derechos humanos. En esta pugna, los apoyos militares,
financieros y diplomáticos de Occidente a Kiev se interpretan como una defensa
del sistema liberal global, mientras que el bloque ruso (con apoyos como Irán,
China o Corea del Norte) postula una alternativa autoritaria, centrada en la
fuerza y la negación de los valores universales.
En suma,
Ucrania se ha convertido en mucho más que un conflicto regional. Es el terreno
donde se define el sentido del poder en el siglo XXI: si este se basará en
reglas consensuadas o en la imposición por la fuerza; si la soberanía de los
Estados medianos tiene validez real o es sacrificable frente a los intereses de
las grandes potencias. Ucrania, sin buscarlo, se ha convertido en el espejo
donde el mundo observa qué clase de futuro está construyendo.
4. El
conflicto armado en el este de Ucrania y la anexión de Crimea desde una
perspectiva de derecho internacional
¿Qué debates
jurídicos existen sobre soberanía, intervención y legitimidad?
Desde el punto
de vista del derecho internacional, la anexión de Crimea por parte de la
Federación Rusa en 2014 y el posterior conflicto armado en el Donbás
representan uno de los mayores desafíos contemporáneos al principio de
soberanía nacional consagrado en la Carta de las Naciones Unidas. Ambos
acontecimientos han generado intensos debates jurídicos sobre la validez de las
intervenciones, el uso de la fuerza, el derecho de autodeterminación y la
legitimidad de los referendos celebrados bajo ocupación militar.
La anexión
de Crimea se produjo
tras la huida del presidente Víktor Yanukóvich, el despliegue de tropas rusas
sin insignias ("hombrecillos verdes") y un referéndum celebrado en
condiciones de ocupación militar. Rusia justificó la intervención apelando a la
necesidad de proteger a la población rusoparlante y a su supuesto derecho
histórico sobre la península, además de invocar el principio de
autodeterminación. Sin embargo, el referéndum fue considerado ilegítimo por la
comunidad internacional debido a la ausencia de garantías democráticas, la
presencia de fuerzas armadas extranjeras y la falta de supervisión
internacional. La Asamblea General de la ONU aprobó la Resolución 68/262, que
reafirmó la integridad territorial de Ucrania y declaró inválido el referéndum.
Desde el marco
jurídico internacional, esta acción viola varios principios fundamentales:
- El principio de integridad
territorial
(artículo 2.4 de la Carta de la ONU), que prohíbe el uso de la fuerza
contra la soberanía de otro Estado.
- La prohibición de la adquisición de
territorio por la fuerza,
reafirmada en múltiples resoluciones de la ONU y en la doctrina
internacional desde la Segunda Guerra Mundial.
- El principio de no intervención, vulnerado por la injerencia
directa de Moscú en los asuntos internos de un Estado soberano.
El caso de
Crimea ha sido comparado por juristas con otras situaciones internacionales,
como Kosovo o el conflicto de Georgia en 2008, aunque las diferencias son
sustanciales en términos de contexto, actores implicados y procedimiento. La
mayoría de expertos consideran que el derecho a la autodeterminación no puede
invocarse legítimamente cuando se ejerce bajo la ocupación de una potencia
extranjera y sin respeto al orden constitucional del Estado afectado.
En cuanto al
conflicto en el este de Ucrania,
el apoyo militar, logístico y político de Rusia a los grupos separatistas de
Donetsk y Lugansk ha sido documentado ampliamente por observadores
internacionales. Aunque el Kremlin ha negado oficialmente la intervención
directa, existen pruebas contundentes —incluyendo la presencia de tropas,
armamento avanzado y estructuras de mando— que indican una intervención
encubierta, lo que según el derecho internacional puede constituir una forma de
agresión indirecta.
Los Acuerdos de
Minsk, firmados entre Ucrania, Rusia y representantes de los territorios
ocupados con mediación europea, intentaron establecer un marco legal de alto el
fuego y solución política. No obstante, su ambigüedad y la falta de
implementación han generado nuevas tensiones legales. Para Ucrania, aceptar la
“autonomía especial” de las regiones rebeldes bajo presión militar significaría
ceder a una imposición externa, mientras que para Rusia es una condición previa
para la paz.
Uno de los
elementos más debatidos en este conflicto es el concepto de guerra híbrida:
una combinación de desinformación, intervención encubierta, guerra por
delegación (proxy war) y presión diplomática. Esto ha llevado a los juristas a
revisar las definiciones clásicas de agresión y ocupación, pues la ambigüedad
deliberada dificulta la aplicación clara del derecho internacional tradicional.
En resumen,
tanto la anexión de Crimea como el conflicto en el este de Ucrania han puesto a
prueba los fundamentos del orden jurídico internacional. La persistencia de
estos actos sin consecuencias efectivas para el agresor genera un riesgo de
precedentes peligrosos, debilitando las normas que han regido la convivencia
internacional desde 1945. Al mismo tiempo, plantea una pregunta incómoda:
¿hasta qué punto el derecho internacional es aplicable cuando los actores
poderosos lo desobedecen sin consecuencias reales?
5. El papel
de la cultura ucraniana —lengua, literatura, arte— como resistencia simbólica
frente a la agresión externa
¿Cómo se ha
expresado la identidad nacional en momentos de crisis y ocupación?
La cultura
ucraniana ha sido históricamente mucho más que una expresión artística: ha
funcionado como un eje de resistencia simbólica, una herramienta de afirmación
nacional y un refugio frente a las sucesivas imposiciones externas. En momentos
de ocupación, represión o crisis, la lengua, la literatura, el arte y la
memoria han desempeñado un papel crucial en la preservación de la identidad
ucraniana, actuando como antídoto frente a los intentos de rusificación,
estandarización soviética o negación de su existencia como nación diferenciada.
La lengua
ucraniana ha sido uno de los pilares fundamentales de esta resistencia
cultural. Durante siglos, fue marginada por imperios que buscaron imponer el
ruso como lengua de prestigio y administración. Ya en el siglo XIX, el Imperio
ruso prohibió su uso en publicaciones y educación mediante decretos como el
Edicto de Valuyév (1863) y el Decreto de Ems (1876), que consideraban al
ucraniano un simple dialecto sin valor literario. Sin embargo, esta represión
solo fortaleció su carga simbólica. Tras la independencia de 1991, el ucraniano
se convirtió en un elemento central del renacimiento nacional, y desde 2014, ha
experimentado un notable fortalecimiento institucional y social, especialmente
como forma de distanciamiento respecto a la influencia rusa.
La literatura
también ha jugado un papel esencial en la construcción de la conciencia
nacional. Figuras como Tarás Shevchenko, considerado el poeta nacional
de Ucrania, supieron elevar el idioma vernáculo a una expresión estética
poderosa, cargada de denuncia social y anhelo de libertad. En el siglo XX,
escritores como Vasyl Stus, disidente y víctima del régimen soviético,
ofrecieron una voz moral frente a la represión política, mientras que la
generación contemporánea —como Serhiy Zhadan o Oksana Zabuzhko— ha retomado el
conflicto actual como material literario para repensar el dolor, la dignidad y
la historia.
El arte y el
cine han seguido el mismo camino. En medio de la guerra, artistas
ucranianos han transformado la destrucción y el trauma en expresiones de
denuncia y afirmación. Las imágenes de iglesias bombardeadas, teatros
destruidos o murales callejeros en ciudades ocupadas no son solo documentos
gráficos: son formas de resistencia visual. La cultura popular también ha sido
permeada por este espíritu, desde canciones patrióticas rescatadas del folclore
hasta memes y sátiras que ridiculizan la propaganda rusa, generando cohesión
simbólica incluso en las redes sociales.
En momentos
críticos como la Revolución Naranja (2004), el Euromaidán (2013-14) o la actual
guerra, la cultura ha actuado como catalizador de unidad. Las manifestaciones
callejeras no solo fueron políticas, sino también estéticas: se llenaron de
poesía, performance, música coral y símbolos históricos. La bandera azul y
amarilla, el tridente (Tryzub), los bordados tradicionales (vyshyvanka) y la
figura de la madre patria cobraron nuevas significaciones. Esta dimensión
simbólica permitió construir una narrativa de lucha no solo contra la ocupación
militar, sino también contra la negación de la dignidad cultural.
Además, la
lucha cultural se ha internacionalizado. Escritores, artistas y cineastas
ucranianos han encontrado eco en festivales, medios y universidades de todo el
mundo, dando a conocer la riqueza de una tradición que durante mucho tiempo
estuvo oculta o fue reducida al marco ruso. Esta visibilidad ha contribuido no
solo a generar solidaridad, sino a reforzar internamente el orgullo nacional.
En suma, la
cultura ucraniana ha funcionado como una forma de autodefensa no armada.
En un contexto donde se disputa no solo el control del territorio sino también
el relato de la historia y la legitimidad de la existencia nacional, el arte,
la lengua y la literatura han demostrado ser instrumentos esenciales de
resistencia. Defender la cultura es, en Ucrania, una forma directa de defender
la libertad.
6. Análisis
filosófico sobre el concepto de libertad colectiva en la experiencia reciente
de Ucrania
¿Qué
significa la autodeterminación en un contexto de guerra híbrida, desinformación
y lucha por la memoria histórica?
La libertad
colectiva, entendida como la capacidad de un pueblo para determinar su propio
destino, se ha convertido en Ucrania en una noción existencial. No se trata
solo de un principio político o un derecho inscrito en tratados
internacionales, sino de una experiencia concreta, profundamente encarnada en
la vida cotidiana, en la historia compartida y en el sufrimiento colectivo. La
autodeterminación, en este contexto, es más que una aspiración teórica: es un
acto de afirmación frente a las múltiples formas de negación —militar,
cultural, informativa, simbólica— que el país ha enfrentado.
Desde la
perspectiva filosófica, la libertad colectiva ucraniana puede pensarse en tres
dimensiones: la ontológica, la histórica y la ética.
- Ontológicamente, Ucrania ha debido reafirmar su
existencia como sujeto colectivo frente a quienes la consideran una
entidad artificial o subordinada. La narrativa promovida por el Kremlin,
que niega la existencia de una nación ucraniana separada de Rusia,
representa una forma de negación ontológica del otro. La
autodeterminación, entonces, se convierte en un grito por el derecho a
existir como uno mismo, con historia, lengua, memoria y proyecto propio.
Es la resistencia a ser reducido al “otro” del imperio.
- Históricamente, la autodeterminación se ve
atravesada por la lucha por la memoria. En Ucrania, el pasado es un campo
de batalla: el Holodomor, la Segunda Guerra Mundial, el periodo soviético,
las figuras nacionales, los mitos fundacionales. El relato que un pueblo
construye sobre sí mismo es parte esencial de su libertad. La guerra
híbrida, en este sentido, no se libra solo en los campos de batalla, sino
también en los archivos, los libros de texto, las estatuas y los mapas.
Elegir qué recordar, cómo contarlo y desde qué perspectiva, es parte del
ejercicio de la soberanía.
- Éticamente, la libertad colectiva plantea
preguntas sobre el sacrificio, la responsabilidad y la solidaridad. ¿Qué
significa ser libre cuando esa libertad exige morir por ella? ¿Qué clase
de vínculo une a una sociedad dispuesta a defender su independencia frente
a un agresor que la niega? ¿Es la libertad un derecho dado o una conquista
permanente que se renueva a través del sufrimiento compartido y la acción
colectiva?
La guerra
híbrida que enfrenta Ucrania —combinación de ataques militares, campañas de
desinformación, sabotaje político y manipulación simbólica— ha puesto a prueba
los límites del concepto tradicional de soberanía. En un mundo donde los
Estados pueden ser desestabilizados sin una invasión formal, la
autodeterminación no solo depende de mantener el control del territorio, sino
también de defender la verdad, la cohesión social y la legitimidad moral.
En este
contexto, la libertad colectiva no puede desvincularse del pensamiento de
filósofos como Isaiah Berlin, que distinguía entre libertad negativa (ausencia
de coacción) y libertad positiva (capacidad de autodeterminación). Ucrania
exige ambas: liberarse de la coacción externa y construir positivamente un
proyecto nacional inclusivo, justo y democrático. Es una libertad relacional,
no abstracta; concreta, histórica, trágica.
El caso
ucraniano nos recuerda que la libertad no es un estado natural ni un regalo de
los tratados internacionales. Es una práctica social que se construye en
comunidad, bajo presión, y que exige conciencia histórica, integridad cultural
y valentía política. La autodeterminación, en tiempos de guerra híbrida, es
tanto un derecho como una tarea interminable.
Conclusión
Ucrania, lejos
de ser un simple escenario geopolítico, es hoy uno de los grandes espejos donde
se reflejan las tensiones fundamentales del siglo XXI: soberanía frente a
imperialismo, verdad frente a propaganda, memoria frente a olvido, y libertad
frente a dominación. Su historia, marcada por la convivencia forzada con
imperios, la fragmentación territorial y la represión cultural, ha dado lugar a
una identidad nacional resiliente, forjada tanto en la afirmación como en la
resistencia.
El colapso de
la Unión Soviética no trajo una transición fácil ni lineal. Ucrania heredó
estructuras corroídas, una economía vulnerable y un sistema político frágil,
pero también la oportunidad de reinventarse como nación. Esa reconstrucción no
ha estado exenta de conflictos internos, manipulaciones externas ni heridas
abiertas. Sin embargo, ante cada intento de sometimiento —ya sea por medios
armados, lingüísticos o simbólicos—, el pueblo ucraniano ha respondido
reafirmando su derecho a decidir su destino.
En el actual
conflicto, Ucrania no solo defiende su territorio, sino también un concepto de
libertad que trasciende las fronteras físicas: la libertad de existir como
sujeto colectivo, de hablar su lengua, de narrar su historia, de elegir sus
alianzas y de imaginar su futuro. Esta lucha, aunque profundamente ucraniana,
interpela a toda la comunidad internacional, pues pone en juego los principios
sobre los que se construyó el orden mundial tras 1945.
En última
instancia, la experiencia de Ucrania no es solo una tragedia, sino también una
lección de dignidad. Nos recuerda que la autodeterminación no es un concepto
abstracto, sino una vivencia concreta, a menudo dolorosa, que exige claridad
moral, cohesión social y firmeza frente a la adversidad. En ella se condensa la
gran pregunta de nuestro tiempo: ¿puede aún sostenerse un mundo donde las
naciones medianas con voluntad democrática sobrevivan a la presión de los
imperios?
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